Poemas de Ilya Kaminsky, por Gustavo Adolfo Chaves
Escrito por: Círculo de poesía | 31 de August del 2010 | Categoría: En el mundo, Portada | 1 Comentario »A continuación presentamos poemas del ruso norteamericano Ilya Kaminsky (1977). Ha ganado el Ruth Lilly Fellowship de la revista Poetry, y su primer libro, Dancing in Odessa, recibió el Premio Dorset en el 2007. Las traducciones corren a cargo del poeta, traductor y editor costarricense Gustavo Adolfo Chaves (1979).
POEMAS de Ilya Kaminsky
(Selección del libro: Bailando en Odesa [Dancing in Odessa. Vermont: Tupelo Press, 2007.])
Músicos viajantes
En el principio fue el mar—escuchábamos el oleaje al respirar, seguros de que llevábamos agua marina en nuestras venas.
Una ciudad famosa por sus sastres borrachos, sus enormes mausoleos de rabinos, sus dueños de caballos y sus ladrones de caballos, y ante todo, por su pescado asado relleno. En Odesa el lenguaje siempre involucraba gestos—era imposible preguntarle a alguien por una dirección si sus manos estaban ocupadas. Yo lo hice una vez: a un hombre que sostenía dos enormes melones, uno en cada brazo. Pero como yo hacía más preguntas, su cara se enrojeció hasta que, ¡ah!, uno de los melones cayó al suelo cuando él intentó gesticular en la conversación. Él no estaba molesto. Tendría unos cincuenta años, y miraba la jugosa carne del melón tirada ahí, en la acera. Se rió como el niño más serio que he conocido, mientras me contaba sobre el país donde todos eran sordos.
Paul Celan
Él escribe con sus dedos
en dirección a tu boca.
Él ve lodo bajo la luz, árboles mordidos por el viento,
ve hierba que aún sobrevive a esta hora, la página
endurecida como un campo quemado:
La luz fue. Salvación
suspira. Las palabras dejan un sabor a suelo
en sus labios.
Paul Celan
De joven trabajó en una fábrica, aunque todos decían que parecía más un profesor de lenguas clásicas que un obrero.
Era un joven hermoso con un cuerpo delgado que se movía con una mezcla de gracia y aguda precisión geométrica. Su cara llevaba impresa una huella de risa, como si ninguna otra emoción tocara nunca su piel. Incluso a los cincuenta, las muchachas de diecinueve le guiñaban en el tranvía y le pedían su número.
Siete años después de su muerte, vi a Celan en su vieja bata bailando solo en su cuarto, zumbando un paso tras otro. No le importó ser un personaje en mis historias en un lenguaje que él nunca aprendió. Esa noche, lo vi sentarse en el techo y buscar a Venus, recitando Brodsky para sí mismo. Preguntó si su pasado había existido del todo.
Elegía por Josef Brodsky
En dos platos, puesto que la dulzura
entre líneas ya no es importante,
a lo que vos llamás inmigración yo lo llamo suicidio.
Te envío, detrás de la puntuación,
noches desplegables de Nueva York, avenidas
que se deslizan hacia el cirílico—
el invierno enrolla palabras, arroja nieve en el viento.
Vos, en medio de una oración no escrita, te detenés,
exiliado a un lugar más lejos que el silencio.
*
Me fui para siempre de tu Rusia, con poemas cosidos en mi almohada
apurándome hacia mi propio entrenamiento
para vivir con tus líneas
en el filo de una historia puesta contra sí misma.
Para vivir con tus líneas, esas donde se levantan las velas, las olas
golpean contra el granito de la ciudad en cada vocal,—
páginas abiertas por sí mismas, y una voz tranquila
habla del sufrimiento, del agua.
*
Decís que regresamos a donde hemos cometido
un crimen, no a donde hemos amado;
tus poemas son lobos que nos nutren con su leche.
Traté de imitarte por dos años. Se siente como quemarse
y como cantar sobre quemarse. Me levanto
como si alguien me hubiera escupido.
A vos te avergonzarían estas líneas de madera,
cómo no me imagino tu muerte
aunque está aquí, prendiéndole fuego a mis manos.
Josef Brodsky
Josef se ganaba la vida dando clases de todo, desde ingeniería hasta griego. Sus ojos eran soñolientos y pequeños, su cara dominada por un enorme bigote como el de Nietzsche. Murmuraba. ¿Te gusta Brahms? No te puedo oír, le dije. ¿Qué tal Chopin? No te puedo oír. ¿Mozart? ¿Bach? ¿Beethoven? Tengo problemas de audición, ¿podría repetir lo que dijo, por favor? Vas a tener mucho éxito en la música, dijo él.
Para conocerlo, me voy de vuelta al Leningrado de 1964. Las calles están endiabladamente frías: nos sentamos en el pavimento; él inicia abruptamente (una risa seca, un cigarrillo) para contarme la historia de su vida. Mientras hablamos, sus palabras se convierten en carámbanos. Yo las leo en el aire.
Isaac Babel
¿Qué es la felicidad? Rembrandt, Petrarca
los sirvientes de la luz
protegidos por gansos y pinos.
Isaac Babel lo sabe: él inventa un género de silencio,
un hombre preciso cuyo silencio vive
en los cuerpos
de los otros. Un hombre preciso:
lleva un cigarrillo tras su oreja, bebe
junto a un jefe de la policía y le pide dinero
a su querida, escribe líneas—
difíciles—hay fuego en medio de ellas.
Está haciendo un recuento de su vida,
todavía estoy dentro de mi cuerpo, él alaba
a los muertos: Gorki, Maupassant.
En momentos de duda
él bebe frente a sus retratos.
