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Nueva poesía europea: Sandeep Parmar

En el mundo

Nueva poesía europea: Sandeep Parmar

Círculo de poesía March 18, 2018
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Versopolis es un programa que cuenta con el apoyo de Europa Creativa, el propósito que tiene es el de promover la poesía escrita por los jóvenes poetas europeos a través de una serie de festivales con distintas sedes en Europa como los que dirigen nuestros amigos y colaboradores Ales Steger y Mite Stefoski, directores de los festivales Days of Poetry and Wine, en Eslovenia, y el Struga Poetry Evenings, en Macedonia, respectivamente; en Círculo de Poesía creemos en la literatura que están escribiendo estos jóvenes poetas y hemos decidido presentar a cada uno de los poetas que han sido seleccionados en este programa. En esta ocasión presentamos, en versión de Gustavo Osorio de Ita, a Sandeep Parmar. Nació en Nottingham y se crió en el sur de California. Tiene un doctorado del University College London y una maestría en escritura creativa por la Universidad de East Anglia. Sus libros incluyen Reading Mina Loy’s Autobiographies: Myth of the Modern, una edición de la poesía reunida de Hope Mirrlees (Carcanet, 2011), y dos libros de poesía su propia autoría, publicados por Shearsman: The Marble Orchard y Eidolon, ganador del Premio Ledbury Forte a la mejor segunda colección de poemas. Recientemente, editó los Poemas Seleccionados de Nancy Cunard (Carcanet, 2016). Sus ensayos y reseñas han aparecido en The Guardian, The Los Angeles Review of Books, el Financial Times y el Times Literary Supplement. Actualmente está escribiendo una novela sobre el trigo, que se desarrolla parcialmente durante la Revolución Verde de la India en la década de 1960. Es profesora titular de literatura inglesa en la Universidad de Liverpool, donde co-dirige el Liverpool’s Centre for New and International Writing y participa como New Generation Thinker en la BBC, apareciendo regularmente en Radio 3.

 

 

 

La torre octagonal

 

“La historia es el amor que nos entra a través de la muerte; su disciplina es el dolor.”

-Anne Michaels

 

I

 

Cualquiera que sea la ira que haya pasado por estas puertas selladas,

y nos haya escaldado en negro y vuelto retazos, no tenemos nombre para ella.

No podemos explicar el silencioso e insomne ​​intercambio de susurros,

una procesión de mortajas a lo largo de nuestros corredores,

o los ojos divergentes que se nublan para ver una hilera de robles invernales afuera

ateridos en su dendrítica efervescencia. Y si es que lo sabemos,

es en la sangre, en esta terrible sinapsis de cielo, en el camino que se aleja.

Desde nuestra casa conducimos a través de un valle hundido

donde, como en una cripta, es siempre la hora de la muerte.

 

Siempre has usado la rueda, empujando tus manos y muñecas

a través de sus ejes, como si fuera un grillete. Impulsado, encorvado.

Es lo mismo –el aguijón de la yuca y el eucalipto, una veta de rosada

bugambilia purgada en pulsos calientes desde los tejados –una fragante masacre–

y el mismo camino firme por el que conduces cada vez que tienes miedo de hablar,

miedo de preguntar cuándo te dejaré solo en esa casa con tu esposa.

Traduzco tu canción favorita en mi mente: esta canción mía que nadie cantará.

Esta canción mía que yo canto sola morirá mañana conmigo.

 

Una noche de octubre, 1975. Una lluvia repentina ha hecho líquida la tierra.

Barro no es suficiente. Hay una palabra que usas que significa más que barro,

es el sonido de un pie, hundido hasta el tobillo, saliendo por sí mismo–

la horrible sonido del desarraigo. Como un grito, es el miedo a detenerse

tanto tiempo que podrías quedarte ahí y hundirte para siempre. Este sonido se arrastra

detrás de ti y de tu hermano mientras caminas por los campos por última vez.

Saldrás y no regresarás por diez años, para casarte con mi madre

a quien aún no hay conocido. Tus cuatro pies descalzos hacen un acuerdo

con la tierra, para recordar. Imprime su propia respuesta en tus sombras.

 

 

II

 

Las vacaciones son tiempos inciertos. La cara marmórea de dolor de un viejo rey

desvía el espectáculo de la muerte de su reina en cada perfecto azulejo.

El Taj se eleva sobre el Jammuna, un paraíso desdoblado en la maestría de los esclavos.

 

Las vacaciones son tiempos inciertos; sus manos son brazos cortados que se levantan

en celebración. Ahora ellos también lloran, y hacia el cielo rezan por los miembros fantasma

en los jardines del cielo, solos para arrancar y limpiar.

 

Son llevados allá sin ceremonia alguna, junto con los restos de piedra

que, como dientes, caen de las desvanecientes cabezas. El funeral comienza.

Mumtaz, hueca como una novia, está velada por su cubierta tallada y blanca.

Nadie sabe cuándo naciste. Creen que fue un mes de otoño.

A los cinco preguntaste dónde estaba tu madre. Tus pestañas de hollín juntas por el miedo.

Se había ido con tu abuela. Más tarde encontraste su retrato–

una mujer apoyada, recién muerta, con las manos vaciadas del pasado.

Y tú, sentada en su regazo, dos años de edad, sosteniéndola

y aquello que la mantuvo para siempre en esa exposición.

 

 

III

 

El camino se ensancha después de ​​las casas arqueadas; manejas más rápido y te aferras al volante.

