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Poesía colombiana: Alejandro Cortés

Poesía Panhispánica

Poesía colombiana: Alejandro Cortés

Círculo de poesía August 2, 2015
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Presentamos algunos textos del poeta colombiano Alejandro Cortés González (Bogotá, 1977) pertenecientes al poemario ganador del VI Concurso Nacional de Libro de Poesía UIS 2014. Además de poesía, escribe novela y cuento. Ha sido invitado a encuentros literarios en Suramérica, México y Francia. Es miembro de la Fundación Trilce y coordinador de la programación cultural de la Librería Trilce en Bogotá.

 

 

 

 

 

Abren las mandarinas su hechizo de luz

 

Algo me dice que mi hijo está solo

recién salido de la ducha

con la piel húmeda sobre las sábanas

Se levanta tarde

sediento entre alcoholes negros

debe echar de menos las mandarinas que le daba cuando niño

cuando llegaba de jugar fútbol con las rodillas verdes

y devoraba cada gajo en un segundo

 

Creo que mi hijo piensa en cómo era la vida

cuando existir importaba más que ser útil

Se acordará de los programas de televisión:

Los guardianes del universo

protegían la bondad de los niños solos

 

Mi instinto me dice que está tirado en la cama

El aire de flores desnudas entra por su ventana

Fijará las pupilas en un punto de la pared

o del armario debidamente ordenado

y con la toalla secará la sal de su cara

¿Se acordará de sus ojos cerrados cuando le bañaba la espalda?

 

El diciembre que nos hicimos distantes

no pesa más que todos los diciembres que estuvimos juntos

Yo solo puedo presentir cuando él me piensa

y verlo como a un niño

sin importar sus años

 

Si yo supiera de premoniciones

juraría que mi instinto sabe más de lo que conozco

Si yo supiera de señales

dibujaría el punto en la pared donde fija la mirada

Pero soy su madre

solo sé esperar

Solo sé esperar

a que me visite un domingo a mediodía

y poder darle

todas las mandarinas del mundo.

 

 

 

 

 

 

Un girasol dentro de una botella vacía puede beberse la noche

 

Una noche

abrí la puerta

y volteaste hacia mí la cabeza

como girasol nocturno

 

Me hablaste de la inutilidad de los dientes

para el pez sacado de las aguas

De la ciudad que esconde el cadáver del río

en las bodegas de las fábricas

 

La imagen de esa noche cuelga de mis paredes

Vapor de ningún aliento

Uñas invisibles contra los vidrios

 

Me siento en el sillón

Tú no estás

El aire forma tu cintura y se arrellana en mi regazo

Te imagino diciéndome

que en la boca de los pescados

hay una oración por el río

 

Una corriente abre la ventana

Ahora la noche aletea sobre tu hombro

y soy yo quien voltea la cabeza

como girasol nocturno.

 

 

 

 

 

Aydala

 

En memoria de Daladier Arismendi “Dala”, (1975 – 2014)

 

Fueron ellos quienes trazaron en tu cráneo los caminos del Huila en oleajes de hierro

Fueron ellos quienes ataron tus manos con pedazos de cuero de tu primer tambor

Fueron ellos quienes hicieron que tu cabellera bailara separada del resto del cuerpo

Fueron ellos quienes te abrieron nuevas bocas y allí guardaron la baba de su risa

No fue un robo

Fueron ellos

 

Firmaron su sevicia con tu sangre en las paredes

y se alejaron en la nocturna fosca del domingo

 

Degollaron al ruiseñor y tú en tu cántiga

Mutilaron la flor y tú tan espina de crisálidas

Cosieron tu boca para el grito, no para el canto

En el filo que destaja al mundo suena un tambor de manos atadas

 

Te lloran el Rin y el Magdalena

Tu madre envejeció veinte años de lágrimas

Agua apozada en erizos de cuarzo

 

Nadie ve ni oye las pisadas de las botas de caucho que apagan la hoguera entre las montañas

