Foja de Poesía No. 050: Jorge Ortega

Jorge Ortega

Jorge Ortega (Mexicali, Baja California, México, 1972) es poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona y, desde 2007, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte en el área de letras. Publicó su primer libro de poemas, Crepitaciones de junio, a los 20 años de edad. Hasta ahora su bibliografía la integran ocho títulos de poesía y tres de ensayo literario. Sus libros más recientes son Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003) y Estado del tiempo (Hiperión, Madrid, 2005), este último finalista único del vigésimo Premio de Poesía Hiperión convocado en España por la editorial homónima. Colabora en distintos medios culturales y literarios de Iberoamérica, tales como Crítica, Ínsula, La Estafeta del Viento, Letras Libres, Mandorla, Nexos, Revista Atlántica de Poesía y Revista de Occidente. Reseña mensualmente para la revista española Quimera las novedades en poesía. Ha ofrecido lecturas y participado en presentaciones editoriales, festivales, encuentros, conferencias y congresos de literatura en múltiples ciudades de América y Europa. Su poesía figura en las antologías poéticas de su generación en México El manantial latente. Muestra de poesía mexicana desde el ahora (2002), Árbol de variada luz. Antología de poesía mexicana actual (2003) y La luz que va dando nombre. Veinte años de la poesía última en México (2007). Textos suyos fueron recogidos en las publicaciones colectivas A contraluz. Poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente (2005) y El hacha puesta en la raíz. Ensayistas mexicanos para el siglo XXI (2006). Como investigador de la literatura se ha especializado en poesía, prosa y cultura del Siglo de Oro, poesía iberoamericana contemporánea y poesía mexicana del siglo XX. Pertenece a la Asociación Internacional de Hispanistas y a la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos. Reside en Barcelona.

A continuación poemas de Jorge Ortega aparecidos durante el reciente lustro en diversos medios editoriales.

Hallazgo

Una mujer dormida en el vado del alba.
Una mujer dormida
en el sector más bajo de los sueños
como un guijarro liso
al fondo del estanque.

Bien parece una muerta. Lo pregonan
la escuadra que postula su rodilla,
los brazos en un gesto de abandono,
el dorso en posición un tanto incómoda,
la ausencia de resuello
por tiempo indefinido.

Alguien se viste a un lado
cuidadosamente, tratando
de no hacer mucho ruido o alterar
el agua del sepulcro que la habita,
su nivel.

La luz va esmerilando los contornos.

Pensar que no estarás cuando ese cuerpo
renuncie a ser un bulto inanimado
y se convierta en el papel volátil

que al curso de las horas encandile
-con un fulgor quizá más necesario
que el sol de los cristales-

los zócalos de casa
donde la transparencia que nos cubre
despliega el manuscrito
de todos sus enigmas.

 

Parábola de la migraña

El oído. La sien. El ojo.
El cántaro agobiado por el agua
y su presión de arteria.

Tambores muy adentro.
Tambores en el hueso de la fruta
filtrando desde dentro la descarga
rumbo a la superficie mojada por el fuego.

Llevar bajo la cera del semblante
un coral rojo, un rojo candelabro
de venas palpitantes. Solución:
ceder el pensamiento por un rato.

Pero tampoco el sueño.

Sus turbulencias viajan por el agua
y alcanzan la otra orilla
del cántaro apacible
con la celeridad de cualquier ruido.

Basta una sola onda
-el desliz de la manta-
para volver al punto de partida
y prolongar el fin.

 

Escuela flamenca

La madre emparejando calcetines
frente al televisor,
y
una luz tenue
-entre amarilla y blanca
pero sin consistencia-
viniendo desde afuera
a esclarecer la cueva de la sala,
depósito de sombras.

A un lado su marido
con la pierna cruzada
y el aspecto cansino,
el rostro un tanto más iluminado
por las detonaciones de la tele
que estalla en sus imágenes.

