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Cuento joven de México: Maximiliano Sauza

Fabla salvaje

Cuento joven de México: Maximiliano Sauza

Círculo de poesía junio 25, 2018
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Presentamos un cuento de Maximiliano Sauza (Querétaro, 1993).  Arqueólogo egresado de la Universidad Veracruzana (Mención honorífica). Premio “Arte, Ciencia, Luz” 2016 (UV). Premio Teotihuacan 2017 (INAH). Ha publicado un libro de cuentos, algunos poemas, fotografías y ensayos dispersos. Escribe cuando no sabe qué escribir.

 

 

 

 

El rincón enorme

I

−Si mencionaste en el primer capítulo que hay un rifle colgado en la pared, tienes que dispararlo en algún momento− dijo mi maestro Chéjov, vaso de ron en mano, en una de nuestras recurrentes tertulias literarias, las cuales se efectuaban en bares como La Palma, El Subma, o Roberto’s.

−Bullshit! −exclamó, pasado de copas, Hemingway−: Si hay un rifle colgado en la pared, es posible que un imbécil lo haya puesto allí y no tenga mayor relevancia ni en su vida ni en el relato. Podría ser el decorado de uno de esos afeminados que van al Espresso; o quizá de un coleccionista de rifles, o de un simple pescador de Tlacotalpan. No necesariamente debes hacerla estallar en la página trece. ¿A quién mierda le interesa una bajeza de tan mal gusto?

Fitzgerald, no menos sobrio, a quien no se le entendía ni en lo que escribía ni en lo que hablaba, secundó la opinión de su amigo Ernest.

La Palma era un completo barullo esa noche. Nuestra mesa tenía una capa de papeles mojados, húmedos folders y libretas enmohecidas, sazonada con cerveza derramada y ceniza volátil de cigarros esfumados. Cuando llegaron Maupassant y Kafka, juntamos nuestra mesa con la contigua. Pidieron su respectiva cerveza. La ronda se extendió a todos.

−Estábamos hablando −se adelantó Chéjov− sobre la coherencia interna que debe tener un cuento. Si hablas de una pistola, lo más prudente y correcto es que la hagas estallar en algún momento de la trama.

−Las palabras no deben sobrar en un cuento, eso déjalo para las novelas que leen las señoritas− secundó Maupassant, balanceando un cigarro entre los dedos.

Todos discutían y yo, atento, anotaba en mi libreta. Todos excepto Kafka, a quien descubrí mirándome con esos ojos de camarón despistado con que sale en sus retratos. Algo similar a una sonrisa se le dibujó en el rostro. Respondí con el gesto más similar que mis facciones pudieron ofrecer.

−¿Ya vieron quién está en el fondo?– preguntó Chéjov, interrumpiendo la plática e imponiendo orden en la mesa.

−¡Ah, es el ciego! −balbuceó Hemingway, mordisqueando la boca del vaso.

Fitzgerald exhaló algo así como una carcajada que terminó interrumpida.

Yo, fascinado, casi grité: ¡Borges!, pero, por suerte mía, me detuvo el asombro de ver que mi compañero de al lado ya se había esfumado de la mesa.

−Ya está el orejón hablando con el ciego− exclamó inquisitivamente Hemingway.

−No sabía que Borges vivía en Xalapa− le confesé a Maupassant, casi al oído.

−Es porque no vive aquí −contestó−. Borges vive en Coatepec. Además, rara vez sale de su casa. Seguramente se ha de encontrar aquí con alguien.

II

Chéjov y Maupassant entablaron una conversación en francés a la que no pude darle seguimiento, por más que me esforcé. Fitzgerald y Hemingway, seducidos acaso por la mutua envidia, habían trabado miradas con un par de chicas de la mesa de enfrente. Para fortuna de todos, los gringos se levantaron sin despido y se sentaron donde las chicas estaban. En cuanto se desocuparon los lugares, Borges y Kafka llegaron donde nosotros.

−¡Borges! −exclamó Chéjov, alzando las manos como si fuera a abrazar un enorme oso−. Qué gusto me da verte. Mira, te presento, él es Max. Trabaja en la revista como corrector desde hace un par de meses. Se animó por fin a presentarnos un cuento, el cual le publicaremos en el siguiente número.

Con la solemnidad del asceta que cree ver a Dios, le extendí la mano al Maestro, pero aquél se limitó (quiero pensar que fue porque yo no estaba en su rango de figuras visibles) a sonreír y decirme: −Buenas noches, joven−. Replegué entonces la mano y fingí nunca haberla extendido. La noche continuaba, alargada con las rondas de cerveza.