Digo que no me iré hasta después del Año Nuevo, pero por ahora no importa.

Tus nudillos no tienen sangre, y tus ojos estoicos son la tranquila superficie de un reloj.

 

Shah Jehan, encarcelado en una torre por su hijo, recibió una bandeja de oro

el día del golpe con la cabeza del heredero que había elegido en ella.

Al ver esto, el viejo rey cayó, se tumbó los dientes de la cabeza.

Por ocho años vio al Taj desde su ventana, desde el otro lado del río,

en un diamante montado en la pared que lo reflejaba un millón de veces.

Las suaves manos de mármol de su esposa se extendían hacia él, hacia el ataúd vacío a su lado.

Cuando el río se llenó, él lo cruzó caminando.

 

Cuando la puerta se abre, solo uno de nosotros se va. Miro tu auto hasta que está muy lejos

a través de las sombras de los árboles. El camino te recibe, y la casa te recibe,

al igual que ese cuerpo de agua, los setos recortados, la fría y estéril celda.

 

En tu billetera, llevas una foto de mi madre, de antes de mi nacimiento,

cuando ella era solo tuya. Sus rosas coinciden con los rosas ​​de las flores;

ella inclina su cabeza hacia la rama y sonríe, tan bella como una reina.

El amor es incidental, limitado al tiempo. Es el recuerdo del amor lo que amamos.

Es la memoria que se ensancha por el dolor –de estas pequeñas muertes

y estos muros de piedra. La corona que se ha hundido desde tus oídos

y cuelga alrededor de tu cuello es todo lo que queda.

 

 

 

The Octagonal Tower

 

‘History is the love that enters us through death; its discipline is grief.’ 

—Anne Michaels

 

I

 

Whatever rage has come through these sealed doors,

and scalded us black and frayed, we have no name for.

We cannot explain the quiet, sleepless shift of whispers,

a procession of shrouds along our corridors, 

or the diverted eyes that cloud to see a row of winter oaks outside

shocked in their dendritic fizz. And if we do know it,

it is in the blood, in this terrible synapse of sky, in the road away.

From our house we drive down through a sunken valley 

where, like a crypt, it is forever the hour of the dead.

 

You have always worn the wheel, pushed your hands and wrists

through its axes, as though it were a shackle. Driven, hunched.

It is the same—the sting of yucca and eucalyptus, a vein of pink

bougainvillea purged in hot pulses off rooftops—a fragrant massacre—

and the same steady road you drive every time afraid to speak, 

afraid to ask when I will leave you alone in that house with your wife.

I translate your favourite song in my mind: This song of mine, no one will sing.  

This song of mine that I sing myself will die tomorrow with me. 

 

An October night, 1975. A sudden rain has liquefied the earth.  

Mud isn’t enough. There is a word you use that means more than mud,

it is the sound of a foot, sunken to the ankle, pulling itself out—

the awful suck of uprooting. Like a scream, it is the fear of standing

so long that you might stay and sink forever. This sound trails 

behind you and your brother as you walk the fields one last time.

You will leave and not return for ten years, to marry my mother

who you’ve not yet met. Your four bare feet make an agreement 

with the earth, to remember. It prints its own response in your shadows.

 

 

II

 

Holidays are uncertain times. The marble face of an old king’s grief 

deflects the spectacle of his queen’s death in each perfect tessera.

The Taj rises above the Jammuna, doubles paradise in the mastery of slaves.

 

Holidays are uncertain times; their hands are cut off arms thrown up

in celebration. Now they too mourn, and skyward pray to phantom limbs

in the gardens of heaven, alone to pluck and preen.  

 

They are carted away without ceremony, along with the remains of stone 

that, like teeth, fall out of swooning heads. The funeral begins.  

Mumtaz, hollow as a bride, is veiled in by her white, carved lid.  

No one knows when you were born. They think it was an autumn month.

At five you asked where your mother was. Your soot lashes pooled with fear.

Gone to your grandmother’s. Later you found her picture—  

a woman propped up, freshly dead, her hands emptied of the past.

And you, seated on her lap, two years old, holding her 

and what held her forever in that exposure. 

 

 

III

 

The road widens past tracts of arched houses; you drive faster and grip the wheel.

I say I won’t leave till after the New Year, but by now it doesn’t matter.

Your knuckles are bloodless, and your stoic eyes are the calm surface of a timepiece.

 

Shah Jehan, imprisoned in a tower by his son, was sent a gold platter 

the day of the coup with the head of his chosen heir upon it.  

Seeing this the old king fell, knocked the teeth out of his head.  

For eight years he watched the Taj from his window, from across the river, 

in a diamond mounted in the wall that reflected it a million times over.  

The soft marble hands of his wife extended to him, to the empty casket beside her.  

When the river filled, he walked across it.

 

When the door opens, only one of us leaves. I watch your car until it is far down

through the shadows of trees. The road receives you, and the house receives you,

as does the galley of water, the trimmed hedge, the cold, sterile cell.  

 

In your wallet, you carry a picture of my mother, from before my birth, 

when she was only yours. Her pinks match the pinks of flowers; 

she bows her head into the branch and smiles, as beautiful as a queen.  

Love is incidental, time-bound. It is the memory of love we love. 

It is the memory that fattens on pain—of these small deaths 

and these stone walls. The crown that has sunken from your ears 

and hangs around your neck is all that remains.  

 

 

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