El par en su rutina
dejando transcurrir las manecillas
hasta las nueve y media,
esperando la muerte en el sofá
con la mirada puesta ya en la nada;

en la pantalla, no en el noticiero,
en el tapiz y
no precisamente
en la pared,
y no en el revistero
sino en el monograma de la alfombra.

Las fotos familiares, los adornos,
las acuarelas, el piano arrumbado
por más de cuatro lustros
se adhieren al suspenso
de cuanto los rodea.

[Mandorla, 2005]

 

Autovía del noroeste

 Onde a terra se acaba e o mar começa
OS LUSÍADAS, III, 20, 3.

Nos acercamos a la finisterra
bordeando la costa.
La niebla peina el bosque
y entre los altos robles
cariados por el musgo
enreda su enigmático sudario.

De pronto, en una curva,
la alfombra lapislázuli, casi ficticia
de sorpresiva y breve;
y otra vez la espesura
negándose a menguar en el asombro.

Los límites del orbe
no son de agua ni fuego,
de rugientes llamaradas
en un cantil sin fondo
o de cascadas que caen
interminablemente
al magma planetario.

Abundan las coníferas,
y el mar, en cualquier caso,
prefigura un comienzo, indica un horizonte
con su genoma que engloba
-lo sabe el renacuajo-
los orígenes de la vida.

[Crítica, 2006]

 

Lección de biología

El pájaro es más leve que la rama
en el jardín de la fragilidad.

Resbala, se desprende
una migaja de agua,
ejerce
sobre la nervadura de la hoja
el peso vertical de su abalorio.

Mas
el pájaro
se arraiga a las cornisas
como una marioneta
tirada por las hebras de la lluvia.

Nosotros, a la inversa,
no terminamos nunca
de caer,

igual que el cielo que se desmorona
bajo el hacha del trueno.

Terrícolas, el suelo nos reclama.

Y así, sólo compete
acatar la inercia del diluvio
y el ascenso del pájaro

desde un punto de mira que reitera
la imposibilidad de nuestra hechura.

[Textos, 2006]

 

Hacia el metro

La calle huele a calle.

En el aire desierto
gravitan los olores.

Polvo, aserrín, ladrillo
rociados por el alba
y su lengua de vaho
que pudre los cerrojos.

Las puertas se abren solas
al principio del mundo;
de los talleres envueltos
por las redes del sueño
salen los simulacros
de un incienso humilde.

El tiempo restablece a la mañana
los ruidos olfativos,
indicios, emisiones
de un futuro que salva
lentamente
-como el gradual despliegue de la flor-
el ancho pergamino de una nueva jornada.

Nada me consta:
arquitectura efímera.

Invisible sobre lo invisible.

[Nexos, 2006]

 

Numulites

y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.
FEDERICO GARCÍA LORCA

Palpo una losa
y me ilumino por dentro.

Es el virus de lo que se preserva,
el incandescente
bacilo de las décadas caducas
que sube por la entraña mineral
a fecundar los clamores del pulso.

Emerge la resina
de edades sumergidas,
el jugo que atesoran
las planchas de granito
en una red de nervios insondables.

El pasado se infiltra en la humedad,
comienza a dispersarse
bajo la inmóvil cera de la piel
como el destacamento
de una tropa diezmada.

El cascabel de las viejas proezas
aumenta poco a poco de volumen
pero al cabo remata
con un fino zumbido
de espadas y estertores.

Un sobresalto que ni quién perciba
llena la copa del entendimiento
con una luz intensa.

Devoción por la piedra:
una vez más abdico
sin ofrecer resistencia
a la convocatoria de las ruinas.

