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	<title>Círculo de Poesía &#187; Portada 2</title>
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	<description>Revista electrónica de literatura. Lo mejor de la poesía en español desde México.</description>
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		<title>Arte Poética No. 19: César Vallejo</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Sep 2010 01:27:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte Poética]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[César Vallejo]]></category>
		<category><![CDATA[Mario Meléndez]]></category>

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		<description><![CDATA[
En esta entrega de Arte Poética, Mario Meléndez nos ofrece una excelente selección de la poesía de César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 &#8211; París, 1938), el mayor poeta de la tradición peruana y pilar fundamental de la poesía latinoamericana del siglo XX. 
 
 
 
 
LOS HERALDOS
NEGROS
(1918)
 
 
LOS HERALDOS NEGROS
 
Hay golpes en la vida, tan fuertes&#8230; Yo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/César-Vallejo.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-10070" title="César Vallejo" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/César-Vallejo.jpg" alt="César Vallejo" width="610" height="265" /></a></p>
<p>En esta entrega de Arte Poética, Mario Meléndez nos ofrece una excelente selección de la poesía de César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 1892 &#8211; París, 1938), el mayor poeta de la tradición peruana y pilar fundamental de la poesía latinoamericana del siglo XX. <span id="more-9971"></span></p>
<p> </p>
<p align="center"> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS HERALDOS</strong></p>
<p align="center"><strong>NEGROS</strong></p>
<p align="center">(1918)</p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS HERALDOS NEGROS</strong></p>
<p> </p>
<p>Hay golpes en la vida, tan fuertes&#8230; Yo no sé.<br />
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,<br />
la resaca de todo lo sufrido<br />
se empozara en el alma&#8230; Yo no sé.</p>
<p>Son pocos; pero son&#8230; Abren zanjas oscuras<br />
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.<br />
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;<br />
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.</p>
<p>Son las caídas hondas de los Cristos del alma,<br />
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.<br />
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones<br />
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.</p>
<p>Y el hombre&#8230; Pobre&#8230; pobre! Vuelve los ojos, como<br />
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;<br />
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido<br />
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.</p>
<p>Hay golpes en la vida, tan fuertes&#8230; Yo no sé!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA ARAÑA</strong></p>
<p>Es una araña enorme que ya no anda;<br />
una araña incolora, cuyo cuerpo,<br />
una cabeza y un abdomen, sangra.</p>
<p>Hoy la he visto de cerca. Y con qué esfuerzo<br />
hacia todos los flancos<br />
sus pies innumerables alargaba.<br />
Y he pensado en sus ojos invisibles,<br />
los pilotos fatales de la araña.</p>
<p>Es una araña que temblaba fija<br />
en un filo de piedra;<br />
el abdomen a un lado,<br />
y al otro la cabeza.</p>
<p>Con tantos pies la pobre, y aún no puede<br />
resolverse. Y, al verla atónita en tal trance,<br />
hoy me ha dado qué pena esa viajera.</p>
<p>Es una araña enorme, a quien impide<br />
el abdomen seguir a la cabeza.<br />
Y he pensado en sus ojos<br />
y en sus pies numerosos&#8230;<br />
¡Y me ha dado qué pena esa viajera!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>EL POETA A SU AMADA</strong></p>
<p>Amada, en esta noche tú me has crucificado<br />
sobre los dos maderos curvados de mi beso;<br />
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,<br />
y que hay un viernesanto más dulce que ese beso.</p>
<p>En esta noche rara que tanta me has mirado,<br />
la Muerte he estado alegre y ha cantado en su hueso.<br />
En esta noche de setiembre se ha oficiado<br />
mi segunda caída y el más humano beso.</p>
<p>Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;<br />
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;<br />
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.</p>
<p>Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;<br />
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura<br />
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>VERANO</strong></p>
<p>Verano, ya me voy. Y me dan pena<br />
las manitas sumisas de tus tardes.<br />
Llegas devotamente; llegas viejo;<br />
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.</p>
<p>Verano! y pasarás por mis balcones<br />
con gran rosario de amatistas y oros,<br />
como un obispo triste que llegara<br />
de lejos a buscar y bendecir<br />
los rotos aros de unos muertos novios.</p>
<p>Verano, ya me voy. Allá, en setiembre<br />
tengo una rosa que te encargo mucho;<br />
la regarás de agua bendita todos<br />
los días de pecado y de sepulcro.</p>
<p>Si a fuerza de llorar el mausoleo,<br />
con luz de fe su mármol aletea,<br />
levanta en alto tu responso, y pide<br />
a Dios que siga para siempre muerta.<br />
Todo ha de ser ya tarde;<br />
y tú no encontrarás en mi alma a nadie.</p>
<p>Ya no llores, Verano! En aquel surco<br />
muere una rosa que renace mucho&#8230;</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>HECES</strong></p>
<p>Esta tarde llueve como nunca; y no<br />
tengo ganas de vivir, corazón.</p>
<p>Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?<br />
Viste gracia y pena; viste de mujer.</p>
<p>Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo<br />
las cavernas crueles de mi ingratitud;<br />
mi bloque de hielo sobre su amapola,<br />
más fuerte que su “No seas así!”</p>
<p>Mis violentas flores negras; y la bárbara<br />
y enorme pedrada; y el trecho glacial.<br />
Y pondrá el silencio de su dignidad<br />
con óleos quemantes el punto final.</p>
<p>Por eso esta tarde, como nunca, voy<br />
con este búho, con este corazón.</p>
<p>Y otras pasan; y viéndome tan triste,<br />
toman un poquito de ti<br />
en la abrupta arruga de mi hondo dolor.</p>
<p>Esta tarde llueve, llueve mucho. ¡Y no<br />
tengo ganas de vivir, corazón!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA COPA NEGRA</strong></p>
<p>La noche es una copa de mal. Un silbo agudo<br />
del guardia la atraviesa, cual vibrante alfiler.<br />
Oye, tú, mujerzuela, ¿cómo, si ya te fuiste,<br />
la onda aún es negra y me hace aún arder?</p>
<p>La Tierra tiene bordes de féretro en la sombra.<br />
Oye, tú, mujerzuela, no vayas a volver.</p>
<p>A carne nada, nada<br />
en la copa de sombra que me hace aún doler;<br />
mi carne nada en ella,<br />
como en un pantanoso corazón de mujer.</p>
<p>Ascua astral&#8230; He sentido<br />
secos roces de arcilla<br />
sobre mi loto diáfano caer.<br />
Ah, mujer! Por ti existe<br />
la carne hecha de instinto. Ah mujer!</p>
<p>Por eso ¡oh, negro cáliz! aun cuando ya te fuiste,<br />
me ahogo con el polvo;<br />
y piafan en mis carnes más ganas de beber!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>NOSTALGIAS IMPERIALES</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>III</strong></p>
<p>Como viejos curacas van los bueyes<br />
camino de Trujillo, meditando&#8230;<br />
Y al hierro de la tarde, fingen reyes<br />
que por muertos dominios van llorando.</p>
<p>En el muro de pie, pienso en las leyes<br />
que la dicha y la angustia van trocando:<br />
ya en las viudas pupilas de los bueyes<br />
se pudren sueños qué no tienen cuándo.</p>
<p>La aldea, ante su paso, se reviste<br />
de un rudo gris, en que un mugir de vaca<br />
se aceita en sueño y emoción de huaca.</p>
<p>Y en el festín del cielo azul yodado<br />
gime en el cáliz de la esquila triste<br />
un viejo corequenque desterrado.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ALDEANA</strong></p>
<p>Lejana vibración de esquilas mustias<br />
en el aire derrama<br />
la fragancia rural de sus angustias.<br />
En el patio silente<br />
sangra su despedida el sol poniente<br />
El ámbar otoñal del panorama<br />
toma un frío matiz de gris doliente!</p>
<p>Al portón de la casa<br />
que el tiempo con sus garras torna ojosa,<br />
asoma silenciosa<br />
y al establo cercano luego pasa,<br />
la silueta calmosa<br />
de un buey color de oro,<br />
que añora con sus bíblicas pupilas,<br />
oyendo la oración de las esquilas,<br />
su edad viril de toro!</p>
<p>Al muro denla huerta<br />
aleteando la pena de su canto,<br />
salta un gallo gentil, y, en triste alerta,<br />
cual dos gotas de llanto,<br />
tiemblan sus ojos en la tarde muerta!</p>
<p>Lánguido se desgarra<br />
en la vetusta aldea<br />
el dulce yaraví de una guitarra,<br />
en cuya eternidad de hondo quebranto<br />
la triste voz de un indio dondonea,<br />
como un viejo esquilón de camposanto.</p>
<p>De codos yo en el muro,<br />
cuando triunfa en el alma el tinte oscuro<br />
y el viento reza en los ramajes yertos<br />
llantos de quenas, tímidos, inciertos,<br />
suspiro una congoja,<br />
al ver que la penumbra gualda y roja<br />
llora un trágico azul de idilios muertos!</p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>IDILIO MUERTO</strong></p>
<p>Qué estará haciendo a esta hora mi andina y dulce Rita<br />
de junco y capulí;<br />
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita<br />
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.</p>
<p>Dónde estarán sus manos que en actitud contrita<br />
planchaban en las tardes blancuras por venir;<br />
ahora, en esta lluvia que me quita<br />
las ganas de vivir.</p>
<p>Qué será de su falda de franela; de sus<br />
afanes; de su andar;<br />
de su sabor a cañas de mayo del lugar.</p>
<p>Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,<br />
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay&#8230; Jesús!»<br />
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ÁGAPE</strong></p>
<p>Hoy no ha venido nadie a preguntar;<br />
ni me han pedido en esta tarde nada.</p>
<p>No he visto ni una flor de cementerio<br />
en tan alegre procesión de luces.<br />
Perdóname, Señor: qué poco he muerto!</p>
<p>En esta tarde, todos, todos pasan<br />
sin preguntarme ni pedirme nada.<br />
Y no sé qué se olvidan y se queda<br />
mal en mis manos, como cosa ajena.</p>
<p>He salido a la puerta,<br />
y me da ganas de gritar a todos:<br />
Si echan de menos algo, aquí se queda!</p>
<p>Porque en todas las tardes de esta vida,<br />
yo no sé con qué puertas dan a un rostro,<br />
y algo ajeno se toma el alma mía.</p>
<p>Hoy no ha venido nadie;<br />
y hoy he muerto qué poco en esta tarde!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA DE MIL</strong></p>
<p>El suertero que grita «La de a mil»<br />
tiene no sé qué fondo de Dios.</p>
<p>Pasan todos los labios. El hastío<br />
despunta en una arruga su yanó.<br />
Pasa el suertero que atesora, acaso<br />
nominal, como Dios,<br />
entre panes tantálicos, humana<br />
impotencia de amor.</p>
<p>Yo le miro el andrajo. Y él pudiera<br />
darnos el corazón;<br />
pero la suerte aquella que en sus manos<br />
aporta, pregonando en alta voz,<br />
como un pájaro cruel, irá a parar<br />
adonde no lo sabe ni lo quiere<br />
este bohemio dios.</p>
<p>Y digo en este viernes tibio que anda<br />
a cuestas bajo el sol:<br />
¡por qué se habrá vestido de suertero<br />
la voluntad de Dios!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>EL PAN NUESTRO</strong></p>
<p align="right"><em>Para Alejandro Gamboa</em></p>
<p>Se bebe el desayuno&#8230; Húmeda tierra<br />
de cementerio huele a sangre amada.<br />
Ciudad de invierno&#8230; La mordaz cruzada<br />
de una carreta que arrastrar parece<br />
una emoción de ayuno encadenada!</p>
<p>Se quisiera tocar todas las puertas,<br />
y preguntar por no sé quién; y luego<br />
ver a los pobres, y, llorando quedos,<br />
dar pedacitos de pan fresco a todos.<br />
Y saquear a los ricos sus viñedos<br />
con las dos manos santas<br />
que a un golpe de luz<br />
volaron desclavadas de la Cruz!</p>
<p>Pestaña matinal, no os levantéis!<br />
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,<br />
Señor&#8230;!</p>
<p>Todos mis huesos son ajenos;<br />
yo talvez los robé!<br />
Yo vine a darme lo que acaso estuvo<br />
asignado para otro;<br />
y pienso que, si no hubiera nacido,<br />
otro pobre tomara este café!<br />
Yo soy un mal ladrón&#8230; A dónde iré!</p>
<p>Y en esta hora fría, en que la tierra<br />
trasciende a polvo humano y es tan triste,<br />
quisiera yo tocar todas las puertas,<br />
y suplicar a no sé quién, perdón,<br />
y hacerle pedacitos de pan fresco<br />
aquí, en el horno de mi corazón&#8230;!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA CENA MISERABLE</strong></p>
<p align="center"> </p>
<p>Hasta cuándo estaremos esperando lo que<br />
no se nos debe&#8230; Y en qué recodo estiraremos<br />
nuestra pobre rodilla para siempre! Hasta cuándo<br />
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.</p>
<p>Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones<br />
por haber padecido!&#8230;<br />
                  Ya nos hemos sentado<br />
mucho a la mesa, con la amargura de un niño<br />
que a media noche, llora de hambre, desvelado&#8230;</p>
<p>Y cuándo nos veremos con los demás, al borde<br />
de una mañana eterna, desayunados todos!<br />
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde<br />
yo nunca dije que me trajeran.<br />
                  De codos<br />
todo bañado en llanto, repito cabizbajo<br />
y vencido: hasta cuándo la cena durará.</p>
<p>Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,<br />
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara<br />
de amarga esencia humana, la tumba&#8230;<br />
                  Y menos sabe<br />
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS DADOS ETERNOS</strong></p>
<p> </p>
<p>Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;<br />
me pesa haber tomádote tu pan;<br />
pero este pobre barro pensativo<br />
no es costra fermentada en tu costado:<br />
¡tú no tienes Marías que se van!</p>
<p>Dios mío, si tú hubieras sido hombre,<br />
hoy supieras ser Dios;<br />
pero tú, que estuviste siempre bien,<br />
no sientes nada de tu creación.<br />
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!</p>
<p>Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,<br />
como en un condenado,<br />
Dios mío, prenderás todas tus velas,<br />
y jugaremos con el viejo dado.<br />
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte<br />
del universo todo,<br />
surgirán las ojeras de la Muerte,<br />
como dos ases fúnebres de lodo.</p>
<p>Dios míos, y esta noche sorda, obscura,<br />
ya no podrás jugar, porque la Tierra<br />
es un dado roído y ya redondo<br />
a fuerza de rodar a la aventura,<br />
que no puede parar sino en un hueco,<br />
en el hueco de inmensa sepultura.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS ANILLOS FATIGADOS</strong></p>
<p>Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse,<br />
y hay ganas de morir, combatido por dos<br />
aguas encontradas que jamás- han de istmarse.</p>
<p>Hay ganas: de un gran beso que amortaje a la Vida,<br />
que acaba en el África de una agonía ardiente,<br />
suicida!</p>
<p>Hay ganas de&#8230; no tener ganas. Señor;<br />
a ti yo te señalo con el dedo deicida:<br />
hay ganas de no haber tenido corazón.</p>
<p>La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios,<br />
curvado en tiempo, se repite, y pasa, pasa<br />
a cuestas con la espina dorsal del Universo.</p>
<p>Cuando, las sienes tocan su lúgubre .tambor&#8230;<br />
cuando me- duele el sueño grabado en un puñal,<br />
hay ganas de quedarse plantado en este verso!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>DIOS</strong></p>
<p>Siento a Dios que camina<br />
tan en mí, con la tarde y con el mar.<br />
Con él nos vamos juntos. Anochece.<br />
Con él anochecemos, Orfandad&#8230;</p>
<p>Pero yo siento a Dios. Y hasta parece<br />
que él me dicta no sé qué buen color.<br />
Como un hospitalario, es bueno y triste;<br />
mustia un dulce desdén de enamorado:<br />
debe dolerle mucho el corazón.</p>
<p>Oh, Dios mío, recién a ti me llego<br />
hoy que amo tanto en esta tarde; hoy<br />
que en la falsa balanza de unos senos,<br />
mido y lloro una frágil Creación.</p>
<p>Y tú, cuál llorarás&#8230;, tú, enamorado<br />
de tanto enorme seno girador&#8230;<br />
Yo te consagro Dios, porque amas tanto;<br />
porque jamás sonríes; porque siempre<br />
debe dolerte mucho el corazón.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS PASOS LEJANOS</strong></p>
<p>Mi padre duerme. Su semblante augusto<br />
figura un apacible corazón;<br />
está ahora tan dulce&#8230;<br />
si hay algo en él de amargo, seré yo.</p>
<p>Hay soledad en el hogar; se reza;<br />
y no hay noticias de los hijos hoy.<br />
Mi padre se despierta, ausculta<br />
la huida a Egipto, el restañante adiós.<br />
Está ahora tan cerca;<br />
si hay algo en él de lejos, seré yo.</p>
<p>Y mi madre pasea allá en los huertos,<br />
saboreando un sabor ya sin sabor.<br />
Está ahora tan suave,<br />
tan ala, tan salida, tan amor.</p>
<p>Hay soledad en el hogar sin bulla,<br />
sin noticias, sin verde, sin niñez.<br />
Y si hay algo quebrado en esta tarde,<br />
y que baja y que cruje,<br />
son dos viejos caminos blancos, curvos.<br />
Por ellos va mi corazón a pie.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>A MI HERMANO MIGUEL</strong></p>
<p><em>In memoriam</em></p>
<p>Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa.<br />
Donde nos haces una falta sin fondo!<br />
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá<br />
nos acariciaba: “Pero, hijos&#8230;”</p>
<p>Ahora yo me escondo,<br />
como antes, todas estas oraciones<br />
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.<br />
Por la sala, el zaguán, los corredores.<br />
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.<br />
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,<br />
hermano, en aquel juego.</p>
<p>Miguel, tú te escondiste<br />
una noche de agosto, al alborear;<br />
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.<br />
Y tu gemelo corazón de esas tardes<br />
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya<br />
cae sombra en el alma.</p>
<p>Oye, hermano, no tardes<br />
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ESPERGESIA</strong></p>
<p>Yo nací un día<br />
que Dios estuvo enfermo.</p>
<p>Todos saben que vivo,<br />
que soy malo; y no saben<br />
del diciembre de ese enero.<br />
Pues yo nací un día<br />
que Dios estuvo enfermo.</p>
<p>Hay un vacío<br />
en mi aire metafísico<br />
que nadie ha de palpar:<br />
el claustro de un silencio<br />
que habló a flor de fuego.</p>
<p>Yo nací un día<br />
que Díos estuvo enfermo.</p>
<p>Hermano, escucha, escucha&#8230;<br />
Bueno. Y que no me vaya<br />
sin llevar diciembres,<br />
sin dejar eneros.</p>
<p>Pues yo nací un día<br />
que Díos estuvo enfermo.</p>
<p>Todos saben que vivo,<br />
que mastico&#8230; Y no saben<br />
por qué en mi verso chirrían,<br />
oscuro sinsabor de féretro,<br />
luyidos vientos<br />
desenroscados de la Esfinge<br />
preguntona del Desierto.<br />
Todos saben&#8230; Y no saben<br />
que la luz es tísica,<br />
y la Sombra gorda&#8230;<br />
Y no saben que el Misterio sintetiza&#8230;<br />
que él es la joroba<br />
musical y triste que a distancia denuncia<br />
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.</p>
<p>Yo nací un día<br />
que Dios estuvo enfermo,<br />
grave.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>TRILCE</strong><strong><br />
</strong>(1922)</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>I</strong></p>
<p>Quién hace tanta bulla y ni deja<br />
Testar las islas que van quedando.</p>
<p>      Un poco más de consideración<br />
en cuanto será tarde, temprano,<br />
y se aquilatará mejor<br />
el guano, la simple calabrina tesorea<br />
que brinda sin querer,<br />
en el insular corazón,<br />
salobre alcatraz, a cada hialóidea<br />
                    grupada.</p>
<p>      Un poco más de consideración,<br />
y el mantillo líquido, seis de la tarde<br />
      DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES.</p>
<p>Y la península párase<br />
por la espalda, abozaleada, impertérrita<br />
en la línea mortal del equilibrio.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>III</strong></p>
<p>Las personas mayores ¿a qué hora volverán?<br />
Da las seis el ciego Santiago,<br />
y ya está muy oscuro.</p>
<p>      Madre dijo que no demoraría.</p>
<p>      Aguedita, Nativa, Miguel,<br />
cuidado con ir por ahí, por donde<br />
acaban de pasar gangueando sus memorias<br />
dobladoras penas,<br />
hacia el silencioso corral, y por donde<br />
las gallinas que se están acostando todavía,<br />
se han espantado tanto.<br />
Mejor estemos aquí no más.<br />
Madre dijo que no demoraría.</p>
<p>      Ya no tengamos pena. Vamos viendo<br />
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!<br />
con los cuales jugamos todo el santo día,<br />
sin pelearnos, como debe de ser:<br />
han quedado en el pozo de agua, listos,<br />
fletados de dulces para mañana.</p>
<p>      Aguardemos así, obedientes y sin más<br />
remedio, la vuelta, el desagravio<br />
de los mayores siempre delanteros<br />
dejándonos en casa a los pequeños,<br />
como si también nosotros<br />
                                           no pudiésemos partir.</p>
<p>      Aguedita, Nativa, Miguel?<br />
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.<br />
No me vayan a haber dejado solo,<br />
y el único recluso sea yo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>VI</strong></p>
<p>El traje que vestí mañana<br />
no lo ha lavado mi lavandera:<br />
lo lavaba en sus venas otilinas,<br />
en el chorro de su corazón, y hoy no he<br />
de preguntarme si yo dejaba<br />
el traje turbio de injusticia.</p>
<p>      A hora que no hay quien vaya a las aguas,<br />
en mis falsillas encañona<br />
el lienzo para emplumar, y todas las cosas<br />
del velador de tanto qué será de mí,<br />
todas no están mías<br />
a mi lado.<br />
                                  Quedaron de su propiedad,<br />
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.</p>
<p>      Y si supiera si ha de volver;<br />
y si supiera qué mañana entrará<br />
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella<br />
lavandera del alma. Que mañana entrará<br />
satisfecha, capulí de obrería, dichosa<br />
de probar que sí sabe, que sí puede<br />
                                        ¡CÓMO NO VA A PODER!<br />
azular y planchar todos los caos.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>IX</strong></p>
<p>Vusco volvvver de golpe el golpe.<br />
Sus dos hojas anchas, su válvula<br />
que se abre en suculenta recepción<br />
de multiplicando a multiplicador,<br />
su condición excelente para el placer,<br />
todo avía verdad.</p>
<p>      Busco volvver de golpe el golpe.<br />
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades<br />
a treintidós cables y sus múltiples,<br />
se arrequintan pelo por pelo<br />
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,<br />
y no vivo entonces ausencia,<br />
                    ni al tacto.</p>
<p>      Fallo volver de golpe el golpe.<br />
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo<br />
de egoísmo y de aquel ludir mortal<br />
de sábana,<br />
desque la mujer ésta<br />
                    ¡cuánto pesa de general!</p>
<p>      Y hembra es el alma de la ausente.<br />
Y hembra es el alma mía.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XIII</strong></p>
<p>Pienso en tu sexo.<br />
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,<br />
ante el hijar maduro del día.<br />
Palpo el botón de dicha, está en sazón.<br />
Y muere un sentimiento antiguo<br />
degenerado en seso.</p>
<p>      Pienso en tu sexo, surco más prolífico<br />
y armonioso que el vientre de la Sombra,<br />
aunque la Muerte concibe y pare<br />
de Dios mismo.<br />
Oh Conciencia,<br />
pienso, sí, en el bruto libre<br />
que goza donde quiere, donde puede.</p>
<p>      Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.<br />
Oh estruendo mudo.</p>
<p>Odumodneurtse!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XVIII</strong></p>
<p>Oh las cuatro paredes de la celda.<br />
Ah las cuatro paredes albicantes<br />
que sin remedio dan al mismo número.</p>
<p>      Criadero de nervios, mala brecha,<br />
por sus cuatro rincones cómo arranca<br />
las diarias aherrojadas extremidades.</p>
<p>      Amorosa llavera de innumerables llaves,<br />
si estuvieras aquí, si vieras hasta<br />
qué hora son cuatro estas paredes.<br />
Contra ellas seríamos contigo, los dos,<br />
más dos que nunca. Y ni lloraras,<br />
di, libertadora!</p>
<p>      Ah las paredes de la celda.<br />
De ellas me duele entretanto, más<br />
las dos largas que tienen esta noche<br />
algo de madres que ya muertas<br />
llevan por bromurados declives,<br />
a un niño de la mano cada una.</p>
<p>      Y sólo yo me voy quedando,<br />
con la diestra, que hace por ambas manos,<br />
en alto, en busca de terciario brazo<br />
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,<br />
esta mayoría inválida de hombre.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XXIV</strong></p>
<p>Al borde de un sepulcro florecido<br />
transcurren dos marías llorando,<br />
llorando a mares.</p>
<p>      El ñandú desplumado del recuerdo<br />
alarga su postrera pluma,<br />
y con ella la mano negativa de Pedro<br />
graba en un domingo de ramos<br />
resonancias de exequias y de piedras.</p>
<p>      Del borde de un sepulcro removido<br />
se alejan dos marías cantando.</p>
<p>      Lunes.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XXVIII</strong></p>
<p>He almorzado solo ahora, y no he tenido<br />
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,<br />
ni padre que, en el facundo ofertorio<br />
de los choclos, pregunte para su tardanza<br />
de imagen, por los broches mayores del sonido.</p>
<p>      Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir<br />
de tales platos distantes esas cosas,<br />
cuando habráse quebrado el propio hogar,<br />
cuando no asoma ni madre a los labios.<br />
Cómo iba yo a almorzar nonada.</p>
<p>      A la mesa de un buen amigo he almorzado<br />
con su padre recién llegado del mundo,<br />
con sus canas tías que hablan<br />
en tordillo retinte de porcelana,<br />
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;<br />
y con cubiertos francos de alegres tiroriros,<br />
porque estánse en su casa. Así, ¡qué gracia!<br />
Y me han dolido los cuchillos<br />
de esta mesa en todo el paladar.</p>
<p>      El yantar de estas mesas así, en que se prueba<br />
amor ajeno en vez del propio amor,<br />
torna tierra el brocado que no brinda la<br />
                                                          MADRE,<br />
hace golpe la dura deglución; el dulce,<br />
hiel; aceite funéreo, el café.</p>
<p>      Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,<br />
y el sírvete materno no sale de la<br />
tumba,<br />
la cocina a oscuras, la miseria de amor.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XXXIII</strong></p>
<p>Si lloviera esta noche, retiraríame<br />
de aquí a mil años.<br />
Mejor a cien no más.<br />
Como si nada hubiese ocurrido, haría<br />
la cuenta de que vengo todavía.</p>
<p>      O sin madre, sin amada, sin porfía<br />
de agacharme a aguaitar al fondo, a puro<br />
pulso,<br />
esta noche así, estaría escarmenando<br />
la fibra védica,<br />
la lana védica de mi fin final, hilo<br />
del diantre, traza de haber tenido<br />
por las narices<br />
a dos badajos inacordes de tiempo<br />
                    en una misma campana.</p>
<p>      Haga la cuenta de mi vida<br />
o haga la cuenta de no haber aún nacido<br />
no alcanzaré a librarme.</p>
<p>      No será lo que aún no haya venido, sino<br />
lo que ha llegado y ya se ha ido,<br />
sino lo que ha llegado y ya se ha ido.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XXXIV</strong></p>
<p>Se acabó el extraño, con quien, tarde<br />
la noche, regresabas parla y parla.<br />
Ya no habrá quien me aguarde,<br />
dispuesto mi lugar, bueno lo malo.</p>
<p>      Se acabó la calurosa tarde;<br />
tu gran bahía y tu clamor; la charla<br />
con tu madre acabada<br />
que nos brindaba un té lleno de tarde.</p>
<p>      Se acabó todo al fin: las vacaciones,<br />
tu obediencia de pechos, tu manera<br />
de pedirme que no me vaya fuera.</p>
<p>      Y se acabó el diminutivo, para<br />
mi mayoría en el dolor sin fin,<br />
y nuestro haber nacido así sin causa.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XLI</strong></p>
<p>La muerte de rodillas mana<br />
su sangre blanca que no es sangre.<br />
Se huele a garantía.<br />
Pero ya me quiero reír.</p>
<p>      Murmúrase algo por allí. Callan.<br />
Alguien silba valor de lado,<br />
y hasta se contaría en par<br />
veintitrés costillas que se echan de menos<br />
entre sí, a ambos costados; se contaría<br />
en par también, toda la fila<br />
de trapecios escoltas.</p>
<p>      En tanto; el redoblante policial<br />
(otra vez me quiero reír)<br />
se desquita y nos tunde a palos,<br />
dale y dale, de membrana a membrana,<br />
tas con<br />
tas.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>XLVI</strong></p>
<p>La tarde cocinera se detiene<br />
ante la mesa donde tú comiste;<br />
y muerta de hambre tu memoria viene<br />
sin probar ni agua, de lo puro triste.</p>
<p>      Mas, como siempre, tu humildad se aviene<br />
a que le brinden la bondad más triste.<br />
Y no quieres gustar, que ves quien viene<br />
filialmente a la mesa en que comiste.</p>
<p>      La tarde cocinera te suplica<br />
y te llora en su delantal que aún sórdido<br />
nos empieza a querer de oírnos tanto.</p>
<p>      Yo hago esfuerzos también; porque no hay<br />
valor para servirse de estas aves.<br />
Ah! qué nos vamos a servir ya nada.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>L</strong></p>
<p>El cancerbero cuatro veces<br />
al día maneja su candado, abriéndonos<br />
cerrándonos los esternones, en guiños<br />
que entendemos perfectamente.</p>
<p>      Con los fundillos lelos melancólicos,<br />
amuchachado de trascendental desaliño,<br />
parado, es adorable el pobre viejo.<br />
Chancea con los presos, hasta el tope<br />
los puños en las ingles. Y hasta mojarrilla<br />
les roe algún mendrugo; pero siempre<br />
cumpliendo su deber.</p>
<p>      Por entre los barrotes pone el punto<br />
fiscal, inadvertido, izándose en la falangita<br />
del meñique,<br />
a la pista de lo que hablo,<br />
lo que como,<br />
lo que sueño.<br />
Quiere el corvino ya no hayan adentros,<br />
y cómo nos duele esto que quiere el cancerbero.</p>
<p>      Por un sistema de relojería, juega<br />
el viejo inminente, pitagórico!<br />
a lo ancho de las aortas. Y sólo<br />
de tarde en noche, con noche<br />
soslaya alguna su excepción de metal.<br />
Pero, naturalmente,<br />
siempre cumpliendo su deber.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LX</strong></p>
<p>Es de madera mi paciencia,<br />
sorda, vegetal.</p>
<p>      Día que has sido puro, niño, inútil,<br />
que naciste desnudo, las leguas<br />
de tu marcha, van corriendo sobre<br />
tus doce extremidades, ese doblez ceñudo<br />
que después deshiláchase<br />
en no se sabe qué últimos pañales.</p>
<p>      Constelado de hemisferios de grumo,<br />
bajo eternas américas inéditas, tu gran plumaje,<br />
te partes y me dejas, sin tu emoción ambigua,<br />
sin tu nudo de sueños, domingo.</p>
<p>      Y se apolilla mi paciencia,<br />
y me vuelvo a exclamar: ¡Cuándo vendrá<br />
el domingo bocón y mudo del sepulcro;<br />
cuándo vendrá a cargar este sábado<br />
de harapos, esta horrible sutura<br />
del placer que nos engendra sin querer,<br />
y el placer que nos DestieRRa!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LXV</strong></p>
<p>Madre, me voy mañana a Santiago,<br />
a mojarme en tu bendición y en tu llanto.<br />
Acomodando estoy mis desengaños y el rosado<br />
de llaga de mis falsos trajines.</p>
<p>      Me esperará tu arco de asombro,<br />
las tonsuradas columnas de tus ansias<br />
que se acaban la vida. Me esperará el patio,<br />
el corredor de abajo con sus tondos y repulgos<br />
de fiesta. Me esperará mi sillón ayo,<br />
aquel buen quijarudo trasto de dinástico<br />
cuero, que para no más rezongando a las nalgas<br />
tataranietas, de correa a correhuela.</p>
<p>      Estoy cribando mis cariños más puros.<br />
Estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?<br />
                                      ¿no oyes tascar dianas?<br />
estoy plasmando tu fórmula de amor<br />
para todos los huecos de este suelo.<br />
Oh si se dispusieran los tácitos volantes<br />
para todas las cintas más distantes,<br />
para todas las citas más distintas.</p>
<p>      Así, muerta inmortal. Así.<br />
Bajo los dobles arcos de tu sangre, por donde<br />
hay que pasar tan de puntillas, que hasta mi padre<br />
para ir por allí,<br />
humildóse hasta menos de la mitad del hombre,<br />
hasta ser el primer pequeño que tuviste.</p>
<p>      Así, muerta inmortal.<br />
Entre la columnata de tus huesos<br />
que no puede caer ni a lloros,<br />
y a cuyo lado ni el destino pudo entrometer<br />
ni un solo dedo suyo.</p>
<p>      Así, muerta inmortal.<br />
Así.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LXVIII</strong></p>
<p>Estamos a catorce de Julio.<br />
Son las cinco de la tarde. Llueve en toda<br />
una tercera esquina de papel secante.<br />
Y llueve más de abajo ay para arriba.</p>
<p>      Dos lagunas las manos avanzan<br />
de diez en fondo,<br />
desde un martes cenagoso que ha seis días<br />
está en los lagrimales helado.</p>
<p>      Se ha degollado una semana<br />
con las más agudas caídas; hase hecho<br />
todo lo que puede hacer miserable genial<br />
en gran taberna sin rieles. Ahora estamos<br />
bien, con esta lluvia que nos lava<br />
y nos alegra y nos hace gracia suave.</p>
<p>      Hemos a peso bruto caminado, y, de un solo<br />
                              desafío,<br />
blanqueó nuestra pureza de animales.<br />
Y preguntamos por el eterno amor,<br />
por el encuentro absoluto,<br />
por cuanto pasa de aquí para allá.<br />
Y respondimos desde dónde los míos no son los tuyos<br />
desde qué hora el bordón, al ser portado,<br />
sustenta y no es sustentado. (Neto.)</p>
<p>      Y era negro, colgado en un rincón,<br />
sin proferir ni jota, mi paletó,<br />
a<br />
t<br />
o<br />
d<br />
a<br />
s<br />
t<br />
A</p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>POEMAS HUMANOS</strong><strong> (1923-1938)</strong><strong><br />
</strong>(1938)</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Un hombre está mirando a una mujer</strong></p>
<p>Un hombre está mirando a una mujer,<br />
está mirándola inmediatamente,<br />
con su mal de tierra suntuosa<br />
y la mira a dos manos<br />
y la tumba a dos pechos<br />
y la mueve a dos hombres.</p>
<p>Pregúntome entonces, oprimiéndome<br />
la enorme, blanca, acérrima costilla:<br />
Y este hombre<br />
¿no tuvo a un niño por creciente padre?<br />
¿Y esta mujer a un niño<br />
por constructor de su evidente sexo?</p>
<p>Puesto que un niño veo ahora,<br />
niño ciempiés, apasionado, enérgico;<br />
veo que no le ven<br />
sonarse entre los dos, colear, vestirse;<br />
puesto que los acepto,<br />
a ella en condición aumentativa,<br />
a él en la flexión del heno rubio.</p>
<p>Y exclamo entonces, sin cesar ni uno<br />
de vivir, sin volver ni uno<br />
a temblar en la justa que venero:<br />
¡Felicidad seguida<br />
tardíamente del Padre,<br />
del Hijo y de la Madre!<br />
¡Instante redondo,<br />
familiar, que ya nadie siente ni ama!<br />
¡De qué deslumbramiento áfono, tinto,<br />
se ejecuta el cantar de los cantares!<br />
¡De qué tronco, el florido carpintero!<br />
¡De qué perfecta axila, el frágil remo!<br />
¡De qué casco, ambos cascos delanteros!</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>TERREMOTO</strong></p>
<p>¿Hablando de la leña, callo el fuego?<br />
¿Barriendo el suelo, olvido el fósil?<br />
Razonando,<br />
¿mi trenza, mi corona de carne?<br />
(¡Contesta, amado Hermeregildo, el brusco;<br />
pregunta, Luis, el lento!)</p>
