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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de Ignacio Trejo Fuentes: Gordo Sabio

08 Mar 2013

Presentamos un magnífico cuento de Ignacio Trejo Fuentes (Pachuca, 1955),  “Gordo Sabio”. Trejo ha publicado las novelas Hace un mes que no baila el Muñeco El vaquero más auténtico que existió ásí como los volúmenes de cuento Besos del diablo y Tu párvula boca. Es autor del clásico Crónicas romanas.  Es uno de los críticos más lúcidos de narrativa en México.

 

 

 

Gordo Sabio

  

Para Jorge López Páez

La parte linda

Puedes jurar que cuando la viste por vez primera no llamó tu atención su belleza, pues semestre tras semestre los salones en que dabas clases en la Universidad estaban llenos de jovencitas lindas. Y seguramente hubiera sido una más de no ser por el interés que ponía en la clase, manifestado varias veces al sugerir continuar con el tema en la cafetería.

Tú, tan hosco en general, acostumbrado a poner barreras entre el Profesor y los alumnos, y que no era sino una barrera –reconócelo– para ocultar tu ingrata timidez, accedías con todo entusiasmo a ir con Araceli y algunos que al principio se agregaban, porque querían oírte de cerca. Pronto, las reuniones eran sólo entre ella y tú.

Tu timidez, que era un complejo al que habías renunciado combatir desde hacía muchos años, se debía a tu enorme gordura. Desde niño padeciste las burlas de tus compañeritos de la escuela e incluso los feroces sarcasmos de tu propia familia, padres y hermanos incluidos. Mientras crecías –en todos los sentidos: tu estatura se hacía tan escandalosa como tu obesidad– trataste de imponerte al desorden, te sometías a dietas de miedo, caíste, aunque no sabías qué era eso, en un proceso anoréxico que llegó a mortificar a tus padres. Pero fue inútil, ni dietas rigurosas ni médicos ni nada pudo contener el crecimiento de tu anatomía, y al entrar a la preparatoria te resignaste a ser el Gordo, el Tonel, a llevar como Dios te dio a entender los chistes, las bromas crueles; sobre todo las burlas. Como te descubriste inútil para hacer cualquier deporte, porque tu torpeza generaba más y más episodios y comentarios ridículos, terminaste por refugiarte en la música, y sobre todo en la lectura. Detrás de los libros veías pasar el desfile de chicas hermosas, convencido de que eran paraísos lejanos, inalcanzables. Tu ingreso a la Universidad para estudiar Letras acentuó tu inseguridad y las medidas extremas de parapetarte en la música y la lectura, sólo que algo como una coraza te impedía sufrir más de la cuenta: «Qué le vamos a hacer», te decías, y tus palabras eran como bálsamo. Sustituiste tu lejanía de los deportes y las mujeres con conocimientos que sobrepasaban los estándares, y te convertiste inopinadamente en un gordo sabio. El Gordo Sabio, te decían, y advertiste que a esas alturas ya no había burlas, imponías respeto a quienes te rodeaban, y de ahí a hacerte profesor una vez terminadas la licenciatura y la maestría fue cosa automática.

Tu relación con las mujeres fue distante y fría, pese a su abundancia en los salones y en los corredores de la Facultad, en el campus universitario. Lo más cercano a ti eran los personajes de novelas o películas, y debes admitir que envidiabas con rabia no ya a quien podía poseerlas, sino tan sólo inventarlas. Tu mente se fue volviendo así un torbellino tempestuoso de mujeres. Y no sufrías, la verdad es que no sufrías: aprendiste a acorazarte, y tus únicos contactos sexuales, incluso el inicial, fueron con prostitutas, las que buscabas con frecuencia en todos los rumbos de la ciudad, y con quienes aprendiste las delicias del sexo, aunque pagado. Hacías comparaciones con los amantes de las historias que leías, o de los que surgían de las conversaciones de tus compañeros (no tenías amigos, reconócelo) y siempre salías ganando: te considerabas un conocedor de toda la mecánica amatoria, y te reías de ti mismo cuando al ver a una linda mujer te decías: «Si tú supieras todo lo que podría hacerte, enseñarte». Cerrabas de tajo tu imaginería y volvías a la rutina: oír música, leer, dar clases.

