Un cuento de Lucrecia Maldonado: Como el silencio

Lucrecia Maldonado

Un relato de Lucrecia Maldonado (Quito, 1962), quien ha publicado cuatro volúmenes de cuento.  Por la novela Salvo el Calvario obtuvo el premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit 2005, y aparece en la Antología básica del Relato Ecuatoriano, de Eugenia Viteri.

 

 

 

Como el silencio

 

And it seems to me you lived your life

Like a candle in the wind

Never knowing who to cling to

When the rain set in

And I would have liked to have known you

But I was just a kid

[Bernie Taupin]

 

Cuando uno es niño siempre le esconden algo. Bueno, tal vez es lo mejor, ¿no? Hay cosas que yo tampoco les contaría a mis hijos. Y sin embargo, ahora que la veo ahí como dormida entre las sondas y otras máquinas que todavía la sostienen en el coma sin posibilidad de regreso, me pregunto si alguna vez no quiso decirme algo, sincerarse, darme algún tipo de explicación.

            Salía por las tardes con mis tías, con sus amigas, con mi abuelita. Y luego volvía contando milagros: lágrimas de una imagen virginal, perfume de rosas en el ambiente, alguien había caído en trance y había anunciado catástrofes detrás de las cuales se adivinaban leves rasgos de apocalíptica esperanza, cosas así, dictadas por la inocencia o por la necesidad de creer en algo. Pero cuando él llegaba se callaba de golpe y se iba a su cuarto a retocar el maquillaje que la emoción y las oraciones le habían corrido.

            A él no le gustaba que usted fuera a esas ceremonias. Decía que todas, de mi abuelita para abajo, eran unas viejas beatas y para colmo histéricas, que veían lo que querían ver, que seguramente los maridos no les satisfacían como Dios manda. Y yo al principio no entendía eso de las satisfacciones. Porque otra cosa eran los corajes que a veces él mismo armaba: el ruido de la porcelana y los cristales estrellándose contra el piso y las paredes, las palabrotas vociferadas por todos los rincones de la casa. Y no estaba borracho, no tomaba casi nunca. Pero cuando hacía rabietas usted nos sacaba rápidamente del escenario y nos metía en el cuarto más alejado de la casa. Solo que él nos seguía. Para qué. Para qué les escondes, si no pasa nada. Que se acostumbren. Que sepan que conmigo no hay pretextos ni disculpas ni concesiones. Y déjate de andar vos con esas beatas que te lavan el cerebro. Por eso no te has fijado en que la Rosa lave bien las camisas. Por eso esta casa está hecha una porquería. Y la voz de usted se volvía de repente más suplicante antes de alejarse. Y yo ponía llave por dentro en la puerta del cuarto en que estuviéramos, por si acaso le diera por venir contra nosotros también. Luego, el silencio. Los párpados hinchados de llorar mientras nos servía la cena. Las miradas de odio que la Rosa le lanzaba a él cuando no la veía. El brutal golpe de puño que hacía saltar la vajilla sobre la mesa cuando alguna de las niñas se negaba a comer alguna cosa o simplemente preguntaba algo, lo que fuera. Un día que estaba descuidada le vi las marcas en el brazo. ¿Qué le pasó, mami? Nada, yendo rápido me di contra la cómoda, de puro distraída. ¿No estaría usted también cayendo en trances con eso de la Virgen, de repente? No creo. Y en ese entonces tampoco lo creí, aunque la idea se me pasó por la cabeza. Pero a esas edades uno se imagina tantas cosas. Él me hacía oír sus discos de boleros no te puedo comprender, corazón loco, sus baladas de Leo Dan por qué la conocí y la llegué a querer y ahora mi corazón no quiere comprender, sus pasillos bien, pero bien sentimentales cuando tú te hayas ido me envolverán las sombras. No era malo. Tenía mal genio. Algo le faltaba en la vida, supongo. Como a todos, por otro lado. No sé, no crea que trato de justificar lo injustificable. A veces, cuando me sorprendo levantándole la voz a la Daniela o amenazando a los hijos, de repente es como si me viera en un espejo y encontrara sus ojos enrojecidos, la cara de él descompuesta de furia, los rostros temerosos de las niñas, mi propio miedo de entonces, crecido ahora porque de repente también puede volver la moda y la Daniela se me va por ahí con alguna vecina para ver los milagros de la Virgen en alguna parte y yo no quiero, o porque los guaguas me dejan de hablar y solo me dicen sí papi o no papi como hacían mis hermanas cuando él quería sacarles a tirones confidencias y anécdotas de la vida, con qué ganas, si le tenían tanto miedo, y entonces venía donde mí, como hijo mayor que soy, un verdadero rey, él sí me entiende, ya mismo le voy a llevar a que se haga hombre, como un hombre tiene que ser, claro, no como el hombre de negro que salió acompañándola hasta la puerta aquella vez, un hombre joven, de sonrisa beatífica y ojos dulces en los que los suyos parecían reflejarse mientras yo esperaba dentro del auto, hecho el que no veía nada. Chao, padre. Chao, el otro sábado, entonces. Y la vacilación de la mano tendida, y de repente el beso en la mejilla, suerte que él no estaba, me mandó porque ya sabía manejar, anda a recogerle a tu mamá de esas pendejadas, y qué importa si te cogen sin documentos, yo tengo palancas en la policía, no te preocupes. Estaba tan distinta. Fue la primera vez que le vi esa sonrisa. Transfigurada, para usar una palabra a tono con las circunstancias. Y hasta ahora no sé cómo él nunca se dio cuenta de nada. O se daría, también. Hay gente que puede disimular; pero si ahora la Daniela me viniera con esa sonrisa, con esa luz en los ojos, yo me preocuparía seriamente, inclusive tal vez un poco más que en aquel lejano entonces, cuando verla con esa expresión de arrobamiento en la cara me impulsó a preguntarle quién era ese señor. Me dijo que era “el padre”, así, nada más. Obviamente no era el padre que yo había conocido, un viejo que olía a guardado a tres metros de distancia y se dormía de pie mientras las señoras rezaban el rosario. ¿Y el otro padre?, le pregunté, así, por conversar. Ya no va a venir, está muy ancianito, era un santo, pero por eso mismo es hora de que se retire a descansar. No sé si hablaba en serio, pero por un momento pensé que era un motivo más bien para tener cierta lástima, y usted se veía demasiado contenta como para estar lamentando la jubilación del santo anciano.