<p>¡Encima, abajo, con tamaña altura!<br />
¡Madera, tras el reino de las fibras!<br />
¡Isabel, con horizonte de entrada!<br />
¡Lejos, al lado, astutos Atanacios!</p>
<p>¡Todo, la parte!<br />
Unto a ciegas en luz mis calcetines,<br />
en riesgo, la gran paz de este peligro,<br />
y mis cometas, en la miel pensada,<br />
el cuerpo, en miel llorada.</p>
<p>¡Pregunta, Luis; responde, Hermenegildo!<br />
¡Abajo, arriba, al lado, lejos!<br />
¡Isabel, fuego, diplomas de los muertos!<br />
¡Horizonte, Atanacio, parte, todo!<br />
¡Miel de miel, llanto de frente!<br />
¡Reino de la madera,<br />
corte oblicuo a la línea del camello,<br />
fibra de mi corona de carne<br />
en quién estoy callado y medio tuerto.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>EPÍSTOLA A LOS TRANSEÚNTES</strong></p>
<p>Reanudo mi día de conejo,<br />
mi noche de elefante en descanso.</p>
<p>Y, entre mí, digo:<br />
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros<br />
éste es mi grato peso, que me buscará abajo para pájaro<br />
éste es mi brazo<br />
que por su cuenta rehusó ser ala,<br />
éstas son mis sagradas escrituras,<br />
éstos mis alarmados campeñones.</p>
<p>Lúgubre isla me alumbrará continental,<br />
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe<br />
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.</p>
<p>Pero cuando yo muera<br />
de vida y no de tiempo,<br />
cuando lleguen a dos mis dos maletas,<br />
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,<br />
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,<br />
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,<br />
éste ha de ser mi cuerpo solidario<br />
por el que vela el alma individual; éste ha de ser<br />
mi ombligo en que maté mis piojos natos,<br />
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.</p>
<p>En tanto, convulsiva, ásperamente convalece mi freno,<br />
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;<br />
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,<br />
convalezco yo mismo, sonriendo de mis labios.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Los mineros salieron de la mina&#8230;</strong></p>
<p>Los mineros salieron de la mina<br />
remontando sus ruinas venideras,<br />
fajaron su salud con estampidos<br />
y, elaborando su función mental<br />
cerraron con sus voces<br />
el socavón, en forma de síntoma profundo.</p>
<p>¡Era de ver sus polvos corrosivos!<br />
¡Era de oír sus óxidos de altura!<br />
Cuñas de boca, yunques de boca, aparatos de boca (¡Es formidable!)</p>
<p>El orden de sus túmulos,<br />
sus inducciones plásticas, sus respuestas corales,<br />
agolpáronse al pie de ígneos percances<br />
y airente amarillura conocieron los trístidos y tristes,<br />
imbuidos del metal que se acaba, del metaloide pálido y pequeño.</p>
<p>Craneados de labor,<br />
y calzados de cuero de vizcacha,<br />
calzados de senderos infinitos,<br />
y los ojos de físico llorar,<br />
creadores de la profundidad,<br />
saben, a cielo intermitente de escalera,<br />
bajar mirando para arriba,<br />
saben subir mirando para abajo.</p>
<p>¡Loor al antiguo juego de su naturaleza,<br />
a sus insomnes órganos, a su saliva rústica!<br />
¡Temple, filo y punta, a sus pestañas!<br />
¡Crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios!<br />
¡Felpa de hierro a sus nupciales sábanas!<br />
¡Mujeres hasta abajo, sus mujeres!<br />
¡Mucha felicidad para los suyos!<br />
¡Son algo portentoso, los mineros<br />
remontando sus ruinas venideras,<br />
elaborando su función mental y abriendo con sus voces<br />
el socavón, en forma de síntoma profundo!<br />
¡Loor a su naturaleza amarillenta,<br />
a su linterna mágica,<br />
a sus cubos y rombos, a sus percances plásticos,<br />
a sus ojazos de seis nervios ópticos<br />
y a sus hijos que juegan en la iglesia<br />
y a sus tácitos padres infantiles!<br />
¡Salud, oh creadores de la profundidad&#8230;! (Es formidable).</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Fue domingo en las claras orejas de mi burro&#8230;</strong></p>
<p>Fue domingo en las claras orejas de mi burro,<br />
de mi burro peruano en el Perú (Perdonen la tristeza)<br />
Mas hoy ya son las once en mi experiencia personal,<br />
experiencia de un solo ojo, clavado en pleno pecho,<br />
de una sola burrada, clavada en pleno pecho,<br />
de una sola hecatombe, clavada en pleno pecho.</p>
<p>Tal de mi tierra veo los cerros retrasados,<br />
ricos en burros, hijos de burros, padres hoy de vista,<br />
que tornan ya pintados de creencias,<br />
cerros horizontales de mis penas.</p>
<p>En su estatua, de espada,<br />
Voltaire cruza su capa y mira el zócalo,<br />
pero el sol me penetra y espanta de mis dientes incisivos<br />
un número crecido de cuerpos inorgánicos.</p>
<p>Y entonces sueño en una piedra<br />
verduzca, diecisiete,<br />
peñasco numeral que he olvidado,<br />
sonido de años en el rumor de aguja de mi brazo,<br />
lluvia y sol en Europa, y ¡cómo toso! ¡cómo vivo!<br />
¡cómo me duele el pelo al columbrar los siglos semanales!<br />
Y cómo, por recodo, mi ciclo microbiano,<br />
quiero decir mi trémulo, patriótico peinado.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Pero antes que se acabe&#8230;</strong></p>
<p>Pero antes que se acabe<br />
toda esta dicha, piérdela atajándola,<br />
tómale la medida, por si rebasa tu ademán; rebásala,<br />
ve si cabe tendida en tu extensión.</p>
<p>Bien la sé por su llave,<br />
aunque no sepa, a veces, si esta dicha<br />
anda sola, apoyada en tu infortunio<br />
o tañida, por sólo darte gusto, en tus falanjas.<br />
Bien la sé única, sola,<br />
de una sabiduría solitaria.</p>
<p>En tu oreja el cartílago está hermoso<br />
y te escribo por eso, te medito:<br />
No olvides en tu sueño de pensar que eres feliz,<br />
que la dicha es un hecho profundo, cuando acaba,<br />
pero al llegar, asume<br />
un caótico aroma de asta muerta.</p>
<p>Silbando a tu muerte,<br />
sombrero a la pedrada,<br />
blanco, ladeas a ganar tu batalla de escaleras,<br />
soldado del tallo, filósofo del grano, mecánico del sueño.<br />
(¿Me percibes, animal?<br />
¿me dejo comparar como tamaño?<br />
No respondes y callado me miras<br />
a través de la edad de tu palabra).</p>
<p>Ladeando así tu dicha, volverá<br />
a clamarla tu lengua, a despedirla,<br />
dicha tan desgraciada de durar.<br />
Antes, se acabará violentamente,<br />
dentada, pedemalina estampa,<br />
y entonces oirás cómo medito<br />
y entonces tocarás cómo tu sombra es ésta mía desvestida<br />
y entonces olerás cómo he sufrido.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Hoy me gusta la vida mucho menos&#8230;</strong></p>
<p>Hoy me gusta la vida mucho menos,<br />
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.<br />
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve<br />
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.</p>
<p>Hoy me palpo el mentón en retirada<br />
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:<br />
¡Tanta vida y jamás!<br />
¡Tantos años y siempre mis semanas!&#8230;<br />
Mis padres enterrados con su piedra<br />
y su triste estirón que no ha acabado;<br />
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,<br />
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.</p>
<p>Me gusta la vida enormemente<br />
pero, desde luego,<br />
con mi muerte querida y mi café<br />
y viendo los castaños frondosos de París<br />
y diciendo:<br />
Es un ojo éste; una frente ésta, aquélla&#8230; Y repitiendo:<br />
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!<br />
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!</p>
<p>Dije chaleco, dije<br />
todo, parte, ansia, dice casi, por no llorar.<br />
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado<br />
y que está bien y está mal haber mirado<br />
de abajo para arriba mi organismo.</p>
<p>Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,<br />
porque, como iba diciendo y lo repito,<br />
¡tanta vida y jamás y jamás! ¡Y tantos años,<br />
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Confianza en el anteojo, no en el ojo&#8230;</strong></p>
<p>Confianza en el anteojo, no en el ojo;<br />
en la escalera, nunca en el peldaño;<br />
en el ala, no en el ave<br />
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.</p>
<p>Confianza en la maldad, no en el malvado;<br />
en el vaso, más nunca en el licor;<br />
en el cadáver, no en el hombre<br />
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.</p>
<p>Confianza en muchos, pero ya no en uno;<br />
en el cauce, jamás en la corriente;<br />
en los calzones, no en las piernas<br />
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.</p>
<p>Confianza en la ventana, no en la puerta;<br />
en la madre, más no en los nueve meses;<br />
en el destino, no en el dado de oro,<br />
y en ti sólo, en ti sólo, en ti sólo.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Considerando en frío, imparcialmente&#8230;</strong></p>
<p>Considerando en frío, imparcialmente,<br />
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,<br />
se complace en su pecho colorado;<br />
que lo único que hace es componerse<br />
de días;<br />
que es lóbrego mamífero y se peina&#8230;</p>
<p>Considerando<br />
que el hombre procede suavemente del trabajo<br />
y repercute jefe, suena subordinado;<br />
que el diagrama del tiempo<br />
es constante diorama en sus medallas<br />
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,<br />
desde lejanos tiempos,<br />
su fórmula famélica de masa&#8230;</p>
<p>Comprendiendo sin esfuerzo<br />
que el hombre se queda, a veces, pensando,<br />
como queriendo llorar,<br />
y, sujeto a tenderse como objeto,<br />
se hace buen carpintero, suda, mata<br />
y luego canta, almuerza, se abotona&#8230;</p>
<p>Considerando también<br />
que el hombre es en verdad un animal<br />
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza&#8230;</p>
<p>Examinando, en fin,<br />
sus encontradas piezas, su retrete,<br />
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo&#8230;</p>
<p>Comprendiendo<br />
que él sabe que le quiero,<br />
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente&#8230;</p>
<p>Considerando sus documentos generales<br />
y mirando con lentes aquel certificado<br />
que prueba que nació muy pequeñito&#8230;<br />
le hago una seña,<br />
viene,<br />
y le doy un abrazo, emocionado.<br />
¡Qué más da! Emocionado&#8230; Emocionado&#8230;</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA</strong></p>
<p>Me moriré en París con aguacero,<br />
un día del cual tengo ya el recuerdo.<br />
Me moriré en París y no me corro<br />
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.</p>
<p>Jueves será, porque hoy, jueves, que proso<br />
estos versos, los húmeros me he puesto<br />
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,<br />
con todo mi camino, a verme solo.</p>
<p>César Vallejo ha muerto, le pegaban<br />
todos sin que él les haga nada;<br />
le daban duro con un palo y duro</p>
<p>también con una soga; son testigos<br />
los días jueves y los huesos húmeros,<br />
la soledad, la lluvia, los caminos&#8230;</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>INTENSIDAD Y ALTURA</strong></p>
<p>Quiero escribir, pero me sale espuma,<br />
quiero decir muchísimo y me atollo;<br />
no hay cifra hablada que no sea suma,<br />
no hay pirámide escrita, sin cogollo.</p>
<p>Quiero escribir, pero me siento puma;<br />
quiero laurearme, pero me encebollo.<br />
No hay tos hablada, que no llegue a bruma,<br />
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.</p>
<p>Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,<br />
carne de llanto, fruta de gemido,<br />
nuestra alma melancólica en conserva.</p>
<p>Vámonos! Vámonos! Estoy herido;<br />
Vámonos a beber lo ya bebido,<br />
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Acaba de pasar el que vendrá&#8230;</strong></p>
<p>Acaba de pasar el que vendrá<br />
proscrito, a sentarse en mi triple desarrollo;<br />
acaba de pasar criminalmente.</p>
<p>Acaba de sentarse más acá,<br />
a un cuerpo de distancia de mi alma,<br />
el que vino en un asno a enflaquecerme;<br />
acaba de sentarse de pie, lívido.</p>
<p>Acaba de darme lo que está acabado,<br />
el calor del fuego y el pronombre inmenso<br />
que el animal crió bajo su cola.</p>
<p>Acaba<br />
de expresarme su duda sobre hipótesis lejanas<br />
que él aleja, aún más, con la mirada.</p>
<p>Acaba de hacer al bien los honores que le tocan<br />
en virtud del infame paquidermo,<br />
por lo soñado en mí y en él matado.</p>
<p>Acaba de ponerme (no hay primera)<br />
su segunda aflixión en plenos lomos<br />
y su tercer sudor en plena lágrima.</p>
<p>Acaba de pasar sin haber venido.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA RUEDA DEL HAMBRIENTO</strong></p>
<p>Por entre mis propios dientes salgo humeando,<br />
dando voces, pujando,<br />
bajándome los pantalones&#8230;<br />
Váca mi estómago, váca mi yeyuno,<br />
la miseria me saca por entre mis propios dientes,<br />
cogido con un palito por el puño de la camisa.</p>
<p>Una piedra en que sentarme<br />
¿no habrá ahora para mí?<br />
Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,<br />
la madre del cordero, la causa, la raíz,<br />
¿ésa no habrá ahora para mí?<br />
¡Siquiera aquella otra,<br />
que ha pasado agachándose por mi alma!<br />
Siquiera<br />
la calcárida o la mala (humilde océano)<br />
o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre<br />
ésa dádmela ahora para mí!</p>
<p>Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,<br />
ésa dádmela ahora para mí!<br />
Siquiera la torcida y coronada, en que resuena<br />
solamente una vez el andar de las rectas conciencias,<br />
o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,<br />
va a caer por sí misma,<br />
en profesión de entraña verdadera,<br />
¡ésa dádmela ahora para mí!</p>
<p>Un pedazo de pan, tampoco habrá para mí?<br />
Ya no más he de ser lo que siempre he de ser,<br />
pero dadme<br />
una piedra en que sentarme,<br />
pero dadme,<br />
por favor, un pedazo de pan en que sentarme,<br />
pero dadme<br />
en español<br />
algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse<br />
y después me iré&#8230;<br />
Halló una extraña forma, está muy rota<br />
y sucia mi camisa<br />
y ya no tengo nada, esto es horrendo.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>¡Y si después de tantas palabras&#8230;!</strong></p>
<p>¡Y si después de tantas palabras,<br />
no sobrevive la palabra!<br />
¡Si después de las alas de los pájaros,<br />
no sobrevive el pájaro parado!<br />
¡Más valdría, en verdad,<br />
que se lo coman todo y acabemos!</p>
<p>¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!<br />
¡Levantarse del cielo hacia la tierra<br />
por sus propios desastres<br />
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!<br />
¡Más valdría, francamente,<br />
que se lo coman todo y qué más da&#8230;!</p>
<p>¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,<br />
no ya de eternidad,<br />
sino de esas cosas sencillas, como estar<br />
en la casa o ponerse a cavilar!<br />
¡Y si luego encontramos,<br />
de buenas a primeras, que vivimos,<br />
a juzgar por la altura de los astros,<br />
por el peine y las manchas del pañuelo!<br />
¡Más valdría, en verdad,<br />
que se lo coman todo, desde luego!</p>
<p>Se dirá que tenemos<br />
en uno de los ojos mucha pena<br />
y también en el otro, mucha pena<br />
y en los dos, cuando miran, mucha pena&#8230;<br />
Entonces&#8230; ¡Claro!&#8230; Entonces&#8230; ¡ni palabra!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>DESPEDIDA RECORDANDO UN ADIÓS</strong></p>
<p>Al cabo, al fin, por último,<br />
tomo, volví y acábome y os gimo, dándoos<br />
la llave, mi sombrero, esta cartita para todos.<br />
Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos<br />
a desdorar el oro, y está, al fin<br />
de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado,<br />
y, último vaso de humo, en su papel dramático,<br />
yace este sueño práctico del alma.</p>
<p>¡Adiós, hermanos san pedros,<br />
heráclitos, erasmos, espinosas!<br />
¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!<br />
¡Adiós, gobernadores en desorden!<br />
¡Adiós, vino que está en el agua como vino!<br />
¡Adiós, alcohol que está en la lluvia!</p>
<p>¡Adiós también, me digo a mí mismo,<br />
adiós, vuelo formal de los milígramos!<br />
¡También adiós, de modo idéntico,<br />
frío del frío y frío del calor!<br />
Al cabo, al fin, por último, la lógica,<br />
los linderos del fuego,<br />
la despedida recordando aquel adiós.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOS DESGRACIADOS</strong></p>
<p>Ya va a venir el día; da<br />
cuerda a tu brazo, búscate debajo<br />
del colchón, vuelve a pararte<br />
en tu cabeza, para andar derecho.<br />
Ya va a venir el día, ponte el saco.</p>
<p>Ya va a venir el día; ten<br />
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona<br />
antes de meditar, pues es horrible<br />
cuando le cae a uno la desgracia<br />
y se le cae a uno a fondo el diente.</p>
<p>Necesitas comer, pero, me digo,<br />
no tengas pena, que no es de pobres<br />
la pena, el sollozar junto a su tumba;<br />
remiéndate, recuerda,<br />
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista<br />
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.<br />
Ya va a venir el día, ponte el alma.</p>
<p>Ya va a venir el día; pasan,<br />
han abierto en el hotel un ojo,<br />
azotándolo, dándole con un espejo tuyo&#8230;<br />
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente<br />
y la nación reciente del estómago.<br />
Roncan aún&#8230; ¡Qué universo se lleva este ronquido!<br />
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!<br />
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!<br />
Ya va a venir el día, ponte el sueño.</p>
<p>Ya va a venir el día, repito<br />
por el órgano oral de tu silencio<br />
y urge tomar la izquierda con el hambre<br />
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,<br />
abstente de ser pobre con los ricos,<br />
atiza tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.<br />
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.</p>
<p>Ya va a venir el día;<br />
la mañana, la mar, el meteoro, van<br />
en pos de tu cansancio, con banderas,<br />
y, por tu orgullo clásico, las hienas<br />
cuentan sus pasos al compás del asno,<br />
la panadera piensa en ti,<br />
el carnicero piensa en ti, palpando<br />
el hacha en que están presos<br />
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides<br />
que durante la misa no hay amigos.<br />
Ya va a venir el día, ponte el sol<br />
.<br />
Ya viene el día; dobla<br />
el aliento, triplica tu bondad rencorosa<br />
y da codos al miedo, nexo y énfasis,<br />
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo<br />
el malo ¡ay! inmortal,<br />
has soñado esta noche que vivías<br />
de nada y morías de todo&#8230;.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Quiere y no quiere su color mi pecho&#8230;</strong></p>
<p>Quiere y no quiere su color mi pecho,<br />
por cuyas bruscas vías voy, lloro con palo,<br />
trato de ser feliz, lloro en mi mano,<br />
recuerdo, escribo<br />
y remacho una lágrima en mi pómulo.</p>
<p>Quiere su rojo el mal, el bien su rojo enrojecido<br />
por el hacha suspensa,<br />
por el trote del ala a pie volando,<br />
y no quiere y sensiblemente<br />
no quiere aquesto el hombre;<br />
no quiere estar en su alma<br />
acostado, en la sien latidos de asta,<br />
el bimano, el muy bruto, el muy filósofo.</p>
<p>Así, casi no soy, me vengo abajo<br />
desde el arado en que socorro a mi alma<br />
y casi, en proporción, casi enaltézcome.<br />
Que saber por qué tiene la vida este perrazo,<br />
por qué lloro, por qué,<br />
cejón, inhábil, veleidoso, hube nacido<br />
gritando;<br />
saberlo, comprenderlo<br />
al son de un alfabeto competente,<br />
sería padecer por un ingrato.</p>
<p>¡Y no! ¡No! ¡No! ¡Qué ardid, ni paramento!<br />
Congoja, sí, con sí firme y frenético,<br />
coriáceo, rapaz, quiere y no quiere, cielo y pájaro;<br />
congoja, sí, con toda la bragueta.<br />
Contienda entre dos llantos, robo de una sola ventura,<br />
vía indolora en que padezco en chanclos<br />
de la velocidad de andar a ciegas.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>TRASPIÉ ENTRE DOS ESTRELLAS</strong></p>
<p>¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera<br />
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,<br />
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;<br />
el modo, arriba;<br />
no me busques, la muela del olvido,<br />
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír<br />
claros azotes en sus paladares!</p>
<p>Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen<br />
y suben por su muerte de hora en hora<br />
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.</p>
<p>¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!<br />
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!<br />
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!<br />
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!</p>
<p>¡Amadas sean las orejas sánchez,<br />
amadas las personas que se sientan,<br />
amado el desconocido y su señora,<br />
el prójimo con mangas, cuello y ojos!</p>
<p>¡Amado sea aquel que tiene chinches,<br />
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,<br />
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,<br />
el que se coge un dedo en una puerta,<br />
el que no tiene cumpleaños,<br />
el que perdió su sombra en un incendio,<br />
el animal, el que parece un loro,<br />
el que parece un hombre, el pobre rico,<br />
el puro miserable, el pobre pobre!</p>
<p>¡Amado sea el que tiene hambre o sed, pero no tiene<br />
hambre con qué saciar toda su sed,<br />
ni sed con qué saciar todas sus hambres!</p>
<p>¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,<br />
el que suda de pena o de vergüenza,<br />
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,<br />
el que paga con lo que le falta,<br />
el que duerme de espaldas,<br />
el que ya no recuerda su niñez; amado sea<br />
el calvo sin sombrero,<br />
el justo sin espinas,<br />
el ladrón sin rosas,<br />
el que lleva reloj y ha visto a Dios,<br />
el que tiene un honor y no fallece!</p>
<p>¡Amado sea el niño, que cae v aún llora<br />
y el hombre que ha caído y ya no llora&#8217;.</p>
<p>¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>MARCHA NUPCIAL</strong></p>
<p>A la cabeza de mis propios actos,<br />
corona en mano, batallón de dioses,<br />
el signo negativo al cuello, atroces<br />
el fósforo y la prisa, estupefactos<br />
el alma y el valor, con dos impactos</p>
<p>al pie de la mirada; dando voces;<br />
los límites, dinámicos, feroces;<br />
tragándome los lloros inexactos,</p>
<p>me encenderé, se encenderá mi hormiga,<br />
se encenderán mi llave, la querella<br />
en que perdí la causa de mi huella.</p>
<p>Luego, haciendo del átomo una espiga,<br />
encenderé mis hoces al pie de ella<br />
y la espiga será por fin espiga.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Un hombre pasa con un pan al hombro&#8230;</strong></p>
<p>Un hombre pasa con un pan al hombro<br />
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?</p>
<p>Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo<br />
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?</p>
<p>Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano<br />
¿Hablar luego de Sócrates al médico?</p>
<p>Un cojo pasa dando el brazo a un niño<br />
¿Voy, después, a leer a André Bretón?</p>
<p>Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre<br />
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?</p>
<p>Otro busca en el fango huesos, cáscaras<br />
¿Cómo escribir, después del infinito?</p>
<p>Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza<br />
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?</p>
<p>Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente<br />
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?</p>
<p>Un banquero falsea su balance<br />
¿Con qué cara llorar en el teatro?</p>
<p>Un paria duerme con el pie a la espalda<br />
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?</p>
<p>Alguien va en un entierro sollozando<br />
¿Cómo luego ingresar a la Academia?</p>
<p>Alguien limpia un fusil en su cocina<br />
¿Con qué valor hablar del más allá?</p>
<p>Alguien pasa contando con sus dedos<br />
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>España, aparta de mí este cáliz</strong></p>
<p><strong> </strong><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>MASA</strong></p>
<p> </p>
<p>Al fin de la batalla,<br />
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre<br />
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»<br />
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.</p>
<p>Se le acercaron dos y repitiéronle:<br />
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»<br />
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.</p>
<p>Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,<br />
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»<br />
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.</p>
<p>Le rodearon millones de individuos,<br />
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»<br />
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.</p>
<p>Entonces todos los hombres de la tierra<br />
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;<br />
incorporóse lentamente,<br />
abrazó al primer hombre; echóse a andar&#8230;</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>SOLÍA ESCRIBIR CON SU DEDO GORDO EN EL AIRE</strong></p>
<p>Solía escribir con su dedo grande en el aire:<br />
”¡<em>Viban</em> los compañeros! Pedro Rojas”,<br />
de Miranda del Ebro, padre y hombre,<br />
marido y hombre, ferroviario y hombre,<br />
padre y más hombre, Pedro y sus dos muertes.<br />
Papel de viento, lo han matado: ¡pasa!<br />
Pluma de carne, lo han matado: ¡pasa!<br />
”¡<em>Abisa</em> a todos compañeros pronto!”</p>
<p>Palo en el que han colgado su madero,<br />
lo han matado;<br />
¡lo han matado al pie de su dedo grande!<br />
¡Han matado, a la vez, a Pedro, a Rojas!<br />
¡<em>Viban</em> los compañeros<br />
a la cabecera de su aire escrito!<br />
¡<em>Viban</em> con esta b del buitre en las entrañas<br />
de Pedro y de Rojas, del héroe y del mártir!</p>
<p>Registrándole, muerto, sorprendiéronle<br />
en su cuerpo un gran cuerpo,<br />
para el alma del mundo,<br />
y en la chaqueta una cuchara muerta.<br />
Pedro también solía comer<br />
entre las criaturas de su carne, asear, pintar<br />
la mesa y vivir dulcemente<br />
en representación de todo el mundo.<br />
Y esta cuchara anduvo en su chaqueta,<br />
despierto o bien cuando dormía, siempre,<br />
cuchara muerta viva, ella y sus símbolos.<br />
¡<em>Abisa</em> a todos compañeros pronto!<br />
¡<em>Viban</em> los compañeros al pie de esta cuchara para siempre!<br />
Lo han matado, obligándole a morir<br />
a Pedro, a Rojas, al obrero, al hombre, a aquél<br />
que nació muy niñín, mirando al cielo,<br />
y que luego creció, se puso rojo<br />
y luchó con sus células, sus nos,<br />
sus todavías, sus hambres, sus pedazos.<br />
Lo han matado suavemente<br />
entre el cabello de su mujer, la Juana Vásquez,<br />
a la hora del fuego, al año del balazo<br />
y cuando andaba cerca ya de todo.<br />
Pedro Rojas, así, después de muerto,<br />
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,<br />
lloró por España.<br />
y volvió a escribir con el dedo en el aire:<br />
”¡<em>Viban</em> los compañeros! Pedro Rojas”.</p>
<p>Su cadáver estaba lleno de mundo.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ESPAÑA, APARTA DE MI ESTE CÁLIZ</strong><strong><br />
</strong></p>
<p>Niños del mundo,<br />
si cae España -digo, es un decir-<br />
si cae<br />
del cielo abajo su antebrazo que asen,<br />
en cabestro, dos láminas terrestres;<br />
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!<br />
¡qué temprano en el sol lo que os decía!<br />
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!<br />
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!</p>
<p>¡Niños del mundo, está<br />
la madre España con su vientre a cuestas;<br />
está nuestra maestra con sus férulas,<br />
está madre y maestra,<br />
cruz y madera, porque os dio la altura,<br />
vértigo y división y suma, niños;<br />
está con ella, padres procesales!</p>
<p>Si cae -digo, es un decir- si cae<br />
España, de la tierra para abajo,<br />
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!<br />
¡cómo va a castigar el año al mes!<br />
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,<br />
en palote el diptongo, la medalla en llanto!<br />
¡Cómo va el corderillo a continuar<br />
atado por la pata al gran tintero!<br />
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto<br />
hasta la letra en que nació la pena!</p>
<p>Niños,<br />
hijos de los guerreros, entre tanto,<br />
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo<br />
la energía entre el reino animal,<br />
las florecillas, los cometas y los hombres.<br />
¡Bajad la voz, que esta<br />
con su rigor, que es grande, sin saber<br />
qué hacer, y está en su mano<br />
la calavera hablando y habla y habla,<br />
la calavera, aquélla de la trenza,<br />
la calavera, aquélla de la vida!</p>
<p>¡Bajad la voz, os digo;<br />
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto<br />
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún<br />
el de las sienes que andan con dos piedras!<br />
¡Bajad el aliento, y si<br />
el antebrazo baja,<br />
si las férulas suenan, si es la noche,<br />
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,<br />
si hay ruido en el sonido de las puertas,<br />
si tardo,<br />
si no veis a nadie, si os asustan<br />
los lápices sin punta, si la madre<br />
España cae -digo, es un decir-<br />
salid, niños del mundo; id a buscarla!&#8230;</p>
<p align="center"><em> </em></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Poemas en prosa y otros textos</strong></p>
<div><strong> </strong></div>
<p> </p>
<p><strong> </strong> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA VIOLENCIA DE LAS HORAS</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Todos han muerto.<br />
         Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.<br />
         Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!»<br />
         Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.<br />
         Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.<br />
         Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.<br />
         Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.<br />
         Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.<br />
         Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.<br />
         Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.<br />
         Murió mi eternidad y estoy velándola.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>VOY A HABLAR DE LA ESPERANZA</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera. Yo no sufro este dolor como católico, como mahometano ni como ateo. Hoy sufro solamente. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor. Si no fuese artista, también lo sufriría. Si no fuese hombre ni ser vivo siquiera, también lo sufriría. Si no fuese católico, ateo ni mahometano, también lo sufriría. Hoy sufro desde más abajo. Hoy sufro solamente.<br />
         Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.<br />
         Miro el dolor del hambriento y veo que su hambre anda tan lejos de mi sufrimiento, que de quedarme ayuno hasta morir, saldría siempre de mi tumba una brizna de yerba al menos. Lo mismo el enamorado. ¡Qué sangre la suya más engendrada, para la mía sin fuente ni consumo!<br />
         Yo creía hasta ahora que todas las cosas del universo eran, inevitablemente, padres o hijos. Pero he aquí que mi dolor de hoy no es padre ni es hijo. Le falta espalda para anochecer, tanto como le sobra pecho para amanecer y si lo pusiesen en la estancia oscura, no daría luz y si lo pusiesen en una estancia luminosa, no echaría sombra. Hoy sufro suceda lo que suceda. Hoy sufro solamente.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>NÓMINA DE HUESOS</strong></p>
<p>Se pedía a grandes voces:<br />
—Que muestre las dos manos a la vez.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que, mientras llora, le tomen la medida de sus pasos.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que piense un pensamiento idéntico, en el tiempo en que un cero<br />
    permanece inútil.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que haga una locura.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que entre él y otro hombre semejante a él, se interponga una<br />
    muchedumbre de hombres como él.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que le comparen consigo mismo.<br />
Y esto no fue posible.<br />
—Que le llamen, en fin, por su nombre.<br />
Y esto no fue posible.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>En el momento en que el tenista&#8230;</strong><strong> </strong></p>
<p>En el momento en que el tenista lanza magistralmente<br />
su bala, le posee una inocencia totalmente animal;<br />
en el momento<br />
en que el filósofo sorprende una nueva verdad<br />
es una bestia completa.<br />
Anatole France afirmaba<br />
que el sentimiento religioso<br />
es la función de un órgano especial del cuerpo humano<br />
hasta ahora ignorado y se podría<br />
decir también, entonces<br />
que, en el momento exacto en que un tal órgano<br />
funciona plenamente,<br />
tan puro de malicia está el creyente,<br />
que se diría casi un vegetal.<br />
Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡Oh Marx! ¡Oh Feuerbach!</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>He aquí que hoy saludo&#8230;</strong><strong> </strong></p>
<p>He aquí que hoy saludo, me pongo el cuello y vivo,<br />
superficial de pasos insondable de plantas.<br />
Tal me recibo de hombre, tal más bien me despido<br />
y de cada hora mía retoña una distanciA.</p>
<p>Queréis más? encantado.<br />
Políticamente, mi palabra<br />
emite cargos contra mi labio inferior<br />
y económicamente,<br />
cuando doy la espalda a Oriente,<br />
distingo en dignidad de muerte a mis visitas.</p>
<p>Desde totales códigos regulares saludo<br />
al soldado desconocido<br />
al verso perseguido por la tinta fatal<br />
y al saurio que Equidista diariamente<br />
de su vida y su muerte,<br />
como quien no hace la cosa.<br />
El tiempo tiene un miedo ciempiés a los relojes.</p>
<p>(Los lectores pueden poner el título que quieran a este poema)</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LOMO DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS</strong></p>
<p>Sin haberlo advertido jamás, exceso por turismo<br />
y sin agencias<br />
de pecho en pecho hacia la madre unánime.</p>
<p>Hasta París ahora vengo a ser hijo. Escucha,<br />
Hombre, en verdad te digo que eres el HIJO ETERNO<br />
pues para ser hermano tus brazos son escasamente iguales<br />
y tu malicia para ser padre, es mucha.</p>
<p>La talla de mi madre moviéndome por índole<br />
de movimiento,<br />
y poniéndome serio, me llega exactamente al corazón:<br />
pesando cuanto cayera de vuelo con mis tristes abuelos,<br />
mi madre me oye en diámetro callándose en altura.</p>
<p>Mi metro está midiendo ya dos metros<br />
mis huesos concuerdan en género y en número<br />
y el verbo encarnado habita entre nosotros<br />
y el verbo encarnado habita, al hundirme en el baño,<br />
un alto grado de perfección.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Daos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">César Vallejo (Perú, 1892 – Francia, 1938). Es otra de las cumbres de la poesía en lengua castellana. Entre sus libros figuran: Los heraldos negros (1919), Trilce (1922), Poemas humanos y España, aparta de mí este Cáliz, publicado póstumamente en 1939 por su mujer Georgette. Es el poeta que más ha influenciado, de una u otra forma,  a la poesía peruana del siglo XX. Su estética está signada por una etapa modernista, vanguardista y revolucionaria.</p>
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		<title>Cordillera de sombras, cuento de Herminio Martínez</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Sep 2010 05:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Antología de Narrativa mexicana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Herminio Martínez]]></category>

