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Poesía Mexicana: Héctor Cisneros Vázquez

Poesía en México

Poesía Mexicana: Héctor Cisneros Vázquez

Círculo de poesía mayo 27, 2018
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Presentamos un poema del escritor Héctor Cisneros Vázquez. Es maestro en Creación Literaria por la Universidad de Texas. Fue becario del programa Fulbright de los Estados Unidos, del Programa de estudios en el extranjero del FONCA y del Dodson Research Grant de la Universidad de Texas. Ha sido ganador del concurso nacional de poesía Dr. Enrique Peña Gutiérrez (Sinaloa, 2016) y del concurso de poesía Timón de Oro (Secretaría de marina, 2017). Ha publicado y traducido poesía en varias revistas. Sus cuentos han sido premiados en el Concurso de cuentos y tradiciones nacionales (UAM, 2011) y en el Premio de literatura Joven Max Rojas (Iztapalapa, 2011). Es profesor de poesía en La Escuela de Escritores de México.

 

 

 

 

 

Salón de salsa

 

Los guardias de la puerta,

a cambio de una paga que no vale el riesgo,

evitan que entren los hombres que llevan

el signo de la preocupación en la frente

(se puede sobornarlos).

La luz del láser y el estrobo rasga

las tediosas horas de la noche.

El ritmo y el tambor, la multitud,

ahogan los malos acordes

que vienen de la calle:

los cláxones atropellados en la prisa,

los pasos que resuenan

con un temor por el mañana,

las verdades que susurra la soledad,

el tiempo que angustioso

palpita en la muñeca izquierda de los hombres.

 

La banda toca desde un altar marchito.

En el ojo del remolino de las notas

que como un mezclador

revuelven el sudor con el mojito,

las luces con la noche,

y el aliento con la piel en el baile,

alcanzo a ver a una mujer

como el instante de la luz

que se posa en el metal del saxofón,

con los cabellos largos como el tiempo de afuera

y la belleza afilada por la noche.

 

Sin notarme

deja la mesa de mano de un bailarín

y—sin ninguna compasión—

con la cadera avienta

la angustia de otras tardes,

aplasta el tiempo a cada paso

y se desviste de la vida

con cada vuelta que le guían esas manos

y con cada compás,

porque para ella

hay tan sólo ocho instantes cada vez

y sabe que en el mismo cauce

bailan siempre otras aguas.

 

Así yo quisiera

—con mis manos girando su cintura

como un reloj de arena—

que pudiera olvidarme

del tiempo y de la vida por completo.

 

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