Araceli se acercaba a ti con una naturalidad pasmosa, como si se conocieran desde siempre, de modo que no te sorprendiste la vez que te invitó a su casa a comer y escuchar música. Sabías que vivía sola, en la colonia Roma, en una casa de aires porfirianos que le había heredado la familia. Estabas enterado que su relación con su padre era firme, amorosa, aunque distante, porque él se movía en un mundo agobiante e impreciso de negocios (poseía una fábrica de artículos deportivos, era dueño de un equipo de futbol y accionista mayoritario de una empresa cementera), y sólo por milagro podían charlar. Aprendiste a no tratar de saber más de ella y de su familia desde que tu torpeza hizo que preguntaras por su madre y respondió, con gesto imprecisable: «Es una puta, no hablemos de ella».

Ese conocimiento te hizo imaginar tramas descabelladas en torno a los padres de Araceli, suponías que se habían separado por infidelidades, traiciones, serios desequilibrios, y aunque tratabas de cerrar los ojos de tu imaginación las conjeturas volvían una vez y otra, en el fondo como una manera de explicarte el carácter singular de tu alumna.

Reía siempre, ninguna sombra de pesar parecía circundarla, y su sentido de libertad y suficiencia era más que evidente. Esa primera vez en su casa, en la Roma, fue desconcertante para ti: ¿qué hacía esa chica viviendo en ese espacio amplísimo más apropiado para habitat de fantasmas? Porque la casa era enorme, en partes sombría, a pesar de los cuidados materiales que Araceli y dos sirvientas le prodigaban. La fisonomía del lugar pareció cambiar de repente mientras comían y escuchaban música, y más cuando en la tarde ella apagó el tocadiscos y se sentó al piano y empezó a ejecutar piezas bellísimas, suaves, dulces. Creíste reconocer a Vivaldi, a Schuman, mas de repente parecía que estabas ante Mozart, o Liszt, o Beethoven, Te explicó que, en efecto, hacía mezcolanzas, y rara vez ejecutaba algo unitario. Tu experiencia de melómano te hizo admitir que tocaba el piano espléndidamente, y fue sorpresa que dejara a los clásicos y empezara a acompañarse para cantar viejas baladas en español y en inglés. Qué sorpresa magnífica fue su voz: era un arrullo embelesante. Eso: te embelezó su voz, y cada vez que terminaba una canción te deshacías en aplausos, en elogios: estabas de verdad impresionado.

«No es para tanto», dijo, «esto no es más que la aplicación de un aprendizaje largo y minucioso». Y como no queriendo te hizo saber que en casa, siendo niña, cuando vivía con sus padres, además de ir a la escuela tomaba clases de música, de idiomas (el inglés lo mamó: su madre era inglesa). De manera, te hizo saber, que tocar el piano o cantar no tenía mayor mérito que andar en bicicleta o nadar. Era noche cuando saliste de su casa, y te llevaste, para soñar con ella, su voz acariciante. Sentiste, al despertar al otro día y durante el fin de semana que no la viste, que algo dentro de ti se había desordenado.

Y sí, algo confuso nació en ti, y llegaste a pensar que en ambos, porque desde la semana posterior las invitaciones a comer en su casa abundaron, y sin darte cuenta empezaron a salir como si no fueran una simple pareja de maestro y alumna. Volvió a deslumbrarte la noche que te llevó a un bar, en Polanco, donde fue recibida con caravanas de reina por los meseros, por los músicos y por una nutrida masa de parroquianos que se acercaban a saludarla, felices de verla. Te presentaba y luego trataba de deshacerse de aquéllos para darte noticias de la gente que iba a ese lugar: «Me conocen porque cuando me aloco subo a cantar, y los pobres creen que están escuchando maravillas».

Me sumé al coro de los creyentes de que eran maravillas cuando impelida por el público subió al minúsculo espacio donde estaban los músicos, y con simples miradas, con el lenguaje sutil de quienes se conocen la acompañaron para cantar Killing Me Softly With His Song… y más tarde Those Were The Days e Imagine y Yesterday… Y tras cada pieza se desbordaba la apoteosis, corrían cataratas de aplausos, gritos perentorios: Otra, otra, otra… Hasta que, sin dejar de sonreír (sonreía siempre mientras cantaba, y eso sin duda realzaba el poder de su figura en el escenario, fuera del cual nada parecía existir, todo se concentraba en ella), cantó una suave canción en español y sin más agradeció a los músicos y regresó a la mesa hundida en aplausos y halagos. «No te fijes, pasa siempre que vengo». Bebimos una última copa y dejamos el lugar: no hubo necesidad de pagar la cuenta, todo corría por parte de la casa.