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		<description><![CDATA[
Presentamos, para la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea, un cuento de Herminio Martínez (Cañada de Caracheo, Gto., 1949), figura central de la nueva novela histórica mexicana. Académico de la lengua, ha ganado múltiples premios como el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen.
 
 
Cordillera de sombras
1
Nunca, en todos sus años, Argimiro Gándara había de olvidar a Nazarena Sosa, quien, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a><img class="alignnone size-full wp-image-9985" title="Herminio Martínez" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Herminio-Martínez.jpg" alt="Herminio Martínez" width="610" height="265" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">Presentamos, para la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea, un cuento de Herminio Martínez (Cañada de Caracheo, Gto., 1949), figura central de la nueva novela histórica mexicana. Académico de la lengua, ha ganado múltiples premios como el Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen.<span id="more-9937"></span></p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>Cordillera de sombras</strong></p>
<p style="text-align: justify;">1</p>
<p style="text-align: justify;">Nunca, en todos sus años, Argimiro Gándara había de olvidar a Nazarena Sosa, quien, el día en que él había terminado la instrucción primaria, expuso ante el sacerdote del lugar que ella no quería tener a aquel nieto en su casa nada más de flojo, a pesar de que él, por ser huérfano de padre y madre, era quien barría la calle, le daba de comer a los marranos, trapeaba la cocina, sacaba los colchones a que los calentara el sol, regaba las macetas, limpiaba el gallinero e iba a la barranca de la Cruz del Solo por la leña.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Tu primo Fay pasará el lunes por ti para que te vayas con él y con Fermín Pantoja  a estudiar la secundaria -le comentó esa tarde, mientras se empinaba una gaseosa-. El padre Benigno de los Santos García Real les consiguió beca a los tres. Así que te me bañas, te me peinas, te me pones muy mono, porque no quiero que vayas oliendo a chivo padre”, agregó sin siquiera darle tiempo de opinar, mirando a contraluz el vidrio oscuro del refresco. “Es que ya casi no tengo ropa”, contestó el muchacho. “Le pediremos a don Melchor Casillas que te regale aunque sea unos pantalones viejos de su hijo Cuco”. “Ni calzones -insistió el adolescente-. Ya nada más me quedan los amarillos que eran de Leocadio Alcántara”<em>, </em>continuó, sin levantar los ojos. “Eso es lo de menos, con tal de que te vayas, soy capaz de prestarte hasta los míos, y conste que son los únicos que tengo”. “Ni zapatos, abuelita, nada más huaraches”, murmuró el muchacho, sin poder disimular tanta tristeza. “En Guadalajara no faltará quién te regale unos. Por fortuna, en el mundo todavía hay buenas personas. Así que por ese lado ni te apures. No vas a andar descalzo”, exclamó la mujer, tras otro eructo. “¿Y si no me vienen?”, todavía se defendió Argimiro, con más ganas de sollozar que de seguir oyéndola. “¡Te tienen que venir! Los pobres somos de todas las medidas, de todos los tamaños, nos ajustamos a cualquier talla. Fíjate lo bien que me quedaron a mí los botines de la madre Tiburcia Cañizales, y ya ves qué viejota tan grande y fea era ella, más alta que Zoila la de Nepomuceno Murias”. Dijo y agotó la botella, tras el octavo eructo.</p>
<p style="text-align: justify;">            Era el mes de noviembre, no había brumas, los tres estudiantes llegaron a Jalisco. Las cartas del padre José Benigno de los Santos García Real les abrieron las puertas del colegio.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>            “Son tres</em>  -decía el cura en sus letras-.<em> Tres pobres angelitos con bastante talento como para que se queden a desperdiciarlo en este pueblo. Ayúdenlos por favor en todo lo que fuese necesario”. </em></p>
<p style="text-align: justify;">            Naturalmente que los recibieron. Aunque, como era la costumbre, inmediatamente los demás colegiales les pusieron un apodo:<em> Los Piteros</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">            Les llamaron así, porque, al principio, siempre iban a todas partes juntos y Argimiro, noche tras noche, antes de dormir, solía entonar  tristezas en un pito de cobre. Desde el primer instante a él le gustó mucho el latín, por eso le pusieron <em>Ánimus</em>. No así a sus coterráneos, que se inclinaron por los números, hasta que Argimiro les perdió la pista cuando decidieron qué estudiar y cada quién, ya por su cuenta, salieron a buscar los bachilleratos respectivos a las distintas universidades del país. A él, los mismos religiosos del colegio lo recomendaron para que se fuera a Toluca.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Vete a Santa Cruz, Argimiro -le dijeron-. Los padres claretianos son nuestros amigos. Ya saben de tu situación y van a recibirte. Santa Cruz de los Patos va a gustarte -agregaron-. Es una  hacienda del siglo XVII. Antes fue monasterio”.</p>
<p style="text-align: justify;">            A su abuela le cayó de perlas la noticia. Así se lo dio a entender cuando fue a visitarla: “Con tal de no volver a tenerte en esta casa, me da lo mismo que estudies una u otra cosa, filósofo, ingeniero, qué más da, arquitecto,  político o cabrón”. Y se despidieron sin siquiera haberse dado un beso en la mejilla, un abrazo, un apretón de manos. Se dijeron adiós, deseando no volverse a encontrar jamás en este mundo.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">2</p>
<p style="text-align: justify;">Sin llorar, únicamente triste, Argimiro Gándara se fue sintiendo también huérfano de abuela a bordo del autobús que lo llevó a Toluca. Oía caer la lluvia sobre los vidrios y las láminas: plas, plas, plas. Y sollozaba. Todo el camino llovió hasta la ciudad que estaba medio metida entre árboles y brumas, con un volcán nevado y sierras atumoradas de nubarrones más allá de los llanos y las rocas. “He ahí los témpanos flotantes&#8230; –decía, refiriéndose a las nubes-. Como pedazos del excremento de Dios en las aguas del cielo. Así las veo yo frente a esas montañas que no parecen tener fin ni principio. Está lloviendo allá y acá, arriba, abajo, en medio… En todas partes llueve hoy domingo en que otra vez me está llevando la tristeza”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Salchichonería<em> La Venganza</em> fue la primera palabra que leyó ya en la ciudad, quedándose atónito frente al anuncio que lo dejó más flaco a como realmente se veía, entre los aparadores y otros grandes letreros que anunciaban los salones de la prostitución, la zona roja tolerada por el gobierno de estado:<em> </em></p>
<p style="text-align: justify;"><em>            “Su cariño nunca será un estorbo para nadie. Visítenos: Carretera al Nevado, km. 37. Permiso de Gobernación AK-39897”.</em> </p>
<p style="text-align: justify;">            Fue ahí también donde por primera vez se imaginó hacerle el amor a una mujer que olía a todos los hombres.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Qué importa, con tal de estar allí con ella”, exclamó, al tiempo que extraía de su morral el pomo de los tragos desgarrapechos, que, a su regreso de Guadalajara, le había hurtado a Nazarena Sosa. Más tarde, ya en el instituto, se encontró divisando hacia el volcán desde aquella fría construcción de tiempos coloniales, donde, para calentarse, durante dos años leería novelas de amor a la luz de una lámpara, en aquella recámara que había sido la misma habitación de la bellísima hija de un antiguo hacendado a la que unos capataces ultrajaron y dieron muerte a machetazos. Decían que su alma en pena aún vagaba, lanzando mil suspiros, como en más de una ocasión él mismo la escuchó o creyó escucharla en el rumor del cierzo, y aun verla chorreando sangre por los oscuros corredores de la finca. Nunca la olvidaría: vestida de blanco, pálida, sujetándose con ambas manos la herida del cuello e ir marcando huellas de lodo a lo largo del pasillo que daba a las caballerizas. “Era infantil y hermosa como un ángel herido por la muerte”. Le comentaría a uno de sus compañeros, mientras desayunaban.</p>
<p style="text-align: justify;">            A su llegada, la hacienda era demasiado grande para los once que, aparte de los espantos y un toro al que llamaban <em>El Rocío</em>, habitaban allí. Fue lo que le pareció ese primer día en que pasaron la noche conversando. Había invitado a los demás internos a beber del desgarrapechos de su abuela, pues caía la tarde y todos se hallaban sentados en un corredor oscuro, muriéndose de frío. Después se fueron a dormir. Así era Argimiro: un delgado cuerpo cobijado hasta la nuca mientras lo alcanzaba el sueño. Leyendo autores aún desconocidos para él, en tanto que la lluvia, afuera, golpeaba los cristales, las hojas, las ramas, los frutos y los pisos de barro color ocre. O hasta que amanecía. Y a levantarse. A bañarse otra vez: “Buenos días, padre Arturo”, saludaban. “Buenos días, muchachos, ¿cómo amanecieron sus mercedes?”. Respondía el profesor de metafísica, con su palabra siempre cariñosa.</p>
<p style="text-align: justify;">            Él era el único que vivía allí con ellos, desempeñaba el papel de celador. Los demás sólo venían a dar su clase y se marchaban. Ocasionalmente al <em>Rocío</em> se le reventaba la cadena y dos que tres, los más audaces, en medio de la borrasca y la neblina, tenían que ir a buscarlo para regresarlo a su corral. No era tarea fácil, sobre todo de noche, andar chapaleando en lodazales con temor a los espíritus en pena que, aparte del de la hermosa hija del hacendado, por allí vagaban.</p>
<p style="text-align: justify;">            Y al regresar eran las felicitaciones, los gritos, las hurras, los abrazos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Y al amanecer los comentarios, los proyectos, las bravuconadas, las narraciones de extrañas aventuras, otra vez los estudios y nuevas demostraciones de camaradería. “¡A bañarnos!”&#8230; Se oía un solo grito. “¡A bañarnos!”, retumbaba en un largo eco la respuesta. El agua los hería. La alberca a la intemperie era una costra congelada. Una caja de vidrios sobrepuestos. “¡Qué bárbaros! ¡Qué bárbaros!”&#8230; –a menudo don Arturo expresaba, contemplándolos al salir a dar un paseo-. ¡Qué bárbaros! ¡Ni que de veras estuvieran locos!”.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">3</p>
<p style="text-align: justify;">La pequeña hija de unos vecinos que vivían cerca se llamaba Olivia de la Luz Colín. Tendría quince años. A veces se saltaba las bardas para ir a visitar el dormitorio de Argimiro, quien la oía llegar, despacito, descalza, apretándose los zapatos y el pecho contra su corazón adolescente, mirándolo con unos ojos que parecían dos flores acabadas de abrir al fresco día, porque flor era toda ella: flor del campo, flor de temporal; florecita de luz y sombras; flor amarilla y de color coral, por eso la apodaba <em>Coralito</em>. Siempre del mismo modo la veía entrar y devorarlo a besos sobre el colchón de espuma, mientras el viento se revolcaba en la intemperie y se comía las rosas. Otra muchacha, Gardenia -hija de una señora que trabajaba allí- ayudaba a su madre a servir la comida. Y los once, que de pronto se convirtieron en catorce, con Pepe, Álvaro y Justino, acabados de llegar procedentes de distintos puntos, siempre cenaban huevos. Huevos fritos o cocidos en un caldo al que doña Carmen, que era como se llamaba la mamá, le revolvía alas de pollo (de murciélago, opinaban algunos), hierbas de olor, garbanzos, arroz y algún secreto de familia para que nadie fuera a enfermarse del estómago. “Vámonos al pollo… -decían, llegada la hora-. A hacerle los honores al gallinero del hermano <em>Giro”</em>. Comentaban, refiriéndose a un hermano lego que también vivía allí, con la responsabilidad de atender las gallinas, el toro y un pequeño huerto de verduras.</p>
<p style="text-align: justify;">            Esa noche, Gardenia lo miró. El viento bramaba igual que siempre detrás de los cristales. No hubo diálogo, sólo le dijo con los ojos: “Hola”. El clima había empeorado. La noche era cerrada. “¡Qué frío!”. Alguien expresó. “Parece que en las nubes estuvieran picando hielo sobre  las ciudades y los campos”. Ayudaron a recoger la mesa y a lavar los cubiertos. Después jugaron dominó hasta que doña Carmen y su hija se retiraron a las habitaciones que ocupaban a un lado de la huerta, en el ala más abandonada de la hacienda. Argimiro era un pajarito atravesado por la niebla. La noche un enorme refrigerador de hielo negro, un presagio, una presencia inevitable; la sintió en sus papeles y al abrir el cajón para sacar su ropa. Al cerrar la cortina e ir al inodoro. Él se imaginaba a sí mismo como una gasa en las manos del aire, como una hoja seca rodando entre las demás hojas caídas. Después se oyó el estruendo. La carrera terrible. El ¡ayyyy! femenino, largo, recóndito y profundo, recorriendo la casa. A medio vestir algunos se asomaron al pasillo. Era sólo el silencio. Y arriba, al voltear, una creación de nubes: negrura vasta en lo insondable; lugar para el asombro y el olvido. Él volvió a su lectura. Encendió el radiador y ya no supo si se quedó dormido o si soñó que unas manos suaves, tibias y olorosas lo desnudaban, entreteniéndose de más en su estómago, su ombligo, la entrepierna, acariciándole los pies, los muslos, todo el cuerpo, hasta que lo besaron y él besó una boca con sabor a ciruela, a nuez, a anís, a tallo con rocío, a todo, menos a señorita muerta. Esa era la verdad: jadeos, unas piernas de lumbre, pasos que se iban por la cornisa hacia el jardín. El tiempo riguroso. Otra vez la llovizna. Pero estaba seguro que soñaba, aunque al día siguiente, al bañarse, se vio la piel: uñas y besos marcados por aquí. Moretones, señales de caricias por acá. Olían a rosas los araños, también sus dedos. Se bañaba cantando. En las cabezas de las vigas del corredor habían hecho sus nidos los gorriones. Ese día, a la hora del desayuno buscó a la hija de la cocinera, quien acababa de llegar con un listón azul en los cabellos y un rostro de haber cruzado, ahogándose, los mares de la felicidad y de la dicha. Olía a ciruela, a anís, a nuez, a pétalos de rosa, a tallo con rocío&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">            Durante un otoño, en una de tantas noches aburridas, decidieron jugársela, yéndose a pie hasta Toluca, a beber y enderezar un poco el tulipán del ánimo con las mujeres de la zona, de las que de vez en cuando Argimiro se acordaba. Eran los cuatro que desde el principio se habían caído bien. Abajo, el resplandor de una ciudad en llamas. Arriba, la neblina, el volcán con sus bosques y sus picachos desafiantes. Pidieron una mesa, bebida. Entonces el padre Arturo los miró. “¿Es él?&#8230;”, dudaron. “¡Es él!”&#8230; Dijeron.  Arturo Rey García también los descubrió, se alarmaron. Pero una sonrisa cómplice corrió a tranquilizarlos entre las parejas que bailaban…</p>
<p style="text-align: justify;"><em>            “¡Danzón dedicado a los jóvenes caballeros que acaban de entrar a este salón!”</em>, anunciaron por las bocinas, refiriéndose a ellos.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¡<em>Vaya, pues, Nereidas</em>!”&#8230; <em>“¡Y también para todos los que hoy vienen por primera vez”</em>, continuó el gritón. Después:</p>
<p style="text-align: justify;">            “<em>Bueno, y de una vez vaya dedicado a quienes hoy celebran su onomástico”</em>. <em>“¡Y Para toda nuestra apreciable clientela!”</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">            Agregaron. Allí estuvieron hasta que se cansaron de beber y bailar a esas horas en que el frío era más atroz y en el instituto la hija muerta del hacendado poderoso salía a recorrer los corredores y la huerta, lanzando terribles suspiros y lamentos. Para terminar, pidieron <em>Ella</em> de José Alfredo Jiménez  y el <em>Noa noa</em> de Juan Gabriel. Después, con los ojos, le dijeron adiós al padre Arturo, quien tampoco podía ya con su alma de borracho.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">4</p>
<p style="text-align: justify;">Alguna vez hubo un cadáver: el de un chico al que apodaban<em> Hermosura</em>. Yacía en el cieno con dos balazos en el tórax, desangrándose por el rumbo del arroyo de Dos Milpas. “¿Qué le pasó?”&#8230; Se preguntaron a la luz de las ambulancias que a todos los habían despertado con su estruendo. “No se sabe. Creen que lo mataron en otra parte y lo vinieron a dejar aquí”, alguien comentó. “¿Pero de dónde? ¿Quiénes? ¿Por qué?”&#8230; “No se sabe. El comandante dice que de Acambay. Que alguien lo vio esta tarde en el mercado de esa población, haciendo compras”. “¡Ah!”&#8230; Hicieron en la apretura. “¡Ah, caramba!”&#8230; “¡Está cabrón!”. “Efectivamente -reveló Belio Ortega Díaz-, dejó dicho que iba a ir allá a cumplir no sé qué encargo del hermano <em>Giro”.</em> “¿Qué cosa?”&#8230; Preguntó don Arturo. “Eso, eso”, murmuraron. Se divisaban los manchones de coníferas y más allá el pico del Fraile y el pico de las Águilas. Fraile y águilas parados en una misma roca, nieve y tiempo-. A comprar o a vender cosas del hermano <em>Giro</em>. “Los negocios del hermanito”, ironizó el maestro. El cierzo congelaba. En otra tarde, desde antes de las tres, vieron llegar los nubarrones y ya para las cinco todo era de agua y viento. De hilos de tempestad, de cintas de aguacero desgarrándose. Sacaron la camioneta que el hermano Girolamo de la Paz había dejado para irse en otro vehículo a vender sus huevos. Era lo que hacía para mantener aquella escuela: vender huevos y pollos. Tomaron el camino de la muchacha loca a la que conocían como la<em> Mumu</em>. Pero no estaba loca; nada más muda. Aunque los cuatro nunca conocieron las razones por las que la tía Rosaura solía repetir lo mismo: “La niña no está bien, quiero decir en sus cabales, hijos. No vayan a lastimarla. Entren ya y dejen aquí los cien pesos del servicio, sólo tengan cuidado, es una niña”. Tampoco estaba fea. Los cuatro ardían.</p>
<p style="text-align: justify;">            A Calpan solían ir los sábados. Uno sí y otro no. A veces los cuatro de cada mes, según las invitaciones del cura Luis Fernando, el cual era un hombre sesentón y más peludo que un lomo de perro. Procuraban llegar temprano para regresar tarde. “Ya llegaron nuestros amigos los filósofos”, anunciaba doña Carolina, su mamá, quien vivía con él. Y mientras el sacerdote terminaba el oficio, ellos se entretenían hurgando en los anaqueles de los libros. Allí hallaban de todo: desde novelas prohibidas hasta libros de versos. Siempre iban a lo mismo: a comer y a que el padre les platicara historias. “De manera que ya llegaron mis amigos…”, respondía. “Sí, hijo, ya están aquí”, los oían conversar. “Pues que pasen al comedor, ya han de tener hambre”, ordenaba. Primero les ofrecía un buen vino. Después se entregaba a la alegría de escucharlos cantar, mirándolos comer, hablándoles de Platón, de Séneca, de Tito Livio, de Aristóteles, de Santo Tomás, de Ovidio y Tácito, a los que aseguraba haber traducido en sus años de teólogo. El clima era una sábana de hielo. La noche una burbuja hecha de labios de lobo y pieles de tarántula. Tenían que regresar y regresaban al peso de tanta oscuridad bajo la lluvia.</p>
<p style="text-align: justify;">            Los días domingos pasaban en otro orden: subidas al volcán, exploración de los alrededores y algunas visitas a Acahualco, pequeña población indígena en la que había ochenta y tres cantinas y una mujer: Catalina Célebre, famosa por el tamaño de sus tetas y el aroma a jazmín que emanaban sus partes. A ellos les pareció que sí. Pues una vez, tres de los cuatro que en ocasiones visitaban a la muda, entraron juntos y la mujer, que era como de treinta años, se espantó al verlos tan niños. “Pero si son unos mocosos&#8230; Ni modo, tendré que darles biberón y unas nalgadas”, dijo y a ellos les dio nada más risa. Juan Demetrio Torres, el estudiante al que apodaban<em> Bárbaro,</em> fue el que se sonrojó, los demás estaban carcajeándose. Belio Ortega Díaz en esa ocasión no iba con ellos. Y<em> Azabache Yécata</em> se defendió con esta historia: “Ya somos más que adultos, tenemos dieciocho años, ¿qué no lo ve, señora?”. “¿Y entonces por qué vienen en montón?&#8230; -preguntó, admirándose de tanta terquedad-. Yo los recibo, sí, pero de uno en uno, no en equipo: ¡Así ni a los artistas!”, se carcajeó la lépera&#8230; “Para que nos alcancen los billetes -respondió Argimiro-. Al fin que es lo mismo, ¿o no?”. “No te creas, hijo; así no me conviene”. Afuera aullaba el viento. “Ándele, ¿qué le cuesta? -insistió-. Un rato uno, otro rato otro, hasta acabalar el tiempo que duraría con usted cada uno de nosotros. Así usted no pierde ni dos de nosotros se quedan con las ganas de comprobar todas esas cosas que cuentan por ahí…”.  “¿Y qué es lo que cuentan por ahí?”… Preguntó interesada. “Que le huele a jazmín…”. Ella se carcajeó, sentándose, recostándose y volviéndose a parar. “Que le huele a jazmín toda la rosa”. Se volvió a carcajear. Y hasta entonces se dieron cuenta de que toda su dentadura era de oro-. Desnúdense, pues, mis niños –pidió, sin abandonar aquella risa de hombre-, porque presiento que a ustedes el negocio les está ya oliendo a nardos”. Seguía riendo, a su modo, burlándose al borde del silencio: caracol dormido. El viento no cesaba. El corazón del mundo estaba palpitando. “Primero tú -le dijo a Juan Demetrio Torres-; tú, para que les abras el camino a estos sonsos”. Enseguida se extendió en la cama como una planta de la tierra, apurándolos: “¡Encuérense ya, cabrones; no hay que desaprovechar la oportunidad que les estoy brindando!”. Pero el frío les mordía la edad, la piel, todos los poros… “Adelante”, dijeron. “Les advierto que soy del estado de Guerrero –se burló con su voz de olla cerrada-,  y no respondo de lo que aquí pueda pasarles”. “¿De Guerrero? Con razón tiene tan altos esos montes”. “¿Cuáles montes?”, preguntó ella a su vez, sin dejar de acariciárselos. “Los venerables”, recalcó Juan Demetrio. Ella volvió a reírse. La intimidad le iba saliendo de lo oscuro. “Se ven tan inocentes, lagartijos -respiró hondo Catalina Célebre-, que parecen pollos. Que se me hace que me los como de un bocado. ¿De dónde son ustedes?”&#8230; “De la soledad”. “De la tristeza”&#8230; Se apresuraron a responder Argimiro Gándara y<em> Azabache Yécata</em>, a quien se le pintaba un tic nervioso en la mejilla. Entonces ella lo jaló para darle un beso que rechinó como un hilo largo entre los pocos muebles de la estancia, y no supieron si fue el viento mojado de la llovizna el que los hizo temblar o si nada más su desaforada prisa de quererla.</p>
<p style="text-align: justify;">            La prostituta era muy guapa, con la cintura breve y el color como el de los piñones ya maduros. Había llegado allí huyendo del cura de su lugar de origen -les contó-, quien la perseguía por haberse negado  a darle de manera gratuita aquella fuente honrada de su sobrevivencia y su sustento. “El hijo de la chingada quería pagarme con estampitas del Divino Redentor -contaba, torciéndose de risa, mientras los iba ahogando con sus abrazos y sus besos-. No,  padre, mejor págueme con un pastor de carne y hueso, qué importa que no sea divino como el de sus invocaciones; estoy segura que éste me recompensará mejor que usted, aunque sea con un par de borreguitos -le dije- y eso bastó para desatar su cólera. Me hostigó con las autoridades sanitarias, con el juez, con unos catequistas, con las beatas, con el alcalde, con los diputados, con el gobernador, con los más ricos del pueblo, hasta que me expulsaron. A mi mamá y a mí. Ahora vivimos aquí: ella, en la casa de enfrente, con un sobrino ciego; y yo, aquí, trabajando de día y de noche para hacerme de un capital antes de que me ponga vieja y gorda”, concluyó, sin dejar tanta sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">             El mundo estaba afuera. El cielo adentro. “Usted todavía está muy bien, no se preocupe”, le respondió <em>Azabache Yécata</em> a punto de morir. “No, si no me preocupo. Los que se preocupan son los hombres: quisieran pasar todos a la vez, antes de que sea demasiado tarde”. La indirecta los golpeó. “Si de veras no tiene voluntad podemos irnos&#8230;”, hablaron. “No lo decía por ustedes, sino por los borrachos. Hay unos que hasta se vomitan en mis piernas, tratando de besarme este jazmín del cielo, nada más imagínense. Ustedes se ven limpios, puros como  ángeles con el pollito a medias plumas”. Opinó la sarcástica.</p>
<p style="text-align: justify;">            De pronto se dieron cuenta de que estaban helados. Fríos era poca cosa. Temblaban ya desnudos, oyéndola contar aquella historia, increíble, terrible: “Desde niña me acostumbraron a esto. La miseria me hizo persona mayor a los catorce años: Un viudo sacó a mis padres de sus angustias a cambio de una virgen…, ésta que ven aquí patas arriba. Mi papá no quería, pero mi mamá lo convenció de que ésa era mi suerte. Que Dios ya lo tenía anotado así en sus libros y, durante algunos años, aquél comerciante fue nuestro único sustento.</p>
<p style="text-align: justify;">            Claro, después hubo otros, también comerciantes enloquecidos por estas cosas (dijo y se palpó los pechos) y hasta un matón de rancho llamado  Sóstenes Orduña. Era de la costa grande. Le platicaron  de mí y vino a la media noche a tocarnos con la cacha de su pistola. Le abrimos, yo, porque mis papás no quisieron levantarse, y hubo trato. Para empezar me dejó doscientos pesos y una de sus armas. Todavía la conservo, por si algún día vuelve el <em>méndigo</em>. Es lo que digo yo, pero ya lo han de haber hasta matado. Era  asesino y tomador, imagínense, lo confesaba sobre mí, muerto de gozo, enfermo de añoranzas:</p>
<p style="text-align: justify;"><em>            “Yo he matado, reina, he robado, he sido gavillero, he sido salteador de caminos, pero con nadie jamás me había vuelto así de loco”.</em></p>
<p style="text-align: justify;">            Repetía una y mil veces. Sólo me visitó en dos ocasiones, pero en esas dos, perdónenme que yo lo diga, ¡fue el hombre más hombre que haya habido jamás a lo largo y ancho de mi puta vida!”.</p>
<p style="text-align: justify;">            El calor del foco era como si no existiera. Se percató de aquel castañear de huesos y de dientes, y otra vez, carcajeándose, sacó de debajo de la cama un radiador eléctrico. “Enchúfenselo por ahí&#8230; –dijo, relamiéndose los labios-; a ver si todavía funciona. Hace años que no lo prendo. Me lo dejó otro cliente, dizque para que no fuera a pescar una pulmonía. Aquí lo único que se pesca, les diré, son las infecciones. De manera que allá ustedes si aún desean meterlo…, me refiero a su cosa…, aquí en mis piernas.”. Los tres eran puras entrañas derritiéndose, manchas difusas, sombras, calor parado, azul para unos labios besados por el frío&#8230; El aparato también los calentó. Lo suficiente para darse cuenta de que parecían moscas paradas sobre una pared horizontal. <em>Yécata</em> se frotaba sus manos de cadáver mientras<em> Bárbaro</em> ya le había hecho cuatro embates por la retaguardia a la mujer de sus anhelos, humillando a los otros dos con las evacuaciones de su semen, que era semen de burro. El cielo seguía allí.</p>
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<p style="text-align: justify;">5</p>
<p style="text-align: justify;">La vida transcurría peor que una película de horror. A veces, ante los lavabos, se ponían desnudos sin siquiera una toalla sujeta a la cintura. Así, tal cual, en pelotas, como Dios los trajo al mundo. Un ombligo: un cíclope abriendo y cerrando el único ojo de su feroz anatomía, vientres de escarabajo, enjutos de caderas. A esa edad en que el hambre es fiera que ruge en jaula de costillas. Flacos, lavando calcetines y calzones.</p>
<p style="text-align: justify;">            Un sábado, iban a dar las dos, así estaban cuando fueron enterados de la muerte del padre celador. La fiera del hambre no dejaba de rugir. La hora. El estómago vacío. Corrieron a decirles que al <em>Jesucristo Yerba,</em> que todos apodaban, lo habían hallado muerto en su recámara. Miguel Ángel Suc corrió a decírselos: “Muchachos, iba a hacerle la cama cuando lo vi tendido&#8230; Toqué primero; no abrió, lo dejé otro rato. Después volví y entré por la ventana. Estaba desangrándose”&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">            Lo echó todo de golpe. Y sí, Arturo Rey García, licenciado en letras por la Universidad de Tecoripan, yacía en el lecho, rígido, con un corte a la altura de cada una de las muñecas de sus manos. “¡Caramba! ¿Por qué la gente tiene qué morirse?”. Exclamó Belio Ortega. “Pues porque nadie viene a este mundo para quedarse para siempre -expuso Argimiro Gándara, revisando las paredes y los rincones de aquella habitación-: naces, creces sin darte cuenta; un parpadeo y ya tienes veinte años, un descuido y alcanzas los cuarenta; un resbalón y ya no llegaste a tu siguiente aniversario. Esto es la vida, hermano”. Habían llegado todos. Ya estaban vestidos. “Trae el tequila”, le dijo Argimiro a Belio Ortega. “¿Para echarnos un trago?”. “Dos”, respondió aquél. “¡Cállense! ¿No ven que hay un difunto?”. Ordenó la cocinera, mirando a Argimiro al lado de su hija, la cual realmente era muy bella. Olía a flores del alba. “Con permiso, voy a orinar”, habló <em>Bárbaro</em>, llevándose la mano a la bragueta. “¡Aquí está la niña, bruto!”. Gritó aquella mujer. “Perdón, señora; de todos modos no lo iba a hacer delante de ella, me acabo de acordar que traigo secos los riñones -dijo y se volvió hacia el muerto-. De veras que los cadáveres no respiran -agregó, sentándose junto al taburete donde don Arturo había dejado una bolsa con medicamentos y algunas hojas de afeitar-. Bueno, si no respiran será porque no quieren. ¿O será porque de veras ya no pueden?”&#8230; “Se suicidó”. “¿Por qué lo hizo?”. “¡Sepa!”&#8230; Susurraron. Arriba las tinieblas.</p>
<p style="text-align: justify;">            Más tarde arribaron las autoridades con un coche funerario y una ambulancia de la Cruz Roja. Hablaron con todos acerca de la habitación de don Arturo, comentando sobre los objetos que él allí almacenaba: desde los dominós hasta los aparatos para exprimir naranjas, los pergaminos, los cortaplumas, las fotografías de la Virgen, los libreros y las aves disecadas puestas aquí y allá. “¿Vieron su colección de flechas?”&#8230; Alguien se asombró. “Yo creo que le servían para clavarlas en el corazón de las mujeres que él amaba”. Abajo los rumores.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¿Y las botellas?”, exclamaron. “También las vimos&#8230; Puro escocés. Ahora que se lo lleven hay que robarnos una caja”. Se sugirió. Y a las once, cuando nuevamente todo yacía en calma, tres sombras se deslizaron por el corredor y al rato, en el dormitorio de Belio Ortega Díaz, primero se oyó cantar y después discutir como si alguien estudiara <em>los universales</em> en latín y griego: eran los whiskies de don Arturo Rey García, traídos de Inglaterra por un rico empresario de Atlacomulco el Grande, que era compadre suyo. Claro, enseguida la Orden envió un nuevo sacerdote al que la comunidad de inmediato le impuso el mote de  <em>El Bailado</em>, por la manera que tenía éste de desplazarse sobre una pierna coja. Se llamaba Casiel Restrepo y, aparte de teólogo, era algo espiritista. La única vez que logró reunir a todos los estudiantes fue una noche, frente a la chimenea de la sala, para comentarles acerca de estos temas. Durante la cena, al hacerles la invitación, pensaron que les hablaría de los próximos exámenes o de los benefactores y las becas, pero no, ya instalado frente a la lumbre, se puso a discurrir acerca del ectoplasma y la psicofonía, el mesmerismo y la cuarta dimensión,  con un placer y una seguridad tales, que en menos de diez minutos logró ganarse la atención de todos. Era una noche sin turbulencias atmosféricas, pero sí con algo de llovizna.<em> Azabache Yécata</em> había traído, escondida debajo del gabán, una de las botellas que aún sobraban de las que sustrajeron de la habitación de <em>Jesucristo Yerba</em>. Al principio, <em>Pata Volando</em>, como también apodaban al<em> Bailado,</em> puso cara de no estar de acuerdo en que los estudiantes tomasen licor allí, nada más que después, al olerlo y probarlo, se emocionó tanto que mandó traer otra, de la misma marca, que él tenía guardada bajo siete llaves en un ropero de su cuarto. “Todavía quedan algunas -dijo, al entregar las llaves a Belio Ortega Díaz-; tráete de una vez dos o tres; intuyo que la plática va  a ser  larga y la noche se advierte poderosa. Qué bueno que están contentos”. “¿Tres?”,<em> Bárbaro</em> y Argimiro fingieron sorprenderse. El frío mordía los pómulos. “Don Arturo, que en paz descanse, las dejó por allí. Yo no hice más que trasladarlas. Eso es todo”. “Eso se llama tenerle amor a la bebida, padre”, clamó uno al que apodaban<em> San Robón,</em> porque siempre andaba dejando a todo el mundo sin rastrillos. Cuando Belio volvió no traía dos ni tres, sino cinco botellas y una canasta con varias cosas de comer. “Aquí están para que se sirvan a su antojo -declaró-. Usted primero, padre. Háganos ese honor”. “Dije tres, no cinco”, contestó el religioso. “Es que usted no nos conoce. Y para no estarlo interrumpiendo ni molestando a cada instante, traje de una vez todo lo que vamos a necesitar: papas, cacahuates, hielos, aceitunas, dos quesos y los vasos”. “Está bien, está bien, siéntate”, le pidió. “¿Le sirvo?”&#8230; “Adelante. Es escocés”. Bebió una vez y Belio le volvió a llenar el vaso. Otra vez se lo empinó, al hilo, abriéndoles la sed y la confianza que todos necesitaban para hablar. “Salud, pues”. Dijeron los muchachos. Y la conferencia continuó. El fuego, la lluvia, los tragos o el tema de la conversación, habían hecho más misterioso aquel ambiente. Él se refería con profundidad y pasión a sus creencias. Los estudiantes únicamente lo seguían, hasta que una mariposa negra salió de una de las vigas del techo y fue a posarse justamente sobre uno de los muebles. “¡Es un alma en pena!”, opinó Durán, un muchacho muy serio y estudioso. “¿El alma de quién?”, musitó Argimiro. “Escuchen -pidió el maestro-. Hay espíritus que no pueden irse del plano terrenal mientras sus familiares o sus amigos no dejen de pensar en ellos”. De pronto se fue la luz. Quedó la chimenea hecha una boca del infierno. No hubo truenos, ni un relámpago, simplemente se apagaron los focos que unas armaduras, a ambos lados del cancel principal, sostenían entre las manos a manera de espadas. “¡Escuchen!”… “¿Qué cosa, padre?”. “Un caballo”, respondió el hombre,  con una voz que, a la par de la luz, iba apagándose. “No es caballo, es <em>Yécata,</em> señor, está roncando”. Susurraron.</p>