[Voz otra, 2006]

 

Frecuencia modulada

(“Gold”, Spandau Ballet)

Una canción te sigue hasta Madrid
a través de los años. El espejo
de la barra te ofrece las facciones
del muchacho que fuiste en la segunda
mitad de los ochenta. Quién diría
que tras hendir los mares y los cielos
y machacar la suela en las aceras
la radio de un lugar insospechado
que no estaba en el plan de la mañana
habría de emitir para ti solo
la pieza de un verano mesozoico.
La charla insulsa junto a la piscina,
el agua a contraluz, los camareros
de blanco y Laura, la que te gustaba,
en una mesa aparte, con su grupo.
La música por dentro, retumbando
para nadie, el runrún de la cadencia
como una forma de infundirse ánimos
desde la soledad de la garganta.
La hidra de los sueños olvidados
vuelve a asomar del pozo de ti mismo
para de nuevo hundirse en el drenaje
de tus viejas arterias. Flota lánguido
en la cerveza un girasol de espuma
que se disuelve con los comerciales.

[La Estafeta del Viento, 2006]

 

Rutas alternas

And a time for living and for generation
“East Coker”, FOUR QUARTETS.

Ya no habrá tiempo de entregarte
a lo que esquilma,
a lo que esquilma y vivifica,
vivifica y muerde.

Noche cincelada por la brisa.
Plazas abiertas al abismo
de los divertimentos.
Zócalos labrados
por el gusano de la contingencia.

Caminas al encuentro de un amigo
con bastante demora.
Tal vez ya no le alcances y la marcha
te obsequie por lo mismo
una nueva manera de perderte
en su intrincado bosque de tabernas.

No regreses tan pronto. No recules.
No des media vuelta.

No renuncies al margen
de azar que te convida el desacierto:
detrás del promontorio de la duda
aguarda la ganancia
de la revelación o el desengaño.

Anclado en el desierto
no habrá ya laberinto en que extraviarse.

Elige, pues, el más largo trayecto
para volver a casa.

[Letras Libres, versión española, 2007]

 

Café Zurich

Ayer la palabra servía de marco a la conversación. Era el oleaje de nuestra prosodia circuyendo el mural de las pláticas ajenas.
Hoy, el silencio. Callamos nosotros y los demás están mudos, como uno, en el oscuro rincón de sus quehaceres.
Divididos por la valla de los sueños, cada quien se ha despedido de alguien, vuelve a sí mismo o regresa a confesarse con los fantasmas de la conciencia.
Extraño es el paso del barullo al recogimiento. De un ambiente preñado de luminosas sonoridades a los cubos de sombra de la tregua.
Transitando por las órbitas del día, recorremos las estaciones de la Commedia a través de una alameda de predecibles senderos y lazos fortuitos.
De la plaza a la alcoba, del púlpito al espejo, de la oficina al retrete, la música del ruido va cesando paulatinamente en un alarde de muerte.
No podemos decir, sin embargo, que todo es pérdida. La última garita del infierno comunica con la cuesta del purgatorio. “Al fondo, joven, la salida”.
Así, en cuanto abrimos la puerta de la habitación, saturados de mundo, nos deslumbra la colmena del sosiego, la soledad rompiendo como el alba.

[Crítica, 2007]

 

Cuestión de perspectiva

Tú no eres más sabio que el arbusto
por estar de este lado, el arbusto
que te mira sentado en el tranvía
rumbo a la incertidumbre.

Al margen del sendero que conduce a Roma
-desde un brocal inculto-
filma el arbusto el paso de la historia,
el tránsito del mundo en sus aristas
que se componen y se recomponen
indefinidamente, como la geometría
de un caleidoscopio.

Todo ocurrirá frente a sus hojas
sin necesidad de moverse.
Las tribus, los inventos, las alianzas,
la noticia del crucificado
en un solar de nadie, por baldío.

Mientras te desmoronas
barriendo los distritos
o trajinando comarcas
el arbusto examina, mudo y fijo,
la fuga y el repliegue
de quien se afana en hollar las veredas
en busca de algún grial.

Sin pretenderlo
ha registrado en sus ramas permeables
la cátedra del orbe,
y su follaje tímido almacena
los secretos de las caravanas,
las cosas que los hombres se confían
pero que el aire escucha y retransmite
a los matojos donde se decanta.