Te pareció extraordinario que no sólo refulgía y era la reina en ese sitio de Polanco, sino que sus andanzas incluían bares y antros, inimaginables para ti, de todos los puntos cardinales de la ciudad. Te llevó a peñas donde se daban cita adoradores de la música afroantillana, a lugares donde la salsa era la madre reina, a metederos de tipos y tipas viejos que vivían enclaustrados en la música de los años sesenta, del rock en español. Como si leyera tu pensamiento dijo que sabía esas canciones porque eran las que escuchaban sus padres y los amigos de éstos.

Su relación maestro-alumna seguía incólume, aunque andar siempre juntos en la Universidad y fuera de ella desató suspicacias. «¿Ya vieron qué mujer sensacional tiene el Gordo Sabio?», decían unos al mirarlos. «¿Qué le verá a ese cerdo?», conjeturaban otros. «¿Cómo podrán acomodarse en la cama?» Cuando escuchaste, de refilón, lo último, sentiste desasosiego, porque la diferencia de volúmenes era más que notable. Tu uno noventa de estatura y tus cerca de doscientos kilos eclipsaban su figura esbelta, y a pesar de que no era pequeña (te llegaba a la barbilla) parecía frágil muñeca junto a ti. Y ella parecía no darse cuenta de las miradas que provocaban a su alrededor, como si sólo ustedes existieran.

Ese ir y venir juntos a todas partes te llenó de inquietud. Lo que ella veía con naturalidad extrema, te parecía un tanto fuera de lugar y hasta incómodo. Muchas veces pensaste, cuando estabas lejos de ella, cómo podrías hacerle el amor si esa cosa descabellada llegara a ser posible. Y sacudías la cabeza como tratando de borrarte los delirios.

Hablaban de literatura, de música y de cualquier cosa. Se reían de todo, en cualquier parte hallaban motivos para saber que la vida era buena y dulce.

No dejó de sorprenderte cuando un viernes te preguntó si tenías planes para esa tarde. «¿Qué planes puedo tener si mi vida la planifica ella, si se ordena en su alrededor?», te dijiste. Se trataba de ir a comer a Taxco. Fueron en el auto de ella, modernísimo, lindo. Y la comida fue exquisita, en un restaurante situado frente a Santa Prisca. Luego, caminaron por la ciudad embudo, recorrieron ¡tomados de la mano! (era la primera vez que eso sucedía) calles caprichosas, hechas por locos para locos, por lo que cuando empezó a hacerse de noche se declaró cansada, incapaz de dar un paso más. «No te preocupes», le dijiste, «yo manejo de regreso y tú te duermes». «¿Estás pensando en regresar ahora mismo?», interrogó, «¿no que no tenías planes?» «¿Qué hacemos entonces?», dijiste lleno de nervios (tu timidez que parecía borrarse cuando estabas con ella volvió a renacer). «¡Vámonos a un hotel!» Y fuimos al Monte Taxco, hotel de cinco estrellas desde donde era posible contemplar la ciudad como constelación de luciérnagas, y arriba las estrellas que ya ni recordabas cómo eran por tu costumbre insana de encerrarte en tu casa, en tu ciudad. Con la autosuficiencia que no podías suponer a sus veintitrés años pidió habitación con camas dobles y pagó dos días adelantados con tarjeta de crédito. Tímido como muy pocas veces la seguiste hasta el cuarto, que era sobrecogedor de tan hermoso: jamás habías estado en un lugar como ése.

Te volviste niño de un momento a otro, no sabías qué hacer, te limitaste por eso a seguirla. Entró al baño y salió linda y fresca vistiendo un traje de baño azul que te hizo sentir alucinado. Viste su figura bellísima, como hecha por dioses delirantes y te supiste al borde de la locura. «¿Qué me ves?», dijo, «¿nunca habías visto a una mujer en traje de baño?» «Ya sé que tú no traes, pero ahorita compramos uno», añadió, y esa posibilidad te puso a temblar como un ratón: sabías que no hallarían algo a tu medida. Eso pasó: los trajes que la afanada dependiente te mostró parecían de niño para tu tamaño, y rogabas al cielo que no encontraran algo apropiado, porque te llenaría de vergüenza mostrarte ante ella con tus carnes desparramadas, y más que nada la hora inmisericorde en que deberías confesar que no sabías nadar. Araceli no pudo contener la risa cuando se lo hiciste saber (esa risa inocente, sin malicia, te pareció puñalada trapera), y sólo dijo: «Ni modo, de lo que te pierdes», y se tiró a la alberca.

