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Poesía colombiana: Bibiana Bernal

Poesía Panhispánica

Poesía colombiana: Bibiana Bernal

Círculo de poesía April 1, 2018
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Presentamos, en el marco del dossier de poesía colombiana preparado por Federico Díaz Granados, algunos textos de Bibiana Bernal (Calarcá, Colombia, 1985). Es poeta, narradora, editora independiente y gestora cultural. Su poesía ha sido traducida al griego, inglés y rumano. Directora de la Fundación Pundarika y la editorial Cuadernos Negros, fundada hace 12 años. Ha sido invitada a múltiples encuentros literarios e incluida en antologías de poesía y minificción y revistas nacionales e internacionales. Autora de dos libros de poesía y de varias antologías de cuento y minificción. Premio de Poesía Comfenalco 2003, Gobernación del Quindío 2016 y Finalista del Premio Nacional de Poesía 2017, con su libro “Pájaro de piedra”.

 

 

 

 

 

 

Invernal

 

Afuera la lluvia.

De este lado de la ventana,

el invierno respira sobre el cristal, opaca el tiempo en cautiverio.

Afuera el agua.

Cae sin respuestas sobre el asfalto, inunda de preguntas

los ojos que asisten al deshielo de la memoria.

Afuera el río,

se disfraza de calle,

se lleva el día

los días

la vida.


 

 

 

 

 

Deconstrucción

 

Construir

destruir

reconstruir

deconstruir

al otro

 

Para que permanezca

se vaya

sea

o deje de ser

 

Abreviarle la voz

sembrarle en las manos

el tiempo que no le cabe en los ojos

abrirle y cerrarle la noche

negarle la entrada

ofrecerle un abismo

ser su salida

tejerle unas alas

 

inventarlo

descubrirlo

encubrirlo

 

que sea si puede

que tenga cuanto le damos

 

 

 

 

 

 

que muera y vuelva a nacer para sí mismo por él o por nuestro artificio

que siempre lo construye y destruye

le da y le quita

y nos deja sin

yo

él

sin nosotros


 

 

 

 

 

Biografía del mundo

 

Todo fue cegar las manos,

acariciar máscaras,

elegir el tiempo como única medida,

su aleteo de dudas entre infierno y edén.

En el sueño y el vuelo,

nosotros como único recurso del miedo.

Todo fue bajar la mirada,

escupir los pies de Dios,

creer en la semejanza, en el prójimo,

en el uno más uno igual yo, en el olvido, el no soy,

el Creador y el hastío perpetuo.

Todo fue encarnar el caos,

en el pasado que vendrá

a confirmar lo que no sabemos a refutar lo poco que aprendimos

para desnudar lo que no somos.


 

 

 

 

 

 

Mudanza

 

De este lado

no se oyen sollozos

ni pasos en la habitación.

Por la ventana no entran ramas.

En la pared no se estampan siluetas.

A ninguna hora viene un perro a saludar.

En esta cama no duerme un abismo.

La luz no se apaga en mi rostro.

Aquí, como allá, nadie dice mi nombre.


 

 

 

 

 

Lecho de nieve

 

A Robert Walser,

quien murió sobre la nieve

 

 

Rumor de hojas sus pasos.

Camina invisible dejando huellas sonoras.

Viene de lejos, va sin prisa.

Es la sombra de un espantapájaros que susurra en la noche.

Viene entre los crujidos del viento, es la voz rota del espejo.

Movimiento sin volumen que avanza entre la quietud.

Viene desnudo, sin piel,

en busca de la espesura.

Camina lento.

Es su tiempo desencarnado.

No hay espacio

entre su transparencia y la solidez.

 

 

 

 

 

 

No hay caminos.

Instante y eternidad

nievan en su cuerpo.


 

 

 

 

 

Alejandría

 

La ciudad que se sirvió de nosotros (…)

que nos envolvió en conflictos que eran suyos y

creíamos equivocadamente nuestros.

Justine – Cuarteto de Alejandría

 

Por sus calles de mujer desolada,

en atardeceres extraviados,

asciende el vaho de los días.

Moldea a sus hijos de barro

con luces mortecinas.

Sus lluvias se empozan

en los ojos de los hombres.

Lágrimas ocres tiñen el aire.

El tiempo se pudre en los puertos.

Todo lo sabe de quienes anidan en sus entrañas.

Revela su voz en los balbuceos de sus fantasmas.

Se canta a destiempo con los ausentes.

Hiere las sombras del mediodía.

Cura a los moribundos de la media noche.

“Huele a sudor a jazmín a fruta podrida”.

Se edifica sobre el deseo de quienes

nacen y mueren, aman y odian,

entre su penumbra y su miseria.


 

 

 

 

 

 

Credo

 

Creo en el hombre,

exilado todopoderoso,

buscador del cielo

creador del infierno.

 

Creo en el engaño,

su único argumento.

 

Concebido por obra

y gracia del relámpago, nació de

la mentira virgen, padeció bajo

el poder del instinto y fue

despojado de la sutileza.

 

Creo en el hombre,

en su efímera entrega,

en su amor tejido con espuma,

en sus palabras de perpetuo aire,

en sus promesas de niebla,

en su tiempo sin memoria,

en la debilidad de su carne

y en su soledad eterna, amén.


 

 

 

 

 

Improbable

 

Nadie es el otro,

ahora que un cerrojo

es certeza del regreso.

 

Al cerrar la puerta

que abre el universo habitual,

del otro lado quedan los gestos

que trazaron su mundo en otra realidad.

 

Al abrir la valija,

el viento que entra por la ventana

agita la ropa y propaga un olor a

encuentro imposible

a calle desierta en la madrugada

a sudor de un día que terminó al día siguiente.

 

De quién es el equipaje que trajo,

si todo huele a alguien que no retornó,

se pregunta la recién llegada.


 

 

 

 

 

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