title

CÍRCULO DE POESÍA

 

¿Por qué los estudiantes de literatura no estudian literatura?

27 May 2013

Pedro-Coronel-4

El poeta y ensayista Alberto Paredes (Pachuca, 1956), uno de nuestros pensadores más lúcidos, nos ofrece, en exclusiva, la conferencia “¿Por qué los estudiantes de literatura no estudian literatura?”. Este ensayo fue leído en en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 5 de mayo de 2011.

 

 

¿Por qué los estudiantes de literatura no estudian literatura?

 

Literature is basically a matter of technical discoveries
K.K. Rhutven: A Guide to Ezra Pound’s Personæ (1926)


I have met but very few people in my life who really care for poetry
T. S. Eliot: “Introduction  to Personæ, 1928”

 

Contraste inicial

A un estudiante de artes plásticas no le pasa por la cabeza quejarse ni rebelarse ante la imposición de aprender y dominar las disciplinas básicas, cuando es aceptado en la academia para iniciar sus estudios profesionales; hablo de dibujo figurativo de imitación con modelo presente, leyes renacentistas de perspectiva, de composición y de las proporciones clásicas (la famosa sección áurea), etc. Ese joven aspirante a artista quizás pretende que la academia le proporcione un título curricular para ganarse la vida mientras hace su obra, ante lo cual no tenemos derecho a elevar ninguna indignación puritana.  Quizás se le ha metido en la cabeza que lo suyo será la pintura abstracta, el collage, las técnicas mixtas con explotación de recursos brindados por programas de computación, o incluso obras heteróclitas como performances, instalaciones, arte conceptual, mediático, ciber-obras. Y de todos modos, dado que se ha inscrito en una universidad, sabe que no hay más remedio que resignarse a dibujo de imitación 1 y someterse a perspectiva renacentista, equilibrio clásico, etc. Con suerte, ese muchacho sacará raja de la obligación escolar y saldrá con un buen botín de trucos y astucias al servicio de “su arte”.

De manera similar, ningún estudiante de conservatorio (pensemos ahora en una jovencita aspirante a flautista de concierto, un muchacho que sueña con ser clarinetista, tanto clásico como de free jazz, un ensimismado musicólogo de corazón y ojos introvertidos, los iluminados que quieren escribir las partituras de su tiempo, apelando al análisis, disociación y producción de sonidos mediante sintetizadores o lo que su tiempo tecnológico les ofrezca), y bien, esos muchachos, una vez admitidos, cuando se van a tomar la primera cerveza juntos, harán bromas, pero no se quejarán en serio ni planearán un escrito declarándose sorprendidos porque los primeros años de conservatorio les muestran un horizonte de torturas debidas a solfeo y más solfeo, bases de composición, técnicas de digitación, de respiración continua y del mejor soplado del instrumento, posiciones y técnicas de dedos o labios, embocamiento, etc. Todo para el palmario fin de conocer y hacer sonar su instrumento. Y sacar su diploma, claro.

Los ascensos a los Everest y Montes Athos olímpicos de su arte inmarcesible vendrán después, tal vez mucho después, quién sabe cuándo. Por lo pronto, a levantarse temprano mañana para solfeo 1.

En cambio, los estudiosos universitarios de otra arte inmortal (ojo: en este caso, se llama facultad y no se compromete a formar artistas sino estudiosos e investigadores de la disciplina en cuestión) presuponen optimistas y confiados que se va a mantener una tradición o inercia proverbial en el cenáculo del que son recién-venidos: la carrera consistirá en cursos generales, panoramas amplios de épocas, escuelas, tendencias, y sí, algunos “seminarios” analíticos y muy pocos cursos centrados en arideces técnicas. Las filologías y los españoles, los latines, con qué fastidio.

Esa carrera es la nuestra, acostumbrada al caudal interminable de “el agua, el tiempo, el erotismo, el oriente en Octavio Paz”, “el papel de la mujer en Juan Ruiz o Tirso o Galdós o, –cómo no– en el delirante Corbacho”, “el pensamiento de izquierda en José Revueltas”, “orfandad, machismo, revolución, en Juan Rulfo”.

¿Qué más? “La realidad y el deseo o la soledad y el homosexualismo en Luis Cernuda”, “tiempo, noche, laberinto en Villaurrutia” y todas las etcéteras incluso sugerentes que el respetable desee.

