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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 127: Jorge Carrera Andrade

04 Ene 2010

Jorge Carrera Andrade  Jorge Carrera Andrade, poeta, ensayista y traductor ecuatoriano (Quito 1903-1977). Es una de las figuras más descollantes de la poesía ecuatoriana  del siglo XX. Su obra, rica en metáforas descriptivas, recibió una fuerte influencia de su estadía en diferentes países donde ejerció la diplomacia.

 

 

 

Mínima antología poética de

Jorge Carrera Andrade

 

 

(Preparada por Sara Vanegas Coveña)

 

 

Mecanografía

 

Sapo trasnochador: tu diminuta

máquina de escribir

teclea en la hoja en blanco de la luna.

 

 

 

Araña

 

Araña del suelo:

charretera

caída del hombro del tiempo

 

 

 

Lo que es el caracol

 

Caracol:

mínima cinta métrica

con que mide el campo Dios

 

 

 

 

Vida del grillo

 

Inválido desde siempre,

ambula por el campo

con sus muletas verdes.

 

Desde las cinco

el chorro de la estrella

llena el pequeño cántaro del grillo.

 

Trabajador, con las antenas hace

cada día su pesca

en los ríos del aire.

 

Por la noche, misántropo,

cuelga en su casa de hierba

la lucecita de su canto.

 

¡Hoja enrollada y viva,

la música del mundo

conserva dentro escrita!

 

 

 

El viaje infinito

 

Todos los seres viajan

de distinta manera hacia su Dios:

La raíz baja a pie por peldaños de agua.

Las hojas con suspiros aparejan la nube.

Los pájaros se sirven de sus alas

para alcanzar la zona de las eternas luces.

 

El lento mineral con invisibles pasos

recorre las etapas de un círculo infinito

que en el polvo comienza y termina en el astro

y al polvo otra vez vuelve

recordando al pasar, más bien soñando

sus vidas sucesivas y sus muertes.

 

El pez habla a su Dios en la burbuja

que es un trino en el agua,

grito de ángel caído, privado de sus plumas.

El hombre sólo tiene la palabra

para buscar la luz

o viajar al país sin ecos de la nada.

 

 

 

Formas de la delicia pasajera

 

El pájaro y el fruto: forma pura

cárcel uno de miel y flor de vuelo

el otro, en una altísima aventura

como un cáliz de plumas por el cielo.

 

Prisioneros los dos de su hermosura

que acaba nada más en sombra y hielo

ya gustado el tesoro de dulzura,

ya el puñado de plumas en el suelo.

 

Fruto cogido, inerte ave viajera,

canto y color del mundo mutilados,

formas de la delicia pasajera.

 

En un destino idéntico apresados,

escapar en su aroma el fruto espera

y el pájaro en sus vuelos deslumbrados.

 

 

 

Árbol de luz tu cuerpo

 

Tú, la mayor, la excelsa forma humana

flor del planeta, suma luminosa

del ala del azul, de la mañana,

de la rosa escondida en cada cosa.

 

Árbol de luz tu cuerpo, ave y campana,

tu dulce voz rompió su fruta hermosa.

Venciste, de palomas capitana

la soledad del hombre con tu rosa.

 

Ya el árbol por el fuego consumido,

la fruta ya campana de ceniza,

ya la campana, hueso de sonido,

 

tu presencia de música perdura,

paso de aroma y eco entre la brisa,

luz sobre la derruida arquitectura.

 

 

 

Las armas de la luz

 

                        I

El día, alzado en armas,

gira a mi alrededor ¡oh cerco de oro

seguido por la azul caballería

del horizonte en trance de palabra

o de vocal redonda eternamente!

¡Del paladar de nubes, oh bostezo,

oh suspiro entre rocas amarillas

y emboscados ejércitos solares!

Me entrego al sitiador esplendoroso,

prisionero de sombra sin combate,

rendido a la evidencia meridiana,

omnipresente en árbol, roca, insecto,

paraíso terrestre renovado

casa día del mundo, sin la fábula,

en las cosas dispersas libremente,

cuya sola presencia es un mensaje

en idioma de luz que me penetra.

La luz hace nacer todas las formas,

extranjera venida de la altura

palabra de lo eterno repetida,

hasta el fin de los siglos siempre virgen,

más vieja, sin embargo, que las piedras

o que los animales o las plantas,

madre del universo pasajera

de planeta en planeta, que por turno

se animan al amor de tu mirada.

 

 

 

Hombre planetario

 

                        I

Salgo a la calle como cada día.

Fantasma entre las casas me pregunto

el color de la hora, el rostro incierto

del azul que me mira

hasta arder en su fuego más recóndito.

La ciudad me cautiva, red de piedra.

Las calles me persiguen,

se congregan en torno

de las plazas de sol, grandes tambores

forrados con la piel

de cordero del cielo.

¿Soy ese hombre que mira desde el puente

los relumbres del río,

vitrinas de las nubes?

Fui Ulises, Parsifal,

Hamlet y Segismundo y muchos otros

antes de ser el personaje adusto

con un gabán de viento que atraviesa

el teatro de la calle.

 

 

 

Linaje

 

Árboles de los Andes, yo crecí con vosotros.

Mis brazos se alargaron como ramas sedientas

al inmenso horizonte.

El águila de Patmos, ¡oh gran libro volante!

me enseñó el evangelio de las rocas.

Yo vengo de un país anterior a Baalbek,

de un mundo sumergido en el Océano

hace muchos milenios.

He vivido cien mil domingos en la tierra

y he visto sobre el surco de las nubes

a los bueyes alados de Babilonia y Nínive.

 

Hoy regreso del fondo de los siglos.

Traigo en mi cráneo, cántaro de hueso,

toda la historia humana,

los ríos de la tierra disueltos en mi sangre

y todas las señales de la espada en mi cuerpo.

Mis ojos son los mismos

que vieron perecer las ciudades en llamas,

surgir nuevas naciones,

sembrar en las cenizas,

renovarse los bosques,

sin que turbe en nada el orden cósmico.

Gira el planeta mudo en su prisión azul,

y a la hora del ocaso cada día

el oro resplandece en los ríos del mundo.

 

Mi estirpe es del extremo de la tierra,

de la última península

donde el peñón sucumbe al asalto de espuma.

Todo se vuelve arena derramada.

Se borra toda huella.

Sólo queda una piedra de la ciudad sepulta

en medio de la selva.

La piedra guarda un viejo tesoro planetario

en su talega oscura.

 

Hombre de ojos antiguos,

veo de mi ventana

la Oceanía del cielo y las confusas

Islas del Paraíso,

mientras sube un satélite a la luna

como el fruto erizado de un castaño de oro.

 

 

Datos vitales

Jorge Carrera Andrade, poeta, ensayista y traductor ecuatoriano (Quito 1903-1977). Es una de las figuras más descollantes de la poesía ecuatoriana  del siglo XX. Su obra, rica en metáforas descriptivas, recibió una fuerte influencia de su estadía en diferentes países donde ejerció la diplomacia. Hizo parte del grupo literario «La Idea» y fue uno de los iniciadores de la renovación lírica en Latinoamérica con un importante aporte a la vanguardia. Entre sus obras se destacan: El estanque inefable en 1922, La guirnalda del silencio en 1926, La hora de las ventanas iluminadas en 1937, Familia de la noche en 1953 y Floresta de los guacamayos en1964. Además fue autor de numerosos ensayos y traducciones publicados en diversas revistas de habla hispana. Recibió el Premio Nacional de Cultura en 1977 y falleció un año después.

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