 

Nadie

 

Pero fueron ellos

 

Ay Dala

 

Aydala

Tu nombre se ha unido a la herida

 

Fueron ellos

 

Los que se nombran con escupitajos de sierras eléctricas

Los que ya nadie quiere ver ni oír

 

Porque hoy quieren cantar

Porque hoy todo es canto

Y el recuerdo de la edad febril que nos hermanó entre casetes y polvorines

 

Ángel de cristo negro Señor de Etiopía cielo que se mira en lo profundo de la tierra para acogerte en un batir de sombras

 

Hoy todo es canto

Y tambores de manos atadas

Las voces de tus hermanos bordan con hilos de sangre

banderas sobre tu féretro.

 

 

 

 

 

 

Para sobrevivir la casa

 

La casa está cerca de un lago que ya secaron

y de un paradero al que los buses dejaron de venir

Cerca está la vía férrea

por la que nunca vimos pasar el tren

 

Nacimos en hospitales que ya no existen

Nos perdieron las calles cuando cambiaron de nombre

Desconocimos el colegio cuando cambió de dueños

 

Cuesta ubicar con precisión la casa de los primeros amigos

Recordar la anterior fachada de la iglesia

o cómo era el columpio que colgaba del árbol

antes de que la tentación de los edificios

lapidara la infancia del barrio

 

Un amigo que ya no visito

decía que la casa de un hombre

debe estar cerca de todo lo que le habita

A nuestra casa

la que tiene en la ventana el cartel de una inmobiliaria

la rondan las demoliciones

la sobrevive este poema

y la habita

todo lo que perdimos.

 

 

 

 

 

 

La tía Josefa y los poetas

 

La tía Josefa, que no conoce a los poetas, dice haber visto los cuellos almidonados de sus camisas abrirse al estallido de una carcajada o de una mala palabra. A las seis de la tarde soltaba las cadenas del perro, allá en el patio de tomates, para que desfogara con saltos y aullidos la ira de estar encadenado durante todo el día. La tía Josefa, que nunca vio la cara de poeta alguno, dice que ellos le temen a los perros y a la sombra del árbol de tomate. Y dice que le toca lidiar con eso porque a los poetas les atrae el tinte de tinieblas de la estufa de carbón y el laberinto de las baldosas de la solana.

Ella no vio a los poetas apretar los dientes pero imagina su rechinar cuando asoma la cara por la ventana de su cuarto, mira hacia el patio y ve lo crecidas que están las sombras. En las mañanas limpia la estufa y brilla las baldosas, para que el sol desentuma esa bruma de poeta que viene desde el cementerio. En las tardes pone la comida del perro a la sombra del árbol de tomate, y se sienta en la mecedora a ver cómo el sol extingue sus formas sobre las baldosas. La tía Josefa dice que allí es cuando presiente la llegada de los poetas. Y no se presiente ni con los ojos ni con los oídos, sino con los velos opacos que merodean las baldosas y entran a sus huesos para acompañarla a pasar la noche.

Cuando el perro se cansa de ladrarle a las sombras del árbol de tomate, la tía Josefa se va a la cama con esa neblina de poeta que desde el patio regresa al cementerio. La tía Josefa, jamás tocada por hombre ni poeta, desde la ventana lanza besos a la bruma.

 

 

 

 

 

 

Home sweet home

 

