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La ciencia de las despedidas, nuevo libro de Adalber Salas Hernández

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La ciencia de las despedidas, nuevo libro de Adalber Salas Hernández

Círculo de poesía marzo 25, 2018
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El poeta, ensayista y traductor venezolano Adalber Salas Hernández (Caracas, 1987) ha publicado recientemente, en la editorial española Pre-Textos, la colección de poemas La ciencia de las despedidas. Ha publicado los poemarios La arena, el vidrio (II Premio Nacional Universitario de Literatura; Editorial Equinoccio, 2008), Extranjero (bid&co. editor, 2010; Común Presencia, 2012), Suturas (bid&co. editor, 2011), Heredar la tierra (Común Presencia, 2013), Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Pre-Textos, 2015), Río en blanco (Sudaquia Ediciones, 2016), mínimos (Ediciones Amargord, 2016), Materia intacta (Kalathos Ediciones, 2017) y La ciencia de las despedidas (Pre-Textos, 2018). Asimismo, ha publicado los volúmenes Insomnios. Ensayos sobre poesía venezolana (bid&co. editor, 2013) y Estábamos muertos y podíamos respirar. Paul Celan, escritura y desaparición (Huerga & Fierro, 2017). También es coautor del libro Los días pasan y las formas regresan en torno a la obra del escultor Harry Abend (bid&co. editor, 2014). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Hector de Saint-Denys Garneau, Pascal Quignard y Yusef Komunyakaa. Junto con Alejandro Sebastiani Verlezza editó las antologías Poetas venezolanos contemporáneos. Tramas cruzadas, destinos comunes y Destinos portátiles. Poesía venezolana reciente. Forma parte del comité editorial de las revistas Poesía y Buenos Aires Poetry. Dirige la colección Diablos danzantes en Amargord Ediciones. Cursa estudios doctorales en la New York University.

 

 

 

 

 

XXX

(A day in the life)

 

Antes de que suene el despertador, el señor

ministro ya tiene los ojos abiertos: se levanta

con el sonido áspero de la herrería que esconde

bajo las costillas. Se cepilla los dientes, se

afeita. Sentado sobre la poceta, pantalones

alrededor de los tobillos, las manos unidas y la

frente inclinada en oración, pide a todos los

santos que intercedan por él, que lo libren

del cólico que pesa en sus intestinos, negro como

el pecado. Se ducha, viste y perfuma; un

café lo espera en la cocina. Toma el desayuno

con omeprazol, sentado muy derecho, la cabeza

sostenida gracias a la corbata; de no ser por

ese nudo, rodaría hasta quién sabe dónde. La

última vez fue una catástrofe: hallaron

la cabeza borracha y despeinada fuera de

un burdel –salió en todos los periódicos. Va a

la oficina con chofer y escolta, distraído

por las manchas que se hacen cada vez más

numerosas en sus manos. Primer rivotril del

día. El despacho lo recibe repleto de papeles,

tratados de comercio, tráfico bilateral,

compra y venta de bonos, acciones, propiedades,

glóbulos rojos, leucocitos, plaquetas, bilirrubina,

ceratonina, fíjate lo altos que están el azúcar

y el colesterol. Es urgente implementar el

control cambiario. La sangre siempre despilfarra.

Ibuprofeno para el dolor de cabeza, junto a las

actas del acuerdo de libre intercambio

trasatlántico y hematológico. Hay que cubrir

la tierra cruda con lo que se pueda, con lo que

tengamos a mano. Orden y progreso, o

lo más parecido. Segundo rivotril del día. Y

dios le impuso una tarea: da nombre a las bestias

que recorren el suelo, a las aves sin memoria ni

ambiciones, a los peces que nunca podrán

ganarse una sombra. El señor ministro obedeció.

Se dedicó a confeccionar nombres con voz

granulosa y, al poco rato, había llegado la hora

de los paquetes bancarios, las burbujas

inmobiliarias, la inflación con su dentadura

postiza y plomo en los ojos. Se había operado

el milagro eucarístico: la carne era estaño y el

vino petróleo. No era fácil, nada fácil. Tercer rivotril

del día: el milagro austero de la multiplicación de los

peces y el clonazepam, tal y como lo efectuó el hombre

de Galilea cuando inventó los intereses bancarios.