¿Qué es la felicidad? Unos pocos cuentos
que han burlado a los censores. Él no llevará
el silencio como una candela,
él le dirá a una muchacha fea: sos bella,
caminarás sobre la tierra a la altura de los ojos.
Isaac Babel
No hubo mitología. Odiseo se ahorcó a sí mismo. Homero bebió hasta morir y apestaba a lodo.
Isaac Babel lo sabía. “Soy un profesor de baile”, decía al presentarse. “Conozco diferentes bailes—polka y tango y flamenco, y un baile de lujuria y gozo, con esposa o sin esposa.”
“Odesa está en todos lados”, dijo. “Pero sólo Odesa puede mover sus caderas mejor que Odesa”. Él bailaba descalzo para poder “conservar la mercancía”. Cuando estaba borracho, Isaac se paraba en el pavimento y pedía un taxi.
“¿Estás libre?”, preguntaba mientras abría una puerta.
“Sí”, respondía el taxista.
“¿Sí? Bueno. Entonces, ¡sal del taxi y ponte a bailar!”
Era un hombre cansado. Cuando se reía parecía estar absolutamente solo en la Tierra. Cuando ciertas mujeres pasaban por la calle, él se daba vuelta y decía por lo bajo, “¡Qué tajada de pan que es ella, qué caliente tajada de pan!”
“¿Qué piensa de Marina?”, le pregunté muchas veces.
“¡Creo que es una mujer maravillosa!”
“¿En serio? Ella siempre dice que usted es un idiota”.
“Bueno, quizá los dos nos equivocamos”.
Por muchos años, mis labios sellados guardaron la intoxicante historia de su locura. Cuando él contaba sus chistes, yo me reía con mis labios fuertemente apretados.
“¿Isaac estuvo bebiendo anoche?”, preguntaba Marina.
“No estoy seguro. Pero cuando volvió a casa, pidió un espejo para ver quién había llegado”.
Marina Tsvietáieva
En la extraña sílaba de cada línea: ella despierta
como una gaviota, partida
entre el cielo y la tierra.
Yo la acepto, me pongo de su lado, cara a cara.
—en este sueño: ella luce su vestido
como una vela, corre tras de mí, se detiene
cuando yo me detengo. Se ríe como una niña
que habla consigo misma:
“alma = dolor + todo lo demás”.
Yo me doblo torpemente por las rodillas
y ya no peleo más,
todo lo que quiero es una ventana humana
en una casa cuyo techo sea mi vida.
Marina Tsvietáieva
Durante el primer año de mi sordera, la vi con un hombre. Ella lucía una bufanda púrpura anudada alrededor de su cabeza. Medio bailando, ella tomó entre sus manos la cabeza de él y la puso sobre sus pechos. Y ella empezó a cantar. Yo la observé con devoradora atención. Me imaginaba que su voz debía oler a naranjas; me enamoré de su voz.
Ella era una mujer que vivía como un conspirador que envía señales contradictorias. “No te comás las semillas de las manzanas”, me amenazó. “Las semillas de manzana no. ¡Te van a crecer ramas en el estómago!” Me apretó la oreja con un dedo.
No sé nada sobre su esposo excepto lo del fatal ataque al corazón en un bus en movimiento. No había tensión en la cara de ella, pero al verla entendí la dignidad del dolor. Al regresar del funeral, ella se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la nieve.
ALABANZA
(Fragmento)
Nací en la ciudad que tomó su nombre de Odiseo
y no alabo nación alguna—
al ritmo de la nieve
las torpes frases de un inmigrante terminan en discurso.
Pero vos pediste
una historia con final feliz. Tu soledad
tocó su lira. Yo me senté
en el piso, mirando tus labios.
El amor, una pájaro cojo que compré de niño
por cuarenta centavos y luego liberé,
regresa. Mi alma en plumas atolondradas.
¡Oh, el lenguaje de los pájaros
que carece de palabra para queja!—
los balcones, el viento.
Es así como, mientras la oscuridad
dibujaba mi perfil con su dedo meñique,
he aprendido a ver el pasado como lo vio Montale,
con los más oscuros pensamientos de Dios en descenso
entre los golpes de tambor de un niño,
sobre vos, sobre mí, sobre los árboles de limón.
Datos vitales
Ilya Kaminsky nació en Odesa, en la antigua Unión Soviética, en 1977. En 1993 se mudó con su familia a los Estados Unidos. Ha ganado el Ruth Lilly Fellowship de la revista Poetry, y su primer libro, Dancing in Odessa, recibió el Premio Dorset en el 2007.
Gustavo Adolfo Chaves (Costa Rica, 1979) ha publicado Cuentos etcétera (2004). Próximamente aparecerá su poemario Vida ajena. Ha editado la poesía selecta del costarricense Carlos de la Ossa. Mantiene un blog con traducciones de poesía: cafeverlaine.blogspot.com. Edita, junto a Silvia Piranesi, el capítulo Costa Rica del proyecto internacional de poesía Afinidades Electivas.

Aviso: Los comentarios son responsabilidad de sus autores.
No necesariamente representan la opinión del Círculo de Poesía.
Círculo de Poesía. Revista electrónica de literatura. Año 1, semana 35, agosto, 2010 Publicación semanal editada por Territorio Poético A.C. Azabache 136-A Lomas del Mármol, Puebla, Pue. C.P. 72574. www.circulodepoesia.com Editores responsables: Jorge Mendoza Romero, Alí Calderón.



Tavo, me alegro por tu presencia en esta revista y la posibilidad de compartir tu trabajo como traductor. Me gustaron bastante los textos, especialmente los dos sobre Brodski.
Saludos