La viste surcar las aguas como si fuera una saeta: ¡Qué agilidad tan sorprendente! Iba y venía como sirena, como diosa, y tú de nuevo embelesado con su figura, y se acercaba a la orilla donde estabas y te hablaba de lo magnífico del agua. «¿Dónde aprendiste a nadar?», preguntaste a modo de paliativo de tu intranquilidad, de tu ridículo. «En casa de mis padres. Había alberca y tenía instructor».

Salió de la piscina y propuso ir a cenar. Dijo estar muriéndose de hambre. La cena fue espléndida: pastas, filete, vino. Y música: un grupo tocaba canciones, que interpretaba una mujer. Te pareció descubrir en la mirada de Araceli algo como burla por los desfiguros involuntarios de la cantante, pero rechazaste la idea: no era capaz de eso. Le dijiste: «¿Te animas a cantar?» «No, ni loca; me estoy cayendo de sueño. Vamos a dormir».

Durmieron un sueño de hermanitos, cada quien en su cama (Araceli se metió entre las sábanas con el traje de baño ya seco). Al menos ella, porque la tortura del insomnio se apoderó de ti, no dejabas de pensar que muy cerca yacía un prodigio encarnado, y sacudías la cabeza para espantarte los demonios de la concupiscencia. Cuando al fin pudiste dormir, sobresaltado, inquieto, soñaste sin remedio el sueño que en los últimos meses se había convertido en rutina esplendorosa, en obsesión: te veías recorriendo a Araceli palmo a palmo, poro a poro, yendo de arriba abajo por su piel hasta perderte en sus rincones más profundos y mágicos, te veías penetrándola, llenándose los dos de dicha, y al despertar descubriste que en tus ojos había lágrimas, y que ella dormía como duermen los ángeles.

 

La otra parte

Siguieron encontrándose sin falta, se veían un día y otro y otro, a cualquier hora, en la Universidad, su casa o en tu departamento. Comían, leían, escuchaban discos, y se fue haciendo costumbre que te quedaras a dormir en la Roma y, a veces, ella lo hacía en el sillón de tu sala, aunque eran las menos. Fueron notables las escapadas a ciudades cercanas los fines de semana: Cuernavaca, Cuautla, Puebla, Real del Monte… te parecían refugios maravillosos, y dejaron de atenazarte los nervios de mostrarte ante ella en bermudas, de meterte a la parte baja de la alberca para acompañarla en su danza acuática; no padecías insomnios al compartir habitación con ella. Pero ese no declarado matrimonio de hermanos te inquietaba más cada día. «¿Qué estoy haciendo aquí?», te decías, «¿hasta dónde puede llegar todo esto?» Ella, por su parte, parecía indiferente a pesares como ese, se le veía feliz, como si la situación fuera lo más normal del mundo. «¿Me ve como si fuera su papá, el hermano que no tiene?», te interrogabas, y echabas al cesto de la basura las conjeturas, porque a fin de cuentas la diferencia de edades no era tan extrema, tan sólo trece años. Al final te dejabas arrastrar por el modo en que tu relación con Araceli transcurría, sintiéndote extrañamente feliz, hundido en un estado de euforia permanente que no conocías.

Te sentías arrastrado por ella, por su influjo delirante cada que la mirabas enfundada en sus minifaldas de mezclilla y sus blusas también minúsculas, ésas que en las semanas iniciales te perturbaban aunque te negaras a reconocerlo, porque de ellas nacía el anuncio de una carne firme y tersa y deliciosa, y a duras penas podías evitar que tu mirada se perdiera en la contemplación de sus muslos jóvenes y perfectos, de sus senos breves y contundentes, lo que se hizo nada por la frecuencia con que luego podías verla en traje de baño, o a veces cuando mientras ella dormía te levantabas en la noche y en la semipenumbra veías que las sábanas apenas la cubrían, y entonces te convencías de la existencia de la gloria y de que estaba a un palmo de tu mano.