¿Por qué nunca: “el endecasílabo blanco en Paz”, “la métrica fluctuante en El Libro del Buen Amor” o “versos que cuentan y versos que cantan en Juan Ruiz”? Lo mismo que nunca “agilidad y cadencia en el verso de Tirso” o “tiempos y ritmos escénicos en Tirso”, “figuras retóricas y estrategias discursivas en El Corbacho” o “párrafo y metáforas encadenadas” en el mismo libro, “arquetipos e individualización de personajes en Galdós”, “imágenes bíblicas y prosa acumulativa en Revueltas”, “lirismo que narra en Rulfo”, “Xavier Villaurrutia: muy diestro versificador de metros tradicionales pero nada más”, “la inusitada maestría métrica y técnica en general de Luis Cernuda”; “¿qué tan bien suenan los sonetos de Jorge Cuesta?”

Podemos seguir hasta el infinito, época tras época, escritor por escritor. ¿Por qué los estudiantes rehúyen tanto que parece una conjura tramada el estudio de cómo están hechas las obras que reverencian y cuáles son sus singularidades formativas y constructivas?
Todo esto ha sido un rodeo, una holgada parábola geométrica, una perífrasis retórica, para soltar llanamente una pregunta: ¿por qué los estudiantes de literatura no estudian literatura? Quiero decir: ¿los estudiantes de letras tienen fobia por estudiar las técnicas literarias o qué pasa aquí?

Evocación y nostalgia no pedidas

Mi talón quincenal dice que llevo 27 años (de los cuales, más de quince en el Posgrado, desde 1995) cobrando sueldos como profesor de la carrera que forma críticos literarios profesionales en la mejor universidad de México, una de las mejores del orbe hispánico, laureada y reconocida internacionalmente. Francamente, no puedo dejar de hacerme con dolor la pregunta expresada; con el dolor de quien se hurga la propia herida ya vieja, la llaga supurada en los propios tejidos. Cuando me paro a contemplar  nuestro estado, etc.

No quiero caer en el tedio de que todo tiempo pasado… pues es difícil no ceder a la ambrosía de idealizar el propio pasado, la juventud como mi divino tesoro pero creo recordar que al grupito de mis amigos inseparables a lo largo de la carrera nos encantaban las especies de crucigramas con corpora inventados que nos diseñaba Claudia Parodi en Fonética y fonología, nos gustaba mucho el deporte de hacer los arbolitos de Chomsky para graficar las oraciones simples y compuestas, y, si bien fuimos obtusos para gozar las declinaciones latinas y la yod cuarta, tuvimos nuestro sarampión de teorías literarias, de taxonomías, un largo enamoramiento por los formalistas rusos a los que les leíamos cuanto artículo pescábamos en las bibliotecas, antes del juguete google; lo más señalado fue nuestra manía, acaso incurable y llena de secuelas, por el / los estructuralismos y post-estructuralismos; con el inolvidable llamado a la sensatez que fue el discurso de ingreso al Colegio Nacional de Antonio Alatorre, ocasión a la que acudimos en masa como sus incógnitos groupies de gayola (habrá sido el 26 de junio de 1981), ávidos de oírlo como quien asiste al fin al estreno de un filme prohibido con vocación de escándalo. Sí, que muera el neogramático con todos sus mamemas! A esforzarnos a decir el texto con la llaneza de los maestros proverbiales, en el español derecho que sentencia Juan de Valdés.

Menciono a Antonio y creo que debo parar un minuto para rememorar con calma: ¿qué otros profesores nos hicieron bien, nos empujaron a leer con mezcla de atención y pasión? En el primer año de la carrera influyeron mucho en nosotros, cada uno con su estilo tan disímil, Mauricio González de la Garza y Germán Dehesa; en los españoles, Elizabeth Luna y José Moreno de Alba, tan didácticos, gentiles y conocedores de lo suyo. Otros guías literarios fueron para mí Eugenia Revueltas, Margo Glantz, Dolores Bravo, Margarita Peña; por supuesto la fineza filológica de Manuel de Ezcurdia, y al final de la licenciatura el recién llegado a México Manuel Garrido con su vocación brechtiana. Siempre supe, por los entusiastas comentarios de mis amigos, que me perdí de ser formado por Arturo Souto, Federico Álvarez y Horacio López Suárez, trío de hispano-mexicanos transterrados, de tanto brillo y generosidad humana.

