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Año 3 / semana 06 / febrero / 2012
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Poemas de Ilya Kaminsky, por Gustavo Adolfo Chaves

Ilya KaminskyA continuación presentamos poemas del ruso norteamericano Ilya Kaminsky (1977). Ha ganado el Ruth Lilly Fellowship de la revista Poetry, y su primer libro, Dancing in Odessa, recibió el Premio Dorset en el 2007. Las traducciones corren a cargo del poeta, traductor y editor costarricense Gustavo Adolfo Chaves (1979).

 

POEMAS de Ilya Kaminsky

(Selección del libro: Bailando en Odesa [Dancing in Odessa. Vermont: Tupelo Press, 2007.])

 

 

 

Músicos viajantes

 

En el principio fue el mar—escuchábamos el oleaje al respirar, seguros de que llevábamos agua marina en nuestras venas.

            Una ciudad famosa por sus sastres borrachos, sus enormes mausoleos de rabinos, sus dueños de caballos y sus ladrones de caballos, y ante todo, por su pescado asado relleno. En Odesa el lenguaje siempre involucraba gestos—era imposible preguntarle a alguien por una dirección si sus manos estaban ocupadas. Yo lo hice una vez: a un hombre que sostenía dos enormes melones, uno en cada brazo. Pero como yo hacía más preguntas, su cara se enrojeció hasta que, ¡ah!, uno de los melones cayó al suelo cuando él intentó gesticular en la conversación. Él no estaba molesto. Tendría unos cincuenta años, y miraba la jugosa carne del melón tirada ahí, en la acera. Se rió como el niño más serio que he conocido, mientras me contaba sobre el país donde todos eran sordos.

 

 

 

 

Paul Celan

 

Él escribe con sus dedos

en dirección a tu boca.

 

Él ve lodo bajo la luz, árboles mordidos por el viento,

ve hierba que aún sobrevive a esta hora, la página

 

endurecida como un campo quemado:

La luz fue. Salvación

 

suspira. Las palabras dejan un sabor a suelo

en sus labios.

 

 

 

 

Paul Celan

 

De joven trabajó en una fábrica, aunque todos decían que parecía más un profesor de lenguas clásicas que un obrero.

            Era un joven hermoso con un cuerpo delgado que se movía con una mezcla de gracia y aguda precisión geométrica. Su cara llevaba impresa una huella de risa, como si ninguna otra emoción tocara nunca su piel. Incluso a los cincuenta, las muchachas de diecinueve le guiñaban en el tranvía y le pedían su número.

            Siete años después de su muerte, vi a Celan en su vieja bata bailando solo en su cuarto, zumbando un paso tras otro. No le importó ser un personaje en mis historias en un lenguaje que él nunca aprendió. Esa noche, lo vi sentarse en el techo y buscar a Venus, recitando Brodsky para sí mismo. Preguntó si su pasado había existido del todo.

 

 

 

 

Elegía por Josef Brodsky

 

En dos platos, puesto que la dulzura

entre líneas ya no es importante,

a lo que vos llamás inmigración yo lo llamo suicidio.

Te envío, detrás de la puntuación,

noches desplegables de Nueva York, avenidas

que se deslizan hacia el cirílico—

el invierno enrolla palabras, arroja nieve en el viento.

Vos, en medio de una oración no escrita, te detenés,

exiliado a un lugar más lejos que el silencio.

 

*

 

Me fui para siempre de tu Rusia, con poemas cosidos en mi almohada

apurándome hacia mi propio entrenamiento

para vivir con tus líneas

en el filo de una historia puesta contra sí misma.

Para vivir con tus líneas, esas donde se levantan las velas, las olas

golpean contra el granito de la ciudad en cada vocal,—

páginas abiertas por sí mismas, y una voz tranquila

habla del sufrimiento, del agua.

 

*

 

Decís que regresamos a donde hemos cometido

un crimen, no a donde hemos amado;

tus poemas son lobos que nos nutren con su leche.