<p style="text-align: justify;">            A pesar de los leños, la oscuridad se enfrió. No eran más de las doce. Ya nada más faltaba que alguien en el patio o entre los árboles de la huerta se pusiera a gemir como si lo desollaran. Pero no, volvió la luz y ni el fantasma de la niña, ni el del padre Arturo Rey García se aparecieron por ahí. Sin embargo, Casiel Restrepo se puso a comentar, redondeando los ojos como siempre que iba a consultar la hora en su reloj, bajo el cráneo pelado: “Hay una presencia rondándonos. Pero no se preocupen. No es maligna. Es la de un tierno hijo de la noche, que llora desconsolado por su amor”. Concluyó tajante. Al último, le fue preguntando su edad a cada uno, el lugar de donde eran originarios y a qué se dedicaba su familia. Quería saberlo y ellos le respondían, sin dejar de beber ni estar alertas, no por los espantos que pudieran andar paseándose en la casa, más bien por la manera como algunos, conocidos por sus habilidades para robar relojes, plumas y dinero, lenta y mañosamente se habían ido acercando hasta quedar en medio de Juan Demetrio Torres y Argimiro Gándara, acaso por si<em> Jesucristo Yerba</em> o quien fuese volvía a apagar la luz, o a la niña decapitada o a cualesquiera de los espectros invocados por aquel director despatarrado, se le ocurría ponerse a llorar detrás de las paredes. Los cuatro que siempre se juntaban aún tuvieron la suficiente lucidez para darse cuenta de las intenciones perversas de dos de aquéllos estudiantes. Casiel ya no, estaba ebrio, con la cabeza hacia adelante, igual que otros que ya roncaban, babeando, sobre el tapete de la sala. “A los mañosos habrá que llevarlos a dormir”, comentó Belio. “Sí, muchachito. O mejor vámonos ya antes de que otra cosa nos suceda”&#8230; “Mi opinión -habló <em>Bárbaro</em>-, es que a estos dos los encerremos en la biblioteca”&#8230; “¿A cuáles? ¿Los de las manos?”&#8230; “Sí”. Afirmó Argimiro. “Estoy de acuerdo -murmuró<em> Azabache</em>-. Aquí tengo la llave. Vamos. Al fin que también ya están borrachos. Los convenceremos por las buenas”&#8230; “Y si no ¡por las malas!”, rugió <em>Bárbaro.</em></p>
<p style="text-align: justify;">            La lumbre movía sus propias lenguas como brazos en busca de más oscuridad. “Vamos, pues”. No les costó demasiado esfuerzo llevar a los dos semidormidos hasta aquel salón del instituto, donde no supieron ni cómo aseguraron la cerradura para que no salieran. Por las ventanas sería imposible que saltaran, pues daban a un abismo de casi veinte metros de caída, por el que corría, espumoso y sonante, el caudal del arroyo de Dos Milpas. Después retornaron a la sala a seguir bebiendo, sólo que ya andaban tan perdidos, que apenas si pudieron llegar a uno de los sillones y desplomarse al lado de la roncante autoridad.</p>
<p style="text-align: justify;">            Entonces sí se les apagó toda la luz: la del fuego y la de la última hebra de cordura. Sin embargo, amanecieron cada quién en su cama, sin zapatos, sin ropa, como si ellos mismos, en la plenitud de la conciencia, lo hubiesen realizado. Eso fue lo que a la mañana siguiente se preguntaban todos. Y cada uno se sorprendía con la respuesta. Cuando Belio lo recordó, corrieron a abrir la biblioteca, pero los dos muchachos ya no estaban. “¿Quién de ustedes me llevó a mi cuarto?”… “Yo no”&#8230; “Ni yo”…. “Tampoco yo”… “¿Entonces quién me estuvo acariciando toda la noche debajo de las sábanas”, alardeó <em>Azabache</em>, mostrando la entrepierna. “Sabrá Dios -le contestó Leocadio Leal, amigo de ocasión, distrayéndose con la hija de la cocinera que en aquel momento entraba por la puerta del jardín con un manojo de flores de color naranja-. Habrá sido la mano de un espíritu, porque la de mi novia sólo entre flores anda, ¿qué no ves?”. Argimiro se quedó callado. Pero esa tarde, al salir a caminar por las márgenes del arroyo de Dos Milpas con un libro de Martín Heidegger bajo el brazo, el toro andaba suelto, también Gardenia y él, que, finalmente, había logrado escaparse de sus latosos compañeros por la avenida de los juncos, la vio venir sonriente, esbelta, bella como una aparición del aire húmedo.</p>
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<p style="text-align: justify;">6</p>
<p style="text-align: justify;"><em> El Rocío</em> mordisqueaba ramas de anís y yerbas de golondrina al otro lado de la acequia, sin molestarle para nada el que ellos una vez más anduvieran por allí, mirándolo. Solían hacerlo. Sonrosada y jadeante la muchacha venía detrás de él, trepando la barranca por donde Argimiro acababa de pasar. “¿Adónde vas, mujer?”. Le preguntó, pensando que iría a recoger al toro, el cual, era la fama, solamente a ella obedecía. “Voy por la<em> Paloma</em> de don Tano.  Desde la semana pasada se la prestó al<em> Rocío</em> –respondió ella, en un tono tan dulce, que a Argimiro le dieron ganas de comérsela-. Mientras mi mamá prepara el desayuno de mañana, yo aprovecho para traer esa res de don Dunstano López”. “¿Y dónde campea?”, preguntó el muchacho, un poco en las nubes, un poco entre las flores. “¿La vaca?”&#8230; “¡Por supuesto, la vaca! -dijo él-. Porque ese señor campea en el colchón de quien le dé y no le dé permiso”&#8230; “Allá”&#8230;, murmuró ella. Y señaló el rumbo de los potreros de la tía Rosaura, a los que ellos subían cuando les daban ganas de estar con la muchacha muda. “Vamos, pues; yo te acompaño; nada más déjame ir por delante, nunca me ha gustado que me lleven de arriero”. “No. Déjame a mí. Conozco las veredas mejor que ustedes. Sígueme”. Recalcó, rebasándolo con dos zancadas y él la siguió, preguntándose si ella o su madre estarían al tanto de las visitas a la muda.</p>
<p style="text-align: justify;">            Cabizbajo, confuso, pero sin quitarle los ojos de la cintura y las caderas, avanzaba a su paso. La luz era una fiesta, la hierba verde un castillo para la fragancia y los insectos. “¿Qué quisiste decir con esto de “<em>mejor que ustedes?</em>”&#8230; Le salió lo curioso. “Los vi pasar por el cerrito Colorado la noche cuando le cayó el rayo a la camioneta <em>Palomera</em> del hermano<em> Giro.</em> Y la vez que regresaron por el camino de Los Pastos”&#8230; “Desde entonces traemos la conciencia negra”, bromeó Argimiro. “Pues para que te lo sepas, mi mamá y doña Rosaura son amigas. Yo las he escuchado hablar de ustedes”, explicó. “No sé si decirte que estoy asustado o nada más sorprendido de tu madre”&#8230; “No es necesario que lo digas, mejor nada más sígueme. Ya vamos a llegar”, volvió a respirar, muy hondo, la muchacha, poniéndose de pechos hacia el acalorado joven, que de pronto no supo ni qué hacer ni qué decir con aquel par de picos a la altura de sus deseos. “Oye, Florecita, ¿y qué le haces al tremendo animal para que te obedezca nada más a ti?”, murmuró, acordándose de las noches en que los mugidos de aquél se escuchaban hasta los dormitorios y el salón de clases. “Lo acaricio&#8230; Allí&#8230; -señaló con la mirada el bajo vientre de Argimiro-&#8230; Nada más&#8230; Lo acaricio y le rasco. Eso es todo”.</p>
<p style="text-align: justify;">            El resplandor de la tarde era dorado con vetas cárdenas sobre las planicies y las lomas. Sin embargo se volvió a él para aclararle: “Yo a ti sí que te conozco, ¿eh? ¿Qué edad crees que tengo?”. “Cuando mucho, catorce”, respondió él. “¿Años o meses?&#8230; ¡Házmela buena! -se rió ella, displicente y sensual-. Házmela buena, lucerito&#8230; –repitió-, acabo de cumplir los diecinueve; lo que pasa es que mi mamá sigue tratándome como a una niña. Ustedes son testigos”.  Se volvió a mirarlo. “¿Y cómo le haces, pues, para llevársela al<em> Rocío?”</em>&#8230;, insistió el estudiante. “Le chiflo. Le menciono el nombre de la amante. Nada más. Después se la arreo y los dejo solos para que retocen juntos, mientras yo me distraigo por ahí recogiendo estrellitas y amapolas”.</p>
<p style="text-align: justify;">            La vaca ya estaba ahí delante de ellos. Los vio y ya no quiso seguir con el hocico entre las hojas. Muuuuu, le hizo a Gardenia. “¿Ya viste? Tiene ganas. ¡Vamos, marota! ¡Arreee!”. Le gritó, alborotándola hacia el otro lado del arroyo. Más abajo pastaba el esplendor de su lujuria&#8230; A pedradas la condujo hasta las narices del <em>Rocío</em> y ellos, que también sufrían aquellas embestidas del olor, no tuvieron más remedio que tumbarse sobre la fresca grama a hacer lo mismo, pues apenas el blanco <em>Rocío</em> subió sus dos pezuñas delanteras a las ancas de la hembra, Gardenia ya estaba arrancando los botones de la camisa de Argimiro, lamiéndolo y besándolo con una desesperación tal que hasta parecía que se lo iba a comer vivo. Quién sabe cómo le arrancó a Martín Heidegger del brazo. “¿Qué es esto?”. “Un libro”. “¡Tíralo a la basura! Aquí no sirve, ¿qué no ves?”… “¡Es una obra de arte!”, le respondió Argimiro, dejándose conducir por los senderos del calor. “Entonces mucho gusto, mira lo que yo hago con estas obras de arte”, y lo estampó contra una piedra. “Se van a enfadar los alemanes”. “¿Quién se los manda haberse entrometido en esto? Yo no los llamé, ¿o sí?”. “Éste venía conmigo”. “Pues que te espere ahí, sentado”, le siguió la corriente. “Se descalabró con el porrazo, mira”. “Al rato le ponemos una venda”&#8230; “Ahhhhh”, gimió él, muriéndose de vida e imaginando cómo sangraban las sienes del filósofo.</p>
<p style="text-align: justify;">            Un perro,<em> León de Corona</em>, que era propiedad de los vecinos de los jacales de La Menta, los vio y a las nueve de la mañana del día siguiente todavía no podía despegarse de <em>Carlota</em>, la perra bautizada así por Belio Ortega, dizque porque aquélla tenía los ojos de cierta emperatriz demente que hubo en México.</p>
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<p style="text-align: justify;">7</p>
<p style="text-align: justify;">A partir de entonces el toro olió la muerte. Sabía que lo iban a matar. Mugía de noche y de mañana. Un día estuvo muy triste; más inquieto y amoroso que de costumbre con<em> </em>su querida la<em> Paloma</em>. Así lo vieron  todos.</p>
<p style="text-align: justify;">            En esa ocasión querían subir los cuatro al jacalón de tía Rosaura, sólo que sin dinero no se puede ir a ninguna parte, alguien comentó, de manera que mejor optaron por recorrer un poco los alrededores y observar el toro antes de que comenzara la llovizna. “¿Cuándo vendrán por él?”, habló<em> Bárbaro,</em> mientras se dirigían ya hacia el Bordo Verde. “Creo que mañana. Hoy será su último día en los potreros de la hacienda”. Respondió <em>Yécata</em>, haciéndole una señal a Gardenia que por ahí venía. “Esta niña ya no parece niña. Acá se ve tan diferente”, comentó Belio. “No es más que una mocosa”, dijo Argimiro, procurando no dejar suelta ninguna hebra de la fina obra que, desde la primera ocasión, entre ella y él venía tejiéndose. “Una niña para este niño&#8230; No está mal”, reiteró Ortega, mientras la muchacha se acercaba. “¿Te gusta? Pues díselo, hombre; al fin que aquí lo que sobra es lugar para quererse; mira, al toro ni falta le hace una cama. No necesita media luz ni se acuerda de si trae dinero o no. Va a lo que va. Hace lo que tiene qué hacer y punto. Anda, anímate”. Le aconsejó Juan Demetrio, riéndose. “Es cierto. Decláratele”, agregaron. El toro seguía adentro de la vaca, empujando, mugiendo con ternura, porque de alguna manera presentía su fin. “¿Sabías que mañana van a venir por él para matarlo?”, le preguntaron a Gardenia, con esa naturalidad que dan los años tristes. “Esta mañana me lo contó mi madre. Que lo vendieron ¿no?”. “Sí, al municipio”. “Por eso subí por la<em> Paloma</em> -agregó-, siquiera para que se despidan como Dios manda”&#8230; “¿Y cómo sabes tú que así lo manda Dios?”, intervino <em>Azabache.</em> “¡Ya!&#8230; Ni que de veras estuviera tan babosa ¿qué no ves? A esta edad las mujeres lo sabemos todo, y si no, lo imaginamos”. Expresó, con una convicción que los dejó perplejos. “No veas para allá -le dijo Belio Ortega-. Mejor mírame a mí, a ver si adivinas lo que estoy pensando”. Los tres estudiantes fijaron su mirada en él, sin opinar. “Déjenlos, están jugando, ¿qué no se dan cuenta? Mírenlos”. Fue lo único que se oyó.</p>
<p style="text-align: justify;">            Gardenia hablaba. Continuó comentando los pormenores de la próxima muerte del<em> Rocío</em> y a todos los puso serios: “El padre<em> </em>Casiel le dijo a mi mamá que “el monstruo” se ha vuelto insoportable; que ya no los deja ni dormir, y menos estudiar. Y que, además, es un mal ejemplo para todos… ¿Es verdad?”. A los cuatro les dieron ganas de reír. De correr. De carcajearse y de ir a buscar al hermano <em>Giro</em> para preguntarle acerca de esta cuestión y muchas otras, sólo que aquél desde seis días había desaparecido y nadie había visto ningún rastro. Nada más uno en su habitación, donde descubrieron, entre otras cosas, algo de droga en polvo.</p>
<p style="text-align: justify;">             <em>Coralito</em> le contó a Argimiro que el hermano<em> Giro</em> solía recorrer los alrededores vendiendo cocaína entre los clientes que ya lo conocían. Y que al verlo venir, los viciosos comentaban entre ellos: “Ahí viene el hermano <em>Fumarolas</em>”. O: “A ver qué precios nos va a dar hoy el hermano <em>Fumanchú”.</em> El padre celador ni siquiera preguntó por él. Cuando le dijeron que hacía un mes que el hermano<em> Giro</em> ya no estaba en la casa, respondió con un gesto: “¿Y a mí esto qué diablos me importa?”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por eso, aquella noche, cuando terminaron de estudiar, los cuatro amigos se encaminaron directos hacia la recámara de Girolamo de la Paz Gómez, a ver si había alguna botella de escocés, pero sólo encontraron libros y más libros, de contabilidad y de gallinas, fotos de mujeres importantes clavadas con alfileres a la pared y un vaso con monedas que al principio les parecieron de oro, pero no, eran de sucio cobre.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Don<em> Giro</em> sí que era abstemio ¿eh?”, comentaron. “Ni una gota de nuestra medicina, nada&#8230; -expresó Juan Demetrio-. ¿Por qué se iría?”&#8230; “Si es que se fue -le contestó a su modo <em>Yécata</em>-, a lo mejor lo mataron ¿qué no ves? No nos extrañe que de repente traigan la noticia de que encontraron su cadáver corrompiéndose en el fondo de cualquier barranca”. Ni un libro de lectura. Ni una novela. Nada. Solamente gallinas en imágenes, calendarios y cuadernos llenos de cantidades subrayadas. “A mí no me sorprende la indiferencia de Restrepo -dijo otro-. ¿Y a ustedes?”. “Tampoco. Nunca vi que se quisieran”. Habló <em>Bárbaro</em>. Serían las once. “¡Un radio!”. Dijeron. “Acá están unas bolsas”, murmuraron, jalándolas de un golpe. ¿Qué tienen?”&#8230; “Vamos a ver&#8230; No hay ratas, es yerba, miren”&#8230; “¡Es mariguana pura!”&#8230; “¡Sí!”&#8230; “Es mariguana pura”… Repitieron…“También  un libro”. “Ha de ser la <em>Biblia</em> ¿no?”. “No es la <em>Biblia</em>. Es también un cuaderno, lleno de cuentas raras”. “El hermano <em>Giro</em> sí que sabía su cuento”. “Acá hay polvo”. “¿No será cocaína?”. Preguntaron. “Yo no la conozco ni sé a qué huele”. “Entonces arrójenla a la coladera, por las dudas”. “Nada más nos quedaremos con la yerba”. “¡Son como siete kilos!”, dijo <em>Yécata</em>. “No importa, hombre, no sabemos lo que es”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Conversaban mientras iban descubriendo una y otra cosa en aquel cuarto lleno de tiliches. Su desaparición seguía siendo un misterio. Sólo doña Carmen lo había visto salir. “No me dijo ni adiós, ni un hasta luego, se fue en su camioneta, con los huevos&#8230;, los de las gallinas… Tal era su costumbre, rumbo a los pueblos de la sierra”. Manifestó otro día, a la hora de la cena. Mas <em>Coralito</em>, que estaba muy al tanto de la relación de Argimiro con la hija de la cocinera, le contó todo lo que se decía y se sabía acerca del hermano. Lo había ido a visitar después de una larga ausencia. “¿Dónde estabas? ¿En qué mundo que poco o nada tiene que ver con éste te has metido?”, le dijo él, al descubrirla parada en la penumbra rojiza de la estancia, entre el radiador eléctrico y la puerta. “En la gloria”, respondió ella, apoyando una rodilla en su cadera.</p>
<p style="text-align: justify;">            “En serio: ¿dónde te habías metido, hija del cielo? ¿No ves que me tenías con pendiente?”, continuó Argimiro, destapándose hasta los hinchados calzoncillos y los muslos tensos. “Andaba en México. Fuimos a visitar a la familia.  Pero te traje un regalito”. “¿Qué es?”&#8230; “Un libro. A lo mejor te gusta”. Iba a encender la luz para mirarlo, ella se lo impidió, interponiéndose entre el apagador y aquella mano fría&#8230; “Primero bésame. <em>El declamador sin maestro,</em> de Homero de Portugal, puede esperar”. Supo así que se trataba de un libro de poemas. “Bésame mucho, gavilán pollero”. Musitó y se besaron debajo de las margaritas de la colcha, como nunca jamás se habían besado. “¿Estás enterada de lo del hermano<em> Giro</em>?”, le susurró él, abrazándola contra su cuerpo palpitante. “Cómo no, si es de lo único que se habla. En toda la región no se habla de otra cosa.”. “¿Y a ti quién te lo dijo?”. “Tu concubina, ¿quién más había de ser?”. Y ya le iba a decir que él no tenía ninguna concubina, sólo que se arrepintió para dejarse llevar al paraíso por aquel par de manos sabias que ya le habían aflojado el nudo del corazón y reventado el alma.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">8</p>
<p style="text-align: justify;">Al amanecer, tras de haber dormido algunas horas apoyada en sus brazos, <em>Coralito</em> se levantó, se iría, el sol ya retoñaba. “Me bañaré&#8230;, -le dijo-. No quiero salir de aquí olorosa a mejorana y todas esas yerbas”…  “Tú siempre olerás a magnolias y agua del río del Juncal de Arriba”.  “Pero nunca a cocina. Bueno, a cocina como la que hay aquí”.  “¿Y por esa razón no habías venido?”. “Ya te dije que no. Estuve en México. ¿Piensas que estoy celosa?”. “¿La verdad la verdad?”. “La verdad la verdad”. “Bueno, yo creo que un poco, se te nota en el cuerpo”. “Probablemente… Nada más que si te vas a meter con cualquier cocinera, primero debes compararnos”. “Tú eres incomparable,<em> Coralito”</em>. “Pero no la única -le gritó bajo el agua, frotándose los senos-. Aquí todo apesta a guiso con orégano”… Ya no quiso escucharla, sin embargo caminó hacia ella, firmemente desnudo, ajeno a la indirecta.</p>
<p style="text-align: justify;">            Afuera el mundo estaba hecho de pétalos. Adentro de gorriones.</p>
<p style="text-align: justify;">            Esa mañana, durante un receso, los estudiantes conversaron acerca de lo que ya se comentaba: “Tenías razón -le dijeron a <em>Azabache-</em>, el hermano <em>Giro</em> fue encontrado muerto, un ajuste de cuentas, la mafia…, tú comprendes”. “¿Entonces el polvo que echamos por el caño era oro puro?” “¡Por supuesto! ¿O qué otra cosa?”. “¡Se los dije!”, se lamentaba Belio.</p>
<p style="text-align: justify;">            No volvieron a tocar el tema en todo ese día, ni en toda la semana, ni nunca más. Al rato, el hombre del correo se dejó venir por la llanura de Teresas. Pedaleaba siguiendo las rodadas, pero sin levantar la cara del camino. Algunos lo descubrieron desde la atalaya e inmediatamente hicieron correr la voz de alerta: “¡Correo! ¡Correo a la vista!”.</p>
<p style="text-align: justify;">            La llamada sonó como un clarín de guerra. Las cartas se amontonaron sobre una mesa del comedor y cada quién recogía las suyas. A<em> Bárbaro</em> le llegaron cinco: dos de sus primos de Chicago, una de España, otra de una amiga y otra más de su mamá. A los demás una o dos. “Y ahora, caballeros, ¿tienen algo para mandar?, preguntó el empleado, cuando terminó de beber el vaso de limonada que doña Carmen le mandó con su hija. La humildad era su espíritu.</p>
<p style="text-align: justify;">             “¡Qué sorpresa! Miren, es la primera vez que alguien me escribe, hasta ahora nadie se acordó jamás de mí. ¿Quién se habrá molestado?”. Habló Argimiro. La carta venía a su nombre, sólo que con un remitente que él no conocía:<em> Emma  L. de Núñez. </em>La abrió en lo que los demás iban por sus envíos y por el dinero para pagar los portes. Tampoco contenía muchas palabras, las suficientes para informarle del fallecimiento de su abuela.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¡Bah! –hizo él-. ¿Qué aún no se había muerto la señora?”&#8230; “¿Alguna novedad?”, le dijo <em>Bárbaro</em>. “Ninguna, amigo”. Respondió sin tristeza. <em>Emma L. De Núñez</em> había perdido el tiempo. No sintió nada, ni guardó sus letras, en cuanto estuvo solo echó el papel a la basura y regresó a la biblioteca, donde preparaban un examen de ontología, programado para la semana entrante.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por esos días, ya en los albores del otoño, ocurrió también la muerte súbita de Miguel Ángel Suc, y no es necesario que se  diga cómo fue, porque nadie lo supo. Lo encontraron descuartizado a un lado del camino. Las autoridades se limitaron a lo suyo, a los estudiantes los interrogaron hasta el atardecer, de la manera más áspera y en el tono menos comedido que se pueda imaginar entre seres de una misma especie. Gardenia les mencionó lo de las bolsas de polvo que ellos habían encontrado entre las cosas del hermano de la Paz, pero al parecer eso no les interesaba en lo absoluto.</p>
<p style="text-align: justify;">            Un día vinieron cinco funcionarios más de diferentes secretarías de estado a darles veinticuatro horas para, por “órdenes superiores”, abandonar el colegio, invitándolos a no perder más tiempo y preparar los equipajes para cerrar lo más pronto posible aquel casco de hacienda.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¿Y ahora qué?”, dijeron a la hora de cenar.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Nada. Cada quién volverá a sus hogares”. Les respondió Restrepo, con ojos de haber hecho la siesta hasta la hora del ocaso. “¿Y yo, padre?”, Argimiro le había hablado de su abuela y últimamente de la carta de la señora <em>Emma L. de Núñez</em>. “Vete al Distrito Federal. Allá sobran las vecindades y los puentes para dormir, ya llevas tu bachillerato concluido, ¿qué más quieres?”, le contestó el maestro, porque el desprecio era su estilo y la  amargura en él algo más que una obra de arte. “El padre Chinchachoma te alojará en alguno de los agujeros donde pasa las noches con sus vagos”.</p>
<p style="text-align: justify;">            A la hora de partir se despidieron de los fantasmas y de la memoria del<em> Rocío.</em> Más él, que por última vez se fue a recorrer aquellos rincones donde imaginó que, igual que el toro, aún mugía su desventura. Gardenia andaba por allí buscando los últimos blanquillos. La abrazó por la espalda. Se besaron. “Hola, huevera”, le dijo. Los dos lloraban sin hablar.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">9</p>
<p style="text-align: justify;">Más tarde, en el autobús que los conduciría a la ciudad, Argimiro encontró a <em>Coralito</em> con un envoltorio de papel de china entre las manos. “Te traje quesadillas. No son de flor de calabaza, como las que te hacen por aquí. Guárdalas para cuando tengas hambre”. Le dijo, fundiéndolo a su pecho. “Bájate -le pidió él-. No quiero que me veas llorar. ¿No ves que aquí van puros hombres?”&#8230; “Pero te las comes ¿eh? Ah, y también te traje la dirección de mi familia en la Ciudad de México.  Es en Taxqueña”. “Ya te escribiré o algún día vendré a buscarte”, le respondió Argimiro, con gran tranquilidad. “Aunque huelas a orégano, yo siempre estaré esperándote”. Musitó <em>Coralito.</em> La distancia volvió a ser una lágrima. Lo besó en silencio. Y después él vio, por la ventanilla, cómo ella le estaba diciendo adiós con ambas manos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Pero no se fue para la Ciudad de México, sino que al llegar a Toluca buscó un taxi y regresó a la hacienda. Aunque ya se habían ido todos los agentes, entró por el lado norte donde volvió a verlo <em>Coralito</em>, quien se precipitó hacia él, ahogándolo: “¿Y ahora? ¿Qué no se supone que ya te habías marchado?”&#8230; “¡Cállate! Y si tienes valor, entra conmigo; hay algo que nunca te conté”, le susurró, jalándola hacia él. “¿Qué cosa?”. “Adentro te lo explico. ¿Quedan dos quesadillas? ¿Quieres una?”. “Bbbbuueeennno&#8230;. Dame también una maleta”. “¡Ya!&#8230; Ni que pesaran tanto”, fanfarroneó Argimiro. “¿Nada más esto tienes?”. <em>Coralito</em> se medio escandalizó. “Casi todos los libros los dejé en el salón; pensaba mandar después por ellos”. Hablaban en voz baja. “Sácalos de una vez; y que mi papá te acompañe a México, sirve que él te presenta con mis tíos”. “No es necesario”. En la sala, sin encender la chimenea, se comieron las quesadillas y ella escuchó su plan:</p>
<p style="text-align: justify;">            “Mira, otra de las razones por las que no quise cargar con todas mis pertenencias es porque pensaba regresar; hoy o mañana, pero no me iba a ir sin el dinero”. “¿Cuál dinero? ¿De qué me estás hablando?”. “De la fortuna del hermano <em>Giro.</em> ¿De quién había de ser?”&#8230; “¿Dónde lo tienes? “En un escondite de su cuarto. Está debajo de una petaquilla, en un saco de cuero. Yo no les dije nada a mis amigos&#8230; Dos veces, de madrugada, fui a contarlo: son muchos dólares, quizá cientos de miles”&#8230; “¿Dólares?”, se asustó la muchacha.  “Yo pienso que es muchísimo”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Y esa misma noche, después de amarse varias veces en el viejo catre, Argimiro Gándara sacó el dinero y nuevamente se despidió de su querida. “¿De veras no quieres quedarte con nosotros? Mi papá te acompañará a México. Quédate”, le rogó zalamera. “Sospecharían de mí. Arriesgo demasiado. Mejor te escribiré”. “¿Y tus libros? ¿Y tus demás maletas?”, inquirió con inquietud. “¡Bah! Con esta plata tengo hasta para comprarme una editorial”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Otra vez la besó. Dios en ellos también era un adolescente, quemándose, abrasándose, oliendo a fruta y flor. Unos gatos maullaban en la azotea de enfrente. Había ruido de lluvia entre los árboles. Pero era el viento que se movía cargado de aromas y rachas de tormenta, fue lo que supusieron. Argimiro abrió una de las maletas y allí metió los fajos, eran noventa y ocho. “¿Vas a dejar también la ropa?”. “Allá compraré más. Quédate con ella aunque sea para que te rías de la pobreza en que he vivido”. “También nosotros somos pobres”&#8230; “No tanto como yo&#8230; Te escribiré; que de eso no te quede duda”&#8230; “A ver si es cierto. A lo mejor con tanta plata hasta te vuelves importante. O quizá a quien vas a escribirle es a la otra”… “Claro que no –murmuró el estudiante, sin soltarla-. Gardenia ya no existe, fue sólo una aventura, una necesidad de la cocina, un aroma del campo”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Tronó el primer disparo. La penumbra callaba. No era la lluvia, tampoco el viento de la tempestad sobre las hojas&#8230; Se agachó la muchacha.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¿Quién anda ahí?”&#8230; Gritó Argimiro.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Han de ser los soldados”.</p>
<p style="text-align: justify;">            “No, no son soldados&#8230; Son narcotraficantes. ¡Corramos!”&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">            “Espera a que se vayan”.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Nunca se irán sin el dinero. Son los que asesinaron al hermano <em>Giro</em>”&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">            “¡Salgan de ahí! -gritaron desde afuera, detonando otra vez las pavorosas armas-. ¡Ese dinero es nuestro! Déjenlo ahí y retírense. Contra ustedes no tenemos nada. Márchense ahora, ya, no sean ingenuos”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Quisieron caminar, pero el frío o el miedo no los dejaba ni moverse. Brilló un relámpago, otra detonación, balazos, truenos de agua, uno, otro y cuarenta más.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¡A la mierda los dólares!”&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">            Le dijo Argimiro a su amiguita, soltando la maleta del dinero.</p>
<p style="text-align: justify;">            “¿La vas a abandonar?”&#8230; Exclamó la muchacha.</p>
<p style="text-align: justify;">            “Valen más nuestras vidas”.</p>
<p style="text-align: justify;">            Murmuró él, al tiempo que saltaban abrazados hacia la barranca del arroyo, perdiéndose para siempre en la oscuridad de la neblina. </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong>Datos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Herminio Martínez es poeta y narrador. Nació en La Cañada de Caracheo, Cortazar, Guanajuato, el 13 de marzo de 1949. Entre sus novelas más conocidas en la literatura de México destacan: <em>Hombres de temporal</em>, <em>Diario maldito de Nuño de Guzmán</em>,<em> Las puertas del mundo</em>, <em>Invasores del paraíso</em> y L<em>luvia para la tumba de un loco</em>. Ha publicado también los libros de cuentos: <em>La jaula del tordo, Los nardos del insomnio, Tan oscura noche de tormenta</em> y<em> Manantial de cuentos infantiles. </em>Entre sus premios de poesía, son de notarse el &#8220;Punto de Partida&#8221; de la Universidad Nacional Autónoma de México; el &#8220;Manuel Torre Iglesias&#8221;, de  la Paz,  Baja California; el &#8220;Ramón López Velarde&#8221;, de Zacatecas; el &#8220;Pablo Neruda&#8221;, de Buenos Aires, Argentina y el “Clemencia Isaura de la poesía”, del carnaval de Mazatlán, el cual obtuvo en 1985. Y el de  las “Justas Poéticas Castellanas”, de Palencia, España, en 1995. En ese mismo año fue ganador del Premio &#8220;Lotería de Cuentos&#8221;, de Editorial Planeta y la Lotería Nacional. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Novela <em>“José Rubén Romero”</em>, otorgado por el Instituto Michoacano de Cultura y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes de la república mexicana. Y en 1998 el Premio Internacional de Novela Corta <em>“Ciudad de Barbastro”</em>, en Aragón, España, con <em>El regreso</em>, novela histórica ambientada en la vida de Antonio Pigafetta, marino de Magallanes. Otros premios que ha ganado, son: El Premio Nacional de Poesía Gilberto Owen, en Culiacán, Sinaloa, 1999. Y el Premio Nacional de Cuento &#8220;Benemérito de América&#8221; 2000, en la Universidad de Oaxaca, También en el año 2000 ha sido distinguido con el Premio Internacional de Poesía &#8220;Hermanos Argensola&#8221;, en España, por su poemario: <em>Música para desventura y orquesta .</em>En Argentina ganó el Premio Internacional de Poesía La Poesía y el Mar de la Biblioteca Popular de Monte Hermoso, Buenos, Aires. Y en 2001 recibió el Premio Internacional de Poesía Cáceres Patrimonio de la Humanidad, por su poemario <em>Animales de amor</em>. En 2002, fue ganador del Premio Nacional de Poesía “Amado Nervo”, con <em>Monólogo del habitante</em>. Es miembro de la Academia de Artes y Ciencias de la UNAM –Enep Zaragoza- y de la <em>Sociedad General de Escritores de México</em>) (SOGEM), cronista de Celaya, Gto., y, desde 1994, <em>Académico de la Lengua.</em></p>
<p style="text-align: justify;">Su correo electrónico morfeos52@hotmail.com</p>
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		<title>La cocina del alma: Guty Cárdenas</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Sep 2010 05:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Plaza]]></category>
		<category><![CDATA[Guty Cárdenas]]></category>