No obstante, permítanme la acaso descortesía de tener la sensación que muchas veces la atención de esos profesores valiosos se orientaba hacia el estudio temático y conceptual de las obras y que los comentarios de la construcción formal quedaban subordinados al asunto humano contenido y expresado en esa novela, cuento, obra de teatro, poema… En este recuerdo, acaso injusto o maquillado, sólo me salta como con un brillo de hechizo Manuel de Ezcurdia yendo despacito a lo largo de los versos de Cernuda, Machado y Aleixandre. Al final de esas sesiones de relojería, mis amigos entrañables y yo, salíamos hipnotizados por el mundo verbal que habíamos visitado tan vertiginosa y lentamente a la vez. Era esto exactamente: acabábamos de estar en un texto. Lo mismo, pero ya en el piso de petit comité del Posgrado, con Antonio Alatorre querido. Los poemas de Garcilaso, Fray Luis, Quevedo, los Argensola, Góngora, el Marqués de Villamediana, y claro que sor Juana, eran algo fresco y vigoroso cuando Antonio sostenía su ejemplar durante las dos horas inolvidables del seminario. Y no sólo ellos, en la otra materia que se inventó, como de club de lectores duros, me dejó experiencias que me marcaron para siempre: leernos una oda elemental nerudiana, haciéndonos ver cuán clásicamente renacentista es su “subestructura métrica”, qué transparente apareció la arquitectura de ese poema como columna flaquita y grácil en sus manos manchadas de Delicados sin filtro; sus agudos y hasta pícaros comentarios al Grado cero barthesiano; y una sesión en que me le subí a los bigotes pues yo insistía en que Alguien que anda por ahí contiene varios cuentos muy menores para tratarse de un Cortázar; pero a él le gustaba el librito y por supuesto que mis vehemencias de cortazarólogo no lo movieron un milímetro de su silla, hasta que me dejó a medio ruedo, como buril mareado de los desplantes del mandón, con dos frases que son parte del tesoro de mi vida: “Un libro de cuentos como este al año, sería algo muy grato y muy bien recibido, yo con esto me doy por bien servido”; para rematarme como palmadita condescendiente con aquella otra frase tan suya, hombre riguroso y generoso, que lo pinta en su vocación filológica: “Alberto, las cosas que uno siente en la lectura jamás pueden estar equivocadas”. –¿Qué debo hacer a lo largo de toda mi vida para recibir ese dictum que me regalaste, querido Antonio?

Paro ahí esa idea, esta digresión jubilosa, para tomar otro hilo y volver a los sabores ácidos: ¿cuántos pues de mis maestros de literatura subrayaban lo literario del asunto?, ¿cuántos de ellos nos obligaban a usar la lupa para estudiar las minucias técnicas de las que habla con orgullo John Hollander en The Work of Poetry?, libro legendario de la buena crítica literaria –legendario, pero no en nuestros pasillos, líbrenos el Señor. ¿Cuántos de aquellos maestros, cuántos de los que ahora somos los profesores, metemos a los estudiantes en los embrollos de sentir, perseguir, comprender figuras retóricas, manejos de tiempos narrativos, recursos estilísticos del autor?

También especulo: ¿cuántos de los profesores actuales someten sus estudiantes al suplicio de revisar párrafo a párrafo sus modos de argumentación en el trabajo que deben redactar para acreditar el curso?… lo que lleva a pedirles que antes de que ese texto esté en la “versión final”, el profesor lo haya leído para señalar fealdades y que enmienden errores y deficiencias en su modo de razonar sobre la literatura. Decirles sin agresión pero sin eufemismos: “hazlo de nuevo, que tu idea no se sostiene todavía ni tiene un desarrollo sustentado”.
Bueno, a mis amigos y a mí nos encantaban esos retos, aunque siempre aceptábamos que nomás no le atinábamos al texto y que lo forzábamos a ser como nos convenía que fuera. Pero nos encantaba. Y nuestra terquedad consistía en volvérselo a estampar al profesor en su escritorio hasta que con suerte lo colábamos en Punto de partida o alguna revista más de adultos. Fue así que cada uno de nosotros publicó su primer artículo. El mío, claro, sobre Cortázar, con la anuencia de Arturo Azuela en la Revista de la Universidad.

¿Será que ahora son menos los profesores que ponen el dedo en las palabras del texto literario? Mis veintisiete años de profesor asalariado (treinta en términos reales, pero hubo años perdidos en términos de contratos y demás papeles) me han ido trayendo, como una balsa tambaleante o un par de troncos malamente amarrados con cuerdas roídas e hinchadas de agua salada, a una playa hostil y poco estimulante: a los estudiantes de literatura no les agrada leer crítica literaria ni teoría. No son parte de sus ídolos intelectuales, o ídolos a secas, el artículo aquél sobre los gatos de Baudelaire del binomio Jakobson-Lévi-Strauss [Persée:1969:  http://www.persee.fr/web/revues/home/prescript/article/hom_0439-4216_1962_num_2_1_366446], ni se embeben de Hollander o Kermode ni de los Alonso o las filologías y estudios métricos de PHU, no devoran como novela de aventuras el legendario TNT, no se clavan en las Antígonas de Georges Steiner. No comparan el calibre, estilo y sentido de las notas en las ediciones del Quijote (que si la de Rodríguez Marín, la de Riquer, las recientes y refundidoras de Jay Allen y Rico). O desde otro frente más amplio: ¿cuántos de los estudiantes de letras del siglo XXI le tienen cariño espontáneo al Aspects of the Novel del sonriente E. M. Foster y se siguen de frente hasta dar con las luces penetrantes y serenas de Wayne C. Booth?

