David Ramírez Baizabal reseña el volumen de cuento de Amélie Olaiz, Piedras de luna. Según Elena poniatowska, “con algo de Katheryn Mansfield y algo de Julio Torri y mucho y muy valioso de sí misma, Amélie Olaiz nos regala a cuenta gotas sus “Piedras de luna”, minicuentos filosóficos y profundos que mucho nos dicen de la condición femenina”.
Los cimientos de Olaiz
La Marina, taller de minificción del portal Ficticia, ha albergado durante sus diez años de existencia a prestigiados autores –creadores y teóricos– como jurados, tales como Ana María Shua, Lauro Zavala, Raúl Brasca, Dolores M. Koch, Violeta Rojo, Agustín Monsreal, Guillermo Samperio, Nana Rodríguez, Javier Perucho, entre otros que suman más de cien; en este portal hay muchísimos tripulantes, como se hacen llamar los participantes del taller. Entre ellos está Amélie Olaiz, quien ganó tres veces el primer lugar, otorgados por Agustín Monsreal, Avilés Fabila y Luis Arturo Ramos, y que ha publicado los libros Piedras de luna (2005), y Aquí está tu cielo (2007). También ha participado en las antologías Ciudadanos de ficticia (2003), Prohibido fumar (2008), Infidelidades.con (2008) y Antología mínima del orgasmo (2009).
Aquí hablaré de Piedras de luna, cuyos microrrelatos, como dice Elena Poniatowska, abordan la condición femenina, algo totalmente natural; pero lo acertado de la autora es que no llegan al aburrido feminismo que pretende devolver el golpe de los chistes machistas o ensalzar la liberación femenina. Se trata de cuarenta y ocho textos conservadores en cuanto a la estructura, no hay un mínimo atisbo de experimentación o juego arriesgado propuesto al lector; los temas recurrentes son los ángeles, los fantasmas, el rompimiento amoroso, los estigmas de las madres, amas de casa, el sexo en distintas formas, y el debilitamiento de algunos tópicos religiosos. El orden de los textos está bien organizado: intercala los más largos con los de extensión más canónica de uno o dos párrafos, lo cual agiliza la lectura y mantiene despierto al lector.
Por ahí se advierten algunos microrrelatos que tienden a lo filosófico, quizá producto de los estudios de filosofía budista de Olaiz; no tengo una idea clara de los fundamentos de esta doctrina, pero sin duda Poniatowska sí la tiene para poder afirmar que se tratan de “minicuentos filosóficos y profundos”. A mí me parece que el encanto de Piedras de luna más bien radica en los contados textos que sacuden al lector por su final sorprendente, sea por el recurso mismo del final sorpresa –que, dicho sea de paso, le sientan muy mal a muchos textos y los empobrece, no sólo en Piedras de luna sino en toda la creación minificcional– o por el sentido nuevo que se adhiere a aquél que uno venía construyendo con la lectura. Aunque en ocasiones lo que les resta fuerza son los títulos no tan convincentes, como el caso de “Chimuelo”: un romance entre una mujer y un vampiro; el recurso efectivo es el absurdo de la situación, del contexto y la ironía del final bien empleada, sin forzar la historia. Hay otros microrrelatos que también cumplen con la fuerza del final, por ejemplo “Espejos de vanidad”, “Que ni la muerte los separe”, “La dueña”, “Fullerías para enamorados”, “Ante el deber” y otros; por otra parte están esos a los que les sobra la explicación final –la verdad es que a todo microrrelato le sobran las explicaciones, eso es molesto como lector de minificción porque le niegan su lado dinámico–; es el caso de “Carboncillo nudo”, “Aquelarre” y probablemente “Tradiciones de seda”. Como digo, hay textos muy buenos que se valen del doble sentido, de la elipsis, el chiste –que igualmente restan fuerza a otros–, la alegoría, la oposición e incluso el mito. Y por supuesto hay microrrelatos que no alcanzan a despertar la emotividad del lector, pero que en conjunto se hacen apreciables.
En Piedras de luna leemos microrrelatos de temática muy diversa y casi bien repartida, casi porque por ahí se siguen muy de cerca los que abordan a los ángeles y arcángeles y entonces uno adivina de qué se trata el siguiente y hace parecer que la calidad de los textos va disminuyendo. Estaría yo de acuerdo si se tratase de un libro temático o una antología de ángeles, que implicaría una mayor sagacidad lectora; pero como ya he anotado, el tema que da unidad al libro es otro muy distinto.
Creo que para ser el primer libro de microrrelatos de esa autora no está mal, es un buen comienzo, tiene sus aciertos y sus tropezones, y tomado como unidad deja una buena sensación en el lector, es inevitable pensar mucho tiempo en algunos microrrelatos recién leídos y uno se da cuenta que el epígrafe de Simone de Beauvoir le sienta bien, sobre todo por la ironía dominante de sus minificciones. Es un buen libro, no hay nada en él que pueda calificarse de pésimo, habrá que estar pendientes a su próxima obra para valorar su evolución como escritora, si se reafirma en el campo minificcional o si, por el contrario, va perdiendo oportunidades; yo espero que no sea esto último, por lo pronto me parece que Amélie Olaiz está presentando una buena batalla para abrirse paso en este mundo de lo mínimo.
Olaiz, Amélie. Piedras de luna. El viejo pozo: México, 2005