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		<description><![CDATA[En este septiembre bicentenario, presentamos una canción de Guty Cárdenas que integra dos estrofas del poema &#8220;No te olvido&#8221;, del vate romántico Antonio Plaza. Feliz domingo!

 
Yo pienso en ti con ardoroso empeño
y siempre miro tu divina faz
y pronuncio tu nombre cuando sueño
y pronuncio tu nombre al despertar&#8230;
 
 Late por ti mi corazón de fuego
te necesito como el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/Guty-Cárdenas.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-10037" title="Guty Cárdenas" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/Guty-Cárdenas.jpg" alt="Guty Cárdenas" width="610" height="265" /></a>En este septiembre bicentenario, presentamos una canción de Guty Cárdenas que integra dos estrofas del poema &#8220;No te olvido&#8221;, del vate romántico Antonio Plaza. Feliz domingo!<span id="more-10015"></span></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="610" height="368" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/AO4ULISG4As?fs=1&amp;hl=es_MX&amp;color1=0xcc2550&amp;color2=0xe87a9f" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="610" height="368" src="http://www.youtube.com/v/AO4ULISG4As?fs=1&amp;hl=es_MX&amp;color1=0xcc2550&amp;color2=0xe87a9f" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always"></embed></object></p>
<p> </p>
<p>Yo pienso en ti con ardoroso empeño</p>
<p>y siempre miro tu divina faz</p>
<p>y pronuncio tu nombre cuando sueño</p>
<p>y pronuncio tu nombre al despertar&#8230;</p>
<p> </p>
<p> Late por ti mi corazón de fuego</p>
<p>te necesito como el alma a Dios</p>
<p>eres la virgen que idolatro ciego</p>
<p>eres la gloria con quien sueño yo&#8230;</p>
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		<title>Kôtoku Shûsui: mártir del pacifismo socialista</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Sep 2010 17:35:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Subversión]]></category>
		<category><![CDATA[el espectro del siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[El imperialismo]]></category>
		<category><![CDATA[Kôtoku Shûsui]]></category>
		<category><![CDATA[Luis Martínez Andrade]]></category>

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		<description><![CDATA[El sociólogo Luis Martínez (Puebla, 1981), doctorando de la Escuela de Altos Estudios de París, siempre a la vanguardia en el pensamiento sociológico, nos presenta una aproximación al libro El imperialismo, el espectro del siglo XX de Kôtoku Shûsui, Texto pionero del movimiento anti-imperialista japonés y aún no traducido al español o al inglés.

 
 
Kôtoku Shûsui: mártir del pacifismo socialista
L’impérialisme, le spectre du XXe [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/Kôtoku-Shûsui.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-9987" title="Kôtoku Shûsui" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/09/Kôtoku-Shûsui.jpg" alt="Kôtoku Shûsui" width="610" height="265" /></a>El sociólogo Luis Martínez (Puebla, 1981), doctorando de la Escuela de Altos Estudios de París, siempre a la vanguardia en el pensamiento sociológico, nos presenta una aproximación al libro <em style="TEXT-INDENT: 0px !important">El imperialismo, el espectro del siglo XX </em><span style="TEXT-INDENT: 0px !important">de Kôtoku Shûsui, Texto pionero del movimiento anti-imperialista japonés y aún no traducido al español o al inglés.</span></p>
<p><span id="more-9946"></span></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>Kôtoku Shûsui: mártir del pacifismo socialista</strong></p>
<p style="text-align: center;"><em>L’impérialisme, le spectre du XXe siècle</em>, Kôtoku Shûsui, CNRS Editions, Paris, 2008, p. 188.</p>
<p> </p>
<p style="text-align: justify;">Traductor al japonés de <em>La conquista del Pan</em> del anarquista Pedro Kropotkin y condenado en 1911 por crimen de Alta traición (<em>Taigyaku jiken</em>) contra Mutsuhito –el emperador Meiji–, el nombre de Kôtoku Denjerô o Kôtuko Shûsui es muy poco conocido en América Latina. Autor del famoso panfleto <em>El imperialismo, el espectro del siglo XX</em>, texto que precedió por algunos años los análisis de John Hobson, de Hilferding y de Lenin sobre el imperialismo. El trabajo de Kôtoku fue publicado en 1901 y reeditado hasta 1952. Afortunadamente ya contamos con la publicación en francés de éste que fuera texto axial en la fundación del movimiento socialista japonés. La traducción fue realizada por Christine Lévy quien además nos ofrece una excelente presentación a la obra.</p>
<p style="text-align: justify;">Contemporáneo de Lenin (1870-1924) y de Rosa Luxemburgo (1871-1919), Kôtoku nació en la ciudad de Nakamura en 1871. Desde muy temprana edad se destacó por ser un estudiante extraordinario, sin embargo por causa de un tifón que destruyó la escuela de su pequeña ciudad,  Kôtoku debió continuar sus estudios de manera autodidacta. Posteriormente, a los 16 años de edad se desplazó a Tokio donde aprendió y perfeccionó el inglés, lengua que le fue de gran utilidad en su trabajo como periodista y que le permitió seguir el desarrollo de acontecimientos  de impacto internacional como fue el “Caso Dreyfus” o el papel de la social-democracia alemana.</p>
<p style="text-align: justify;">Kôtoku apoyó la candidatura de su maestro Nakae Chômin quien, abanderado por el <em>Jiyû-tô</em> (Partido Liberal), se identificaba con los intereses de los más discriminados por la sociedad japonesa, nos referimos a los <em>burakumin</em>. No obstante a que ganó las elecciones con más de la mitad de sufragios, Chômin dimitió posteriormente puesto que avizoró el acercamiento por parte del <em>Jiyû-tô</em> hacia el gobierno. Al respecto, sostenía que: “cuando los hombres políticos monopolizan el espacio público pueden adoptar una política policial represiva sin modificar las leyes, todo ello, en nombre de la seguridad pública y, por tanto, imponer un Estado despótico” (p. 20).</p>
<p style="text-align: justify;">Christine Lévy señala que el período que comprende entre 1898 y 1902 fue crucial en las redefiniciones políticas de Kôtoku. Aunque existen diversas causas para la radicalización de Kôtoku en 1900, Lévy anota:</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">1)      Su participación en las reuniones del Círculo de Estudios socialistas y que lo hicieron confrontar la teoría socialista con la realidad social y política japonesa (p. 36).</p>
<p style="text-align: justify;">2)      La mudanza ideológica y política del <em>Jiyû-tô</em> orillando a los miembros más radicales a abandonarlo (p. 37).</p>
<p style="text-align: justify;">3)      La guerra de los Bóxers que representó la intervención militar de Japón (p.38). </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">La guerra china-japonesa fraguada entre 1894-1895 fue determinante en la perspectiva de Kôtoku porque representaba la independencia de Corea. Dicho conflicto marcó, en dos sentidos, la evolución del pensamiento filosófico-político de Kôtoku. Por un lado, su desdén por la guerra se manifestó con más regularidad en sus artículos y, por el otro, la reivindicación de la noción de “voluntad popular” fue más recurrente. La crítica al imperialismo de las potencias europeas estaba articulada a la crítica del sistema económico. Kôtoku también criticó la política imperial de Japón (p. 123 y 145) y su papel de correligionario de países como Alemania, Francia o Rusia en su invasión a China. La brutalidad del ejército japonés sobre la población china fue denunciada, a partir de 1900, por Kôtoku y compartida por Takano Fusatarô quien fue el primer traductor del <em>Capital </em>al japonés.</p>
<p style="text-align: justify;">Es evidente que en los umbrales del siglo XX, aunque Kôtoku no fue testigo del conflicto que azotó a Europa entre 1914 y 1918, su diagnóstico del Imperialismo es cercano al análisis que posteriormente realizó Lenin. Debemos subrayar que Lenin publicó en 1916 su <em>Imperialismo, Fase superior del capitalismo</em>, donde sostiene que el Imperialismo es la fase monopolista del capitalismo, sustituyendo la etapa de libre competencia para dar paso al estadio de su crisis y descomposición y, por tanto, abriendo la posibilidad de una revolución socialista.</p>
<p style="text-align: justify;">Kôtoku, por su parte, en 1901 esgrime que:  </p>
<p style="text-align: justify;">“Deben estar conscientes que el contraste entre la pobreza y la riqueza de los países occidentales, la acumulación en manos de la minoría es cada vez más evidente, el debilitamiento del poder de compra de la mayoría de la población, todo ello, no es otra cosa que las secuelas del actual sistema de libre competencia y no puede sino que ser atribuido al monopolio que ejercen los capitalistas (…) Por ende, la solución se encuentra en apoyar el poder de compra de la mayoría de personas de cada país, de ahí, que dicha solución se obtendrá en la prohibición de los intereses monopolistas y, por tanto, implicará la instauración de la justicia en la distribución de los intereses de los trabajadores. Pero para establecer dicha justicia, se debe reformar radicalmente el sistema de libre mercado e instaurar el socialismo” (p. 174).     </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">En el primer capítulo de su panfleto, Kôtoku explica la relacione entre el sentimiento patriótico y el militarismo y la forma en que ambos constituyen dos puntos medulares en la configuración del Imperialismo. Acentúa la necesidad e importancia de una transformación al sistema económico. Muestra una conciencia planetaria al evocar que el objetivo del manejo del Estado se encuentra en el progreso de la sociedad representado en la felicidad de toda la humanidad, esto es, en la defensa de los intereses globales. En ese sentido, pensamos que el carácter internacionalista de la praxis política de Kôtoku debería ser asimilada por nuestros políticos que se muestran pasivos ante la crisis climática, alimentaria y social en la que nos encontramos.  </p>
<p style="text-align: justify;">El segundo capítulo versa sobre el patriotismo como forma ideológica de dominación, es decir, como instrumento de control que es ejercido por las clases hegemónicas. Analizando las experiencias de los Hilotas del Peloponeso, de los esclavos en Roma, de la guerra franco-inglesa, del ejército prusiano y de la batalla del mar Amarillo de 1894, Kôtoku concluye que el sentimiento patriótico sólo sirvió para aumentar los privilegios de las élites y, por consiguiente, aunque de distinta forma, los “vencidos de la historia” continúan bajo la opresión. De ahí que Kôtoku pugne por el sentimiento de compasión<a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftn2">[1]</a> de una ética de amor universal<a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftn3">[2]</a> que nos haría más sensibles en la resolución de conflictos tanto políticos como culturales.</p>
<p style="text-align: justify;">El capítulo tercero centra su análisis en los aspectos que contribuyen al militarismo. De un lado encontramos el interés por parte de los capitalistas y militares en acrecentar sus ganancias (p. 130) y, por el otro, el fanatismo despertado por la vanidad y la brutalidad. Contraponiéndose a la idea de que “la paz mundial no es más que un milagro o, incluso, un sueño que no contiene belleza alguna” del general Helmuth Karl Bernhard von Moltke –discípulo de Clausewitz–, Kôtoku recupera la tradición de escritores como Murasaki Shikibu, Akazome Emon, Sei Shônagon y Emile Zola para sostener que el militarismo no sólo es fútil para la civilización sino que además es un veneno (p. 145).  </p>
<p style="text-align: justify;">En el capítulo cuarto Kôtoku realiza una crítica artera a la política imperialista tanto de los países europeos como del Atlántico Norte. Para Kôtoku, la fundación de todo Imperio está basada en el robo y la rapiña  (p.160), por tanto, su grandeza está en relación a las masacres de otros pueblos que fueron sometidas a la esclavitud. Asimismo,  advierte sobre la hipocresía norte-americana que en febrero de 1898 apoya la revuelta cubana pero que, después del tratado de París, toma bajo su control Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La doctrina Monroe no pasa desapercibida por el socialista nipón. La relación entre pobreza e injustica es abordada en esta sección y para él:</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">“La pobreza surgió de los errores de la organización económica y social de nuestra sociedad. Está ligada al monopolio que realizan los capitalistas y los grandes propietarios financieros. Por consiguiente, la pobreza es resultado de la falta de justicia en la distribución de la riqueza” (p. 170)</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">El último capítulo es un exhorto al socialismo democráticamente organizado<a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftn4">[3]</a> y una advertencia al “peligro del siglo XX” –siglo de totalitarismos tanto liberales como soviéticos– que se avecinaba. Para Kôtoku el microbio del patriotismo fomenta el cáncer del militarismo, en este sentido, el movimiento socialista precisa de una consciencia planetaria –basada ésta en un “amor universal”– que logre incorporar las demandas de todos los oprimidos y oprimidas.</p>
<p style="text-align: justify;">Las consideraciones que realiza Kôtoku sobre la relación entre la pobreza y la migración, entre la guerra y el capitalismo o entre los políticos profesionales –en sentido weberiano– y la <em>Realpolitik </em>resultan muy interesantes no sólo para los estudiosos de las ciencias sociales sino para los militantes comprometidos con los movimientos anti-imperialistas y anti-colonialistas contemporáneos. Es evidente que, a más de un siglo de ser redactado, el texto de Kôtoku cuente con algunas limitaciones o atavismos ideológicos, por ejemplo, su noción de progreso o la contraposición entre liberalismo e imperialismo; no obstante, dicho texto es un valioso legado de la tradición libertaria del cual no debemos prescindir.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Publicado en el diario “El Columnista”, Puebla, México, 31 de agosto de 2010</p>
<p> </p>
<hr style="text-align: justify;" size="1" />
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftnref1">*</a> Sociólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla donde recibió la distinción <em>Cum Laude</em>. En 2009 recibió el Primer Premio del Concurso Internacional de Ensayo “Pensar a Contracorriente”.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftnref2">[1]</a> Resulta interesante hacer mención que, inspirado en el concepto de cuidado de cuño heideggeriano, el teólogo Leonardo Boff reivindica la pertinencia del “Principio de Compasión” en el diseño de utopías contra-hegemónicas del siglo XXI. Cfr<em>. Princ</em><em>í</em><em>pio de Compaixão e Cuidado</em>, Vozes, Petrópolis, 2001.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftnref3">[2]</a> La relación entre política y ética están presentes en la obra de Kôtoku. Las <em>Filosofías Políticas de la Liberación</em> de la periferia podrían asimilar algunos de sus planteamientos básicos en el diseño de proyectos políticos.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://www.circulodepoesia.com/nueva/wp-admin/#_ftnref4">[3]</a> “Se debe proceder a una gran limpieza del Estado y de la sociedad, en otras palabras, se debe emprender una revolución a escala mundial. Transformar el pequeño número de Estados en un gran número de ellos, cambiar el Estado monopolizado por militares para entregárselo a los campesinos, a los artesanos y pequeños comerciantes; cambiar la sociedad donde reina el despotismo aristocrática en un espacio de autonomía política y que restituya la sociedad, actualmente secuestrada por los capitalistas, hacia la comunidad de trabajadores” (p. 187).  </p>
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		<title>Dos cuentos de Óscar Alarcón</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Sep 2010 20:14:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Antología de Narrativa mexicana contemporánea]]></category>
		<category><![CDATA[Óscar Alarcón]]></category>
		<category><![CDATA[Ultracostumbrismo]]></category>

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		<description><![CDATA[En el marco de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea de Círculo de Poesía, Presentamos dos cuentos de Óscar Alarcón (Puebla, 1979).  Autor del volumen de cuentos Polimastia (BUAP, colección Alejandro Meneses, 2008), es miembro de &#8220;Los ultracostumbristas&#8221; desde 2001. Recientemente terminó la Maestría en Historia del Arte en la UNAM.

 
 