            Por qué no abre los ojos un minuto. No crea que demoré mucho en darme cuenta, y me pasé semanas temblando solo de pensar que él también pudiera advertir el nuevo brillo de sus ojos, esa forma de cantar tenuemente She is leaving home cuando le ayudaba a la Rosa en la cocina o ponía la mesa. Qué terrible es entender. No digo el inglés, el cada vez más poético inglés de sus Beatles, aunque también; pero sobre todo qué terrible es entender a los mayores cuando uno todavía no lo es. Qué terrible saber por qué comenzó a ponerse pañuelitos de colores al cuello para nomás de ir a rezar el rosario frente a la Virgen María que tal vez comprendía aquello de la soledad, aquello de encogerse en un rincón porque en realidad nadie sabe si alguna vez también San José tuvo un arrebato (en fin de cuentas, era humano, y seguro que para él tampoco las cosas resultaban muy fáciles, con esa carga de educar para profeta mesías y salvador del mundo al hijo de Otro) y le gritó al niño Jesús que no le joda ni se meta en cosas de mayores, y volcó la mesa de una patada  botando lejos las herramientas… Pero no, estoy volviéndome loco. Loco de verla ahí, tan quieta, tan entre sondas, electrodos y pantallas, tan callada, tan en estado de coma; loco de recordar cómo en ese entonces la vi ir saliendo del pozo, cómo de repente se me puso tan hermosa, cómo dejó de deambular por la casa estrujándose las manos con angustia mientras levantaba los ojos al cielo sin saber qué hacer, cómo volvió a la guitarra, a los Beatles, a Elton John y a la poesía de Bernie Taupin que tanto había amado en esa adolescencia que él le quitó de golpe para traerla al infierno. Porque para qué nos vamos a hacer los que no, ¿no es cierto? Para qué matizar si usted y yo sabemos bien cómo era, cómo fue, hasta ese día que no le quiso dejar ir, y entonces usted, por primera vez, apretó los puños y los dientes, levantó la barbilla en un gesto desafiante sin palabras, pero más claro que el agua, y de pronto se vio tan bella en su amenaza que a mí se me puso un nudo imposible en la garganta, casi como este de ahora, porque supe que de una vez se habían acabado los gritos, y los insultos, y los vidrios rotos, y los encierros, y las palabrotas, y supe que usted nunca más tendría los ojos hinchados ni moretones en los brazos o en cualquier otra parte del cuerpo mientras lo veía replegarse, dar un paso atrás, vacilar ante la determinación de su gesto, farfullar algo así como “no te demorarás mucho” y salir de la escena sin mayor trámite.

