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Una conversación con Enrique Serna

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Una conversación con Enrique Serna

Círculo de poesía April 22, 2018
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Juan Rivas conversó recientemente con Enrique Serna (1958), uno de los narradores más destacados del México contemporáneo. Los temas centrales fueron el humor y el erotismo. Ha publicado novelas fundamentales como Señorita México, El miedo a los animales, El seductor de la patria o libros de cuento como Amores de segunda mano y El orgasmógrafo.

 

 

 

 

 

 

 

Humor y erotismo: Entrevista a Enrique Serna, por Juan Rivas

 

10 de abril de 2018

 

 

Juan Rivas. Tu primera novela, El ocaso de la primera dama, fue publicada únicamente en Campeche y actualmente es inconseguible. Tiempo después la reescribiste con el título de Señorita México, que es considerada canónicamente como tu primera novela. ¿A qué se debió el cambio de título, y qué tanto de esa primera novela sobrevivió en la segunda?

Enrique Serna. Le cambié el título porque me pareció muy malo. Y de hecho me da bastante horror que todavía me lo recuerden; por más que he intentado sepultarlo siempre sacan a colación ese título. Cambió mucho, de hecho hace poco que edité [Señorita México] en libro electrónico volví a meterle mano. Le pasé tijera, suprimí muchas partes. En particular porque, como ella está hablándole a un reportero, los capítulos en los que habla Selene son como una transcripción magnetofónica. Había tratado de hacer una reproducción fonética de lo que ella dice, pero luego me pareció que era un poco torpe y lo traté de mejorar.

 

JR. ¿Entonces no hay ninguna posibilidad de encontrar, algún día, una versión íntegra de la primera?

ES. Espero que nadie la pueda encontrar nunca.

 

A propósito de la re-escritura de una obra: en el cuento “Tía Nela”, incluido en El Orgasmógrafo, viene un final (spoiler alert) en el que la voz de la difunta tía le ordena a la desafortunada Fuensanta sentarse a tejer. Pero en la edición digital disponible en la página web de Letras Libres, el final es distinto. La orden ahora es que tome una pistola, la lleve a su sien y jale el gatillo, para reafirmar “hasta dónde llega mi autoridad sobre ti”. ¿Qué hay de este cambio?

ES. Es importante. Creo que mejoró. Yo lo publiqué en Letras Libres como dos años antes de publicar el libro, y preferí cambiarlo. Era un final más trágico pero a mí lo que me interesaba era cómo el carácter de la tía Nela va acabando con el de Fuensanta, volviéndose más fuerte que el del travesti. Es una especie de invasión de la personalidad. Me pareció más fuerte que inducirla al suicidio.

 

JR. En tus obras tiendes a satirizar, entre otras cosas, la visión cursi de la vida que ofrecen la literatura de superación y el discurso “positivo” de la vida. Pienso en Bambi Rivera, autora ficticia que leían las protagonistas de Señorita México y del cuento homónimo “Eufemia”. ¿Cuál fue la inspiración para crear a este personaje recurrente?

ES. Es un tipo social, el de los escritores de libros de auto ayuda, que pretenden con unas cuantas recetas solucionarle a la gente todos los problemas de su existencia. Por desgracia, embaucan a muchos incautos. Yo creé este personaje que entra y sale en esas novelas. Tengo otros personajes recurrentes, porque a veces tengo la idea de hacer una especie de comedia humana al estilo de Balzac, donde los personajes reaparecían de una novela a otra. Otro ejemplo es el comandante Maytorena y El Tunas, que reapareció en mi último libro La doble vida de Jesús, y que venía de Uno soñaba que era rey. Finalmente, como estás hablando de un mismo plano de realidad, yo creo que es válido que estos personajes salten de un lado a otro. Bambi Rivera tiene más participación en Uno soñaba que era rey. Seduce a Javier Barragán, se lo lleva a la cama en una escena muy grotesca. Hay una clara intención satírica de esta psicología barata, que es muy cruel, además, porque le promete a la gente un ascenso social. Le promete que va a ascender gracias a estas recetas para vivir. Para Eufemia es como una guía de vida hacia lo que ella aspira, que es ser una secretaria.