Cero la Vieja del Basurero
 
Puta. Mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Óscar-Alarcón.JPG"><img class="alignnone size-full wp-image-9924" title="Óscar Alarcón" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Óscar-Alarcón.JPG" alt="Óscar Alarcón" width="610" height="265" /></a>En el marco de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea de Círculo de Poesía, Presentamos dos cuentos de Óscar Alarcón (Puebla, 1979).  Autor del volumen de cuentos <em>Polimastia</em> (BUAP, colección Alejandro Meneses, 2008), es miembro de &#8220;Los ultracostumbristas&#8221; desde 2001. Recientemente terminó la Maestría en Historia del Arte en la UNAM.</p>
<p><span id="more-9902"></span></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>Cero la Vieja del Basurero</strong></p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Puta. Mi madre dice que es puta.</p>
<p style="text-align: justify;">Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta. Y me dice que no me le acerque, que corra si intenta abrazarme. Su imagen me ronda la cabeza. Doña Graciana recorre la calle pepenando el desperdicio, busca botellas de plástico, utiliza el cartón para forrar las paredes de su cuarto y así no pasar fríos. Todo el día empuja su diablito oxidado, detrás de ella siempre camina <em>el</em> <em>Usuario</em>, su perro.</p>
<p style="text-align: justify;">Nalga pronta, culo caliente, tiene dinero porque se coge a los borrachos. Yo la veo llamar a los chamacos, les enseña sus piernas gordas y peludas. Les grita: “ven niño, que te va a gustar”. Tiene dinero porque los cargadores del mercado le pagan, los mete en su casa y nomás se oyen los quejidos del catre. Date cuenta, cuando el foquito amarillo con caca de moscas se apaga, es porque tiene a un teporocho metido en las entrepiernas, me dice mi hermano cuando nos mandan a dormir. Doña Graciana la apestosa tiene dinero.</p>
<p style="text-align: justify;">A las cinco de la mañana sale con su perro recogiendo la basura. Graciana cotorrea con los vendedores que comienzan a poner sus puestos. Después de casi una hora de argüende sigue su camino hasta toparse con la señora que le regala tamales y atole: lunes, de mole; martes, de rajas y arroz con leche; miércoles, champurrado y torta con doble tamal de dulce; jueves otra vez de mole; los viernes repite el champurrado y cambia el tamal: salsa verde; los sábados sólo se toma un jugo, y cierra la semana religiosamente los domingos con una última torta de tamal de dulce y un atole.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de desayunar, sigue su camino. La gente la identifica por su suéter roído y sin botones, falda verde, calcetas enormes arriba de las rodillas y los zapatos con un hoyo en la punta por donde se asoma el dedo gordo del pie.</p>
<p style="text-align: justify;">A mí me gusta Doña Graciana. Todas las noches sueño que apaga mi lámpara y entonces su cara redonda llena el cuarto. <em>El</em> <em>Usuario </em>siempre me ladra, no deja que me le acerque. Maldito perro, ojalá y te maten, que el taquero te pesque por el cuello y te cocine, ojalá y te sazone, y después te coma sin que yo me dé cuenta cuando te sirvan en mi plato, dios quiera que te disfrute y después te cague, que te vayas por el hoyo de la letrina y nunca más me molestes.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Esta noche doña Graciana me llama cuando yo venía de regreso de la escuela. Tengo que ir a su encuentro deprisa para que mi mamá no me regañe. Las clases quedaron atrás, mi uniforme verde mayate denuncia la secundaria a la que asisto.</p>
<p style="text-align: justify;">Doña Graciana me arrincona. Piernas peludas. Sonrisa chimuela. Puedo sentir su aliento enfermo que proviene del hígado. <em>El</em> <em>Usuario </em>me ladra. ¡Cállate!, le grita.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué chulo y qué grandote estás mijito! Entra, tócame. Así, pon tus manos en mis muslos, acaríciame la espalda, anda, prueba mis chichis, así. ¿A poco no te gusto, mi güero? Pronto estoy arrinconado entre la pared y el cuerpo de Graciana.</p>
<p style="text-align: justify;">Se quita el suéter roído, la blusa con manchas y la falda mugrosa, su panza se desparrama, se viene abajo. ¡Los tamales, encontré los tamales! Están en sus pechos, en sus enormes tetas de marrana que todas las noches un hombre distinto prueba.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi cuerpo se convierte en su masa; el suyo, ha perdido los límites: no hay distinción entre la espalda y las nalgas. La raya que dividía las dos enormes esferas carnosas está perdida. Grasa, Grasa, Grasita, Graciana, Grasa, me encantas, déjame tocar tu enorme panza, deja que mi ser se pierda en la manteca que escondes en el cuerpo y que tienes para mí. Enciérrame en tu amasijo de piel, de carne y pelos, quiero encontrar la salida a tu laberinto de estrías. Bésame, Grasita, Graciana, acaríciame, Chana, cómeme, devórame como a tus tamales cotidianos.</p>
<p style="text-align: justify;">Me gusta sentir la compañía de los hombres y de los niños, no les cobro por meterlos a mi catre donde apenas cabemos tú y yo, me dice entre resoplidos mientras me acaricia el pelo. Sigue, Graciana, llévate esta virginidad que me estorba y escóndela en la masa que te cubre entera, anda, Graciana, piérdeme en tus gigantes brazos, arrópame en tu vello púbico extinto, vamos, Graciana, déjame estar encima de ti y después duerme tranquila.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Los pedos de Graciana me despiertan.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Graciana, Graciana!, ¡hay hojas grises de papel lloviendo en el cuarto! Mira cómo caen, parecen gotas pintadas en la pared, vuelan sobre mí, caen en tu cabello y en tu panza, abre los ojos Graciana, Grasita, Chana.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Despierta apurada, se mueve lento, las hojas grises siguen cayendo y no dice ni una sola palabra. Graciana se me pierde en los ojos.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>El Usuario</em> ladra toda la noche. Le gruñe a dos figuras chamuscadas y de humo. El tizne del piso me confunde, estoy agotado.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>Trece el rabo te crece en la boca de ese</strong></p>
<p style="text-align: justify;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: justify;">El Usuario había tenido varios dueños. Pero un niño que murió atropellado por un camión mientras jugaba futbol, fue con quien más tiempo pasó. El niño se divertía mucho con él y lo dejaba dormir en su cama.</p>
<p style="text-align: justify;">Como era lógico, sus padres lo echaron a la calle cuando su dueño falleció. Durante una temporada vivió en un depósito de llantas viejas, pero cuando se incendió tuvo que vagar sin encontrar una nueva casa.</p>
<p style="text-align: justify;">A veces tomaba por asalto algún parque para que la gente le lanzara comida, le ladraba a los gatos cuando se paseaban sobre las bardas, pero los felinos, poseedores de una gran templanza y acostumbrados a los ladridos, no le hacían caso y proseguían su camino. Por supuesto uno de los sueños recurrentes del Usuario era atrapar a un gato.</p>
<p style="text-align: justify;">En esos parques se reunían varios niños a jugar, el Usuario parecía un miembro más del grupo que atacaba los nidos de los pájaros a pedradas. Ahí, entre ellos, conoció su crueldad cuando todos esos ojos abiertos se llenaban de sangre al arrancar la cabeza de algún pájaro muerto. El Usurario era capaz de arrancar la testa de una sola tarascada. Alrededor del perro los niños gritaban extasiados, a veces con miradas de asombro y en otras, hasta lanzando espuma por la boca al ver el hocico del Usuario lleno de sangre.</p>
<p style="text-align: justify;">— ¿Y si después ataca a uno de mis hijos? Imagínense lo que esas fauces atascadas pueden hacer en el cuello de uno de los chamacos, mejor hay que correrlo. Se decía entre los padres de algunos de los niños, quienes se dieron cuenta del criminal en potencia que tenían en el vecindario.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">El Usuario no tenía pedegree, era un perro fuerte pero corriente, nadie pensaría que pertenecía a una familia de perros con raza, lo que sí tenía era una placa con su nombre colgada al pescuezo: <em>Usuario</em>.</p>
<p style="text-align: justify;">Después de salir huyendo del parque llegó hasta un puesto de tamales donde la señora que lo atendía le dio de comer por algunos días. El Usuario vio que una señora gorda, vestida con harapos y haciendo ruido con la nariz frecuentaba a la vendedora de tamales y poco tiempo después decidió que debía seguirla.</p>
<p style="text-align: justify;">Se cayeron bien desde un principio, la señora gorda lo llevó a su casa donde le dio de comer y le puso unos cartones afuera para que ahí durmiera. El Usuario veía cómo los hombres entraban y salían de la casa de la señora a quien con insistencia repetían su nombre: Graciana, Chana, Chanita, voy con la vieja del basurero. Por fin Graciana tenía un acompañante que no cambiaba. Y el Usuario nuevamente había elegido otro dueño. Pronto se les vio caminar juntos por la calle pepenando los botes de basura.</p>
<p style="text-align: justify;">El perro como siempre, se quedaba afuera cuando Graciana se metía con sus amores efímeros a la casa. Entonces tomaba otra vez camino acompañado de su sombra sin perderse nunca. Recorrió las calles hasta convertirse en el ojo de ese pequeño universo: todo lo veía y todo lo sabía.</p>
<p style="text-align: justify;">Flaco, astuto, no se fiaba de las vueltas en la esquina, a veces lo sorprendía un borracho gritándole groserías: “Ora pinche perro, me espantaste, cabrón”, entonces sabía que era momento de salir corriendo. Otras veces se encontraba con las amas de casa quienes le echaban agua para bañarlo, o los niños lo ahuyentaban con piedras. El Usuario creía que estaba pagando lo que antes había hecho con la horda que atacaba los nidos de los árboles.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que más le gustaba era pasearse peligrosamente por los puestos de tacos que había en la ciudad, olfateaba el peligro, sabía que podía caer en manos de cualquier taquero, sin embargo, era un deporte que el perro practicaba a diario. Se escondía entre los botes de la basura y estaba al acecho de cualquier pedazo de carne que caía del plato o de la boca de uno de los clientes. Varios vendedores habían intentado agarrarlo para que sirviera de materia prima pero siempre había logrado escapar de todas las trampas.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">Una noche, al regresar a la casa, doña Graciana le cerró la puerta en las narices. El perro se asomó por una ventana, no veía nada, el interior de la casa de cartón estaba a oscuras, el foco amarillo cagado por las moscas, que era el único que alumbraba la habitación, se había apagado.</p>
<p style="text-align: justify;">De pronto, el perro alcanzó a ver dos lucecitas rojas que se movían como luciérnagas. La nariz del perro se puso alerta: olía a hierba quemada, no era la primera vez que la casa de la vieja olía de esa manera, el Usuario ya se había acostumbrado.</p>
<p style="text-align: justify;">Las lucecitas rojas se movían de un lado a otro a lo largo del cuarto, hipnotizando al perro; el olor era intenso, comenzaba a marearlo pero no podía dejar de observarlas hasta que se convirtieron en una espiral roja que ganaba profundidad a la vista, crecía y después reducía su tamaño hasta casi desaparecer. El Usuario mantenía fija la mirada en aquella espiral escarlata hasta que el humo que se le había metido en los pulmones lo hizo toser, entonces se alejó solitario, caminando tranquilo pero con la mirada confusa. Atrás, la casa de su dueña comenzaba a arder.</p>
<p style="text-align: justify;">La escala de grises que percibía su visión comenzó a hacerse más clara y más nítida. El blanco y negro se cubrió de una capa de bromuro de plata la cual se revelaba en los ojos del Usuario. Los gatos en las bardas se sulfataron con espectros argentosos, los postes amigables en los que orinaba triplicaron su tamaño y se cubrieron de carbón, el Usuario recordaba los dibujos de su antiguo dueño hechos con tiza; el cielo de la noche enmudeció más y se puso azabache y las estrellas brillaban en alto contraste, los faros de los coches y las lámparas eran como soles encerrados en una mesa de luz. El Usuario era un hombre flaco caminando a cuatro patas atravesando el silencio de la ciudad.</p>
<p style="text-align: justify;">Aunque no había colores en la visión del perro, todo se magnificaba como en un estereograma, en alto relieve, sus ojos eran una realidad que superaba a la tercera dimensión, ahora comprendía lo que tantas veces escuchó de Graciana: “los ojos de los animales son lo mismo que los ojos de dios, revelan el mundo perpendicular del gallo, la humedad del pez”, pese a ello no comprendía por qué tantos de sus amigos, incluido su dueño, habían muerto atropellados con estas imágenes, tal vez era porque los ojos de dios no se fijaban en los pequeños destellos. No sabía si los ojos de dios tampoco, al igual que él, distinguían el color de los semáforos.</p>
<p style="text-align: justify;">La exquisitez del negro al cien por ciento y del blanco en plata que resalta, elevada a la infinita potencia tenían al Usuario maravillado, no sabía por qué le estaba sucediendo esto.</p>
<p style="text-align: justify;">Escuchó las voces de los niños ir y venir en sus orejas, se acercaba a las luces de las calles transitadas, esquivó varios coches, su nariz se detuvo frente al olor de unos tacos sudorosos, la adrenalina estaba corriendo por el cuerpo del galgo. Era momento de intentarlo una vez más.</p>
<p style="text-align: justify;">Ahí estaba detrás de un bote de basura, la nariz no podía fallar esta vez aunque la visión estuviera duplicando el tamaño de las cosas y aumentando las tonalidades del mundo. El Usuario estaba al acecho de un pedazo de carne, abrió el hocico todo lo que pudo, se lanzó sin pensarlo…</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;">¡Pásele jefe, pásele, allá adentro tenemos más mesas, pásele!, ¿de qué se los vamos a servir?</p>
<p><strong><br />
</strong></p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Datos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Óscar Alarcón Nació en la heroica Puebla Ultracostumbrista el 11 de junio de 1979. Forma parte de los ultracostumbristas (movimiento literario nacido en Puebla) desde el año 2001. Al igual que a los otros dos ultracostumbristas, le gusta el agua de horchata y las tostadas de pollo. Tiene un libro publicado que se llama <em>Polimastia</em> (BUAP, colección Alejandro Meneses, 2008). Profesor de tiempo completo de literatura en la preparatoria “Emiliano Zapata” de la BUAP. Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP; terminó recientemente la Maestría en Historia del Arte en la UNAM. Le gusta la música y el cine (prefiere el rock). Actualmente está enfrascado en tres proyectos: su primera novela, un libro de entrevistas y la tesis de maestría.</p>
<p style="text-align: justify;">Puedes leer más acerca de este autor: <a href="http://www.ultracostumbrismo.blogspot.com/">www.ultracostumbrismo.blogspot.com</a></p>
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		<title>Geo Bogza, poeta rumano, por Omar Lara</title>
		<link>http://circulodepoesia.com/nueva/2010/08/geo-bogza-poeta-rumano-por-omar-lara/</link>
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		<pubDate>Mon, 30 Aug 2010 03:29:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[En el mundo]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Geo Bogza]]></category>
		<category><![CDATA[Omar Lara]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía rumana]]></category>

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		<description><![CDATA[
El poeta, traductor y editor chileno Omar Lara (Nueva Imperial, 1941) nos presenta tres poemas del poeta, teórico de la vanguardia y periodista rumano Geo Bogza (1908-1993), figura fundamental de la poesía de aquel país durante el siglo XX.

 
 
XIII
In toamna aceea, Ioana Maria,
am trait cele mai triste seri din viata mea.
Seri,
cand ceata patrundea pe furis in [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2009/11/Omar-Lara.jpg"></a></p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Geo-Bogza.JPG"><img class="alignnone size-full wp-image-9927" title="Geo Bogza" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Geo-Bogza.JPG" alt="Geo Bogza" width="610" height="265" /></a>El poeta, traductor y editor chileno Omar Lara (Nueva Imperial, 1941) nos presenta tres poemas del poeta, teórico de la vanguardia y periodista rumano Geo Bogza (1908-1993), figura fundamental de la poesía de aquel país durante el siglo XX.</p>
<p><span id="more-9912"></span></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>XIII</strong></p>
<p>In toamna aceea, Ioana Maria,<br />
am trait cele mai triste seri din viata mea.</p>
<p>Seri,<br />
cand ceata patrundea pe furis in oras.<br />
Greu se scurgeau orele pana la ziua<br />
si mie mi-era dor de tine, Ioana Maria.</p>
<p>Au fost seri cand imi era dor de tine<br />
cum le e dor somnambulilor de luna,<br />
dar tu erai mereu in alta parte,<br />
greu se scurgeau orele pana la ziua<br />
si ceata patrundea pe furis in oras.</p>
<p>Seri,<br />
cand mi-a fost dor de tine, oana Maria.</p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>XIII</strong></p>
<p>Ese otoño, Ioana María,</p>
<p>he vivido las tardes más tristes de mi vida.</p>
<p> </p>
<p>Tardes,</p>
<p>en que la niebla penetraba furtivamente en la ciudad.</p>
<p>Difíciles corrían las horas hasta el día</p>
<p>y yo te echaba de menos, Ioana María.</p>
<p> </p>
<p>Hubo tardes cuando te echaba de menos</p>
<p>como echan de menos los sonámbulos a la luna,</p>
<p>pero tu siempre estabas en otra parte,</p>
<p>difíciles corrían las horas hasta el día</p>
<p>y la niebla penetraba furtivamente en la ciudad.</p>
<p> </p>
<p>Tardes,</p>
<p>cuando te he echado de menos, Ioana María.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong><strong>Recuerdos de Polonia</strong></p>
<p style="text-align: center;"> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>I</strong></p>
<p> </p>
<p>En Varsovia, una muchacha hablaba así:</p>
<p>si quieres acariciarme, yo no me opondría</p>
<p>si quieres besarme, te lo permitiría</p>
<p>te permitiría que me desnudes los senos.</p>
<p>Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes</p>
<p>y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.</p>
<p> </p>
<p>Si quieres acariciarme, yo no me opondría</p>
<p>pero debes saber que todos estos muertos aúllan en mí</p>
<p>y yo toda, toda soy de cenizas.</p>
<p>Bésame, pero que no te sepa amarga.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong>II</strong></p>
<p> </p>
<p>En Cracovia, una muchacha hablaba así:</p>
<p>si quieres puedes abrazarme</p>
<p>si quieres puedes acariciarme los senos</p>
<p>pero no me compres nunca abalorios.</p>
<p>Tenía trece años cuando los alemanes</p>
<p>ahorcaron a mamá, de un árbol en la calle.</p>
<p> </p>
<p>Si quieres podemos atravesar nadando el Vístula</p>
<p>pero no me digas que tengo el cuello blanco y bello</p>
<p>y no me compres nunca abalorios.</p>
<p> </p>
<p style="text-align: right;">(Traducción del rumano de Omar Lara)</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong>Datos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Omar Lara (Nueva Imperial, Chile, 1941), en 1964, siendo estudiante de la Universidad Austral de Valdivia, fundó y dirigió el Grupo TRILCE de Poesía y la Revista de Poesía TRILCE, publicación que, en su tercera época, se edita actualmente en Concepción, siempre bajo la dirección de Lara. Además de su obra de creación literaria es traductor del rumano, labor que ejerció a partir de su exilio en Bucarest, entre 1974 y 1981 (exilio que lo llevó antes a Lima y luego a Madrid). Editoriales rumanas, españolas, chilenas y peruanas han publicado varias de sus traducciones.</p>
<p>Otras distinciones recibidas por el poeta son: Premio Concurso de Poesía, I. Municipalidad de Valdivia, 1967 y 1969; Premio Cuento Concurso Zona Sur, U. Austral, Valdivia, 1969; Primer Premio Poesía Concurso Zona Sur U. Austral, Valdivia 1969; Premio Municipal de Extensión Cultural, Valdivia, 1972; Premio de Poesía Casa de las Américas, La Habana, 1975; Premio Internacional Fernando Rielo, por traducción de El Ecuador y los Polos, poemas de Marin Sorescu, Madrid, 1983; Beca de Creación de la Fundación Guggenheim, 1983; Premio Municipal de Arte, Concepción, 1992; Diploma de reconocimiento como Director de la Revista TRILCE; Universidad Mayor, Santiago, febrero de 1999; Medalla Mihai Eminescu, Rumanía, 2001 (la más alta condecoración cultural para extranjeros que concede el gobierno rumano); Medalla Presidencial Centenario Pablo Neruda, 2004; Premio Regional de Artes Literarias &#8220;Baldomero Lillo&#8221;. Concepción, 2004; Premio de la Sociedad de Escritores de Chile como Director de la Revista Trilce, 2006; Primer Premio Concurso Nacional de Poesía Fernando Santiván. Valdivia, 2007; Premio Casa de América de Poesía Americana. Madrid, 2007 y Premio Internacional de Poesía/Trieste. Italia, 2007; 2008: Hijo Ilustre de Nueva Imperial.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Omar Lara ha traducido del rumano al español</strong>: Poesía popular tradicional rumana (en col. Con Victor Ivanovici), Ed. Minerva, Bucarest, 1979; Poemas de Mihai Eminescu, Ed. Minerva, Bucarest, 1980; Poemas de Alexandru Macedonski, Ed. Minerva, Bucarest 1980; La estación discreta, poemas de Stefan Agustin Doinas, Ed. Eminescu, Bucarest, 1980; El cielo azul de la muerte, relatos de Marin Preda, Ed. Cartea Romaneasca, Bucarest, 1981; Juego Segundo, poemas de Ion Barbu (en col. Con Victor Ivanovici), Ed. Minerva, Bucarest, 1981; Las Bodas Efimeras, poemas de Mariana Banus. Ed. Eminescu, Bucarest, 1980; La juventud de Don Quijote, poemas de Marin Sorescu, ed. Visor, Madrid, 1982; Poemas de Mihai Cantuniari. Ed. Revista Harahui, Lima, 1982; Orion, poemas de Geo Bogza. Ed. Minerva, Bucarest, 1982; Estado de Sitio, poemas de Dinu Flamand. Ed. Literatura Americana Reunida, Madrid, 1983; El Ecuador y Los Polos, poemas de Marin Sorescu. Hiperion, Madrid, 1983; La Estación Discreta, poemas de Stefan A. Doinas. Ed. Cuadernos Lar. Concepción 1985; Poemas, de Lucian Blaga. Ed. Tiempo. Concepción, 1991; El Lucero y otros poemas, de Mihai Eminescu, Ed. Tiempo, Concepción, 1994; Seis Poetas Rumanos, Ed. Pluma y Pincel, Santiago, 1993; Alma para todo servicio, poemas de Marin Sorescu, Ed. Lar, Concepción, 1994; Poemas, de Mihai Eminescu, Ed. LAR, Concepción, 1995; La sonrisa de Hiroshima, poemas de Eugen Jebeleanu, Ed. U. De Concepción, 1995 y Tesoros, poemas de Aurel Rau. Ed.Limes, Cluj-Napoca (Rumanía), 2005; El Centinela de la Galaxia, poemas de Marin Sorescu. Ed. Universidad Autónoma de México (2007).</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Poemas de José Vicente Anaya</title>
		<link>http://circulodepoesia.com/nueva/2010/08/poemas-de-jose-vicente-anaya-2/</link>
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		<pubDate>Fri, 27 Aug 2010 13:47:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Citatorios y Miscelánea]]></category>
		<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[José Vicente Anaya]]></category>
		<category><![CDATA[Poetas de la generación de los 40]]></category>

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		<description><![CDATA[

Presentamos a continuación algunos poemas de José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chih., 1947) en un tono diferente al de sus poemarios clásicos &#8220;Híkuri&#8221; y &#8220;Peregrino&#8221;. Nieto de un guerrillero villista, José Vicente Anaya ha escrito una poesía distinta, a contracorriente de las líneas tradicionales en México, una poesía plena de vitalidad.

 
 
Los ángeles lanzan
un autobús de muertos
sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;"><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/02/José-Vicente-Anaya.jpg"></a></p>
<p style="text-align: justify;"><img title="José Vicente Anaya" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/04/José-Vicente-Anaya.jpg" alt="José Vicente Anaya" width="600" height="261" /></p>
<p style="text-align: justify;">Presentamos a continuación algunos poemas de José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chih., 1947) en un tono diferente al de sus poemarios clásicos &#8220;Híkuri&#8221; y &#8220;Peregrino&#8221;. Nieto de un guerrillero villista, José Vicente Anaya ha escrito una poesía distinta, a contracorriente de las líneas tradicionales en México, una poesía plena de vitalidad.</p>
<p><span id="more-9856"></span></p>
<p> </p>
<p align="right"> </p>
<p align="right"><em>Los ángeles lanzan</em></p>
<p align="right"><em>un autobús de muertos</em></p>
<p align="right"><em>sobre estos poemas</em></p>
<p align="right"> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>MORGUE No.1</strong></p>
<p> </p>
<p>Empiezo a dormir sobre el aliento</p>
<p>que dejó mi muerte / no puedo soñar.</p>
<p>D  e  a  m  b  u  l  o</p>
<p>entre cavernas</p>
<p>que se toman por calles. Salgo</p>
<p>del alarido secreto de otros gritos y</p>
<p>vuelvo a ser el vagabundo perdido,</p>
<p>con huesos tan triturados</p>
<p>que se confunden con cocaína&#8230; ¿Qué me sostiene?</p>
<p>Quiero salir,</p>
<p>y en mi cuerpo caigo</p>
<p>a recorrer</p>
<p>este desgano oculto de la noche. ¿A quién busco?</p>
<p>Todos están dormidos. Si fuera verano</p>
<p>y el ambiente de la ciudad menos corrupto,</p>
<p>algunos grillos</p>
<p>me cambiarían el tono de la angustia. He</p>
<p>brincado</p>
<p>límites,</p>
<p>pero me engaño</p>
<p>porque termino en el lugar del salto. Ahora</p>
<p>el trecho</p>
<p>está creciendo</p>
<p>en reversa</p>
<p>de los obstáculos pasados; y</p>
<p>sólo me queda el recurso de las transgresiones,</p>
<p>o quedo anclado. ¿Dónde meterme?</p>
<p>Dicen que en otras ciudades hay</p>
<p>cafeterías, cines, bares, para los desvelados&#8230;</p>
<p> </p>
<p>He salido a revolcar la voz. Con cada paso</p>
<p>ascienden las cenizas</p>
<p>de los incinerados. La garganta</p>
<p>no puede con otro ritmo</p>
<p>que esté alejado</p>
<p>de los acordes con que responde el piso</p>
<p>en cada huella. La noche</p>
<p>está empeorando,</p>
<p>con esta canción</p>
<p>que se introduce</p>
<p>a envenenar las venas, como</p>
<p>si otro alguien, que soy yo,</p>
<p>se hubiera metido en mí</p>
<p>para usurparme</p>
<p>las ganas de vivir&#8230; y</p>
<p>en esta pena</p>
<p>me preparo un escándalo mayor</p>
<p>que sufriré más tarde.</p>
<p>Pero insisto en caminar,</p>
<p>y me voy</p>
<p>disputándole al pánico</p>
<p>mi suerte.</p>
<p> </p>
<p>Me voy parpadeando</p>
<p>la oscuridad. Apretado</p>
<p>en la incertidumbre</p>
<p>de que me toque amanecer. Los pajarracos</p>
<p>grises</p>
<p>que anidan los techos</p>
<p>ni siquiera saben recibir al día&#8230; no hay</p>
<p>petirrojos, gorriones, canarios, alondras ni</p>
<p>cardenales, y</p>
<p>las palomas pasan con plumajes sucios&#8230;</p>
<p>Sin embargo amanece, y</p>
<p>la señal</p>
<p>es ese pitido de la fábrica</p>
<p>que saca su chimenea</p>
<p>sobre las casas. El humo</p>
<p>se levanta</p>
<p>burlándose con sus tonos de negro: adentro</p>
<p>están los hombres</p>
<p>moliéndose la vida&#8230; Afuera</p>
<p>el sol nos pinta la bóveda con rojos</p>
<p>mirados</p>
<p>tras una tela opaca&#8230; Sigo caminando</p>
<p>hasta</p>
<p>que no obedece el pie</p>
<p>a las intenciones. Me canso. Llego</p>
<p>a donde los edificios</p>
<p>se fueron agrandando, y</p>
<p>esta urbe</p>
<p>impostora</p>
<p>se viste de metrópoli. Hay que pasar</p>
<p>por su centro</p>
<p>palpitante</p>
<p>de pordioseros, pegados</p>
<p>a las puertas</p>
<p>de la abundancia financiera, moscas</p>
<p>enloquecidas</p>
<p>en los muladares</p>
<p>donde nada encuentran&#8230; Los</p>
<p>alcohólicos lumpen</p>
<p>desvariando</p>
<p>recuerdos, ilusiones</p>
<p>con que abandonan</p>
<p>la realidad encrudecida: una mujer</p>
<p>huesuda</p>
<p>de costras negras en la piel,</p>
<p>con larga vieja capa</p>
<p>de terciopelo negro,</p>
<p>pasea</p>
<p>majestuosa</p>
<p>como viniendo de la Corte</p>
<p>del Reino de Castilla /</p>
<p>Otro mundo dentro de este mundo:</p>
<p> </p>
<p>Y puedes percatarte</p>
<p>de que la lepra no fue una maldad</p>
<p>quedada en el Medioevo:</p>
<p>en la banqueta</p>
<p>se sienta una anciana</p>
<p>que muestra una pierna de madera</p>
<p>y la otra vendada con medio pie comido&#8230;</p>
<p> </p>
<p>Este mundo</p>
<p>metido en este mundo.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>CONVERSACIÓN CON ARMANDO PEREIRA</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p> </p>
<p>Hazme una leyenda, amigo,</p>
<p>como tú quieras.</p>
<p>Al cabo no adiestro mi cuerpo</p>
<p>para ninguna posteridad.</p>
<p>Ya ves, Virgilio murió de cáncer</p>
<p>a los 30 años</p>
<p>de andar arrancando</p>
<p>asperezas de la vida, cuando lo supe</p>
<p>pasaron mis 28</p>
<p>rompiendo la barrera del sonido:</p>
<p>se volcaron las pústulas</p>
<p>de algunos de mis órganos.</p>
<p>Ahora entiendo</p>
<p>que yo me acabaré más pronto</p>
<p>quel licor desta cantina legendaria,</p>
<p>más pronto que toda la droga</p>
<p>que le entregó su paranoia</p>
<p>(de amputación en manicomio)</p>
<p>a Fernando,</p>
<p>de quien nadie leerá</p>
<p>los poemas</p>
<p>que lo metieron por ventanas</p>
<p>de soledad eterna.</p>
<p> </p>
<p>En esta noche,</p>
<p>mis neuronas alcoholizadas</p>
<p>brincan</p>
<p>en vez de mi dolor,</p>
<p>que apaciguado,</p>
<p>me muerde detrás de una sonrisa&#8230;</p>
<p> </p>
<p>Hazme una leyenda, qué importa.</p>
<p>La vida ya no puede alcanzarme,</p>
<p>como a James Dean,</p>
<p>aunque tenga 100 años</p>
<p>de existencia&#8230;</p>
<p> </p>
<p><strong>(de “Morgue”, 1980)</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>EPIGRAMAS VENENO</strong></p>
<p> </p>
<p>I</p>
<p> </p>
<p>¿Esperas que te dedique</p>
<p>mis epigramas, nuevo César?</p>
<p>Te los doy a beber.</p>
<p>Los hago con veneno.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>II</p>
<p> </p>
<p>Los poetas mediocres</p>
<p>responden a Huidobro:</p>
<p>“No pudimos hacer que</p>
<p>florecieran en el poema</p>
<p>…y ahora la usamos</p>
<p>prendida en el ojal”.</p>
<p> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Sin olvidar al amor</strong></p>
<p> </p>
<p>VII</p>
<p> </p>
<p>Caminando contigo la ciudad es nueva:</p>
<p>A nuestro paso las calles se van construyendo.</p>
<p>Los edificios adquieren formas que</p>
<p>los arquitectos jamás han pensado. Y</p>
<p>es verdad. Es cierta esta locura de</p>
<p>reconstruir el mundo, porque dos enamorados</p>
<p>no merecemos estas calles grises.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Golpes de desamor</strong></p>
<p> </p>
<p>X</p>
<p> </p>
<p>Este polvo que rodea mi osamenta</p>
<p>fue mi carne</p>
<p>en aquél tiempo</p>
<p>cuando aún no anochecíamos.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>XI</p>
<p> </p>
<p>No sé por qué perdimos ese amor que nos</p>
<p>asombraba tanto. Los dos somos hijos de</p>
<p>la misma época desquiciada. Yo soy, sí,</p>
<p>uno de los peores… ¡y tú me ganas!&#8230;</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Tiempo suspendido</strong></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>XIV</p>
<p>Autocrítica:</p>
<p> </p>
<p>Me observo en el espejo</p>
<p>y trato de encontrar a otro hombre</p>
<p>que no soy yo, que no puedo serlo;</p>
<p>el que fui y el  que pude ser;</p>
<p>el poeta ramplón y  el poeta maldito.</p>
<p>Pero me observo más</p>
<p>y tampoco soy un Dios</p>
<p>ni un hombre de trueno,</p>
<p>ni un héroe de aventuras irreales.</p>
<p>Soy este hombre que llora</p>
<p>sin que las lágrimas afloren,</p>
<p>pero que lucha</p>
<p>para que el llanto</p>
<p>no pierda el motivo de la vida.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Venenos para descansar</strong></p>
<p> </p>
<p>XVIII</p>
<p> </p>
<p>Me saqué los ojos, como Edipo,</p>
<p>y los hijos de la chingada</p>
<p>esperan que sea cierto…</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p>XIX</p>
<p> </p>
<p>El único poder trascendente</p>
<p>lo tienen los gusanos</p>
<p>devorando cadáveres</p>
<p>a través de los siglos</p>
<p>y los siglos. Amén.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>(de “Epigramas veneno”, inédito)</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Datos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">José Vicente Anaya<strong> </strong>(Villa Coronado, Chihuahua, 1947). Poeta, ensayista, traductor y periodista cultural. Ha publicado más de 20 libros, entre ellos: <em>Avándaro</em> (1971), <em>Los valles solitarios nemorosos</em> (1976), <em>Morgue</em> (1981), <em>Punto negro</em> (1981), <em>Largueza del cuento corto chino</em> (7 ediciones), <em>Híkuri </em>(4 ediciones), <em>Poetas en la noche del mundo</em> (1977), <em>Breve destello intenso. El haiku clásico del Japón</em> (1992), <em>Los poetas que cayeron del cielo. La generación beat comentada y en su propia voz</em> (3 ediciones), <em>Peregrino</em> (2002 y 2007), entre otros. Ha traducido libros (publicados) de Henry Miller, Allen Ginsberg, Marge Piercy, Gregory Corso, Carl Sandburg y Jim Morrison. Ha traducido a más de 30 poetas de los Estados Unidos. Ha recibido varios premios por su obra poética. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores CONACULTA-FONCA. Formó parte de la Sociedad de Escritores de México y Japón (SEMEJA). En 1977, funda <em>alforja REVISTA DE POESÍA. </em>Desde 1995 ha impartido seminarios-talleres de poesía en diferentes ciudades de México. Ha asistido a encuentros internacionales de poesía y dado conferencias en varios países como Italia, Estados Unidos, Colombia y Costa Rica.</p>
<p style="text-align: justify;"><a href="http://josevicente.infrarrealismo.com/">http://josevicente.infrarrealismo.com/</a></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Arte Poética No. 17: Juan Gelman</title>
		<link>http://circulodepoesia.com/nueva/2010/08/arte-poetica-no-17-juan-gelman/</link>
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		<pubDate>Wed, 25 Aug 2010 04:12:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Arte Poética]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Gelman]]></category>

