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CÍRCULO DE POESÍA

 

Sobre “En el jardín de los cautivos” de Maritza M. Buendía

30 Mar 2013

Celeste Rivas nos presenta una reseña en torno al volumen de cuentos “En el jardín de los cautivos” de Maritza M. Buendía, publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, ganador del Premio Nacional de Cuento Julio Torri 2004.  También mereció el Premio Bellas Artes de Literatura José Revueltas de Ensayo por Poética de Vouyeur, poética del amor. Juan García Ponce e Inés Arredondo.

 

 

 

 

Ópticas

 

 

Creo que ser un poco voyerista

es esencial para ser escritor.

Es necesario mirar a los otros.

Ana M. del Rio

Los años de silencio

 

 

La sociedad, la naturaleza, el universo, el globo terráqueo, se han puesto constantemente bajo una lupa: se les persigue con cámaras, como el gran hermano. No puede, individuo, cosa, animal o ente, escapar de la vigilancia, pese a que en estos días el acechar (aunque sea sólo por contemplar al otro) resulta peligroso tanto para el observador como para el observado. Amablemente, lo que vuelve único al acto de mirar, es el qué, quién y cómo se ve desde fuera.

En cuanto a la literatura, los mundos posibles, sus visiones, resultan de suma importancia para que las cuartillas perduren, donde es imprescindible la presencia del lector. A la vez, como si se tratara de un círculo, el ojo del espectador permite al fotógrafo seguir buscando blancos a los qué disparar para resguardarlos luego como una imagen en un papel. En consecuencia, los personajes, las historias, incluso el mismo autor, están bajo los ojos y las expectativas de los lectores ávidos, deseosos, curiosos de conocer o de experimentar a través del otro eso que sólo con palabras puede saborearse.

El trabajo del narrador como actante reside en conducir al lector a través de una historia, cuya trama está supeditada a la visión previa de un autor, quien posee una determinada intención. El narrador cuenta su versión de las cosas conforme él las percibe, ya sea desde el pasado, lo actual o la propuesta hacia un futuro.

En los cuentos de En el jardín de los cautivos, de Maritza M. Buendía, algunas veces apenas se insinúa una mirada furtiva, un entrecerrar los ojos para desnudar lo externo y dejar varado al lector entre pensamientos con la sensación de calidez y de goce. No se puede aseverar que lo observado sea una realidad, es quizá el juego puesto por el inconsciente, ese que nos dicta qué ver. “Pero a decir verdad, ni siquiera estoy segura de sentir amor, creo que en todo caso es algo mucho más profundo, mucho más violento. Estoy enamorada del deseo que despierto en él, de sus ojos cuan­do me miran, de sus manos”.[1]

Las sensaciones derivadas de las pupilas se reflejan en una exaltación y dilatación de ciertos órganos. Ver por fuera y echar la mente a volar es una peculiaridad del ser humano, quien, contrario al animal, no siempre busca con los ojos una presa para comer; en ocasiones, también la busca tan solo por deleite.

Mi cercanía con la fotografía me ha dejado claro que la espalda descubierta de una joven puede captarse desde tantos puntos que un único fotógrafo es incapaz de captarlos todos. “La mirada sobre la fotografía avanza hacia la reconstrucción, entran en juego la memoria y el deseo, ambos en un estado alterado, naturalmente”.[2] La presencia fotográfica en los cuentos de Buendía logra transmitir una cierta excitación de sus personajes. El lector recrea una sensación placentera, esa que consigue hacer un rubor en las mejillas. Narrativamente, el objetivo de la autora consiste en que el lector disfrute de observar al otro en los momentos de mayor lucidez sexual. El que observa está consiente de que lo que ve, le produce placer y, como si disfrutara de una exposición fotográfica, queda permeado de la sensualidad de una niña, quien pretende ser una joven con los ojos lascivos de un adulto “Por más intentos que hago, nunca los observo de frente. Despacio, muy despacio, giro la cabeza, y cuando casi los veo un rubor asalta mi rostro, cosquilleando hasta mis pies”.[3]

Al final, cada uno (autor, lector y personaje) saborea en solitario cada una de las imágenes.

Y ya que he mencionado al voyeur, me parece necesario y natural relacionar los cuentos de Buendía con lo planteado por Marcela Quiroz en La ilusión de ser fotógrafo, pues en la contemplación se altera o se incrementa, nace o muere el deseo. La mirada es una pulsión de la que no es fácil escapar y de la que nadie se encuentra exento. Al mismo tiempo, en El voyeur en la literatura del siglo XX se habla del voyeurismo “como de una indiscreción íntima, la mirada voyeur partiría de un criterio metonímico –el ojo acoplado a un sistema mayor (el cuerpo) que a su vez se conecta a unos impulsos escopofílicos y sexuales–”.[4]

Entonces, ¿el voyerista reacciona ante determinadas imágenes sexuales o ante todas las imágenes sexuales?

Frente a una exposición fotográfica, el espectador sufre una variedad de reacciones ante las imágenes que se les han puesto en cuadro. Su criterio ante lo que observa le dará la sensación de placer o displacer. El objetivo del voyeur es casi siempre celoso y exquisito, especie de arte que requiere de palabras (de velos, de cortinas) para evitar lo grotesco. “Ese es el juego, la fantasía: salir cada tarde, llegar con él y describirle las miradas del día. Y todo lo hago religiosa y detalladamente, tal y como él lo exige”.[5]

El intento de abarcar las miradas potenciales que surgen de un texto, ya sea un cuento o una fotografía, o una fotografía que se deriva de un cuento, dejan al autor como un mero devanador de imágenes: el contorno, el contexto y el texto en sí mismo es sólo una visión que se conjuga en un único acto, cualquiera que este acto sea; en este caso, la escritura.

Narrador o fotógrafo, lo plasmado no quita esencia a los objetos. Por el contrario, el arte brinda otra perspectiva, un uso distinto, un mundo en silencio.

 

 


[1] M. Buendía, Maritza, En el jardín de los cautivos, Tierra Adentro, México, 2005, p. 49.

[2] Quiroz Luna, Marcela, La ilusión de ser fotógrafo, Universidad Iberoamericana, Santa Fe, México, 2007.

[3] M. Buendía, Maritza, op. cit., p. 49.

[4] Sanabria, Carolina, El voyeur en la literatura del siglo XX, Filología y Lingüística XXXIII (1), México,  2007, pp. 45-60.

[5]  M. Buendía, Maritza, op. cit., p. 29.

 

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