Traté de imitarte por dos años. Se siente como quemarse

y como cantar sobre quemarse. Me levanto

como si alguien me hubiera escupido.

A vos te avergonzarían estas líneas de madera,

cómo no me imagino tu muerte

aunque está aquí, prendiéndole fuego a mis manos.

 

 

 

 

Josef Brodsky

 

Josef se ganaba la vida dando clases de todo, desde ingeniería hasta griego. Sus ojos eran soñolientos y pequeños, su cara dominada por un enorme bigote como el de Nietzsche. Murmuraba. ¿Te gusta Brahms? No te puedo oír, le dije. ¿Qué tal Chopin? No te puedo oír. ¿Mozart? ¿Bach? ¿Beethoven? Tengo problemas de audición, ¿podría repetir lo que dijo, por favor? Vas a tener mucho éxito en la música, dijo él.

            Para conocerlo, me voy de vuelta al Leningrado de 1964. Las calles están endiabladamente frías: nos sentamos en el pavimento; él inicia abruptamente (una risa seca, un cigarrillo) para contarme la historia de su vida. Mientras hablamos, sus palabras se convierten en carámbanos. Yo las leo en el aire.

 

 

 

 

Isaac Babel

 

¿Qué es la felicidad? Rembrandt, Petrarca

los sirvientes de la luz

protegidos por gansos y pinos.

 

Isaac Babel lo sabe: él inventa un género de silencio,

un hombre preciso cuyo silencio vive

en los cuerpos

de los otros. Un hombre preciso:

 

lleva un cigarrillo tras su oreja, bebe

junto a un jefe de la policía y le pide dinero

a su querida, escribe líneas—

difíciles—hay fuego en medio de ellas.

 

Está haciendo un recuento de su vida,

todavía estoy dentro de mi cuerpo, él alaba

a los muertos: Gorki, Maupassant.

En momentos de duda

él bebe frente a sus retratos.

 

¿Qué es la felicidad? Unos pocos cuentos

que han burlado a los censores. Él no llevará

el silencio como una candela,

él le dirá a una muchacha fea: sos bella,

caminarás sobre la tierra a la altura de los ojos.

 

 

 

 

Isaac Babel

 

No hubo mitología. Odiseo se ahorcó a sí mismo. Homero bebió hasta morir y apestaba a lodo.

            Isaac Babel lo sabía. “Soy un profesor de baile”, decía al presentarse. “Conozco diferentes bailes—polka y tango y flamenco, y un baile de lujuria y gozo, con esposa o sin esposa.”

            “Odesa está en todos lados”, dijo. “Pero sólo Odesa puede mover sus caderas mejor que Odesa”. Él bailaba descalzo para poder “conservar la mercancía”. Cuando estaba borracho, Isaac se paraba en el pavimento y pedía un taxi.

            “¿Estás libre?”, preguntaba mientras abría una puerta.

            “Sí”, respondía el taxista.

            “¿Sí? Bueno. Entonces, ¡sal del taxi y ponte a bailar!”

            Era un hombre cansado. Cuando se reía parecía estar absolutamente solo en la Tierra. Cuando ciertas mujeres pasaban por la calle, él se daba vuelta y decía por lo bajo, “¡Qué tajada de pan que es ella, qué caliente tajada de pan!”

            “¿Qué piensa de Marina?”, le pregunté muchas veces.

            “¡Creo que es una mujer maravillosa!”

            “¿En serio? Ella siempre dice que usted es un idiota”.

            “Bueno, quizá los dos nos equivocamos”.

            Por muchos años, mis labios sellados guardaron la intoxicante historia de su locura. Cuando él contaba sus chistes, yo me reía con mis labios fuertemente apretados.

            “¿Isaac estuvo bebiendo anoche?”, preguntaba Marina.