 

JR. En La sangre erguida, tres hombres viven subyugados por su deseo erótico y por la voluntad de sus penes. Bulmaro Díaz, incluso, sostiene diálogos mentales con el suyo, que es muy rebelde y lo trata de someter. ¿De dónde surge la idea de personalizar al deseo y darle una voz imaginaria a través del miembro masculino como personaje?

ES. Yo sabía que esto no es un recurso que yo haya usado por primera vez. Mi ex mujer escribió un artículo sobre un libro licencioso que yo no he leído; hablaba de que había coños parlantes. Me pareció una buena manera para mostrar esa lucha interior de Bulmaro, entre el deseo y la prudencia que lo incita a terminar con esa mujer que lo está arruinando. También para mostrar de una manera más dramática cómo él no es responsable de controlar a su pene, que tiene autonomía. La mejor manera de demostrar esa autonomía es convirtiéndolo en una especie de voz de su conciencia, que le quiere imponer su voluntad: “ahora vamos a hacer lo que yo digo, y te chingas”. Y claro, luego pensé que era más divertido que fuera una especie de gañán: el pito de Bulmaro habla como si fuera de la porra de los pumas. “Culeeero, culeeero”, le dice en algunos momentos.

 

JR. La impotencia sexual también es importante en “La gloria de la repetición”, cuento con el que cierra Amores de segunda mano. De esto mismo ya se burlaban con la pluma Petronio, Ovidio y Marcial. ¿Fueron influencias para abordar el tema? ¿Qué otros autores se han enfrascado en el problema de la impotencia sexual como combustible literario?

ES. Seguramente lo han hecho muchos, pero me parece que, actualmente, es un tema del que pocos escritores quieren hablar, porque sienten que es como un desdoro para el varón. Hay, en cambio, muchas novelas donde se presumen hazañas donjuanescas. En México, por ejemplo, Aguilar Camín escribió una novela donde narraba todas sus conquistas juveniles. José Luis Cuevas escribió un diario que se llamaba Cuevario, en donde se ufanaba de haber seducido a más de 600 mujeres, porque él había llevado su cuenta. Pero no se habla de los accidentes de la virilidad; es algo muy siniestro. Los hombres, cuando están reunidos entre sí, tampoco se atreven a hablar de eso. Presumen conquistas. Pero tener disfunción eréctil o eyaculación precoz, son cuestiones de las que nadie habla. Me parece que la novela debe tratar precisamente los temas de los que la gente no quiere hablar; entrar a esos lugares espinosos porque ahí residen, me parece, los temas interesantes; cómo puede esto modificar el carácter de alguien, que es lo que hice con Ferrán Miralles. Se va creando toda una personalidad a partir de la virilidad. Se le va convirtiendo en un complejo, como lo llaman los psicólogos, pero que va teniendo un poder determinante sobre la configuración de su personalidad; cuando logra vencer la impotencia, él ya va arrastrando una psicosis tan tremenda con esto que no puede aprovechar ahora su potencia para ser feliz, estar contento con su pareja. Lo que predomina en él es la voluntad de poder, de sojuzgar a las mujeres. Vengarse de esas humillaciones que involuntariamente le hicieron.

 

JR. En ambos casos el tema se trata con esa especie de humor amargo que te caracteriza. Freud observa, en El chiste y su relación con lo inconsciente, que hay un “humor que ríe entre lágrimas”: la risa en los momentos menos adecuados. En “Metafísica de la erección”, artículo para la revista de la UNAM, explicas que las erecciones pueden surgir en un velorio, pero fallar en los brazos de la mujer amada. ¿Hay alguna relación inconsciente que haga operar a la risa y al deseo erótico de maneras semejantes?

ES. Debe haber cierta semejanza, en el sentido de que tienen que brotar espontáneamente. No puede haber alguien que se esté esforzando para reír, como no puede haber alguien que se esté esforzando para tener una erección. Además, creo que esto también es aplicable a la inspiración literaria. Porque las mejores ideas son las que llegan a la mente de un escritor cuando no está haciendo un esfuerzo consciente por inventar una historia, sino que de pronto recibes una ocurrencia cuando no tratas de dirigir la voluntad hacia eso. Entonces, sí creo que tienen las tres cosas eso en común: en ellas opera más el inconsciente que la consciencia.