Pues si una buena parte de culpa hay en el conjunto de profesores proclives a los Grandes Temas, a la que se abonan los planes generales de la carrera y las culpas omnipresentes de la SEP y de la polifémica UNAM, si todo ello es cierto, mis profesores me cosieron en el pellejo la, digamos, “poética del náufrago”: si quieren síganle echando la culpa al PRI y al Señor Rector, o si tienen aguante de años, organícense y reclamen un plan de estudios más sólido, que los hará trabajar más… pero por lo pronto, sálvese el que pueda, es decir: pónganse a leer como locos, para que su cultura lacustre no sea un pantano insalubre que se los chupe sin dejar huella después de dos o tres burbujas eructantes.

 

Volver a empezar

Que hable master Pound. ¿Por qué será que uno llega a su delicioso librito iconoclasta ABC of Reading por su propia cuenta y en general tardíamente? ¿Qué pasa para que se dé la coincidencia de que tantos colegas no recomienden sus 200 ágiles páginas a los estudiantes?, ¿será porque Pound no tiene nada que ver con letras hispánicas? –Pero sí con la literatura, queridos señores. Me atrevo a decir: El pensamiento y actividades literarias de Pound lo señalan indudablemente como una de las figuras que han no influido sino modelado la manera en que el siglo XX piensa y concibe la literatura. Y esto es válido para los que estudian letras hispánicas, suecas o coreanas…

Que hable master Pound. Permítaseme citar, trayendo a mis fines, el final de su ABC… (1934):

«La chusma amó el hombre que dijo “buscad en vuestro corazón y escribid”, o aprobó a Uc St. Circ [comentarista del trovador provenzal Bertran de Born] o quien sea que haya declarado: “Hizo canciones porque quería hacer canciones y no porque el amor lo moviera a ello. Y nadie le puso mucha atención ni a él ni a su poesía.”

Todo lo cual es una estratagema infinita de la superstición de que la poesía no es un arte, o que la prosodia no es un arte CON LEYES.

Pero al igual que las leyes de cualquier arte, no son leyes para ser aprendidas al ahi se va [“rule of thumb”]. “La sculpture n’est pas pour les jeunes hommes”, dijo Brancusi. Hokusai y Chaucer han transmitido testimonios semejantes.

Los tratados que pretenden dar recetas métricas son tan bobos como lo sería un libro que nos diera medidas para hacer una obra maestra a la Botticelli.

Proporción, leyes de proporción. Piero della Francesca, después de haber meditado largamente, sabía más que los pintores que no se habían tomado el trabajo de hacerlo.
“La sección áurea” ayudó ciertamente a los maestros arquitectos. Pero se aprende a pintar de ojo, no por álgebra. La prosodia y melodía se consiguen gracias a un oído avispado, no por una lista de nomenclaturas, ni por aprender que tal y tal pie se llama espondeo. [Ah, el troqueo final en español –digo yo.] ¿Darle a su dibujante sesenta y cuatro exténsiles de “las curvas habituales de Botticelli”? ¿Y entonces él les hará una obra maestra?

Sin lo cual nunca recuperaremos el arte de escribir para ser cantado hasta que empecemos a hacerle algún caso a la secuencia o a la escala de las vocales en el verso, y de los vocales de fin de verso en una estrofa.»
Y bien. Lo nuestro, en las facultades de letras, no es pedir que nos enseñen a escribir versos con arte. Pero no nos escapamos del jalón de orejas del iluminado de Rapallo. Lo nuestro es comprender y explicar en ensayos bien escritos (bien escritos: con precisión y sin pedantería, todo lo técnicos que necesiten ser pero sin soltarle la mano a la lengua española tal cual) cómo están hechos los versos memorables, las estrofas hechiceras, los poemas amadísimos; y, claro, los párrafos tocados por la gracia del gran narrador, quien no sólo nos conmoverá por la intensidad del conflicto humano que ha puesto en la escena del papel, sino por su pluma tan sensible y fina a la hora de las comas, de los adjetivos o de la ausencia de ellos, de las oraciones lapidarias como tablas de la ley o aquellas otras deliciosamente vertiginosas en las volutas de sus frases circunstanciales…

