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Poesía española: Ramón Martínez López

Poesía Panhispánica

Poesía española: Ramón Martínez López

Círculo de poesía May 15, 2018
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Presentamos, en selección de Alejandro Rejón Huchin, una muestra del poeta español Ramón Martínez López (Fuente Vaqueros, 1975). Doctorado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada en 2003. Miembro de la Asociación Colegial de Escritores (Sección Autónoma de Andalucía). Ha participado en diversos proyectos de investigación, seminarios, cursos y eventos de difusión científica. Ha sido finalista en el XXIX Certamen de Poesía Villa de Peligros, 2014, con Septiembre en los armarios; en el Segundo Premio Internacional de Poesía Ciudad de Almuñécar, 2015, con Abril deshabitado y en el II Certamen Umbral de Poesía de Valladolid, 2015, con Los que soñamos con la luna. 

 

 

 

 

Eternidad en la ausencia

 

Tú no sabes,

pero yo alguna vez lo he visto:

hace parte de las cosas

que cuando se están yendo

parece que se quedan.

Andrea Cote

 

Siempre quisiste ser lluvia,

prolongación de nube,

rocío mismo

sobre la verde hierba.

 

Yo, en cambio, solo anhelaba ser camino

bajo tus pies descalzos,

regazo de tierra

para tu cuerpo herido.

 

Siempre quisiste ser río sin cauce,

sueño impío y sobresaltado,

brizna suelta de sueño

sobre los tejados.

 

Yo, sólo mano en tu cintura,

susurro en tu oído,

Secuencias de piel sobre el invierno

caricia en tu espalda,

beso en tu ombligo.

 

Imposible abrazarnos:

Yo, ceniza; Tú, agua.

Fragmento de ti.

Sendero no transitado.

 

Maldita verdad la nuestra:

siempre te estás yendo

aunque parece que te quedas.

 

Sí. Siempre quisiste ser lluvia.

Yo, al menos, seré el camino

bañado por tus aguas.

 

 

 

 

Inmortalidad en el beso

 

Sólo quien ha besado sabe que es inmortal

Raquel Lanseros

 

El cuerpo nos recuerda lo que fuimos

con sus prisas ajenas y silencios.

Las flores seducen la mirada,

nos alejan de los grises

de la pátina del tiempo.

Hay lunes que sonrojan las mejillas

con secuencias de piel sobre el invierno.

Las caricias están en la otra esquina,

deambulando incansables por tu sueño.

Somos aire que acaricia los contornos

y semillas acunadas por el viento.

Incertidumbre somos

y pasajeros borrosos del recuerdo.

Manos cansadas que buscan temblorosas

los perfiles lejanos del encuentro.

Inconstantes somos

y, a pesar de los pesares, fuego.

Juguetes rotos que anhelan ser mañana

extraños en las playas de febrero.

Un lunar en tu falda

y su derribo.

Un punto, en tu cuaderno,

Secuencias de piel sobre el invierno

suspensivo.

Unos ojos.

Sus contrarios.

Hielo en el estío.

Al menos, eternos en el beso.

Inmortales lenguas de rocío

 

 

 

 

Al abordaje

 

Este dolor tan simple es un desierto.

Fernando Valverde

 

Ahora que el mar se cobija en mis recuerdos

y tus ojos ya son parte de su antiguo oleaje.

Ahora que las ciudades son fríos inviernos

y un temblor de septiembres y paisajes.

Ahora que el viento azota mi rostro

y octubre se escapa por las autopistas de peaje.

Ahora que la noche es el olvido

y tu cuerpo niebla, sueño y maquillaje.

Ahora este dolor tan simple es un desierto

y yo, un náufrago sin ti al abordaje

 

 

 

 

Cuando la lluvia cae

 

Negar el agua es negarse a uno mismo

Francisco Ruiz Udiel

 

Me resguardo del tiempo y la memoria

bajo el balcón del sueño y tu recuerdo.

Octubre siempre tuvo la melancolía de las horas

anestesiadas por la humedad de las caricias sin prisa.

Negar el agua es negar nuestros instintos,

alejarnos de su lenguaje que se asienta en la tierra,

rechazar nuestras raíces hasta hundirnos en el lodo.

Negar el agua es negarse uno mismo,

aniquilar el cuerpo deshidratando la sombra que proyecta.

Por eso, ahora que los años me liberan

de la falsa quietud que da la primavera,

abandono mi soledad de centinela

y me entrego a la lluvia que cae sobre mi rostro

sin saber que redentora será imagen de otros.

 

 

 

 

Pequeño cuento

 

Era tu cuerpo una ciudad desierta,

infinita de sueños y de aceras.

Bordeaba la luna tu sonrisa

al vaivén de tu mar y mis caderas.

Sí. Era tu cuerpo una ciudad desierta

y yo, un vagabundo sin prisa

por tus calles.

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