Los sábados durante mi último año de colegio, recorría discotiendas en busca de música de Mötley Crüe. En un almacén del barrio Galerías encontré en acetato Dr. Feelgood, su álbum más reciente. Anduve las calles del centro, desde la diecinueve hasta la veinticuatro, y conseguí Girls, girls, girls también en acetato, Too fast for love y Shout at the devil en CD, y por encargo, después de dos meses de trámites de importación, Theater of pain en casete. Tan pronto lo tuve en mis manos lo metí al walkman. La quinta canción del lado A era mi favorita: Home sweet home. Me notó tan feliz el vendedor, que me regaló dos afiches de la banda. Mi papá los vio pegados en la pared de mi cuarto. Vio los acetatos. Los cedés. No entendió lo del maquillaje glam. No le gustó eso de gastarse la plata de las onces en música, como si la ausencia de música no dejara más vacíos que el hambre. Lo rompió todo, hasta la tarjeta del almacén de Galerías. Pasé el resto de sábados del bachillerato lavando las paredes de SU apartamento, escuchando en mi walkman el único casete sobreviviente y aprendiendo que Home sweet home, es una canción de despedida.

 

 

 

 

 

Ofrenda del abismo

 

Para un nacer de alas

el acero deber cortar la carne y arrojar el cuerpo

 

No es el cielo quien otorga el vuelo

Es la caída.

 

 

 

 

 

Los aguaceros

 

Todos tenemos unos zapatos que llaman los aguaceros:

los más blancos

los que más grabados de calle traigan en la suela

 

Acuérdate de mis zapatos de lona blanca

Te parabas en ellos y éramos la misma sombra

Aunque la suela fue desprendiéndose de la costura

tu pie nunca tocó el suelo

 

Acuérdate de ellos tirados bajo la cama

en un crujir de tablas

Su boca tragaba los ácaros de la noche

y recibía mi pie desnudo

para ir a desayunar

 

Acuérdate de cuánto te espantaban la vejez y suciedad que afligían a sus telas

Es una epidemia -pensarías-

que se extiende por mi pie y por el tuyo

y nos contagia todo

La suciedad no enloda si el recuerdo es limpio

la vejez no corroe si el recuerdo es joven

lo que mata no es la muerte

lo que mata es el olvido

Entonces acuérdate de que lavar esos zapatos

invitaba a la lluvia y al agua de charco

a entrar por donde la suela se alejó de la costura

 

Acuérdate de los saltos para huir de la tormenta

y escampar en los cobertizos

Tus pies empinados encima de mis zapatos

para que bajo el paraguas existiera el beso

Acuérdate

hoy que llueve

y es de noche

y no estás conmigo

Seremos distancia

nos haremos viejos

pero nuestra edad siempre será la que teníamos en el último recuerdo

 

Rescaté mis zapatos cuando los exiliaste al armario

Corrieron con los tuyos y nadie estuvo solo

se pararon bajo los tuyos y ambos estuvimos a salvo

porque las aguas no pudren si el recuerdo es limpio

las noches no tiznan si el recuerdo es diáfano

tú ya sabes qué es lo que mata

acuérdate

hoy que llueve

y es de noche

y estás lejos

y no me nombras

como mis zapatos

nombran los aguaceros.

 

 

 

 

 

 

Un olor a pino bajo las manecillas del sol

 

Tengo veinte minutos

para salvar de los relojes

una línea de sol

Me siento frente al escritorio

(muchas hojas en blanco / la ventana)

Los pinos al otro lado de las montañas

me traen el olor del desinfectante con el que mi abuela limpia la cocina. Ella me pide que juegue en el patio mientras se seca el piso. Cruzo el pasillo de baldosas rojas donde la lavadora inicia automáticamente, su segundo ciclo de lavado. (Tiemblan mis rodillas). Pateo un balón contra la pared del patio. (Tiemblan las materas). Una niña se asoma a la ventana del segundo piso; me llama para que juguemos juntos. Le doy la última patada al balón

y río

porque soy un niño con certezas: El balón está girando en el patio, la niña está en el segundo piso, mi abuela está después del pasillo de baldosas rojas. Corro hacia el interior de la casa. El piso de la cocina huele a desinfectante. Me pregunto ¿cómo serán los pinos

al otro lado de las montañas?

Y me veo adulto

en la mañana

sentado frente al escritorio

(muchas hojas en blanco / la ventana)

apurado por irme a trabajar

y con solo veinte minutos

para salvar mi infancia.