Tal vez la sugerencia que persigues
duerma en la savia el sueño de los justos.
Acércate y pregunta.

 

Primera llamada

Urge contar lo que sucede
no arriba en el lenguaje
y su costra de espuma

sino abajo, donde
la llama se doblega
o tiembla la raíz.

Urge invertir el cono
y denunciar su fondo,
atraer el clamor de las arenas
que la corriente submarina
ondula.

Respira y sumérgete.
Asciende y recupera lo que has visto
para alivio de quienes esperamos
en el espejo de la superficie.

Mucha tinta ha corrido
y seguimos en ascuas.

Alumbra un poco más tu circunstancia,
acerca la linterna a los abismos
para buscar la llave entre las rocas.

 

Nocturno de El Albaicín

El agua es la sangre de la tierra
-seguramente ya se ha dicho antes.

El agua es la sangre de la tierra
y viaja desde lejos, por debajo,
para surgir del centro de la piedra:
hidrante mineral de las edades,
profundo corazón.

Y viaja
desde lejos o cerca
para volcar su curso
al pie de nuestra sed.

Mira el dorso del río
tatuado con las hojas del castaño;
míralo y queda curado,
recobra la vista una vez más.

Oye la fuente allá, con su continuo
monólogo de dios que se desangra
pero que nunca llega a fenecer,
sino por el contrario,
que adiestra nuestro oído
para el canto del pozo.

Es medianoche y alguien sigue hablando
entre las parras y la hiedra oscura.

Suave dicción del agua que no cesa
de transcurrir detrás de los postigos
como una serenata primitiva.

Danos, oh numen, el punto de apoyo
para sobrellevar este prodigio
hasta el amanecer
aunque no comprendamos su lenguaje.

 

El momento

Hemos sustituido la cortina
con papel albanene. Y sin quererlo
obtuvimos así la luz exacta,
la intensidad de luz que perseguimos
durante lustro y medio.

Intensidad de luz que entra descalza
en las paredes blancas de la sala,
en el diáfano aljibe
donde amortigua el sol,
donde hasta el sol se anula y cristaliza
en lombrices translúcidas.

Y no es la intensidad sino su modo,
el gesto de filtrarse al comedor,
aderezar la mesa,
encandilar las páginas de un libro
leído al mediodía.

El ángulo, la forma
en que redimensiona los objetos
ya dentro de la casa,
el viso con que alivia el azulejo
como un mantel de agua
de quietos resplandores.

Lástima que nos vamos, lástima que el espacio
no esté para nosotros a la vuelta
de recorrer el mundo.

El momento esperado
llega cuando partimos.

[Revista de Occidente, 2007]

 

Discante

He entrado al laberinto y he salido de él herido de incredulidad. Mojé los oídos en rumorosas fuentes que se dejaban escuchar desde muy lejos y refresqué los ojos en el aura de barnices jamás vistos, errando en poner nombre a lo que no lo tenía. La exactitud de ciertos tonos me ha redescubierto los innatos conjuros de la pigmentación. El trazo de los planos y las formas -ángulos, volutas, líneas rectas de altura ciclópea- depuso en la pupila su aguja de mica deslumbrante. La caída del agua me confió en una esquina rosada el álgebra de su música oculta, su esbelta cabellera de plateados y fugaces logaritmos. He venido sin cámara al país de yo-estuve-aquí, pero ni la palabra sirve de espuela para retener la permanencia del instante. Es el intraducible palimpsesto de lo que se percibe, la ociosidad de la glosa, ese no lenguaje que implica quedarse el testimonio o reservarse el derecho a declarar; la insuficiencia del grabado, la inutilidad del vocabulario que corre en vano hacia el destello del peplo de una ninfa en jardines más bellos que lo imaginado. Crucé el arco de entrada bajo mi propio riesgo y he regresado sumido en el largo silencio de los desahuciados.

[Letras Libres, edición mexicana, 2008]

 

Mercado de antigüedades

Pones la vista donde nadie.