A esas alturas su amasiato era cosa sabida en la Facultad, aunque los testigos se cuidaban de no hacer comentarios al respecto delante de ustedes, alumnos y profesores se mostraban afectuosos, cómplices, aunque creíste adivinar cierta dosis de envidia en las miradas de los hombres; tu ego se hinchaba, mas al calibrar la realidad de las cosas se desinflaba y volvía a los cauces cada días más amargos de la normalidad: se trataba, en efecto, de un simple matrimonio de hermanos, y eso sólo Araceli y tú lo sabían, aun cuando jamás hablaban de eso.

Eran quizás los días de mayor embeleso, cuando sentías al fin que eso era la vida, la prueba irrefutable de la felicidad, cuando sin el menor aviso Araceli dejó de ir a la Universidad y de llamarte por teléfono. Cuatro, cinco, seis días sin ella, sin su halo todopoderoso se te hicieron eternos, pero ante todo inexplicables. Marcaste su número telefónico y nadie contestó. «¿Habrá salido intempestivamente de la ciudad, del país, sin poder avisarte? ¿Por qué no contestan las sirvientas?», te preguntabas en medio de una incertidumbre lacerante que fue volviéndose, poco a poco, pánico ante la certeza de la fatalidad.

Dos semanas, tres, sin verla, sin la menor noticia de ella, se hicieron, literalmente, infernales. Imaginabas cualquier cosa, pero querías convencerte que se había ausentado en uno de esos arrebatos como los que adoptaba cuando te secuestraba para llevarte a otras ciudades. Fuiste a su casa de la colonia Roma y nadie abrió, incluso hiciste guardia varias veces, tratando de encontrarte con ella, o al menos con alguna de las sirvientas para que te dijera dónde estaba, con quién. Inútil. Así que valiéndote de tu condición de profesor averiguaste el número telefónico de su padre, y al marcar la primera vez recibiste una seca, rotunda respuesta: «Aquí no vive ninguna Araceli». Era la voz de una mujer, la misma que te contestó cuantas veces volviste a llamar con la esperanza de que el número estuviera equivocado. Tanta insistencia irritó a la mujer que contestaba, y te exigió no volver a importunarla y amenazó con prevenir a la policía.

Valiéndote del número del teléfono (te habías cerciorado en la Facultad de que era el correcto) diste con el domicilio del padre de Araceli y fuiste allá, a Tecamachalco, a preguntar por ella. Abrió la puerta de la mansión una de las sirvientas que conociste en la colonia Roma, que al reconocerte se puso pálida y empezó a llorar y a decirte que la niña había sufrido un accidente horrible, y que estaba entre la vida y la muerte en un hospital y que tal vez iba a morir y que sus padres no admitían visitas. Con trabajos hiciste que te dijera de qué hospital se trataba y fuiste, ahora como loco. Y sí, había órdenes tajantes de no admitir visitas. Te aferraste e hiciste guardia permanente, y viste que, aparte de los médicos y las enfermeras, sólo podía entrar a la sala de terapia intensiva una mujer muy joven aunque aseñorada, quien se negó a hablar contigo cuando intentaste abordarla. No claudicaste, aunque tus preguntas a los médicos y a las enfermeras no arrojaron nada acerca del estado de Araceli.

Al tercer día de estar en el hospital viste entrar a un tipo que no dudaste en reconocer como el padre de Araceli. Alto, guapo, distinguido, tenía los mismos ojos color miel que ella, el mismo tono cobrizo del cabello aunque surcado ya por tenues líneas blancas; y viste que era amable, porque te saludó al llegar, como hizo con todos los que estaban ahí. De manera que aguardaste su salida y lo seguiste hasta el estacionamiento donde lo esperaba el chofer. Le dijiste que eras maestro de Araceli, su amigo, su director de tesis, y que te habías enterado del suceso y no sabías gran cosa: querías verla, sabías que ella te esperaba… Quien era en efecto padre de Araceli te hizo subir a su auto y como quien explica cualquier cosa te dijo que había sido arrollada por un autobús de pasajeros y había perdido las dos piernas, un brazo y el habla. Conmocionado, escuchaste en medio de una como nube imprecisable y negra, que estaba consciente y había salvado la vida. Al verte llorar, el padre de Araceli, conmovido pese a su apariencia serena, te hizo la promesa de que podrías visitarla en cuanto los médicos lo autorizaran.