 

JR. Más de un teórico dedicado a tu obra (pienso en Vicente Francisco Torres) ha empleado el término humor negro. André Bretón ya incluía hace casi un siglo, en su Antología del Humor negro, desde el Marqués de Sade hasta Lewis Carroll y Kafka. Algunos teóricos norteamericanos han concluido que este término es muy difícil de determinar, más allá del tratamiento irónico a los temas trágicos o escabrosos. ¿Cómo defines el humor en tu obra? ¿Sería adecuado calificarla con el término humor negro?

ES. Es probable que no sea demasiado preciso el término, pero yo creo que es un humor que linda con lo grotesco, este sentimiento entre el horror y la hilaridad. Algo que te hace reír pero al mismo tiempo te asusta, te impresiona de una manera desagradable; creo que por ahí va el humor negro. Es un humor que apela a lectores que tienen una sensibilidad parecida a la tuya porque de lo contrario puede no parecerles gracioso lo que estás escribiendo. A mí me ha pasado advertir cómo a veces la ironía no es captada porque un lector no la puede decodificar, no concibe que alguien pueda burlarse de algo que estás diciéndole, quizá porque le atribuye una enorme gravedad. Te pongo un ejemplo: en La doble vida de Jesús el protagonista, Jesús Pastrana, es un panista católico que, de pronto, cae perdidamente enamorado de Leslie, el travesti; la primera vez que él se va con Leslie a la cama es para él una tremenda transgresión, una especie de sacrilegio. Narro esa escena con un enfoque irónico, porque a mí verdaderamente no me parece un sacrilegio tan grave; pero como sé que a él sí, le estoy metiendo una carga humorística a esa escena. Pero hubo un crítico que decía que era “terrible” lo que le pasaba a Jesús. Muchos lectores sienten que, desde ese momento, el personaje cae en la depravación, en la bajeza de la corrupción; que esto prefigura la corrupción política del personaje, porque no hacen una diferenciación entre la conducta de él en la vida privada y en la vida pública. Es un caso de ironía en la que no todos los lectores descubren la intención humorística. Pero ese es el riesgo que un escritor debe de correr si no quiere darle todo deglutido al lector. Dejar que libremente la gente lo interprete como quiera, a riesgo de no ser muy bien comprendido.

 

JR. Otro elemento constante es el humor vinculado al erotismo. Por otro lado, este rasgo está muy presente en la narrativa mexicana de la segunda mitad del s. XX (José Agustín y todos los onderos; Luis Zapata, Armando Ramírez, Eusebio Ruvalcaba, Alberto Chimal, por mencionar algunos). ¿Se puede hablar de un humor erótico? ¿Por qué está tan presente en la narrativa mexicana?

ES. Yo creo que tenemos toda una formación que nos lleva hacia allá. El albur, por ejemplo. Creo que hay muchas situaciones cómicas en la vida erótica, que pueden ser material de la novela. Hay algunos críticos que tienen ciertos prejuicios hacia esto; sostienen que escribir una novela que sea comedia erótica es como rebajarse al cine de ficheras. Cuando escribí esta novela, algo así dejó entender Sergio González Rodríguez. Yo creo que se equivocan. La literatura erótica no me parece un subgénero, mi mucho menos. Creo que es uno de los géneros más difíciles de la literatura. Aunque sea con tintes humorísticos, exige del escritor un manejo del lenguaje nada fácil de lograr. Necesitas lograr un equilibrio entre la poesía y la prosa, porque en las relaciones eróticas hay una mezcla entre la carne y el espíritu que debes reflejar; lo que es importante en una novela erótica es lo que está pasando en la mente de los personajes, no tanto lo que hagan en la cama. Además, la manera como ellos se enamoran, como seducen; lo que está pasando por sus mentes en ese momento, las angustias que pueden tener y demás están muy relacionadas con la configuración de su personalidad en general. Te obliga a crear personajes complejos, y a guardar un equilibrio que es difícil porque te puede llevar a dos extremos: a un erotismo demasiado crudo, lo que llamaba Cortázar el “erotismo peludo”; o a un exceso de preciosismo, que también falsea los placeres de la carne.