 

 

 

 

 

Conversación entre paréntesis

 

Desde el rincón que soy, la tarde se mira a sí misma. Termina la hora del almuerzo, la gente con prisa hacia los edificios, y yo… con poemas de Guillermo Martínez González

 

(Guillermo

soy ese paréntesis

He roto este día)

 

El título del poemario también es lugar de vacíos. De este lado, la ventana llovida; allá la niebla: prodigio de árboles mojados que fluye sin cabalgar metáforas. La mesa huele a lavanda de librería que recién abre las puertas

 

(¿Ves el sauce a orillas de la lluvia?)

 

Son las dos de la tarde y las nubes se abisman desde los acantilados de China. Voy por las páginas finales mientras los oficinistas retoman sus afanes. Se silencian el olor a lavanda y el treno de la nube milenaria

 

(Guillermo

hay un espejismo de sauce

en la ventana)

 

Yo me quedo con este instante en el penúltimo verso

antes del segundo aguijón de las máquinas.

 

 

 

 

 

 

El sentido del aire

 

Mi hermano grita

y tiene sentido el aire

 

Mi hermano corre

y tiene sentido la tierra

 

Mi hermano tiembla

y tiene sentido la llama

 

Mi hermano contempla la llama

y tienen sentido los poetas

 

Mi hermano se tatúa un reptil

y tiene sentido el agua

 

Y si -Dios no lo quiera- mi hermano dejase de respirar

el aire y lo demás perderían su sentido

 

Seríamos dos robustas vacas de la India

que burlan dioses y vientos

en busca de pasto envenenado.

 

 

 

 

 

 

Teoremas sobre la poesía

 

Primero

La filosofía busca en el pensamiento, aquello que la poesía tantea a ciegas en la emoción.

 

 

Segundo

Emoción es lo que permanece cuando el pensador descubre la ineficacia metafísica de pensar.

 

 

Tercero

La poesía no es un acto del intelecto, sino un estado en el que la emoción encuentra su secreta razón.

 

 

Cuarto

Interpretación de lo ausente más que entendimiento de lo presente. Poesía es lo que nos queda cuando las palabras vibran.

 

 

Quinto

Ni consuelo ni respuesta pretende la poesía. Sin embargo, da destellos de tranquila incertidumbre… enigma de inquietante reposo.

 

 

Sexto

Sobre las preguntas fundamentales, la poesía ha dado las mejores respuestas. La mitología es epopeya lírica.

 

 

Séptimo

Vocación por compensar al mundo tiene la poesía. Allí aparece lo que acá se extingue. En la gruta del verso, la presencia del vacío.

 

 

Octavo

La poesía necesita del vacío para habitarlo.

 

 

Noveno

El misterio de las cosas es consubstancial al alma del hombre. Hablar de algo, siempre será hablar de alguien.

 

 

Último

Ya que los teoremas son proposiciones lógicas, que la lógica construye la realidad, y que la realidad es transgredida por la poesía, cualquier teorema sobre poesía tendrá carácter apócrifo.

 

 

 

 

Datos vitales

Alejandro Cortés González (Bogotá, 1977) ha publicado los libros Notas de inframundo (Novela, 2010), Pero la sangre sigue fría (Poesía, 2012) y Sustancias que nos sobreviven (Poesía, 2015). Ganador del Premio Nacional de Literatura de la Universidad Central en las categorías Novela (2009) con Notas de inframundo, y Cuento (2011) con Él pinta monstruos de mar. Ganador de la Beca de Circulación Internacional para Creadores del Ministerio de Cultura (2013), con la que participó en VII Festival Internacional de Poesía en París. Ganador del VI Concurso Nacional de Poesía UIS (2014), con Sustancias que nos sobreviven. Ha sido invitado a encuentros literarios en Suramérica, México y Francia. Es miembro de la Fundación Trilce y coordinador de la programación cultural de la Librería Trilce en Bogotá.

 

 

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