Esa oportunidad llegó muy pronto, aunque supiste que hubiera sido muchísimo mejor que no hubiera llegado nunca. Tu reencuentro con Araceli, lo que quedaba de ella, fue un hachazo en tu alma, un golpe demoledor y lastimero.

Recibiendo esos hachazos y golpes te moviste en el hospital los largos días que tu alumna debió permanecer ahí. Qué doloroso ver cómo te miraba, tratando de decirte quién sabe cuántas cosas con una mezcla de agradecimiento y de rabia. Sus miradas y el constante roce de tus manos con la única suya y con su rostro eran su forma de comunicación. Eras un alma en pena, y sin darte cuenta sustituiste a la mujer, su madre, que te había rechazado al principio; el padre iba todos los días aunque fuera sólo unos momentos. Apenas ibas a la Universidad a dar apresuradas, incoherentes clases y te reintegrabas a ese mundo inquietante y amargo.

Los médicos determinaron por fin que era tiempo de llevarla a casa e iniciar la ¿rehabilitación? Ya no te separaste de ella, te convertiste en lastimero ángel guardián. Con el papá dispusieron hacer remodelaciones en la casona de la colonia Roma para que por medio de rampas por todos lados ella pudiera moverse en su silla de ruedas motorizada, y un equipo de enfermeras se puso a su disposición. Era increíble la voluntad de Araceli para asirse de ese nuevo, extraño mundo; tomaba sus medicinas puntualmente, y te hablaba con los ojos siempre llenos de agradecimiento, de ternura y a veces de lágrimas, y aprendió a escribir con la mano izquierda. Fue así como mostró interés por ser llevada a Inglaterra para que por medio de amistades poderosas de su madre, que vivía allá, le hicieran prótesis de sus dos piernas y su brazo. Luego de tres meses se instalaron –tú y ella y una de las sirvientas– en Londres, en un departamento, previo acuerdo tácito de no hacerlo en casa de la madre, quien vivía con su esposo y dos hijos; se agregó un par de enfermeras locales, y las idas y venidas al hospital se volvieron un hábito despiadado que, no obstante, era soportable por la esperanza inocultable en los ojos brillantes de Araceli.

Casi medio año después volvieron a México, donde se reanudó el via crucis: como un guardián inclaudicable, como una madre amorosísima, te desvivías tratando de que Araceli aprendiera a utilizar las prótesis, pero algo te dijo, desde el principio, que todo sería inútil. Se negaba a que se las pusieras, y prefería ir de arriba abajo en su silla de ruedas que aprendió a manejar de maravilla. Te reincorporaste a las clases en la Universidad (se había vencido el permiso que obtuviste antes de ir a Londres, y ese tiempo vivieron de la generosa cuenta bancaria que el padre de ella abrió a tu nombre), pero aceptaste sólo medio tiempo, pues te pesaba dejar a Araceli en manos de las sirvientas.

Te fuiste haciendo a la idea de que Araceli permanecería en su silla hasta el fin de los tiempos, y no dejó de sorprenderte su eterna sonrisa, que se hacía júbilo cuando se acercaba al piano y ejecutaba extrañísimas piezas con su mano y aporreaba en forma patética el pedal con una de las falsas, inútiles piernas. (Insistía en una melodía, y al ver tu extrañeza te ilustró: «Malgre Tout», de Ponce.) Pasaba horas interminables ante el piano, y era escalofriante escucharla, verla cantar sin voz. Cuando se daba cuenta de que estabas presente cesaba su pantomima estrujante y se derrumbaba, llorando, sobre el teclado. La apartabas de ahí y la llevabas, completamente inerte, a la cama. Se recomponía y buscaba la manera de paliar tu desconsuelo fingiendo sonrisas, acariciándote, y haciendo que le pusieras las prótesis y persistieras en el intento fracasado de antemano de hacerla caminar. Luego, en su silla, iba al estéreo y ponía música disparatada, sin ton ni son.

