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Poema para leer un viernes por la tarde: La duquesa muerta, de Robert Browning

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Poema para leer un viernes por la tarde: La duquesa muerta, de Robert Browning

Círculo de poesía agosto 3, 2018
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En esta nueva sección Poema para leer un viernes por la tarde, nuestro editor, el poeta Mario Bojórquez, nos propone la lectura de La duquesa muerta, de Robert Browning en la espléndida traducción de Enrique Díez Canedo. Esta sección es un feliz pretexto para volver a viejos, conocidos poemas, así como para descubrir nuevos autores.

 

 

 

 

 

En este modelo de monólogo dramático escuchamos hablar al Conde de Ferrara sobre un cuadro que seguramente pintó Agnolo Bronzino o sus alumnos de la Duquesa Lucrezia de Medici, el Conde habla frente a su posible nuevo suegro de cómo le importunaba la alegría floral de su antigua esposa, de cómo ella era amable con todos y con todos tenía siempre un trato cordial, esa risa contagiosa y feliz era dolorosísima para el celoso marido, la Duquesa se había casado a los 14 y murió a los 17 en circunstancias sospechosas hacia 1561. El poema resulta perturbador por la ominosa actitud del Conde que revela una proclividad hacia la manipulación y los celos y quizá sugiere la actitud del asesino, “siguió aquello”. Robert Browning consigue aquí el punto de inflexión al proponer una atmósfera del crimen sin precisarlo, las líneas finales dedicadas a una escultura en bronce, refuerzan esta idea, se ha contado hace apenas unos segundos el infortunado fallecimiento de la Duquesa y ya el punto de vista del seguro asesino descansa sobre una figurilla de bronce, este proceder esquivo en la atención, revela, al menos, una profunda verdad inasequible al lector.

 

Mario Bojórquez

 

 

 

 

LA DUQUESA MUERTA

 

FERRARA

 

En aquella pared, ved el retrato 

de mi Duquesa muerta: se diría

que vive; prodigioso lo reputo.

Aquí está como un día Fra Pandolfo

la pintó con sus manos. Para verla

¿sentaros no queréis? De intento dije

«Fra Pandolfo», que nunca vio un extraño

como sois vos, en la figura, el hondo

y apasionado y serio encanto suyo,

sin volverse hacia mí (pues la cortina

que la cubre y por vos he descorrido

nadie la toca sino yo) ganoso

de preguntar, sí osaba, cómo el raro

prodigio vino aquí; ya en otros muchos

vi tal curiosidad. Señor, no sólo

de su esposo el aspecto en las mejillas

de la Duquesa tonos tan alegres

ponía. Fra Pandolfo bromeaba

con frecuencia diciendo: «La mantilla

de mi señora cae demasiado

por la fina muñeca», o bien: «El arte

pierda toda esperanza, que impotente

será para copiar ese desmayo

de suavidad que muere en su garganta.»

Galanterías de tal suerte fueron

bastantes para dar a sus mejillas

esos alegres tonos. Era el suyo

un corazón —no sé cómo decirlo—

un corazón propenso a la alegría

y a todo encanto fácil. Encontraba

gozo en todas las cosas, y sus ojos

en todo se posaban. Todo grato

para ella, señor: mis agasajos

en su pecho; las luces del poniente;

las cerezas que un necio le traía

del huerto, adulador; la mula blanca

sobre la que, de la terraza en torno,

cabalgaba; cualquiera, cualquier cosa,

su rubor o su elogio merecía.

Daba gracias a todos —¡bien, de alguna

manera! —no sé cómo— y mi regalo,

de novecientos años de nobleza

con el don de cualquiera equiparaba.

¿Quién vituperaría tan ligera

frivolidad? Si yo tuviera ingenio

—que no lo tengo—en el hablar, muy claro

le hubiera dicho: «En esto justamente

me disgustáis, y en esto; erráis en esto;

pasáis en esto de la raya» —y ella,

si al verse corregida, no mostraba

su agudeza ni excusas os pedía,

vituperio existiera; y vituperio

no admito yo. Señor, sonreiría

sin duda al verme tolerar; empero

¿quién toleró, de una sonrisa libre?

Siguió aquello. Con una orden, todas

de una vez, acabaron las sonrisas.

Vedla aquí como en vida. —¿Sois gustoso

de levantaros? Descender podemos

junto a nuestros amigos. —Os repito

que la notoria esplendidez del Conde,

vuestro señor, es buena garantía

de que todas mis justas peticiones

de dote atenderá —mas os declaro

que la sola hermosura de su hija

me aficiona.— Señor, bajemos juntos.

Ved el Neptuno aquel, que va rigiendo

un caballo de mar. Una bicoca

no del todo vulgar: obra de Claudio

de Insbruck, en bronce para mí fundida.

 

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