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		<description><![CDATA[
En esta nueva entrega de Arte Poética, Mario Meléndez nos ofrece una mirada al trabajo de Juan Gelman (Argentina, 1930). Ha recibido distinciones como el Premio Nacional de Poesía en Argentina (1997), el premio Juan Rulfo (2000),  el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2004), los premios Iberoamericano Pablo Neruda y Reina Sofía de Poesía (2005) [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Juan-Gelman.jpg"><img title="Juan Gelman" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Juan-Gelman.jpg" alt="Juan Gelman" width="610" height="265" /></a></p>
<p style="text-align: justify;">En esta nueva entrega de Arte Poética, Mario Meléndez nos ofrece una mirada al trabajo de Juan Gelman (Argentina, 1930). Ha recibido distinciones como el <em>Premio Nacional de Poesía</em><em> </em>en Argentina (1997), el premio <em>Juan Rulfo</em> (2000),  el<em> </em><em>Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2004),</em><em> </em>los premios<em> </em><em>Iberoamericano Pablo Neruda</em><em> </em>y <em>Reina Sofía de Poesía</em><em> </em>(2005) y finalmente el Premio Cervantes (2007).</p>
<p><span id="more-9850"></span></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>JUAN GELMAN</strong></p>
<p align="center">(Argentina, 1930)</p>
<p align="center"> </p>
<p align="center"> </p>
<p align="right"><em>Sólo la esperanza tiene las rodillas nítidas.</em></p>
<p align="right"><em>Sangran.</em></p>
<p align="right"><em> </em></p>
<p align="right"><em> </em></p>
<h1> </h1>
<h1> </h1>
<p style="text-align: center;"><strong>PRESENCIA DEL OTOÑO</strong></p>
<p> </p>
<p>Debí decir te amo.<br />
Pero estaba el otoño haciendo señas,<br />
clavándome sus puertas en el alma.</p>
<p>Amada, tú, recíbelo.<br />
Vete por él, transporta tu dulzura<br />
por su dulzura madre.<br />
Vete por él, por él, otoño duro,<br />
otoño suave en quien reclino mi aire.</p>
<p>Vete por él, amada.<br />
No soy yo él que te ama este minuto.<br />
Es él en mí, su invento.<br />
Un lento asesinato de ternura.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>PREGUNTAS</strong></p>
<p> </p>
<p>Ya que navegas por mi sangre<br />
y conoces mis límites,<br />
y me despiertas en la mitad del día<br />
para acostarme en tu recuerdo<br />
y eres furia de mi paciencia para mí,<br />
dime qué diablos hago,<br />
por qué te necesito,<br />
quién eres, muda, sola, recorriéndome,<br />
razón de mi pasión,<br />
por qué quiero llenarte solamente de mí,<br />
y abarcarte, acabarte,<br />
mezclarme en tus cabellos<br />
y eres única patria<br />
contra las bestias del olvido.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<h1> </h1>
<p style="text-align: center;"><strong>FÁBRICAS DEL AMOR</strong></p>
<p> </p>
<p>Y construí tu rostro.<br />
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro<br />
en los lejanos patios de la infancia.<br />
Albañil con vergüenza,<br />
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,<br />
para darte la voz,<br />
para poner dulzura en tu saliva.<br />
Cuántas veces temblé<br />
apenas si cubierto por la luz del verano<br />
mientras te describía por mi sangre.<br />
Pura mía,<br />
estás hecha de cuántas estaciones<br />
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.<br />
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.<br />
Qué infinito de besos contra la soledad<br />
hunde tus pasos en el polvo.<br />
Yo te oficié, te recité por los caminos,<br />
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,<br />
te hice un sitio en mi lecho,<br />
te amé, estela invisible, noche a noche.<br />
Así fue que cantaron los silencios.<br />
Años y años trabajé para hacerte<br />
antes de oír un solo sonido de tu alma.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p style="text-align: center;"><strong>LO QUE PASA</strong></p>
<p> </p>
<p>Yo te entregué mi sangre, mis sonidos,<br />
mis manos, mi cabeza,<br />
y lo que es más, mi soledad, la gran señora,<br />
como un día de mayo dulcísimo de otoño,<br />
y lo que es más aún, todo mi olvido<br />
para que lo deshagas y dures en la noche,<br />
en la tormenta, en la desgracia,<br />
y más aún, te di mi muerte,<br />
veré subir tu rostro entre el oleaje de las sombras,<br />
y aún no puedo abarcarte, sigues creciendo<br />
como un fuego,<br />
y me destruyes, me construyes, eres oscura como la luz.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<h1> </h1>
<p style="text-align: center;"><strong>ESE GRAN SIMULACRO</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong> </strong></p>
<p>Cada vez que nos dan clases de<br />
amnesia<br />
como si nunca hubieran existido<br />
los combustibles ojos del alma<br />
o los labios de la pena huérfana<br />
cada vez que nos dan clases de<br />
amnesia<br />
y nos conminan a borrar<br />
la ebriedad del sufrimiento<br />
me convenzo de que mi región<br />
no es la farándula de otros</p>
<p>en mi región hay calvarios de<br />
ausencia<br />
muñones de porvenir / arrabales<br />
de duelo<br />
pero también candores de<br />
mosqueta<br />
pianos que arrancan lágrimas<br />
cadáveres que miran aún desde<br />
sus huertos<br />
nostalgias inmóviles en un pozo<br />
de otoño<br />
sentimientos insoportablemente<br />
actuales<br />
que se niegan a morir allá en lo<br />
oscuro</p>
<p>el olvido está lleno de memoria<br />
que a veces no caben las<br />
remembranzas<br />
y hay que tirar rencores por la<br />
borda<br />
en el fondo el olvido es un gran<br />
simulacro<br />
nadie sabe ni puede / aunque<br />
quiera / olvidar<br />
un gran simulacro repleto de<br />
fantasmas<br />
esos romeros que peregrinan por<br />
el olvido<br />
como si fuese el camino de<br />
santiago</p>
<p>el día o la noche en que el olvido<br />
estalle<br />
salte en pedazos o crepite /<br />
los recuerdos atroces y de<br />
maravilla<br />
quebrarán los barrotes de fuego<br />
arrastrarán por fin la verdad por<br />
el mundo<br />
y esa verdad será que no hay<br />
olvido</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>ORACIÓN DE UN DESOCUPADO</strong></p>
<p> </p>
<p>Padre,<br />
desde los cielos bájate, he olvidado<br />
las oraciones que me enseñó la abuela,<br />
pobrecita, ella reposa ahora,<br />
no tiene que lavar, limpiar, no tiene<br />
que preocuparse andando el día por la ropa,<br />
no tiene que velar la noche, pena y pena,<br />
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.</p>
<p>Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,<br />
que me muero de hambre en esta esquina,<br />
que no sé de qué sirve haber nacido,<br />
que me miro las manos rechazadas,<br />
que no hay trabajo, no hay,<br />
bájate un poco, contempla<br />
esto que soy, este zapato roto,<br />
esta angustia, este estómago vacío,<br />
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre<br />
cavándome la carne,<br />
este dormir así,<br />
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido<br />
te digo que no entiendo, Padre, bájate,<br />
tócame el alma, mírame<br />
el corazón,<br />
yo no robé, no asesiné, fui niño<br />
y en cambio me golpean y golpean,<br />
te digo que no entiendo, Padre, bájate,<br />
si estás, que busco<br />
resignación en mí y no tengo y voy<br />
a agarrarme la rabia y a afilarla<br />
para pegar y voy<br />
a gritar a sangre en cuello<br />
por que no puedo más, tengo riñones<br />
y soy un hombre,<br />
bájate, qué han hecho<br />
de tu criatura, Padre?<br />
un animal furioso<br />
que mastica la piedra de la calle?</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>EL JUEGO EN EL QUE ANDAMOS</strong></p>
<p> </p>
<p>Si me dieran a elegir, yo elegiría<br />
esta salud de saber que estamos muy enfermos,<br />
esta dicha de andar tan infelices.</p>
<p>Si me dieran a elegir, yo elegiría<br />
esta inocencia de no ser un inocente,<br />
esta pureza en que ando por impuro.</p>
<p>Si me dieran a elegir, yo elegiría<br />
este amor con que odio,<br />
esta esperanza que come panes desesperados.</p>
<p>Aquí pasa, señores,<br />
que me juego la muerte.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>MI BUENOS AIRES QUERIDO</strong></p>
<p> </p>
<p>Sentado al borde de una silla desfondada,<br />
mareado, enfermo, casi vivo,<br />
escribo versos previamente llorados<br />
por la ciudad donde nací.</p>
<p>Hay que atraparlos, también aquí<br />
nacieron hijos dulces míos,<br />
que entre tanto castigo te endulzan bellamente.<br />
Hay que aprender a resistir.</p>
<p>Ni a irse ni a quedarse,<br />
a resistir,<br />
aunque es seguro<br />
que habrá más penas y olvido.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>OPINIONES</strong></p>
<p> </p>
<p>Un hombre deseaba violentamente a una mujer,<br />
a unas cuantas personas no les parecía bien,<br />
un hombre deseaba locamente volar,<br />
a unas cuantas personas les parecía mal,<br />
un hombre deseaba ardientemente la Revolución<br />
y contra la opinión de la gendarmería<br />
trepó sobre muros secos de lo debido,<br />
abrió el pecho y sacándose<br />
los alrededores de su corazón,<br />
agitaba violentamente a una mujer,<br />
volaba locamente por el techo del mundo<br />
y los pueblos ardían, las banderas.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center">
<div style="text-align: center;"><strong>UNA MUJER Y UN HOMBRE</strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<div style="text-align: justify;">Una mujer y un hombre llevados por la vida,<br />
una mujer y un hombre cara a cara<br />
habitan en la noche, desbordan por sus manos,<br />
se oyen subir libres en la sombra,<br />
sus cabezas descansan en una bella infancia<br />
que ellos crearon juntos, en plena de sol, de luz,<br />
una mujer y un hombre arados por sus labios<br />
llenan la noche lenta con toda su memoria,<br />
una mujer y un hombre más bellos en el otro<br />
ocupan su lugar en la tierra.</div>
<div><strong> </strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<p><strong> </p>
<p></strong></p>
<p align="center"> </p>
<p align="center"><strong>GOTÁN</strong></p>
<p> </p>
<p>Esa mujer se parecía a la palabra nunca,</p>
<p>desde la nuca le subía un encanto particular,</p>
<p>una especie de olvido donde guardar los ojos,</p>
<p>esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo.</p>
<p> </p>
<p>Atención, atención, yo gritaba atención</p>
<p>pero ella invadía como el amor, como la noche,</p>
<p>las últimas señales que hice para el otoño</p>
<p>se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos.</p>
<p> </p>
<p>Dentro de mí estallaron ruidos secos,</p>
<p>caían a pedazos la furia, la tristeza,</p>
<p>la señora llovía dulcemente</p>
<p>sobre mis huesos parados en la soledad.</p>
<p> </p>
<p>Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,</p>
<p>con un cuchillo brusco me maté</p>
<p>voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,</p>
<p>él moverá mi boca por la última vez.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>HÉROES</strong></p>
<p> </p>
<p>Los soles solan y los mares maran</p>
<p>los farmacéuticos especifican</p>
<p>dictan bellas recetas para el pasmo</p>
<p>se desayunan en su gran centímetro</p>
<p> </p>
<p>a mí me toca gelmanear</p>
<p>hemos perdido el miedo al gran caballo</p>
<p>nos acontecen hachas sucesivas</p>
<p>y se amanece siempre en los testículos</p>
<p> </p>
<p>no poca cosa es que ello suceda</p>
<p>vista la malbaraja del amor estos días</p>
<p>los mazos de catástrofes las deudas</p>
<p>amados sean los que odian</p>
<p> </p>
<p>hijos que comen por mis hígados</p>
<p>y su desgracia y gracia es no ser ciegos</p>
<p>la gran madre caballa</p>
<p>el gran padre caballo</p>
<p>el mundo es un caballo</p>
<p>a gelmanear a gelmanear les digo</p>
<p>a conocer a los más bellos</p>
<p>los que vencieron con su gran derrota</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>OFELIA</strong></p>
<p> </p>
<p>Esta ofelia no es <em>la prisionera de su propia voluntad</em></p>
<p>ella sigue a su cuerpo</p>
<p>espléndido como un golpe de vino en medio</p>
<p>                                    [de los hombres</p>
<p>su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de</p>
<p>                                    [Italia pasa por buenos aires</p>
<p>ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades</p>
<p>                                    [y ciudades de besos</p>
<p>hermosas libres con su sombra a repartir</p>
<p>                                    [con los amantes mundiales</p>
<p>ofelia por tus pechos pasa como un temblor</p>
<p>         [de caballadas a medianoche por Florencia</p>
<p>tus pechos altos duros come il palazzo vecchio</p>
<p>una tarde iba yo por Florencia rodeado</p>
<p>                                    [de tus pechos sin saberlo</p>
<p>era igual la delicia la turbación el miedo</p>
<p>las sombras empezaban a andar por las callejas</p>
<p>                                    [con un olor desconocido</p>
<p>algo como tus pechos después de haber amado</p>
<p>eras oscura ofelia para entonces y enormemente triste</p>
<p>una adivinación una catástrofe</p>
<p>un oleaje de olvido después de la ternura</p>
<p>una especie de culpa sin castigo</p>
<p>de furia en paz con su gran guerra</p>
<p>andabas por Florencia con tus pechos yendo y</p>
<p>                                    [viniendo por las sombras</p>
<p>con saudade de mí seguramente</p>
<p>tu hombro izquierdo digamos</p>
<p>lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas</p>
<p>         [en el crepúsculo y ellas venían a mi sangre</p>
<p>o eran un temblor como un presagio</p>
<p>gracias te sean dadas ojos míos</p>
<p>gracias narices muchas gracias oídos</p>
<p>                  [con que escucho los ruidos de la ofelia</p>
<p>antes apenas era una ciudad de Italia</p>
<p>sus tiros me llenaban de otra desgracia el corazón.</p>
<p> </p>
<p align="center"> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>NIÑOS</strong></p>
<p> </p>
<p>un niño hunde la mano en su fiebre y saca</p>
<p>         [astros que tira al aire / y ninguno ve /</p>
<p>yo tampoco los veo /</p>
<p>yo sólo veo un niño con fiebre que tiene</p>
<p>         [los ojos cerrados y ve /</p>
<p> </p>
<p>animalitos que pasan por el cielo  /</p>
<p>                           [pacen en su temblor /</p>
<p>yo no veo esos animalitos /</p>
<p>yo veo al niño que ve animalitos /</p>
<p>y me pregunto por qué esto pasa hoy /</p>
<p>¿pasaría otra cosa ayer? / ¿se sacaría</p>
<p>                  [el niño mucha pena</p>
<p>del alma ayer? / yo sólo sé que el niño</p>
<p>                           [tiene fiebre /</p>
<p>tiene el alma cerrada y la hunde</p>
<p>en las cenizas que dejará porque ardió /</p>
<p>pero ¿es así? / ¿hunde su alma</p>
<p>         [en las cenizas de sí / un árbol</p>
<p>mira detrás de la ventana al sol /</p>
<p>hay sol /</p>
<p>detrás de la ventana hay un árbol en la calle /</p>
<p>ahora por la calle pasa un niño con</p>
<p>    [una mano en el bolsillo del pantalón /</p>
<p> </p>
<p>está contento y saca la mano del bolsillo /</p>
<p>abre la mano y suelta fiebres que ninguno ve /</p>
<p>yo tampoco las veo /</p>
<p>yo sólo veo su palma abierta a la luz /</p>
<p>y él / ¿qué ve? /</p>
<p>¿ve bueyes que tiran del sol? /</p>
<p>yo no sé nada /</p>
<p>no sé qué ve el niño de la mano en el pantalón /</p>
<p>ni el niño que tiene fiebre y ve los huesos</p>
<p>                                             [del atlántico</p>
<p>y los huesos de todos los mares revueltos</p>
<p>                                             [en su corazón /</p>
<p>yo no veo nada / no sé nada /</p>
<p>ni sé en qué día nací /</p>
<p>conozco la fecha pero no el día en que nací /</p>
<p>¿o ese día es este día en que muero</p>
<p>                                    [por enésima vez? /</p>
<p>¿es este día en que todos los que han muerto</p>
<p>se vuelven a morir conmigo? / ¿o yo con ellos? /</p>
<p>¿en esta luz dulcísima y abierta? /</p>
<p>¿y qué hace el niño con esta luz en su palma? /</p>
<p>¿mientras todos trabajan para hacer dinero</p>
<p>                                    [fuera de esta luz? /</p>
<p>¿encerrados afuera de esta luz que es imposible</p>
<p>                           [mirar sin una luz adentro? /</p>
<p>¿sin un amor con pena adentro? /</p>
<p>ahora pasan las cartas que nunca me escribiste /</p>
<p>hijo / vos / que tanto nacés de esta luz /</p>
<p>tus cartas tienen fiebres de las que no sé nada /</p>
<p>y nunca sabré nada /</p>
<p>parecen pajaritos que vuelan con su serenidad /</p>
<p>astros que tiraste al aire y ninguno ve /</p>
<p>yo no los veo ni los ve mi dolor inseguro /</p>
<p>pensabas en una vida más limpia que ésta /</p>
<p>una vida que se podía lavar /</p>
<p>tender al sol de tu bondad /</p>
<p>una vida llena de rostros como viajes /</p>
<p>¿dónde están esos rostros / esos viajes? /</p>
<p>la vida está desnuda como un mar sin orillas /</p>
<p>y no puedo volver la vida atrás /</p>
<p>llevarla hasta tu cuna /</p>
<p>ni llevarla adelante /</p>
<p>yo soy menos real que la mesa donde como /</p>
<p>yo como para ser real como el árbol</p>
<p>                           [detrás de la ventana /</p>
<p>ahora un niño se le paró al lado /</p>
<p>saca la mano del bolsillo del pantalón /</p>
<p>abre su palma a la luz</p>
<p>y piensa que la muerte es la muerte</p>
<p>y no más que eso /</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ARTE POÉTICA</strong></p>
<p> </p>
<p>Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,</p>
<p>como un amo implacable</p>
<p>me obliga a trabajar de día, de noche,</p>
<p>con dolor, con amor,</p>
<p>bajo la lluvia, en la catástrofe,</p>
<p>cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,</p>
<p>cuando la enfermedad hunde las manos.</p>
<p>A este oficio me obligan los dolores ajenos,</p>
<p>las lágrimas, los pañuelos saludadores,</p>
<p>las promesas en medio del otoño o del fuego,</p>
<p>los besos del encuentro, los besos del adiós,</p>
<p>todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.</p>
<p> </p>
<p>Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,</p>
<p>rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>ALLÍ</strong></p>
<p> </p>
<p>Nadie te enseña a ser vaca.</p>
<p>Nadie te enseña a volar en el espanto.</p>
<p>Mataron y mataron compañeros y</p>
<p>nadie te enseña a hacerlos de nuevo. ¿Hay</p>
<p>que romper la memoria para</p>
<p>que se vacíe? Miro</p>
<p>navegar rostros en mi sangre y me digo</p>
<p>que no murieron aún.</p>
<p>Pero mueren aún.</p>
<p>¿Qué hago mirando cada rostro?</p>
<p>¿Muero en ellos cada vez?</p>
<p>En alguna telita del futuro habrán escrito</p>
<p>sus nombres. Pero</p>
<p>la verdad es que están muertos,</p>
<p>Alzan sueños sin método contra</p>
<p>la vida chiquita.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>¿CÓMO?</strong></p>
<p> </p>
<p>¿Cómo sabe Andrea que la poesía no tiene cuerpo,</p>
<p>         no tiene corazón y</p>
<p>en su hálito de niña pasa o puede pasar</p>
<p>y habla de lo que siempre no habla?</p>
<p>En la boca cuaja el mundo y a la luz</p>
<p>de pasados que Andrea ignora para nunca,</p>
<p>su memoria es una casa nueva donde</p>
<p>otros rostros vivirán</p>
<p>y otros amaneceres, otros llantos.</p>
<p>Mejor así.</p>
<p>Todo lo que se hunde ahora, este tiempo que se</p>
<p>         disuelve,</p>
<p>serán para ella páginas amarillentas olvidables.</p>
<p>Un día sabrá que existieron como ella misma,</p>
<p>entre lo imaginado y lo real.</p>
<p>¡Ah, vida, qué mañana</p>
<p>cuando termines de escribir!</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>CERTEZAS</strong></p>
<p> </p>
<p>A ver cómo es.</p>
<p>Estaba quieta la inquietud por una vez.</p>
<p>La desazón en sazón y</p>
<p>¡cómo se parecía el mundo a Gerarda</p>
<p>envuelta en sensaciones de encaje!</p>
<p>Las palabras chocan contra la tarde y no la</p>
<p>         descomponen y</p>
<p>la furia no me deja solo conmigo.</p>
<p>Hay mucha sombra militar que no me deja solo en la</p>
<p>         esquina</p>
<p>donde Gerarda y yo decíamos “te soy” para decir</p>
<p>“me voy”, en vos, que te fuiste a vivir con los muertos.</p>
<p>¿Eso se hace?</p>
<p>La primavera vive sin pensar</p>
<p>pero yo no soy la primavera,</p>
<p>cuento huesos y sangre que vendrá.</p>
<p>También nosotros soñamos sobre sangre que vendrá.</p>
<p>En el revés del mundo crece el cosmos</p>
<p>y Gerarda está allí</p>
<p>donde nuestro dolor será nada.</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA MUCHACHA DEL BALCÓN</strong></p>
<p>La tarde bajaba por esa calle junto al puerto<br />
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,<br />
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,<br />
Nunca es mayor su harapienta melancolía<br />
Ni andan más tristes de paredes,<br />
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,<br />
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,<br />
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,<br />
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,<br />
                                                                carnal,<br />
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,<br />
arden con una especie de niñez<br />
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.</p>
<p>Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer<br />
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,<br />
El silencio de los desconocidos<br />
Era un oleaje en medio de la calle<br />
Con rodillas y rostros de ternura chocando<br />
Contra el &#8220;New Inn&#8221;, las puertas, los umbrales de color abandono.</p>
<p>Hasta que la muchacha se asomó al balcón<br />
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha<br />
donde todos creyeron haberla amado alguna vez<br />
antes de que viniera el olvido.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LA RUEDA<br />
</strong></p>
<p>El arco o puente que va<br />
de tu mano a la mía cuando<br />
no se tocan, abre<br />
una flor intermedia.<br />
¿Qué toca, qué retoca, qué trastoca<br />
ese vacío de las manos<br />
solas en su fatiga?<br />
Nace una flor, sí,<br />
se agosta en mayo como una<br />
equivocación de la lengua<br />
que se equivoca, sí.<br />
¿Por qué este horror?<br />
En la página de nosotros mismos<br />
tu cuerpo escribe.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>CAMAS</strong></p>
<p> </p>
<p>Añoro la ternura</p>
<p>inexplicable de las calles de Lisboa</p>
<p>y el sol, ese sol, y el Tajo o río</p>
<p>que habla con la ciudad.</p>
<p>El mundo está nublado menos allí,</p>
<p>donde se adensa la tristeza del mundo.</p>
<p>¿Tanta luz sirve para recordar</p>
<p>las condiciones miserables?</p>
<p>¿Uno se abriga del sol metiéndose</p>
<p>en el cansancio de sí?</p>
<p>Aislar la luz es no estar despierto</p>
<p>sino en lo que no fue</p>
<p>y no sé qué soy para mí,</p>
<p>o un animal que busca lo encontrado.</p>
<p>Me cansa la muerte, que no tiene nada dentro.</p>
<p>Hablo a corazón quitado.</p>
<p>Las camas son para otro amor.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>EL PÁJARO SE DESAMPARA EN SU VUELO</strong></p>
<p>el pájaro se desampara en su<br />
vuelo/quiere olvidar las alas/<br />
subir de la nada al vacío donde será materia y se acuesta</p>
<p>como luz en el sol/es<br />
lo que no es todavía/igual al sueño<br />
del que viene y no sale/traza<br />
la curva del amor con muerte/va</p>
<p>de la coincidencia al mundo/se encadena<br />
a los trabajos de su vez/retira<br />
el dolor del dolor/dibuja</p>
<p>su claro delirio<br />
con los ojos abiertos/canta<br />
incompletamente</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>FUGAS</strong></p>
<p> </p>
<p>La velocidad de la palabra no es</p>
<p>la velocidad de la sangre y no sé</p>
<p>quién traiciona a quién. ¿Cómo</p>
<p>se encima el horizonte</p>
<p>a la palabra cuándo, a su</p>
<p>cortejo de esperas que todo cambiarán?</p>
<p>La noche cae y se consuela,</p>
<p>pero caer no es un consuelo para mí.</p>
<p>Estoy parado en el espanto</p>
<p>mientras cantan los rostros del día y</p>
<p>no sé quién miente, ellos o yo. Al fondo pasa</p>
<p>el animal que huye</p>
<p>a gran velocidad.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>YO TAMBIÉN ESCRIBO CUENTOS</strong><br />
  </p>
<p>Había una vez un poeta portugués<br />
tenía cuatro poetas adentro y vivía muy preocupado<br />
trabajaba en la administración pública y dónde se vio que un empleado público de portugal<br />
gane para alimentar cuatro bocas</p>
<p>Cada noche pasaba lista a sus poetas incluyéndose a sí mismo<br />
uno estiraba la mano por la ventana y le caían astros allí<br />
otro escribía cartas al sur qué están haciendo del sur<br />
decía</p>
<p>De mi uruguay<br />
decía<br />
el otro se convirtió en un barco que amó a los marineros<br />
esto es bello porque no todos los barcos hacen así<br />
hay barcos que prefieren mirar por el ojo de buey</p>
<p>Hay barcos que se hunden<br />
Dios camina afligido por el fenómeno ése<br />
es que no todos los barcos se parecen a los poetas del portugués<br />
salían del mar y se secaban los huesitos al sol</p>
<p>Cantando la canción de tus pechos</p>
<p>amada<br />
cantaban que tus pechos llegaron una tarde con<br />
una escolta de horizontes<br />
eso cantaban los poetas del portugués para decir que te amo<br />
antes de separarse<br />
tender la mano al cielo<br />
escribir cartas al uruguay</p>
<p>Que mañana van a llegar<br />
mañana van a llegar las cartas del portugués y barrerán la tristeza<br />
mañana va a llegar el barco del portugués al puerto de montevideo<br />
siempre supo que entraba en ese puerto y se volvía más hermoso</p>
<p>Como los cuatro poetas del portugués cuando se preocupaban<br />
todos juntos por el hombre de la tabaquería de enfrente<br />
el animal de sueños del hombre de la tabaquería de enfrente<br />
galopando con como josé gervasio de artigas por el hambre mundial</p>
<p>El portugués tenía cuatro poetas mirando al sur<br />
al norte<br />
al muro<br />
al cielo les daba a todos de comer con el sueldo del alma<br />
él se ganaba el sueldo en la administración del país público<br />
y también mirando el mar que va de lisboa al uruguay<br />
Yo siempre estoy olvidando cosas<br />
una vez me olvidé un ojo en la mitad de una mujer<br />
otra vez me olvidé una mujer en la mitad de portugués<br />
me olvidé el nombre del poeta portugués</p>
<p>De lo que no me olvido es de su barco navegando hacia el sur<br />
de su manita llena de astros<br />
golpeando contra la furia del mundo<br />
con el hombre de enfrente en la mano.</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>Poemas de Sidney West</strong></p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LA TÓRTOLA DE BUTCH BUTCHANAM<br />
</strong></p>
<p>el pobre butch butchanam pasó sus últimos años<br />
cuidando a una tórtola ciega y sin querer ver a nadie<br />
en solidaridad con el pájaro al que amaba y cuidaba<br />
y a veces aleteaba en su hombro dejando caer<br />
un dulce sonido a naranjos azules girando por el cielo<br />
a demonios de pie sobre un ratón<br />
a monos de piedra sorprendidos en el acto de hacer</p>
<p>&#8220;oh tórtola&#8221; decía butch butchanam &#8220;amas la ceguera<br />
y yo convertí mi corazón en ceguera<br />
para que vueles alrededor de él y te quedes&#8221;<br />
pero lo que debe desaparecer<br />
todo lo que se masca come chupa bebe o saborea<br />
venía con el crepúsculo y tristeza para butch<br />
tristeza para butch</p>
<p>el cual:<br />
soñaba con el desierto sembrado de calaveras de vaca<br />
los castillos de arena instantánea o polvo rápidamente quieto en tierra<br />
los oleajes (como de serpiente) del tiempo en Melody Spring<br />
y los antepasados que ya no conocían la muerte ni el dolor de la muerte<br />
y hablaban un idioma lento amarillo feliz<br />
como un lazo de oro al cuello</p>
<p>noches y noches soñó butch butchanam<br />
hasta que supo que iba a morir<br />
enfiló su cama hacia el sur y se acostó de espaldas al cielo<br />
y dejó escrito en la tórtola que lo enterraran de espaldas al cielo<br />
y aquí yace de espaldas al cielo mirando todo lo que baja y sube<br />
en Melody pueblo de miserables que:</p>
<p>degollaron la tórtola la asaron se la comieron<br />
y comprobaron con cristiano horror<br />
que los miraba desde el plato<br />
con el recuerdo de sus ojos</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR EL PÁJARO DE CHESTER CARMICHAEL<br />
</strong></p>
<p>todas las niñas cantan en Melody Spring<br />
todos los niños bailan en Melody Spring<br />
y las ancianas tejen los ancianos fuman sus pipas de espuma de mar de Melody Spring<br />
menos chester carmichael muerto en el otoño de 1962</p>
<p>previamente se había deshojado como un árbol<br />
plumas vientos pedazos de memoria se le fueron cayendo<br />
lo último fue una mujer o lo que quedaba de una mujer<br />
semirroída masticada seca y aún fosforescente<br />
que iluminó a chester carmichael noches y noches<br />
y no se apagó todavía y brilla donde empieza el camino del sur</p>
<p>él está oscuro:<br />
no tanto por eso de la tierra y la muerte<br />
el tiempo le trabajó la cara como un angelito<br />
y ahora está desnudo de alternativas decadencias furias<br />
entre suaves raíces y demás compañeros de estación</p>
<p>se acabó chester carmichael<br />
se fue con nardo en la mano acompañado por cien mil monos<br />
que cantaban bailaban como las niñas y los niños de Melody Spring<br />
no hubo sollozos gritos flores sobre su corazón<br />
solo un pájaro bello que lo miraba fijo<br />
y ahora vigila su cabeza</p>
<p>¡ah pajarito!<br />
cada tanto se inclina sobre chester carmichael y oye lo que está devolviendo</p>
<p>tranquilo como el sol</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR EL SAPO DE STANLEY HOOK<br />
</strong></p>
<p>stanley hook llegó a Melody Spring un jueves de noche con un sapo en la mano<br />
&#8220;oh sapo&#8221; le decía &#8220;sapito mío íntimo mortal y moral y coral<br />
no preocupado por esta finitud<br />
no sacudido por triste condición furiosa&#8221; le decía</p>
<p>&#8220;oh caballito cantor de la humedad o pedazo esmeralda&#8221;<br />
le decía stanley hook al sapo que llevaba en la mano<br />
y todos comprendieron que él amaba al sapo que llevaba en la mano<br />
más allá de accidentes geográficos sociológicos demográficos climáticos<br />
más allá de cualquiera condición</p>
<p>&#8220;oye mío&#8221; le decía &#8220;hay muerte y vida día y noche sombra y luz&#8221;<br />
decía stanley hook &#8220;y sin embargo te amo sapo<br />
como amaba a las rosas tempranas esa mujer de Lesbos<br />
pero más y tu olor es más bello porque te puedo oler&#8221;</p>
<p>decía stanley hook y se tocaba la garganta<br />
como raspándose el crepúsculo que entraba y avanzaba y le ponía el pecho gris<br />
gris la memoria feo el corazón<br />
&#8220;oye sapo&#8221; decía mostrándole el suelo<br />
&#8220;los parientes de abajo también están divididos ni siquiera se hablan&#8221;<br />
decía stanley hook &#8220;qué bárbara tristeza&#8221; decía ante el asombro popular<br />
los brillos del silencio popular<br />
que se ponía como un sol</p>
<p>esa noche naturalmente stanley hook se murió<br />
antes les dio terribles puñetazos a las paredes de su cuarto en representación de sí mismo<br />
mientras el sapo sólo el sapo todo el sapo<br />
seguía con el jueves</p>
<p>todo esto es verdad:<br />
hay quien vive como si fuera inmortal<br />
otros se cuidan como si valieran la pena<br />
y el sapo de stanley hook se quedó solo</p>
<p><strong> </strong></p>
<p> </p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LOS OJOS DE VERNON VRIES<br />
</strong></p>
<p>todas las palomas de la tarde perseguían a vernon vries y era maravilloso<br />
verlo huir de tanta crueldad o blancor<br />
peor él creía hacer esfuerzos para volar con ellas<br />
y en realidad hacía esfuerzos para volar con ellas pobrecitas</p>
<p>&#8220;¡oh vernon! verdadero de arriba verdadero de abajo poco hay en el mundo&#8221;<br />
decía al escapar o volar y sus ojos manchados por la dura contemplación<br />
no vivían en paz perpetuamente hechos y deshechos<br />
vivían mal o tristes o encontrando pobreza</p>
<p>se supo que los ojos de vernon vries vivían así:<br />
adorando pájaros ríos cataratas el océano extenso<br />
las lluvias los calores las amadas que giran por el aire<br />
esos ojos se encerraban a veces en el baño para llorar</p>
<p>&#8220;ah&#8221; decían &#8220;si árboles fuéramos&#8221;</p>
<p>peor eso se supo después<br />
las palomas reventaron los ojos de vernon vries una tarde<br />
y vieron las raíces que bajaban a tierra<br />
y también las comieron gozosas por todo lo que vuela</p>
<p>hay palomas que brillan al sol<br />
cuando piensan en vernon vries como hojitas les salen del pico<br />
peor a él se lo llevaron los tábanos<br />
y estaba como rojo de miel</p>
<p>fue de ver los aplausos que hubieron<br />
cuando los ojos de vernon vries se alejaron<br />
como fuegos sin ruido apagándose<br />
en fantástico vuelo orbital</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LAS AGUAS DE BIGART SAMPLE<br />
</strong></p>
<p>¡oh bigart sample desgarrado en el monte!<br />
ya no se oye tu palpitar<br />
se lo comieron los mosquitos las moscas<br />
esas malarias sudamericanas</p>
<p>de su boca mezclada a la tierra sube<br />
cada tanto un insulto padre<br />
como crepitaciones en la noche<br />
seca dura podrida</p>
<p>¿adónde fue bigart sample ahora?<br />
¿adónde está en este minuto<br />
que el cielo vira solo sin sol?<br />
nadie sabe qué es de bigart sample ahora</p>
<p>la tierra le tapó las manos<br />
la tierra se lo tragó<br />
como evitándole vergüenzas<br />
el poco amor universal</p>
<p>nadie sabe si le dan de comer a bigart sample<br />
nadie sabe si le dan de beber<br />
si lo crían en un botellón verde<br />
si va a brotar a fin de año</p>
<p>por el barranco donde tienen su guarida los loros<br />
pasa en forma de río que no llega al mar<br />
lleno de peces de oro<br />
bigart sample</p>
<p>no puede abrir la boca sin que empiece a llover<br />
por eso está callado<br />
no puede abrir la boca bigart sample<br />
por eso calla calla</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR EL VUELO DE BOB CHAMBERS<br />
</strong></p>
<p>la vez que a bob chambers lo vieron estaba<br />
poniendo lento el día<br />
dura la vista claro el corazón<br />
le dieron una cama de rosas que fue a tirar al mar</p>
<p>entonces<br />
del costado se le alzaban como especies de oleajes<br />
carnes que se soñaban alas a bob chambers y no pasaron de su piel<br />
en esta edad tan carestía</p>
<p>¿ah caramba!<br />
¡ah bob chambers dos en su vehículo terrestre!<br />
olvidados yacen ahora bajo sus capas de volar quedándose<br />
y tanta pena apenas se soporta</p>
<p>pero qué hacer<br />
bob esperaba al viento sur<br />
&#8220;madre vieja tengo en casa&#8221; decía<br />
y chambers vivía vuelto al sur con la mesa puesta</p>
<p>nunca se pusieron de acuerdo sobre este punto cardinal<br />
así ocurrió lo que se supo:<br />
tirando a un lado y a otro bob chambers se rompió<br />
la soledad o perros se comieron su agujero central</p>
<p>todo el pueblo lo vio<br />
a bob partir a chambers estallar en la mañana lenta<br />
nunca hubo espectáculo igual y todos aplaudieron<br />
y todos aplaudieron</p>
<p>menos la amiga que lloraba por bob<br />
el que dejó el amor para mañana<br />
menos la amiga que lloraba por chambers<br />
el que dejó el amor para la noche</p>
<p>lavaron a la amiga con rosas y limón<br />
le dejaron los pies en agua fría<br />
y nadie habla de bob chambers<br />
se la pasan desarmándolo tristes como señores</p>
<p>bob chambers no protesta<br />
viaja por la muerte montado en un burrito<br />
con la mejilla cerca de la luna tan alta<br />
y una almohadita para el sol</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LA CAMISA DE SAM DALE<br />
</strong></p>
<p>sam dale no quería<br />
dormir solo con sus sudores<br />
y a la madre le dijo &#8220;madre&#8221;<br />
búscame novia entre los odios del día&#8221;</p>
<p>así creció perseguido por olor<br />
que nunca supo conseguir<br />
la madre madrecía cada noche<br />
pero no había caso</p>
<p>&#8220;ah&#8221; decía sam dale al final de su chaleco<br />
hermoso como un secretario general<br />
&#8220;novia mía ¿porqué no venís?<br />
novia mía ¿qué suelo ató tus sienes?&#8221;</p>
<p>la novia de sam dormía y hacía amanecer<br />
de sus dos pies salía el sol la luz<br />
y era bella como los pies de Dios<br />
atados siempre siempre</p>
<p>a tanto dolor atados pero no Dios sino el grande amor<br />
duerme atado a profunda claridad<br />
no lo despierten hijos<br />
que duerma duerma duerma</p>
<p>a menos que le den de comer<br />
él duerme porque no le darían de comer<br />
y duerme hermoso hermoso<br />
como la novia de los yules verdes</p>
<p>como la novia del amor primero<br />
ella está muerta y yo la quiero<br />
pero sam dale ni nada<br />
él pedía a la madre por la esposa del río</p>
<p>la esposica estaba en el río vestida de amarillo<br />
haciendo una cama grande con las aguas<br />
corinas con los pájaros para que entre la mañana cantando<br />
y aún la muerte cuando debiera entrar</p>
<p>peor sam dale vigilaba la puerta y Dios no entra por ahí<br />
así que viuda tora marinera se le murió la camisa<br />
y la enterró ya tarde ya tardísimo<br />
y manzanitas de oro había en las ramas</p>
<p>¡gracia que tiene lo perro!<br />
¡ah muérdanos la cara para despertar!<br />
a sam dale lo pusieron en una copa de vidrio<br />
&#8220;¡ah tripa dolorosa!&#8221; decía hablando del corazón</p>
<p>la flor de su camisa tapo o mundo celéstese sam dale<br />
cuándo despertaremos mi dios<br />
novia dormía hermosa hermosa con un lunar de amor<br />
y un ruiseñor que le cantaba enemigos</p>
<p>sam dale cruzó Alabama como un fuego<br />
dejó en herencia una mañana que las gallinas picotearon<br />
y del costado le caían señoras<br />
acabaditas de nacer</p>
<p>¡ah sam dale te tomaron el alma en mitad del arenal!<br />
no debiera dormir mal ahora a las tres de la tarde tu entierro pasó<br />
al pie de tu retrato ella se arrodilló<br />
pobre con una cuna blanca sola</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LA HISTORIA DE CAB CALLOWAY<br />
</strong></p>
<p>hay hombres con una historia o dos<br />
pero cab calloway tenía otra historia<br />
a nadie la podía mostrar y le pesaba<br />
más que el Día de la Santa Consolación</p>
<p>¡ah cab calloway hijo!<br />
toda sabiduría es poca eso se sabe<br />
con los brazos hundidos hasta el codo en la espesa marea<br />
se le volvían dulces las mujeres</p>
<p>y terribles como un cuento de hadas<br />
la Bella Durmiente se la pasaba despertando<br />
cómo salir del bosque oscuro<br />
cómo salir preguntaba cab calloway</p>
<p>&#8220;por áhi anda el cansancio haciendo ruidos&#8221; decía pero no<br />
cab calloway arregló su corazón como una casa<br />
puso la mesa y bebió<br />
a la salud de todos los vivientes</p>
<p>ninguno conocía a cab calloway<br />
pero una especie de huno o vos o calor o luz<br />
se les caía en la cabeza según<br />
cuando cab calloway brindaba</p>
<p>de modo que está bien<br />
el pajarito está contento<br />
salta y salta en la jaula y canta<br />
¡ah cab calloway padre!</p>
<p>un día de estos se murió y lo enterraron con sus pies<br />
que asistieron respetuosos a toda la ceremonia<br />
y después se fueron por el campo<br />
y en la pieza de cab calloway lloraban las mujeres</p>
<p>cuando las lágrimas se secaron<br />
el pajarito se las comió<br />
el pajarito está contento<br />
salta y salta en la jaula y canta</p>
<p>una mujer a lo mejor le abrazaba los pies a cab calloway<br />
antes de que se fueran por el campo<br />
hundiéndose hasta el codo en la espesa marea<br />
ya vueltos dulces dulces</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR EL LLANTO DE SIM SIMMONS<br />
</strong></p>
<p>una mañana de otoño sim simmons<br />
se levantó sin ojos como caídos a favor de la estación<br />
&#8220;pero no importa&#8221; dijo<br />
y se alisaba la memoria</p>
<p>&#8220;no importa realmente no importa&#8221; decía sim simmons<br />
poniéndose árboles vacíos en las cuencas<br />
a los que alimentó con estampidos<br />
gritos olvidos silenciosas partes</p>
<p>nocturnos insectos portadores de muerte<br />
rondaban por los árboles<br />
&#8220;no importa&#8221; decía sim<br />
desplegando sus tiernas alas</p>
<p>y volando todo alrededor del cielo<br />
&#8220;si fuese una nube&#8221; decía &#8220;si fuese un halcón o catástrofe<br />
lo que me come el corazón&#8221; decía<br />
&#8220;te apagaste paloma&#8221; decía sim simmons sin llorar</p>
<p>&#8220;no tengo ojos para llorar&#8221; decía &#8220;y sin embargo debiera&#8221;<br />
decía recordando que todo vegetal,<br />
agua llanto lluvia o río necesita<br />
para abrigar un tierno nido</p>
<p>así que sim simmons se puso a llorar<br />
los árboles se le volaron<br />
y otra vez tuvo ojos para mirar o ver o sufrir<br />
y llorar sin dar comida a nadie</p>
<p>&#8220;me lo merezco&#8221; decía sim simmons tarde<br />
&#8220;me lo merezco mucho&#8221; decía con los ojos ya secos<br />
duros brillantes como sol<br />
bajo la tierra de Alabama</p>
<p>dos ríos nacieron donde lo enterraron<br />
uno hacia el norte otro hacia le sur<br />
para memoria para olvido<br />
y todo el mundo tuvo agua</p>
<p>pero sim simmons no:<br />
miraba para abajo<br />
ya merecido o muerto o triste<br />
sin árboles sin árboles</p>
<p> </p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center">
<div><strong>LAMENTO POR LAS MANOS DE ASTOR FREDERICK</strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<div><strong> </strong></div>
<div><strong>cuando astor frederick murió<br />
plegó alitas y dejó sobre todo sus penas<br />
y como un brillo o resplandor<br />
que lo seguía en el entierro</strong></div>
<div><strong>ni perro ni hombre ni mujer ni gato seguían su cajón<br />
por la calle dorada en la mañana de mayo paciente<br />
pero sí el brillo o resplandor<br />
como cantándole cantándole</strong></div>
<div><strong>decía el brillo &#8220;astor frederick se va por aquí<br />
al país donde todos se reúnen<br />
sigo las huellas de sus pies besándolas<br />
pero él ya nunca estará solo&#8221;</strong></div>
<div><strong>decía el brillo &#8220;astor frederick ya nunca más se apenará<br />
de pueblo en pueblo y por alturas su joven corazón<br />
marcará el paso de las lunas<br />
se comerá flores que mueren&#8221;</strong></div>
<p><strong>ojalá ojalá repetían los arcos las piedras podridas de la calle<br />
las pieles de la calle meciéndose por donde<br />
astor frederick sus restos los restos de su dentadura etc<br />
pasaban a gloria mayor</p>
<p></strong>¡ah frederick en la cajita!<br />
lo empaquetaron mucho para siempre<br />
y aunque él no quisiese otra cosa que amor como abrigo o fortín<br />
es como si faltara</p>
<p>la tierra del cementerio de Oak<br />
se lo comió casi por todas<br />
menos las manos eso sí<br />
apoyadas la una en la otra</p>
<p>del silencio que astor frederick hizo<br />
creció una pájara de viento que le volteaba el corazón<br />
menos el brillo o resplandor<br />
cala del mundo mundo mismo</p>
<p>y esta es la historia de astor frederick ea<br />
ninguna pus paloma o reventón se alzaba nunca de sus nuncas<br />
menos las manos eso sí<br />
apoyada la una en la otra</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR EL SICOMORO DE TOMMY DERK<br />
</strong></p>
<p>a los cuarenta tommy derk descubrió<br />
que él sufría la suerte de su pueblo<br />
que el paraíso a cuenta<br />
lo destinaba a páramo del mundo</p>
<p>¡ah tommy derk cómo lloraba en su entretela o revés!<br />
pero ni así regaba sus tierritas<br />
donde la luz se le apagaba<br />
al pie del sicomoro marrón</p>
<p>y el sicomoro también se apagaba<br />
arrugándolo a tommy derk<br />
cortándole la claridad del pelo<br />
llenándolo de hojas con su nombre muerto escrito allí</p>
<p>¡ah celebres palomas!<br />
ninguna vino a defenderlo a tommy derk<br />
ninguna le dio plumitas para el frío<br />
o pan con leche para el hambre del sur</p>
<p>así que tommy derk se acostó a morir nomás<br />
y pidió que por lo menos lo hacharan<br />
hicieran leña con él algún fuego con él<br />
algún calor o luz o advertencia</p>
<p>cuando lo fueron a encender se le volaron los caballos<br />
se le volaron los caballos a tommy derk<br />
unos fueron al norte otros al frente<br />
unos fueron al tiempo otros a él</p>
<p>peor esa sangre reseca que dejó tommy derk<br />
justísimo debajo de donde ardió<br />
parecía una pluma con leche<br />
con su nombre vivo escrito allí</p>
<p>&#8220;tommy derk tommy derk&#8221; gritaba la plumita<br />
mientras todos los sicomoros de Ohio especialmente<br />
agachaban la cabeza en silencio<br />
como una mala soledad</p>
<p><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>LAMENTO POR LA CUCHARITA DE SAMMY MCCOY<br />
</strong></p>
<p>&#8220;en qué consiste el juego de la muerte&#8221; preguntó<br />
sammy mccoy parado en sus dos niños<br />
el que fue el que sería<br />
&#8220;en qué consiste el juego de la muerte&#8221; preguntó sin embargo</p>
<p>antes había bebido toda la leche de la mañana<br />
jugos del cielo o de la vaca madre según<br />
untándola con los sueños que<br />
se le cían de la noche anterior</p>
<p>sammy mccoy era odiado frecuentemente por una mujer<br />
que no le daba hijos sino palos<br />
en la cabeza en el costado<br />
en la mitad del desayuno esa fiebre</p>
<p>de cada palo que le dieron<br />
brotó una flor de leche o fiebre que le comía el corazón<br />
peor todo se come el corazón<br />
y sammy nunca se rendía sammy mccoy no se rendía defendiéndose con nada:</p>
<p>con la memoria del calor<br />
con la cucharita que perdió una vez revolviendo la infancia<br />
con todo lo que iba rezando o padeciendo<br />
con su pelela mesmamente</p>
<p>así<br />
del pecho le fue saliendo<br />
una dragona con pañuelo y la luz<br />
como muchacha envuelta en aire</p>
<p>como dos niños sobre los que niño<br />
sammy mccoy se paraba y<br />
&#8220;en qué consiste el juego de la muerte&#8221; preguntaba<br />
ya cara a cara con la gran dolora</p>
<p>cuando murió sammy mccoy<br />
los dos niños se le despegaron<br />
el que fue se le pudrió y el que iba a ser también<br />
y de todos modos fueron juntos</p>
<p>lo que la lluvia o sol o gran planeta o la sistema de vivir separan<br />
la muerte lo junta otra vez<br />
pero sammy mccoy habló todavía<br />
&#8220;en qué consiste el juego de la muerte&#8221; preguntó</p>
<p>y ya más nada preguntó<br />
de sus falanges ángeles con mudos<br />
salían con la boca tapada<br />
a cucharita a memoria a calor</p>
<p>&#8220;güeya güeya&#8221; gritaban sus dos niños<br />
ninguna mujer salvo la sombra los juntó<br />
qué vergüenzas animales<br />
y las caritas les brillaban calientes</p>
<p>así ha de ser caritas de oro<br />
señoras presidentas o almas cuyas acabaran<br />
a los pieses de sammy el que camina<br />
sammy mccoy pisó el sol y partió</p>
<p> </p>
<p> </p>
<p><strong>Datos vitales</strong></p>
<p style="text-align: justify;">Juan Gelman (Argentina, 1930). Poeta y periodista. Tuvo que abandonar su país en 1976 durante la dictadura militar viviendo su exilio en México, donde fijó su residencia definitiva. Entre sus libros destacan: Violín y otras cuestionas (1956), El juego en el que andamos (1959), Gotán (1962), Cólera buey (1964), Si dulcemente (1980), Interrupciones (1986), Carta a mi madre (1989), Incompletamente (1997), País que fue será (2004) y Bajo la lluvia ajena (2009). Por su obra ha obtenido importantes distinciones entre las que destacan: <em>Premio Nacional de Poesía</em><em> </em>en Argentina (1997), el premio <em>Juan Rulfo</em> (2000),  el<em> </em><em>Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (2004),</em><em> </em>los premios<em> </em><em>Iberoamericano Pablo Neruda</em><em> </em>y <em>Reina Sofía de Poesía</em><em> </em>(2005) y finalmente el Premio Cervantes (2007).</p>
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		<title>El secreto de Matilde, cuento de Tomás Virgilio Reyes</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Aug 2010 05:00:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
				<category><![CDATA[Portada]]></category>
		<category><![CDATA[Portada 2]]></category>
		<category><![CDATA[Portal de Soares]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento chileno actual]]></category>
		<category><![CDATA[Tomás Virgilio Reyes]]></category>