−Dígame, ¿juega usted ajedrez? −me preguntó, para asombro mío, el mismísimo Borges.

−Sí, maestro− tartamudeé, mientras mascaba avergonzado un churro de botana−. Pero soy muy malo, apenas y sé mover las piezas −me excusé, tragando con rapidez la fritura.

­−Pero, ¿aquí, dónde piensas sacar un ajedrez, Borges? −interrumpió Maupassant.

−Tendrán que jugar dominó o baraja −exclamó Chéjov.

−No sé jugar baraja −repliqué.

−Entonces jugaremos dominó cubano −finalizó Borges, con sentenciosa, casi aforística, afirmación.

III

A la mesera le pedimos un juego de dominó. La media noche llegó y se nos fue, ronda tras ronda, sin que nos diéramos cuenta. Jugábamos y las contiendas se reñían entre Kafka y Maupassant. Aquel, cuando se veía victorioso, entre las pocas palabras que de repente emanaba, dijo: −El ocio es el padre de todos los vicios−. Acaso acostumbrados a su hermetismo, nadie más que yo parecía entusiasmarse por esas extrañas palabras. Por su parte, Maupassant repetía y aderezaba sus anécdotas de cómo los prusianos siempre habían sido pésimos jugadores de naipes, dominó, ajedrez y de todos los placeres y vicios del mundo, y que jugando contra ellos, los normandos habían aprendido las mañas y los gajes del oficio. Borges, asombrosamente y pese a su defectuosa visión, ganó dos o tres partidas. Aunque yo tenía fama de vago en el dominó, no pude ni acercarme al segundo lugar en ninguna partida.

El juego servía de excusa para que los maestros hablaran sobre sus preceptos literarios. Debatían las tesis de otros cuentistas y defendían las propias. Con atónita lucidez, los cuatro cuentistas parloteaban y yo, ¡maldita sea!, anotaba todo con una rapidez inhumana, que excedía a creces mis posibilidades. Todas mis plumas (aparte de que me daba pena mostrarlas porque mordisqueo las tapas) estaban casi agotadas de la tinta. (Además, ¿qué pensarían de mí si, como aspirante a narrador, descubriesen que no tengo una sola pluma decente conmigo?) Desfilaban por mis manos las dos o tres plumas que llevaba, y siempre mis apuntes dejaban líneas difusas de azul o negro registro. Horrendos huecos blancos se disponían como íntimos jeroglíficos en mi libretilla artesanal. Aún hoy me resulta difícil releer mis apuntes, y recordar vagamente todo lo dicho por mis maestros: que si el cuento es una novela depurada de ripios; o que si en sus alrededores está más bien la poesía; que si la novela es hija (o hermana) del cuento; que si fue primero el huevo (el cuento) o la gallina (el resto de la narrativa); que si el cuento fue la primera piel de la religión y la mitología; que si es, en tiempos modernos, y pese a su brevedad, un género mayor; que si la redondez esto, que si la intensidad aquello… Uno preguntaba sobre el uso y significado de la palabra “cuento” entre los grandes del Siglo de Oro y, en particular, su acepción en El Quijote, y otro respondía sobre la preminencia del cuento como relato de relatos, como obra maestra del género humano. Uno alegaba que el cuento trata sobre el crimen, y otro secundaba la tesis de que la novela trata sobre el criminal… Trataron sobre la ambigüedad del término y sus connotaciones tan barrocas como mexicanas: “hacerle al cuento”, “alargar el cuento”, “no me salgas con cuentos”…

La noche continuó y con los maestros jugué una última partida. Pedimos la cuenta y recogimos las piezas y ordenamos nuestros papeles. Una vez afuera de La Palma, nos despedimos estrechando abrazos y palabras de cortesía. Al despedirse de mí, Borges dijo:

−Encantado de conocerlo, joven. Dígame, por cierto, ¿cómo se llama el cuento que le aceptó Chéjov en su revista?

−“El rincón enorme” −contesté, no sin antes expresar lambisconamente que el gusto había sido todo mío. Quise explicarle a Borges el significado del título de mi cuento, pero me interrumpió con una sonrisa y un gesto de extraña amabilidad:

−Bien, pues espero leerlo pronto.

IV

Al día siguiente, la cruda avalancha de trasnoche y excesos había tomado lugar en mi cuerpo. Yo era el depositario de todos los desvelos del mundo. Poco antes de recordar que la noche anterior había conocido al mismísimo Borges, tomé mi celular y me sorprendí con la primera noticia que vi en internet:

“Gunshot Kills Hemingway.”

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