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Luz distinta, luz reunida, por Raúl Durán

La estantería

Luz distinta, luz reunida, por Raúl Durán

Círculo de poesía febrero 27, 2018
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Presentamos una reseña del poeta Raúl Durán sobre Luz distinta, de Santiago Espinosa (Bogotá, 1985), es uno de los títulos publicados por la editorial Valparaíso México como parte de su Nueva Biblioteca Hispánica. Santiago Espinosa es crítico literario y poeta. Estudió las licenciaturas en Literatura y Filosofía en la Universidad de los Andes. Es profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá y coordina su Escuela de Maestros. Colaborador habitual de la Ópera de Colombia y el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Es autor de los libros de poesía El eco (2010), Lo lejano (2014) y El movimiento de la tierra (2016). Mereció el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2016. 

 

 

 

Luz distinta, luz reunida

 

Luz distinta, del poeta colombiano Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) se conforma por 36 poemas distribuidos en cuatro partes que, más que ceñirse a un orden cronológico, parecen anclarse en torno a ejes temáticos. Esta división no es tajante, pues a menudo se percibe su confluencia, los brotes de una en otra. Puede hablarse no obstante de cierta preponderancia.

La primera parte, “Del olvido y otros espacios”, es en gran medida autorreferencial. Los poemas que la conforman se tiñen todos de un aire familiar: la casa materna es convocada, vemos cómo se puebla de fantasmas, el silencio cada vez más pesado de los padres, el atroz cáncer consumiendo a la hermana, la abuela tejiendo pelucas.

Ya de entrada se insinúa lo que será una mirada al pasado, un desdoblamiento mediante el cual el poeta deja la triste piel del hombre adulto para encarnar en el otro, el niño que fue, hasta hacer que ambos convivan en el poema. El tiempo del infante se mezcla con el crudo presente del hombre; pasa de caminar por la calle con su madre a afeitarse en soledad frente al espejo, y queda al margen lo posible ya perdido:

 

“Podría ser otra casa,

la abuela no haber muerto tan temprano.

Podría ser otro mar

el que sacude desde el fondo.

Pero persiste, no se doblega.

Ahora un hombre se afeita ante el espejo

en completa soledad”.

 

“La arena y los olvidos” parece ser la excepción a la cotidianidad familiar que impregnan los poemas de esta primera parte. Apenas leo el epígrafe de Carlos Obregón (“Quien se habita es el desierto: / su soledad es nuestra”) y pienso también en Álvaro de Campos (“Grandes son los desiertos, y todo es desierto”). Entonces ese espacio árido e inabarcable se planta también en el poema amenazando su inminencia, reclamando a la memoria “dónde comienza el dolor de los demás” y se termina el propio. Y como el que construye grandes edificios sobre arena, frágilmente, el poeta construye el poema “en el fulgor de las cosas perdidas”, para perder.

De un tono más intimista, introspectivo, son los poemas que conforman la segunda parte, “De la lluvia”. Escenarios cotidianos como las campanadas, la caída de la tarde, el barrio triste, no sin cierta sordidez, se impregnan de nostalgia, siempre de adentro hacia afuera. El poeta dice: “detrás de lo que escribo / siempre hay lluvia”, y ésta debe atravesarse como el camino que se sigue ciegamente cuando una tenue voz –esa heterogeneidad del ser aflorando- dicta, obliga a “robar al silencio sus espacios justos”, y entonces brota el poema.

La tercera parte, titulada “De los oficios y los tránsitos” establece un contraste y -de manera sutil- una correspondencia entre los oficios “comunes” de los hombres -como el ser carnicero, escultor o raspachín- y el oficio del poeta.  He pensado en las palabras de Browning a través de Borges –o viceversa- sobre el oficio del poeta:“la más curiosa de las profesiones humanas, / salvo que todas, a su modo, lo son”. Así, pues, cada uno de los oficios aludidos en estos poemas trasluce su peculiaridad, llegando a un punto en que se torna imposible discernir si se trata de un escultor ante la arcilla o un poeta ante la hoja en blanco:

 

“Piensa en su nombre, lo convoca,

y vuelven las yemas a su cuerpo blanco;

su memoria a la memoria”.

 

Al final puede también pensarse en el eterno acto de repetir lo que otros, siglos atrás, desde los más distantes puntos la tradición, han dicho. Se trata, como dice Bonifaz Nuño, “de otro modo lo mismo”: “Nada crea el escultor, tan sólo escucha lo que dice la roca”.

La visceral violencia –rasgo que tristemente hermana las naciones latinoamericanas- padecida por el pueblo colombiano es también aludida en algunos de estos poemas. “Marcha de las ausentes” es un reflejo de la atroz realidad de miles de madres que han perdido a sus hijos. Es verdad que, en última instancia, no hay palabras que puedan abarcar ese dolor; hay que apelar a la imagen desde afuera:

 

“Las madres de mi país,

cargan la foto de su ausente…

doblemente solas”.

 

La cuarta y última parte del libro se titula “Más allá de las montañas” y, como se intuye, tierras allende de Colombia son nombradas. Los poemas no sólo se instalan en espacios geográficos distintos, como París, Madrid o la Ciudad de México, sino en torno a figuras artísticas pertenecientes a otras dimensiones culturales, como es el caso de Paul Celan (“Oda a Celan”), César Vallejo (“César Vallejo sale en televisión”) o el pintor Henri Matisse (“Interior au violon”).

En “César Vallejo sale en televisión”, por ejemplo, se atestigua la presencia de un suceso bastante singular, acaso inesperado: “Vallejo de los segundos planos”, el célebre poeta peruano, fotografiado escasamente, aparece en un video de 1937, en el famoso II Congreso de escritores Antifascistas, “nueve meses antes del hundimiento inevitable”. Y, bellamente, Vallejo deja de ser sólo Vallejo para llevarse por todos “como una bandera de humanidades sencillas”.

“Teoría del grito” es, a mi parecer, uno –si no es que el más- de los poemas más poderosos de esta parte del libro. El grito se vuelve la fuente donde todo principia y el abismo en que culmina. “No se hizo la boca para el grito o el acento”, nos dice el poeta; se hizo para el grito. Pero no se trata sólo del grito del hombre, sino de todas las cosas: los árboles, las luces, los libros y ataúdes. Con un talante rilkeano sentencia:

 

“El hombre que muere entra a un grito

del que no puede salir,

y adentro, en el grito que lo acoge,

vuelve a ser niño o amante”.

 

Con Luz distinta estamos, sin duda, ante una voz contundente y promisoria no sólo para la poesía colombiana, sino para todo el ámbito de la poesía hispánica, pues en última instancia es absurdo pretender aislar tradiciones con base en divisiones geográficas o políticas; es la lengua la que unifica una tradición, y en esto radica la inmensidad y riqueza de la nuestra.

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