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		<description><![CDATA[A continuación presentamos un cuento del narrador chileno Tomás Virgilio Reyes (Talca-Chile). Este nombre es el pseudónimo que utiliza el escritor Rodrigo Jara Reyes en publicaciones de narrativa. En 2006 publicó el libro de cuentos El extravío y otros relatos. Es recogido en las antologías Travesía por el río de las nieblas, 2000, Faluchos, treinta poetas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Hormigas.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-9819" title="Hormigas" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Hormigas.jpg" alt="Hormigas" width="610" height="265" /></a>A continuación presentamos un cuento del narrador chileno Tomás Virgilio Reyes (Talca-Chile). Este nombre es el pseudónimo que utiliza el escritor Rodrigo Jara Reyes en publicaciones de narrativa. En 2006 publicó el libro de cuentos <em>El extravío y otros relatos</em>. Es recogido en las antologías <em>Travesía por el río de las nieblas, </em>2000, <em>Faluchos, treinta poetas</em> <em>maulinos</em>, 2003; <em>El lugar de la memoria,</em> 2007.</p>
<p><span id="more-9749"></span></p>
<p> </p>
<p> </p>
<p align="center"><strong>EL SECRETO DE MATILDE</strong></p>
<p style="text-align: right;">                                                                                </p>
<p style="text-align: right;">  <em>A Carmen Reyes Albornoz</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>La muerte de Matilde fue un golpe inesperado. Era posible, claro que sí, y no sólo por las probabilidades que toda persona tiene de morirse sino por los setenta años recientemente cumplidos, porque en mi familia hay una costumbre iniciada por el bisabuelo Francisco que dio con morirse justo el día en que cumplió dicha edad. Tiempo después, mi abuelo y mi madre también morirían a los setenta. Pero el inusual caso de mi hermana sobrepasa con creces aquella costumbre familiar, deja atrás cualquier presupuesto lógico y se adentra en lo premonitorio, en lo mágico y sobre todo, en lo terrible.</p>
<p style="text-align: justify;">            El último sábado de abril del año pasado, recibí una llamada que avisó el repentino fallecimiento de Matilde. Rosa, la mujer que le ayudó desde siempre en los quehaceres de la casa, la encontró muerta en su cama. Rápidamente cancelé compromisos, hice unas cuantas llamadas a mis hermanos, al médico de turno y partí en dirección a San Pedro.</p>
<p style="text-align: justify;">            Falleció mientras dormía la siesta, logró articular Rosa al tiempo que se enjugaba las lágrimas con una toalla. Luego tomó mi brazo y en silencio me guió hasta la habitación donde ocurrieron los hechos. Recorrí con un cosquilleo en la espalda aquel pasillo en el que yo mismo jugué a las escondidas. Oí risas, pequeños pasos que corren y volví a sentir la mano de Matilde acariciándome el pelo, aliviando el miedo infinito que siempre tuve a la oscuridad.</p>
<p style="text-align: justify;">            La pieza era la misma que había usado de niña, el mismo color blanco invierno, el mismo crucifijo en el muro, las mismas muñecas con rostro de yeso en el mueble del rincón más alejado.         El médico que solicité antes de salir de San Cristóbal, me confirmó el tipo de fallecimiento.</p>
<p style="text-align: justify;">-El infarto es la más piadosa de las muertes- dijo- sin sufrimiento psicológico ni físico.</p>
<p style="text-align: justify;">            Me habló de una serie de trámites, certificados y no sé cuántos otros papeles, pero yo sólo quería quedarme un rato a solas con el cadáver de Matilde. Necesitaba ese espacio para dejar salir algunas lágrimas atascadas al fondo de los ojos, tan atascadas y tan al fondo, que finalmente no salieron.</p>
<p style="text-align: justify;">            De pronto me llamó la atención un movimiento en el rostro hélido de mi hermana, acomodé mis anteojos y pude ver unas hormigas que salían de la nariz y la boca levemente abierta. Las aplasté contra la piel helada, salí de la habitación y llamé sin más al  servicio fúnebre.</p>
<p style="text-align: justify;">            Cuando terminaban de acomodarla dentro del ataúd, llegaron familiares de San Pedro y mis hermanos desde Viña del mar y Santiago. Todos los que acudieron a la primera y a la postre única jornada de velatorio fueron testigos directos de lo ocurrido, pese a ello se han empeñado en dar por olvidado el asunto. Sí, claro, a nadie le gusta meter la nariz en hechos que ponen en jaque las certezas de lo cotidiano, lo que sienten que les pertenece y a lo que ellos se creen pertenecientes.</p>
<p style="text-align: justify;">            Lo que es a mí, aquellas horas cambiaron los pocos años que me restan de vida y lo he asumido como tal, con todas sus consecuencias materiales y espirituales.</p>
<p style="text-align: justify;">                                                                       *</p>
<p style="text-align: justify;">            Vivió con la obsesión de perseguir hormigas. De niña buscó sus escondrijos para vaciarles agua caliente, aceite hirviendo o lo que fuere. Con un trozo de acero o un palo puntiagudo escarbaba sus madrigueras hasta exterminarlas por completo. Años después, en plena adolescencia, organizó excursiones con los primos llegados de la capital. Argumentaba diversos motivos pero yo sabía que su objetivo era aniquilar hormigueros. En aquellas salidas siempre llevó consigo una cantimplora llena de parafina, fósforos y un palo con punta.</p>
<p style="text-align: justify;">            Las veces que mi madre la sorprendía con dichas herramientas la conminaba a permanecer en su pieza durante horas y días. En una ocasión, burlando la vigilancia de los adultos, entré a su habitación casi en penumbras. En su cuaderno y aprovechando la poca luz que entraba por la orilla de la ventana, Matilde dibujaba hormigas despedazadas en explosiones o cortadas con cuchillos y hachas. Me dijo que eran bichos horrendos, que comían mariposas y caracoles y tarde o temprano se la comerían a ella. Me aseguró que soñaba todas las noches con hormigas que la devoraban, por eso tenía la obligación de exterminarlas.</p>
<p style="text-align: justify;">            Fue una niña y luego una muchacha hermosa. Muchos jóvenes la seguían y cortejaban durante semanas y meses. Conversó con cada uno pero nunca les aceptó regalos ni invitaciones. Lo de conversar lo digo en sentido figurado, porque Matilde hablaba poco con los extraños, seguramente les contestaba con monosílabos y mirando hacia algún lugar perdido en el espacio. Después de un tiempo intentando forzar la situación, los pretendientes se aburrían y la dejaban en paz. Los vecinos hablaron de lesbianismo, locura, pero eran palabras sin el más mínimo respaldo en los hechos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Nadie supo cual era el problema real de Matilde. Mis padres no relacionaron su conducta con la obsesión por destruir hormigueros. Desde pequeña la llevaron a los mejores médicos los que le recomendaron psicólogos y psiquiatras, tipos que por cada sesión cobraban importantes cantidades que mi padre pagaba con la venta de algunos animales, y todo el esfuerzo para nada, pues la encontraban normal y la enviaban a casa.</p>
<p style="text-align: justify;">            A pesar del diagnóstico de los expertos, mis padres continuaban creyendo que la niña padecía retraso mental o algún problema grave en su naturaleza. Mis hermanos tampoco vieron con claridad lo que pasaba con la mayor. La respuesta a todas las interrogantes sobre su salud y su manera de actuar fue un secreto entre  Matilde y yo y así se mantuvo por todos estos años.</p>
<p style="text-align: justify;">            Después de muerto mi padre y por expreso deseo suyo la parcela quedó en manos de Matilde. Así el viejo demostró confianza en su calidad de persona normal y, al mismo tiempo, dejó claro que necesitaba ayuda. Mis hermanos protestaron por un tiempo, pero finalmente todos conformamos nuestras propias familias y nos fuimos.</p>
<p style="text-align: justify;">            Contra todo pronóstico, Matilde hizo crecer la producción del campo. Organizó sus cuentas de manera eficiente y se hizo asesorar por expertos. Así compró terrenos y más terrenos en los alrededores. Al fallecer, la parcela era diez veces el tamaño de la que dejaron nuestros padres. Además, tenía varios millones ahorrados en una cuenta bancaria.</p>
<p style="text-align: justify;">            Debido al éxito económico y a la suerte que le acompañaba en cualquier cosa que emprendía, la gente de San Pedro y los alrededores le atribuyó un supuesto pacto con el diablo y el oficio de bruja. No puedo negar que Matilde tenía cierto poder y  más que poder, un sexto sentido que le servía para oler de lejos los buenos negocios, ese mismo sexto sentido lo usaba para adivinar donde se ubicaban los escondrijos de las hormigas y para oír sus pequeños pasos cuando osaban entrar en la casa.</p>
<p style="text-align: justify;">            Por el cariño y por el secreto que nos unía desde pequeños, ella tomaba el tren interprovincial y me visitaba un par de veces al año. A mi mujer no le gustaba lo silenciosa que era y menos que sólo hablara conmigo. Siempre estuve enterado de lo que le pasaba a Matilde: sus miedos, sus enfermedades, sus aciertos en los negocios y las providencias que tomaba para defenderse de las hormigas.</p>
<p style="text-align: justify;">            Ninguno de mis tres hermanos se interesó en sus asuntos, creían que estaba loca y que mi padre había sido injusto al no repartir la propiedad entre todos sus hijos. Debido a ese resentimiento no la visitaron jamás y las veces que estuvieron conmigo nunca preguntaron por su vida, su salud o lo que fuere. En ese contexto, la sorpresa fue mayúscula al enterarse que la propiedad se había multiplicado, que había dineros en el banco y sobre todo, que ellos recibirían una buena tajada como herencia.</p>
<p style="text-align: justify;">                                                                       *</p>
<p style="text-align: justify;">            Aquella noche de velatorio nos quedó claro que Matilde había vivido en un constante prepararse para esa jornada. El ataúd estaba al centro de la galería en la que con mucha antelación habían sido retirados la mesa y los sillones. Quedaban unas treinta sillas dispuestas en círculo esperando la llegada del féretro. En los muros cercanos destacaban las fotografías del papá, la mamá y los hermanos. La pared más alejada sostenía un enigmático cuadro con manchas oscuras sobre una superficie color piel y, justo al frente, una vieja foto de Matilde a los diez años. En su mano derecha el palo puntiagudo y en la izquierda un tarro con  agua caliente o parafina.</p>
<p style="text-align: justify;">            Si hay algún mensaje en la decoración, me dije, ese mensaje es para mí, el único que ha conocido las dotes simbólicas de Matilde. Ese descubrimiento me puso más que nervioso pero mi mujer me tranquilizó insinuando que todo era normal, que nada pasaría.</p>
<p style="text-align: justify;">            Al apagar los cirios y encender los cuatro tubos fluorescentes que colgaban del cielo raso, las exclamaciones surgieron al unísono: “¡Dios mío!, ¿qué es eso?” Ejércitos de hormigas plagaban los rincones, las junturas de los muros, el suelo y subían hasta perderse en el paño azul oscuro del féretro.</p>
<p style="text-align: justify;">            Busqué escobas, paños, tiestos con agua. Rosa me mostró el lugar donde Matilde guardaba tarros y más tarros de insecticida. Limpiamos con prontitud pero en pocos segundos estaban allí otra vez. Todas las hormigas del mundo parecían haberse congregado: negras, amarillas, rojas, pequeñas, grandes. Luchamos la noche entera por mantener a las hordas hambrientas lejos del ataúd. </p>
<p style="text-align: justify;">            No sabría explicar la manera, pero desaparecieron con las primeras luces del día y sin dejar el más mínimo rastro, como si hubieran sido imaginarias y todos los presentes fuéramos víctimas de un sueño colectivo y alevoso. Sin embargo, en los alrededores sucedió algo terrible, algo que luego se constituiría en la única prueba material de lo ocurrido la víspera. Toda la hierba, las flores, las enredaderas, las hojas de los árboles; desaparecieron. Desde la casa y hasta unos cuarenta o cincuenta metros a la redonda el lugar parecía un desierto. Sólo los troncos desnudos y las ramas gruesas de los arbustos permanecían como testigos silenciosos de lo ocurrido.</p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p style="text-align: justify;"> </p>
<p><strong>Datos vitales</strong></p>
<p>Tomás Virgilio Reyes (Talca-Chile) es el pseudónimo que utiliza el escritor Rodrigo Jara Reyes en publicaciones de narrativa. Hizo estudios superiores en la Universidad de Talca, donde obtuvo el título de Profesor de Estado. Publica poemas, cuentos, artículos y ensayos en revistas nacionales e internacionales.  En el año 2006, auto-publica el libro de cuentos <em>El extravío y otros relatos</em>. Es recogido en las antologías <em>Travesía por el río de las nieblas, </em>2000, <em>Faluchos, treinta poetas</em> <em>maulinos</em>, 2003; <em>El lugar de la memoria,</em> 2007.</p>
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		<title>La cocina del alma: Porcupine tree</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Aug 2010 05:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Círculo de poesía</dc:creator>
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Fundada por Steve Wilson en 1987, presentamos un track de la banda inglesa de rock progresivo, Porcupine tree, cuya influencia más visible es Pink Floyd: &#8220;Shesmovedon.&#8221; Feliz domingo!

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Porcupine-tree.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-9816" title="Porcupine tree" src="http://circulodepoesia.com/nueva/wp-content/uploads/2010/08/Porcupine-tree.jpg" alt="Porcupine tree" width="610" height="265" /></a></p>
<p>Fundada por Steve Wilson en 1987, presentamos un track de la banda inglesa de rock progresivo, Porcupine tree, cuya influencia más visible es Pink Floyd: &#8220;Shesmovedon.&#8221; Feliz domingo!<span id="more-9817"></span></p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="610" height="482" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/_HMHL_gHBRw?fs=1&amp;hl=es_MX&amp;color1=0xcc2550&amp;color2=0xe87a9f" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="610" height="482" src="http://www.youtube.com/v/_HMHL_gHBRw?fs=1&amp;hl=es_MX&amp;color1=0xcc2550&amp;color2=0xe87a9f" allowfullscreen="true" allowscriptaccess="always"></embed></object></p>
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