Y diclofenac para la espalda, por favor. Cuando

llega al bar, al whisky del fin de los tiempos,

está seguro de que su tensión ha subido, pero no

le queda losartan –una tragedia para la economía

nacional. Es imposible predecir qué sucederá con el

producto interno bruto si no se calma, pero la música

lo atormenta, no ha comido y el aluminio de la risa

ajena lo pone nervioso. Esta noche aterriza en la casa

de su amante, dispuesto a aprobar la explotación de

todos los recursos naturales que demande el desarrollo

de la nación. El destino del país cuelga de su temblor

cardiovascular, incandescente. Después de coger,

se encierra en el baño y orina tarareando Imagine. Ha

estado sonando en su cabeza durante todo el día.

 

 

 

 

 

 

XXVIII

 

Palabras simples: lluvia, sol, casa, árbol, calle, madre,

padre, hermano, risa, ahora, animal, miedo. Simples

y confiables como dedos. Palabras complejas: nombre,

número, golpe, grito, pregunta, bala, acusación, pasado,

futuro, paciencia, animal, miedo. Cuando era niño, solía

visitar a menudo el museo de ciencias naturales. Era un

edificio grande, blanco, con un pórtico invadido por

falsas columnas dóricas frente a una plaza circular. Al

traspasar la entrada, a mano derecha, había un ala

dedicada a las eras geológicas del planeta. Capas de

tierra como párpados cerrados, telones de una obra

que nadie sabe dónde empieza, países imposiblemente

remotos, dormidos para siempre bajo nuestros pies.

Lugares y períodos que no podía pronunciar con

soltura, a los cuales sólo pusieron nombres para que

no nos quemara las manos tanta lejanía. El planeta

acaparaba vidas, mudaba de piel impunemente;

quedaban los fósiles como pruebas, como instantáneas

obscenas de un mundo que nada tiene que decirnos.

Un poco más adelante, había toda un sección dedicada

al reino animal. Encerrados tras vitrinas temblorosas,

especímenes de toda clase miraban a la gente pasar con

ojos de vidrio. Habían retirado meticulosamente las

pieles de sus cuerpos muertos; las habían salado,

rehidratado y curtido. Una vez secas y calladas, sin

el rumor idiota de los fluidos vitales encerrado

en ellas, habían sido colocadas sobre armazones

rellenos. Aves de rapiña posadas sobre ramas de plástico

y gomaespuma que crecieron fuera del tiempo, fieras

de dientes amarillos y pelambre cariada, herbívoros

distraídos, estancados en las más diversas poses,

pastando, vigilando, cazando y siendo cazados, atrapados

en la mímica sorda del deseo. Yo caminaba con precaución,

la espalda contra la pared, tan aterrado como curioso,

repitiendo en voz baja todas las palabras simples que

podía recordar. Entre tanta fauna, esperaba toparme

en cualquier momento con un ángel disecado: mi abuela

me había dicho que eran las bestias de carga de dios.

Pero nunca alcanzaba el final de la sala. No había suficientes

palabras simples en el mundo, no para comprar mi paso

de una orilla a otra del miedo. Me retiraba con el mismo

cuidado, tratando de no atraer atención sobre mí, de no

perturbar ese sonambulismo frío. No he vuelto de adulto.

Esos animales amansados por los conservantes químicos me

dijeron lo que debían: el poema es un depredador

que ha sido cazado, desollado, macerado, cuya carne

se ha perdido y cuya piel cuelga, amenazante y ridícula,

sobre un esqueleto de palabras simples y palabras complejas.

 

 

 

 

 

 

XVII

 

Estudié la ciencia de la despedida

en los calvos lamentos de la noche.

Ossip Mandelstam

 

 

En Nataruk, al norte de Kenia, arqueólogos

hallaron los restos de 27 seres humanos

amontonados en la palma seca de lo que

solía ser un lago. La datación por radiocarbono

de conchas y sedimentos minerales permitió

estimar que los cadáveres tenían entre 9.500

y 10.500 años de antigüedad. Se trataba de

un grupo diverso: hombres y mujeres adultos

–una de ellas embarazada–, ancianos, niños.

Varios tenían las manos atadas. Todos

presentaban traumatismos graves, señales

de golpes realizados con objetos

contundentes, como mazos, así como

heridas producto de armas punzopenetrantes.

Los expertos creen que los 27 sujetos fueron

reducidos, ejecutados sistemáticamente y

lanzados al lago, donde el limo se ocupó

de conservarlos. Es así como los cuerpos

aprenden a hablar, a decir la vida sin

elocuencia, en kilos de carne, bilis,

flema y saliva, polvo y brillo inclemente.

La vida labios abiertos, dientes cariados,

osamenta de plomo. Cuero extendido

bajo la furia del mediodía, su ojo tosco y

cóncavo. Desaparición, despedida,

miembro fantasma, ciencia trunca.

 

 

 

 

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