Ese mundo fue estrechándose, ahogándote, ahogándolos, y casi mueres cuando una tarde de domingo te pidió que le hicieras el amor. Trataste de hacerte el desentendido, pero una nota apresurada te repitió la petición, perentoria, letal. Vino a tu enmarañada cabeza el tumulto de imágenes que te habías hecho al empezar su relación como de hermanos amorosos en las que te veías recorriendo trecho a trecho su piel, sus poros, pero nunca pensaste que eso tendría que concretarse ahora y en esas condiciones. Movido por tempestuosos remolinos, la llevaste a su habitación, la tendiste en la cama y empezaste a desnudarla. Fue impactante tenerla frente a ti, incompleta y ansiosa, y te viste de pronto besándole los senos, los muslos que desembocaban en muñones rojizos, y te perdiste en su sexo, lamiéndolo y sintiendo un vértigo inexplicable al tener su mano acariciando tu cabello y sus muslos cerrándose sobre ti hasta casi asfixiarte. Al penetrarla sucumbiste a un delirio extraordinario, que culminó con los espasmos de ambos. Tendido a su lado, viste cómo Araceli estaba una vez más agradecida, amorosa…

La práctica amatoria se convirtió en algo cotidiano y frenético, parecían no pensar en otra cosa que no fuera estar uno encima, dentro del otro. Se amaban en todos los rincones de la casa, y muchas veces debieron improvisar posturas inverosímiles para dar rienda suelta a sus delirios. Dejaste de ir a la Universidad, y no les importaban las miradas de las sirvientas, ni siquiera que una de ellas determinara irse de la casa. Iban de la cama al piano o al estéreo, y volvían a acurrucarse, plenos, satisfechos. El mundo había dejado de existir para ustedes, hasta que un ansia indominable por hacerlo renacer creció en Araceli. Fue tal su empeño que aprendió a caminar con sus prótesis, y parecía un robot grotesco dando pasos metálicos y tambaleantes. Iban a los lugares de antes, a los bares, y quienes se acercaban a saludarlos lo hacían con gestos inevitables de desconcierto, primero, de conmiseración después. Iban a conciertos, al cine, al teatro, y en todas partes eran vistos como los bichos raros que eran.

Estaban tan compenetrados que tardaste en darte cuenta de la transformación que operó en Araceli. Su antes perfecto cuerpo de bailarina empezó a engordar por todos lados, excepto los muñones, y llegó a ser tal su gordura que las falsas piernas fueron insuficientes para sostenerla. «Qué importa», dijo alguna vez, «no salimos y ya».

Si eso hubiera sido todo… Pero la metamorfosis empezó a manifestarse en ti, aunque a la inversa: empezaste a enflacar de manera alarmante: tú, el Gordo Sabio, el Tonel, el Mastodonte impresionante, viste cómo tu rostro, tu cuerpo entero empezaba a llenarse de bolsas, tu piel se hizo flácida y ojeras profundísimas rodearon tus ojos, la fatiga se apoderaba de ti al menor esfuerzo.

Si eso hubiera sido todo… Pero fueron de tal alcance los estragos de esa incomprensible transformación que empezó a parecerte fastidioso hacer el amor con Araceli, te parecía increíble que sus senos que antes cabían en tus manos se hubieran convertido en adiposidades despreciables, y llegó a darte asco acariciar su sexo con tu boca, porque si antes sus muslos eran como una suerte de entrada al paraíso eran ahora pesadísimas lápidas. La frescura que antes existió se hizo nido de olores nauseabundos. En cambio, Araceli se volvió más golosa, hacía que eyacularas en su boca cuantas veces pudieras, te hacía penetrarla una vez y otra y otra en medio de la música escandalosa y sin sentido.

Si eso hubiera sido todo… Mas la constatación de que ese delirio había tocado fondo, que la locura de Araceli te estaba contagiando en forma inapelable, te hizo muchas veces pensar en dejarla, en huir. ¡Pero cómo! ¡Tú, el Gordo Sabio, el bueno, el generoso, pensando esas infamias! Ya no podías dormir, y sólo comías lo necesario para no morirte de a de veras. En tanto, Araceli dormía como bendita y comía como cerda, y se volvía más exigente en la cama, se engolosinaba pidiendo que le lamieras los muñones, que la penetraras por todos lados con los instrumentos más descabellados, vivías (¿vivías?) para complacer sus caprichos que crecían en cascada. La turbiedad que veías en sus ojos se fue anidando en tu alma.

Si eso hubiera

 

 

 

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