 

JR. No empleas el albur como recurso literario. Algunos lo usan o lo defienden como ingenio lingüístico; otros lo catalogan de homosexualidad reprimida. ¿Cómo lo consideras?

ES. Es verdad que yo casi no he empleado albures en mis obras. He escrito sobre el albur como juego literario-erótico. Me parece que es sintomático, como una especie de entre tenor y deseo de ser penetrado que manifiesta el macho mexicano en ese tipo de juegos; tampoco soy un enemigo del albur. Me parece que en algunos casos puede ser bastante creativo, y que ha dado más material para ejercer el ingenio en la literatura. En el caso de José Agustín, por ejemplo, él sí es bastante alburero.

 

JR. Hay una actitud “poblana” que aparece en algunas de tus obras. “A perro, perico y poblano, nunca extiendas la mano”, dice Santa Anna en El seductor de la patria, recordando una de tantas traiciones de la gente de Puebla, que esperaba con mole y un tedeum a los gringos en la invasión del 48. El protagonista de “Soledad coronada”, de La ternura caníbal, es un catedrático de la UDLA que radica en el extranjero y, como venganza, contrae un compromiso social para cancelarlo a última hora. Algo muy poblano, lamentablemente. Por último, “Tía Nela” es el perfecto retrato de la viejita poblana mocha. ¿A qué crees que se deban esta actitud y este ambiente tan conservador de la ciudad de Puebla?

ES. Aquí dejó una huella muy fuerte la Colonia. Es una ciudad colonial, y las élites son particularmente cerradas, probablemente más que en otras provincias. Todo eso ha ido configurando una particular hipocresía, me parece a mí, mayor a la que hay en otros lugares. Aunque creo que el Altiplano mexicano se caracteriza más o menos por los mismos rasgos de conducta: no hablar claro, nunca decir las cosas directamente, el culto a los signos de estatus. Hay otras circunstancias históricas que se confabulan aquí en Puebla. Por ejemplo, ustedes tuvieron aquí la tiranía de Maximino Ávila Camacho en la primera mitad de los años 20; en una época en que el resto del país era cardenista y había un momento de política igualitaria, que estaba tratando de abolir las diferencias entre los mexicanos, aquí hubo una pequeña  contrarrevolución, que fue la de Maximino, un defensor de los privilegios, de las élites, que aniquiló la reforma agraria. Probablemente ésa sea una de las razones por las que sigue teniendo esa tónica la vida social en Puebla.

 

JR. Has explorado todos los subgéneros (o la mayoría) en novela y cuento. Novela histórica (El seductor de la patria), policíaca (El miedo a los animales), intimista (Fruta verde, La sangre erguida), y recientemente, La doble vida de Jesús se adentra en el mundo del narcotráfico. ¿Puede considerarse una narco novela? ¿Qué opinas de este género?

ES. No creo que sea una narco novela, porque aquí el narco es un personaje secundario. Los protagonistas, Jesús y Leslie, están fuera del mundo del narco. Pero como cuenta la historia de un candidato a la alcaldía de Cuernavaca, en esta época contemporánea, me pareció que era imprescindible tocar el tema del narco porque se ha convertido en un elemento fundamental para entender el México contemporáneo. Por eso incluye un personaje que además está vinculado con la trama por ser el hermano gemelo de Leslie, el jefe de los Tecuanes. No creo que sea un mal género la narco novela, en lo absoluto. Me parece además lógico que haya muchos escritores interesados en escribirla, porque es la gran tragedia de nuestro tiempo, y espero que salga alguna muy buena novela de este tema, como una que me encanta de Laura Restrepo, Leopardo al sol, que yo creo es lo mejor que se ha escrito sobre la literatura del narco en América Latina.

 

 

 

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