La literatura, dice el profesor emérito Pero Grullo, es un arte, y no parece haberse inventado otra manera de explicarla, desde los tiempos de Homero hasta los de Onetti, Guimarães Rosa y Rulfo que por el examen minucioso de cómo están ensambladas sus palabras palabras palabras.
Literature is basically a matter of technical discoveries. No voy a resolver nada aquí; nada más estoy ejercitando la voz, a partir de un tema pedido, por una hora. Digamos por caso. La hora que me han encomendado está dentro de una jornada dedicada al gran Miguel Hernández (1910-1942). Creo que cada vez menos veces se va a sus libros examinando cómo hace sus versos, amparados en la seductora coartada de su terrible, heroico sufrimiento militante, o cuando se atiende su poesía amorosa, la atención estará en su exaltado amor que no cesa por y con Josefina Manresa, musa encarnada si las hay.

Por supuesto que tenemos todo el derecho a conmovernos por la muerte de Ramón Sijé y con el amor por la Manresa… ¿pero y el versito? Por ejemplo: “Madre España” que pertenece a El hombre acecha (1939, escrito el año anterior).

El versito y la prosa bien compuesta

 

Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,
con todas las raíces y todos los corajes,
¿quién me separará, me arrancará de ti,
madre?
Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,
si su fondo titánico da principio a mi carne?
Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,
¡nadie!
Madre: abismo de siempre, tierra de siempre, entrañas
donde desembocando se unen todas las sangres:
donde todos los huesos caídos se levantan:
madre.

Como siempre en arte, el viejo truco de avanzar repitiéndose, de construir como la bella Aracné lanzando y cruzando sus hilos en la geometría más tupida que imaginarse pueda. Todo en estas estrofas iniciales es desarrollo ritmado y armonizado por los paralelismos, ¡y con qué tema! Se empieza por la vieja analogía prosopopéyica: si nuestra madre humana nos transmite la vida, el país al que se pertenece es tierra, es madre. Tal metáfora convencional es la base del poema entero. No habrá uno solo de los receptores originales del poema, los republicanos combatientes, que se pierda en el símil, podemos decir junguiano. El poema recupera su razón de ser tomándolo a la letra. Sentido figurado es sentido literal en arte. Ya el primer verso muestra la creatividad con la que se recuperan los lugares comunes lingüísticos que habitamos. Si la palabra expresa de madre sólo aparecerá al final de la cuarteta, el primer verso centra la atención en el hijo. Los hijos combatientes no son débiles: son el tronco abrazado al cuerpo telúrico. Ese tronco remite al mismo tiempo a la acepción botánica y a la antropomórfica: tronco de árbol que es tronco del esqueleto humano –metáfora y sinécdoque en un solo golpe de poesía. El segundo verso explota inmediatamente la polisemia establecida como regla del juego: raíces y corajes, coraje de republicano es raíz española. El tercer verso desarrolla la figura desde la que se concibe el poema, e introduce el azoro, la pregunta retórica, en el buen sentido de la expresión: ¿será posible separarlo, arrancarlo de su “matria”?

Son versos, no sólo conceptos hábilmente puestos en palabras. Alejandrinos enjundiosos. Gonzalo de Berceo los aportó en nuestro amanecer literario, en la primera mitad del siglo XIII, han cruzado indemnes los tiempos de España y el modernismo los puso a punto para el siglo XX, por ejemplo en aquel poema de 1890 que según la jactancia de su autor “inició la entrada del soneto alejandrino a la francesa en nuestra lengua”: el “Caupolicán” de Rubén Darío. El nicaragüense entregó el soneto alejandrino enriquecido con las flexibilidades acentuales “a la francesa”, y el militante de Orihuela responde con el invento de estas cuartetas.