            “No estoy seguro. Pero cuando volvió a casa, pidió un espejo para ver quién había llegado”.

 

 

 

 

Marina Tsvietáieva

 

En la extraña sílaba de cada línea: ella despierta

como una gaviota, partida

entre el cielo y la tierra.

 

Yo la acepto, me pongo de su lado, cara a cara.

—en este sueño: ella luce su vestido

como una vela, corre tras de mí, se detiene

 

cuando yo me detengo. Se ríe como una niña

que habla consigo misma:

alma = dolor + todo lo demás”.

 

Yo me doblo torpemente por las rodillas

y ya no peleo más,

todo lo que quiero es una ventana humana

 

en una casa cuyo techo sea mi vida.

 

 

 

Marina Tsvietáieva

 

Durante el primer año de mi sordera, la vi con un hombre. Ella lucía una bufanda púrpura anudada alrededor de su cabeza. Medio bailando, ella tomó entre sus manos la cabeza de él y la puso sobre sus pechos. Y ella empezó a cantar. Yo la observé con devoradora atención. Me imaginaba que su voz debía oler a naranjas; me enamoré de su voz.

            Ella era una mujer que vivía como un conspirador que envía señales contradictorias. “No te comás las semillas de las manzanas”, me amenazó. “Las semillas de manzana no. ¡Te van a crecer ramas en el estómago!” Me apretó la oreja con un dedo.

            No sé nada sobre su esposo excepto lo del fatal ataque al corazón en un bus en movimiento. No había tensión en la cara de ella, pero al verla entendí la dignidad del dolor. Al regresar del funeral, ella se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la nieve.

 

 

 

ALABANZA

(Fragmento)

 

Nací en la ciudad que tomó su nombre de Odiseo

y no alabo nación alguna—

 

al ritmo de la nieve

las torpes frases de un inmigrante terminan en discurso.

 

Pero vos pediste

una historia con final feliz. Tu soledad

 

tocó su lira. Yo me senté

en el piso, mirando tus labios.

 

El amor, una pájaro cojo que compré de niño

por cuarenta centavos y luego liberé,

 

regresa. Mi alma en plumas atolondradas.

¡Oh, el lenguaje de los pájaros

 

que carece de palabra para queja!—

los balcones, el viento.

 

Es así como, mientras la oscuridad

dibujaba mi perfil con su dedo meñique,

 

he aprendido a ver el pasado como lo vio Montale,

con los más oscuros pensamientos de Dios en descenso

 

entre los golpes de tambor de un niño,

sobre vos, sobre mí, sobre los árboles de limón.

 

 

 

Datos vitales

Ilya Kaminsky nació en Odesa, en la antigua Unión Soviética, en 1977. En 1993 se mudó con su familia a los Estados Unidos. Ha ganado el Ruth Lilly Fellowship de la revista Poetry, y su primer libro, Dancing in Odessa, recibió el Premio Dorset en el 2007.

Gustavo Adolfo Chaves (Costa Rica, 1979) ha publicado Cuentos etcétera (2004). Próximamente aparecerá su poemario Vida ajena. Ha editado la poesía selecta del costarricense Carlos de la Ossa. Mantiene un blog con traducciones de poesía: cafeverlaine.blogspot.com. Edita, junto a Silvia Piranesi, el capítulo Costa Rica del proyecto internacional de poesía Afinidades Electivas.

Gustavo Adolfo Chaves

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Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura. Año 1, semana 35, agosto, 2010 Publicación semanal editada por Territorio Poético A.C. Azabache 136-A Lomas del Mármol, Puebla, Pue. C.P. 72574. www.circulodepoesia.com Editores responsables: Jorge Mendoza Romero, Alí Calderón.

Un comentario
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  1. Tavo, me alegro por tu presencia en esta revista y la posibilidad de compartir tu trabajo como traductor. Me gustaron bastante los textos, especialmente los dos sobre Brodski.

    Saludos

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