            Si solo abriera los ojos una vez más. Pero no. ¿Está? ¿Ya se fue? Los monitores dicen que todavía no. Ojalá pudiera volver, un minuto nomás. Un minutito. Pero todos se van. Primero el padre, ¿no es cierto? Porque un cura siempre será un cura, se diga lo que se diga.  Y peor si la Virgen María está llorando todo el tiempo delante de uno. Las lágrimas de ella son mucho más persuasivas que las suyas mientras subía al auto con un clínex en la nariz, con gafas oscuras a las siete de la noche y yo, entre curioso y enojado: ¿Le pasó algo, mami? ¿Por qué se demora tanto? Y usted nada, nada. Y yo, más curioso y menos enojado: ¿Por qué llora, mami? Y usted de golpe sin poder contenerse, soltando todo sin una palabra, estremeciéndose de pies a cabeza, y yo sin saber qué hacer frente a esos sollozos desconocidos que ya no eran la pura emoción de asistir a un milagro, y tampoco eran el llanto angustiado que todos conocíamos bien, sin atinar ni a preguntar, ni a extender una mano para acariciarle el pelo, ni siquiera a encender el carro hasta cuando la cara pálida y tan triste del nuevo padre apareció en el hueco de la puerta, mirándonos con insistencia, y usted no es que me suplicó, sino que ordenó vámonos por favor, vámonos pronto de aquí. Entonces se acabó la Virgen, y se acabó el rosario de los sábados tarde aunque la abuelita llamara cada viernes a invitarla, y se acabó también la guitarra, y solamente quedaron los Beatles, tan desamparados en su I belive in yesterday que daban una lástima tremenda.

            Y claro, para colmo de colmos, también sus ojos comenzaron a esconderse de los míos, ya nunca más me miraron de frente ni con la franqueza y el cariño de antes, ni siquiera el día en que de golpe él se sintió mal y se desplomó en la cocina, donde había ido a buscar un vaso de agua. Entonces todo fue tan rápido que cuando nos caímos en cuenta ya estábamos en el cementerio mientras la gente nos daba el pésame: era un hombre tan bueno, siempre tan preocupado por su familia, qué pena, pobrecitos, pobres huérfanos, ahora tienes que cuidarles a tus hermanitas y ayudarle a tu mamita, y a mí se me salían a chorros unas lágrimas que hasta ahora no sé exactamente de qué eran, porque si hurgaba en mi interior no encontraba nada más que un hueco enorme, el vacío de toda la vida preguntándome por qué nunca fue de otra manera, buscando algún buen recuerdo que quizá se me escapaba, pensando en el fondo del fondo –y usted también lo sabe–, que por fin éramos definitivamente libres.

            Cuando uno todavía no es adulto siempre le esconden cosas. Y tal vez es lo más conveniente. Quizás hay asuntos que es mejor no atreverse a decir, no comentar, tapar con tierra y lágrimas como usted en el auto aquella noche, igual que usted en el pasmoso silencio de este momento, mientras veo en los monitores cómo se le va escapando la vida y soy capaz de dar la mitad de la mía solo para que abra los ojos un segundo, para que vuelva a mirarme de lleno en la cara por una última vez, y entonces poder decirle, como no me atreví a hacerlo en mis quince años, con el último resto de voz antes del llanto: “No se preocupe, mami: yo le entiendo”.

 

 

Datos vitales 

Lucrecia Maldonado (Quito, 1962), profesora de español, lengua y literatura, y escritora sobre todo de narrativa, con cuatro volúmenes de cuentos: No es el amor quien muere (1994), Mi sombra te ha de hacer falta (1998), Todos los armarios (2002) y Como el silencio (2004). Su novela Salvo el Calvario obtuvo el premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit 2005, ha publicado también un volumen de poesía, Ganas de Hablar (2005) y uno de ensayo, Érase un niño que un día descubrió el aire de la calle (2006). Como narradora consta en algunas antologías, como Antología de narradoras ecuatorianas (Miguel Donoso Pareja), Cuentan las mujeres (Cecilia Ansaldo) y Antología básica del Relato Ecuatoriano (Eugenia Viteri) También está presente en la antología de poesía erótica femenina recopilada por Sheila Bravo, poeta ecuatoriana.

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