La rima: á-e asonante en los versos pares. Hernández se apoya en la memoria colectiva, la lengua nacional y el romance heroico legendario. Rima fija a lo largo de todo el poema, pues con ella se dice madre. Esto es lengua-madre-España, que por cierto comparte las vocales sólo que con la sutileza de la inversión. Para colmo de artificio, el poema de hecho está escrito en tercetos alejandrinos… con el añadido de salida del también viejísimo truco del pie quebrado. Quebrado en serio: no siete ni cinco sílabas, digamos, sino la cláusula mínima del peón métrico de la lengua: el buen y humilde troqueo. Por cierto que los versos nones no dejan de tener su coquetería en el cierre. Parten de la “carta blanca” de carecer de rima, pero estrofa a estrofa el tejido vocálico y aun consonántico no deja de sonar por lo bajo. En la primera es la /i/, átona en el primer verso, vigorosa en el tercero al aparecer oxítona en el pronombre de modalidad dativa “ti”, lo que nos lleva de tierra a ti, de forma que hay esta especie de “tema B” sonoro. Oigamos el contraste, la fuerza aguda, vibrante al fin del tercer y último alejandrino y la lenta gravedad del pie quebrado de remate, de modo que la secuencia es: “tierra-ti-madre”. ¡Vaya manera de expresas, de encarnar en la sangre de las palabras la pregunta del azoro que es una decisión de “no”! El no lleno de vida que sólo los Miguel Hernández saben decir. (¿Podemos no recordar el “no pasarán” coreado?)

Notemos que el tema de la rima, está anunciado desde el título, claro, y desde el final del primer verso (no rimante): tierra que nos lleva catorce sílabas después a corajes… que no ha sido la primera aparición, pues justamente el hemistiquio previo contiene la rima asonante camuflada por la /í/: raíces-corajes. /í/ que en zig-zag nos lanza al “ti” final del tercero. Ah, y los finales de hemistiquio del tercer alejandrino también tejen la red: separati, ¿oímos el golpe oxítono? Al oír el verso tenemos que concluir que este es el verso militante y arengatorio de la estrofa. Ritmo y percusión que bañan el periodo y nos hacen marchar: quién-separará, en el primer hemistiquio, para seguirnos reteniendo el aliento con arrancará-ti. Pregunto una obviedad: no es magistral este uso intenso de cuatro oxítonas en un solo verso? Las discretas y mínimas tres palabras que no entonan la marcha están hechas con una misma sustancia: me-me-de, es decir pronombres y preposición en /e/, partículas complementarias de los cuatro vocablos nucleares, todos ellos “casualmente” oxítonos.

Paralelismos sintáctico-semánticos: avanzar en espiral. Sólo el primer verso contiene una sola frase (esticomitia), pues los dos subsiguientes se entregan al paralelismo aprovechando los hemistiquios. El primero con la conjunción copulativa, el segundo con la coma, para subrayar el énfasis, la duplicación semántica. Incluso podemos suponer una cierta presencia del quiasmo: raíces-arrancará en los extremos abiertos dicen evidentemente tierra y árbol, corajes-separará, en las posiciones medias no pertenecen a ningún paradigma riguroso, pero en esta oración aluden a lo específicamente antropomórfico y a las convicciones y humores: el coraje de no ser separado.

No, definitivamente, no creo que “Madre España” valga exclusivamente por razones semánticas o conceptuales, por sus profundas y dignísimas convicciones de defender un régimen legal amenazado por un golpe de estado militar con apoyo de las oligarquías militares, burguesas y religiosas y por un atroz entendimiento internacional en la víspera ignominiosa de la guerra mundial provocada por el nazismo. Claro que todo eso es cierto. Y no hay ninguna contradicción en que esas grandes causas dejen hacer lo suyo al versito, el titanic que es el alejandrino, a la retórica también llamada Aracné, que teje sin cesar su exuberante tapiz como maestro flamenco, a la riqueza sonora que también teje, avanza, vuelve, desarrolla, contrasta…

He venido aquí a decir, en esta jornada dedicada a Miguel Hernández, que no comprendo cómo alguien y mucho menos que nadie los estudiantes y profesores de literatura, no comprendan “que todo es uno y lo mismo”, para decirlo con las palabras de ese extraordinario escritor y filósofo en cuya sabiduría nos seguimos bañando. “Sabio es quien oye no a mí sino a la razón”… que nos dice que es una monstruosidad desentenderse de la materialidad de la lengua con que están hecha las obras que amamos. Es una monstruosidad ser “contenidistas” al cien por ciento. Mucho me temo que ese es el camino por el que se puede encarnar “el proverbio de que estando presentes están ausentes”. El asunto humano, si tiene fuerza en el texto y si dice algo a la comunidad, si ha logrado ser vocero de nuestras raíces, forzosamente estará bien escrito. No basta saberlo ni aceptarlo como un principio humanitario abstracto; hemos elegido profesar la literatura. Nos toca.

Y no sólo cuando se trata de versitos. Si la obra está en prosa, tampoco hay escape ni coartada. Obviamente, no cometamos la grosería de decir que la prosa es arte porque tiene endecasílabos u octosílabos entremetidos, y  pasar a la dichosa “respiración natural del español”.