No en el destello,
la chispa,
el filoso metal de la codicia
derrochando pepitas de esplendor.

Sí en el paño de sombra
que cuelga de la rama,
el paisaje gastado
con la mirada de todos los días,
el sarro de la fuente en abandono,
la barba de los muros.
Enclaves del descuido
para fundar un nicho.

Cuánto rincón sin dueño
bajo el cardumen de las apetencias.
Cuánta plaza dispuesta a ser tomada
que sólo el deterioro tiene en cuenta.

Sobran las asideros
pero faltan las manos.

Lo que los otros miran de soslayo
-la piedra que desechan los turistas-
propaga su valor en el exilio
de una demanda nula.

[Tierra adentro, 2008]

 

Versiones encontradas

Mancho el papel de sílabas
y qué sé yo.

La noche se descubre en la tronera
y qué sabe ella
desde su desapego
más cerca del jamás que del quizás
del griego que por siglos
borda la misma tela
del cálculo y la ciencia
en su atiborrado gabinete.

Qué sabe el día siguiente
del trébol que amanece sin noticia;
o bien, de la retama
que ayer no estaba aún entre nosotros.

Sucede la neblina,
el resbaloso musgo de la cuesta,
la humedad forestal que enerva a las luciérnagas, el molusco
que transpira la gruta
sin que uno lo sepa,
la no sembrada flor del precipicio.

Entra en materia una infusión extraña. Y todo
se pone en marcha
o deja poseer
por la deidad sin nombre.

[Metrópolis, 2008]

 

Teoría de la luz

Sentado a solas en el comedor
sin más vitualla que la del ayuno
qué tanto contemplaba.

Era un dejarse estar
lo que me retenía, un dejarse caer
en el instante sin fondo
de la perplejidad.

El polvo gravitaba con el ritmo
de una constelación en movimiento,

y todo cabía ahí: las conjeturas
y formas del deseo, los audaces
polígonos del sueño, las falacias
que desplegaba el párpado
preñado de incoherencias
y el alba diluía.

La ventana era la hoja en blanco,
el intocado folio, la pulida visión del inocente
en que la voluntad pactaba con los planes.

Y todo estaba ahí
porque no estaba escrito.

La luz borraba el mundo
y lo restituía.

[Calendario de la poesía en español, 2008]

 

Bedia

Cruzamos el umbral sin darnos cuenta
hasta llegar al centro.

¿Qué sabíamos nosotros de fronteras?

Entramos al desierto
como entrar en el agua,
como salir del agua
y entrar de nuevo a lo seco.

“Pásele a lo barrido”
-pensó uno de los dos.

Y sonreíste a la nada que se abría
como un vasto paréntesis
a la torpe
sintaxis
de nuestro paso confiado.

Ignoramos aún
si estar dentro del círculo
es estar en el centro
o si el centro
es el círculo.

La brisa que cabalga por tu frente
nos libra de indagarlo.

[Voz & off, 2008]

 

Vitral

Cómo decir los colores
que aún no tienen nombre,
los matices inéditos
que el sol funde y olvida
en tus ojos atentos.

Contemplas lo inmutable con azoro;
no es la medalla fiel de la rutina
o el gusto de saber lo que posees
otra vez donde mismo, no la ciencia
de mirar distinto
lo que no cambia ni se desplaza.

Es lo de afuera, lo que no está en ti,
el lienzo mineral erguido a solas
en la gruta polar de la penumbra;
lo que no ostentas,
aquello que se ofrece de otro modo
y hace la diferencia
embriagando la espera
de interrogación y maravilla.

Renuncia al paradigma
y conserva su lustre,
la piel de las variantes.

                                        El vitral
seguirá ahí, pero la luz no siempre
volverá de igual suerte a atravesarlo
para imprimir en la retina
un firmamento de nuevos esmaltes
que no podrás nombrar.

[La Opinión de Tenerife, 2008]

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