 

Ramón Sijé

Aún no sé, ni quiero ni puedo saber si ha muerto mi compañero. Yo no lo he visto morir. Él no hubiera permitido a la muerte su muerte, sin verme y hablarme. Tengo escrita una carta en contestación a una suya reciente que le enviaré hoy o mañana a nuestro pueblo. Tengo el presentimiento de que me escribirá otra, como siempre. No es posible tanto infortunio a la vez. Iré a Orihuela en un vuelo para certificarme de su vida.

 

¡Qué de paralelismos y de recursos de simetría, inversión, énfasis, paradoja, “razón de la sin razón” no hay en este párrafo inicial! ¿Alguien puede aseverar en su sano juicio retórico que la red de figuras y paralelismos no proveen un tejido verbal tan rico como el de  una buena estrofa? Cómo no citarlo para retomar al filósofo de Éfeso y decir que este párrafo “aparea lo entero y lo no entero, lo convergente y lo divergente, lo concordante y lo discordante, y de todo uno y de uno todo”.

El dolor, el azoro humano de que el amigo amado no vaya a responder la nueva carta, que no vaya a leerla con sus ojos terrenos en cuyas pupilas tantas veces nos hemos reflejado –quienes lo hemos vivido lo sabemos, o mejor dicho, no hay persona que no vaya a desmoronarse en sus adentros tarde o temprano por la mutilación del amigo-hermano–, ese absurdo que destruye, que en el caso de Ramón Sijé se debe a la guerra franquista, ha apelado a la destrísima pluma de un gran escritor, su amigo y paisano. Todos los amigos de alguien que muere en batalla son el mismo absurdo de “viva la muerte”, y (que no “pero”), la muerte de Ramón Sijé es inmortal e infinita porque Miguel Hernández le dio vida a su muerte en esta prosa y en la elegía en verso que le hace pareja. El arte de construir prodigios con palabras se comprende merced a una disciplina que los clásicos bautizaron “retórica”.

Un profesor de 28 años

Un cierto profesor debutante tuvo una vez a su cargo un curso de retórica. Tengo la impresión de que muchos de los colegas y de los estudiantes de los posgrados en letras y en lingüística no están muy avisados de ello. De hecho, digo como confesión de parte, que yo estoy tomando por primera vez el curso y no sólo pescando citas sueltas; algo así como universidad modular a distancia, merced a la publicación de los minuciosos apuntes del profesor. Estoy aludiendo al curso de 1872 impartido por Friedrich Nietzsche en tanto catedrático de filología griega en la Universidad de Basilea. Creo que nosotros en general seguimos cargando la culpa que él señala en el íncipit : “Una de las principales diferencias entre los antiguos y los modernos es el extraordinario desarrollo de la retórica: en nuestra época este arte es objeto de un general desprecio, y cuando se usa entre los modernos no es más que diletantismo o puro empirismo.” (Edición y traducción de Santiago Guervós para Trotta, 2000, p. 81) Nietzsche lleva su planteamiento directamente al punto de que muy pocos estudiosos universitarios están conscientes en su práctica profesional que la lengua no es un medio neutro, una herramienta de expresión (por ejemplo, para echar a andar los muertos llenos de vida de Comala, o el descubrimiento del hielo por parte del niño Aureliano Buendía, de la mano de su padre don José Arcadio). No hay tal cosa como lengua neutra que sería la única desprovista de recursos y artificios; él mismo subraya “que la retórica es un perfeccionamiento de los artificios presentes ya en el lenguaje. No hay ninguna ‘naturalidad’ no retórica del lenguaje a la que se pueda apelar: el lenguaje mismo es el resultado de artes puramente retóricas. El poder de descubrir y hacer valer para cada cosa lo que actúa e impresiona, esa fuerza que Aristóteles llama ‘retórica’, es al mismo tiempo la esencia del lenguaje: este, lo mismo que la retórica, tiene una relación mínima con lo verdadero, con la esencia de las cosas; el lenguaje no quiere instruir sino transmitir (übertragen) a otro una emoción y una apreciación subjetivas.” (91)

¿No es evidente que nosotros hemos de ser ante todo los estudiosos de la retórica del texto, en el sentido elemental de la obra en tanto lengua en acto de una manera peculiar e irrepetible aun dentro de la obra general del mismo autor? Prosigue el joven profesor de Basilea: “No son las cosas las que penetran en la conciencia, sino la manera en que nosotros estamos ante ellas, el πιθαόν [poder de persuasión]. Nunca se capta la esencia plena de las cosas. Nuestras expresiones verbales nunca esperan a que nuestra percepción y nuestra experiencia nos hayan procurado un conocimiento exhaustivo, y de cualquier modo respetable, sobre la cosa. Se produce inmediatamente cuando la excitación es percibida. En vez de la cosa, la sensación sólo capta una señal (Merkmal). Este es el primer punto de vista: el lenguaje es retórica, pues sólo pretende transmitir (übertragen) una δόξα y no una έπιστήμη.

Los artificios más importantes de la retórica son los tropos, las designaciones impropias. Pero todas las palabras son en sí y desde el principio, en cuanto a su significación, tropos.” (91-92)

 

Demos el primer paso, que nos espera desde al menos 140 buenos años. Si la lengua no es inocente (transparente y neutral instrumento de comunicación) sino una incesante construcción intelectual de carácter arbitrario y convencional como nos enseñó Saussure en su curso unos diez años posterior al de Nietzsche, centrémonos en estudiar texto a texto esa dinámica aristotélica –fuerza en acto– así como su resultado o consolidación, la construcción organizada del lenguaje que es la obra literaria sobre nuestra mesa de trabajo. Para ello hemos de remontar la corriente, acaso facilismo, que hace que los estudios literarios sean una suerte de ventana transparente desde donde se contemplan y examinan las cosas y fenómenos representados; aceptemos que ante todo, y en contra de la ilusión de transparencia, el lenguaje es tropo, sistema simbólico per se y de sí mismo. “Is it a love poem? Did he sing of war?” –ironiza Pound. “La metáfora es el poder de la ficción de decir la realidad.” –Dice Santiago Guervós en su introducción a los Escritos sobre retórica de Nietzsche. O, en la lengua sintética de Pound: “End fact. Try fiction. Let us say we see…”  veamos la cosa que es el texto y no sólo las cosas que dice el texto.

Este es mi tema: ¿no es la carrera de letras quien ha de estudiar justamente el ser del signo? ¿Nuestro campo de acción puede ser otro que aquel que E. Blondel denomina “ontología semiótica”? No el mundo del ser de esos sentimientos, conflictos y experiencias humanas representadas temática y anecdóticamente en los poemas, relatos y ensayos que leemos como objeto de estudio sino el ser como signo cuyo reverso en cinta de moebius es el signo del ser. “Signo”, aquí, es un concepto genérico abstracto, cuyo plural es más realista, pues no hay un signo sino el intenso devenir de la lengua y la literatura; hay signos, lo que quiere decir, lengua, tejido y, para los estudiosos de literatura, obra y texto.

Volvamos a empezar pues y pongámonos en la posición de salida. Escuchemos ya al Pound de 1934 y a Nietzsche en Basilea en 1872. El ABC of Reading ha sido reimpreso  innumerables veces, ¿quién no puede encargarse su ejemplar gracias a la internet? El curso de Retórica de los griegos y romanos sólo contó con dos alumnos. Gracias a la publicación en muchas lenguas de los detallados apuntes del filólogo de 28 años, podemos convidarnos como discretos y ávidos fantasmas oyentes. Tomemos nuestro texto literario y estudiemos su ser; procuremos paliar el descuido, seamos menos sociólogos o historiadores o ideólogos de las novelas que tratan de huelgas y conflictos de clase, menos psicólogos de novelas de introspección, menos filósofos y psicólogos en el caso de los poemas y relatos que han atrapado en sus versos y párrafos los interrogantes más íntimos del alma humana, para aceptar que nuestra tarea natural es el ser del texto literario, volvamos a los placeres verbales de la literatura y revivamos la retórica y estilística con nuestra sangre y espíritu para que seamos uno más de los custodios y especialistas de la retórica del texto. Es una hermosa y alta tarea.

Leído en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, el 5 de mayo de 2011.

Share Button
  • C.A.G.

    No todo está perdido, al parecer. Este discurso emociona, enseña y estimula. Quién lea el análisis del poema de Miguel Hernández que hace Paredes y no se emocione por lo que llega a entrever en el poema, es porque su afición a la poesía no pasa de la superficial vanidad de “expresarse a sí mismo”. Difícil plantear las cosas con más claridad y elegancia. Qué triste es que, como muestra Paredes, los libros que nos hacen amar los libros estén ausentes de las aulas donde leemos.

  • Yo

    Qué flojera me dan. Hacer eso es un suicidio: escribir ensayos llenos de detalles técnicos que nadie podrá soportar leer. Hay que plantearse otra vez el quehacer de quien estudia literatura. No creo que hayas logrado poner el dedo en la llaga.

Escribe un comentario