Hugo Chávez es el personaje más polémico de los últimos tiempos. Presentamos aquí un texto, apenas una arista, que retrata la labor de Hugo Chávez en Venezuela. El texto corre a cargo del filósofo colombiano Aníbal Pineda Canabal (1983), estudiante de posgrado en filosofía franco-alemana en la Universidad Carolina de Praga, en la Universidad de Coimbra y en la Universidad Católica de Lovaina.

 

 

 

 

 

¡VUELVAN CARAS!

 “Venezuela es la que tiene más personalidad en Suramérica. No quiero decir que sea más rica, que esté mejor gobernada, más organizada, etc. Hablo desde el punto de vista biológico. Ella produce hombres originales, gobiernos originales, modos propios. En otras palabras, en Venezuela es donde tienen menos vergüenza.

Colombia produce hombres estudiosos, lectores, muchachos juiciosos. Ningún país más inducido. Toda teoría es recibida, toda ley y todo libro es plagiado. No hay revoluciones. Leen, hablan y hablan como si estuvieran rotos. ¿Es esto prometedor? Lo prometedor es la vitalidad, muchachos que tiren piedras, que maten pájaros y que no respeten al maestro. La mayor promesa biológica la veo en Venezuela… Venezuela es horno que consume” Fernando González (En: Los Negroides. 1936).

 

A San Onofre, la tierra del poeta Giovanni Quessep ― a quien Vd. por supuesto no conoce ― y a sus corregimientos, Labarcé, Pajonal, Libertad, Planparejo, Barrancas, Palacio ― que tampoco ―, plazas fuertes del paramilitarismo, cada año, con las primeras ventoleras de diciembre, viene también una caravana de exóticos expatriados. Van llegando en autobuses, poco a poco, hasta que, en los días anteriores a Navidad, arriban en masa, una hornada. Son los “venecos”, eufemismo despectivo que en Colombia se usa para designar a los venezolanos.

El pueblo y sus aldeas se llenan entonces de sorpresas y artilugios que reverberan bajo los techos de palma o zinc a las dos de la tarde: un ventilador nuevo, de gran potencia; un televisor nuevo, de nítida imagen; un equipo de sonido nuevo, de alta fidelidad; juguetes nuevos, de profusos visos o algunos vestidos, de moda no opino.

Hablan con un acento raro, usan modismos extraños e interjecciones desconocidas por los lugareños: su familia, sus amigos de infancia. En el municipio que dije, con dificultad se encontraría a una familia que no tenga a algún “veneco” entre sus miembros.

Pues bien, estos venecos mentados, son colombianos que se fueron a Maracaibo, a Valencia, a Caracas, durante la bonanza petrolera, en los años ochenta, en los noventa, en la última década, buscando un mejor futuro. Quién sabe. A lo mejor lo hallaron pues la mayoría nunca más volvió, a no ser cada diciembre mientras vivió la madre o la tía que los crió. Algunos, tiempo ha que no vienen; murió la abuela. De otros, no se sabe nada. O sí: que Fulano lo vio en Coro, que Zutano la vio en Barinas, que se fue a vivir con un menda a Mérida, que anda ahora por San Cristóbal del Táchira.

Pero los venecos, como los alisios de diciembre, también se van, o mejor dicho, regresan. San Onofre, un pueblo pequeño de mayoría afrodescenciente, un palenque que dicen, vuelve entonces a lo de siempre: la vida aburrida, con sus sueños ahogados, que interrumpe la cantina cada sábado a ritmo de champeta, la música, el baile que desde los años setenta es la expresión cultural vernácula. No hay ladrones, ni drogadictos. En el fondo, son gente pobre pero ordenada.

Para divertirse, los paramilitares organizan de vez en cuando reinados con niñas adolescentes o peleas entre homosexuales, para ver cómo se dan puño un par de maricones mientras el auditorio, por supuesto, se desternilla de la risa viendo a los sarasas romperse las crismas.

Es que Colombia cuando no chapalea en la sangre de sus muertos, lo hace en el cieno de su odio. De odio tiene picada el alma.

El 25 de septiembre de 1828, o sea, hace muchos años, un grupo de la alta sociedad bogotana, arremetió contra el Palacio de San Carlos, residencia del presidente de la Gran Colombia, Simón Bolívar. Entre quienes comandaban aquella encerrona, se contaba “el hombre de las leyes”, Francisco de Paula Santander que, muerto Bolívar, volvería de su destierro, al que fue enviado por traidor, para ser presidente. Dicen que era tanto su odio por el venezolano, que le cambió de nuevo el nombre al país: lo hizo volver al benemérito epónimo de Nueva Granada, como en la era colonial. Yo digo que hizo bien. La granada es una fruta muy jugosa y Granada, a la que cantó Lorca, una ciudad muy bella. Hoy, el quídam es la estampa del billete de 2000 pesos con el que bien puede Vd. comprarse cuatro rollos de papel higiénico con que limpiarse el culo por dos meses. ¿Y Bolívar? Ese es una estatua olvidada en una plaza.

Los venecos cuando vienen, en el televisor nuevo que compraron en Caracas, o de contrabando en Maicao, que queda no bien pasando la frontera ― lo digo porque Vd. seguro no lo sabe ―, se enteran de las telenovelas que pasan desde Bogotá, a la que no conocen. A las 8 pm (o 8:10, o 8:35, o 9:42, según el capricho del programador y las contingencias del rating), por ejemplo, pasan una muy famosa que va de dos hermanas: la mayor, Colombia, es buena y noble; está al servicio de una familia rica de Santa Marta desde hace marras. La menor, Venezuela, es una gorda grotesca que habla con voz chillona, usa extranjerismos y tiene un perro llamado Huguito, que se mea en casa de los vecinos y que siempre la pone en aprietos. La primera es una especie de elfo bueno que ayuda a los protagonistas a consumar su amor; la segunda, un ser perverso que humilla a su hermana y se opone a los buenos planes del barrio pobre donde creció el héroe de la historia.

Es que el odio, cuando nos pica el alma, necesita ser alimentado constantemente, aun con gestos nimios, aun con cosas de las que no nos damos del todo cuenta.

In nefanda nocte septembrina an MDCCCXXVIII, Simón Bolívar, que había sido proclamado dictador meses antes, cuando el fracaso de la Convención de Cúcuta reunida para mantener la unidad con Venezuela, fue salvado por Manuela Sáenz, la Manuela, que decían los sátrapas, para insultarla. Muy puta, quiteña, ella. La odiaban.

De odio en odio, a Colombia se le han ido los doscientos años de su lamentable historia. Matándose y felicitándose por ello. Que con su pan se lo coman, ¡verracos!

La figura de Bolívar ha sido llenada desde entonces de todo tipo de sospechas y ha servido a los planes más mezquinos. Tenido Santander como liberal, el Partido Conservador Colombiano ― hoy un grupúsculo que elogia la guerra y fustiga la hecatombe moral del mundo  ―, por ejemplo, quiso hacer de Bolívar su preceptor e ideólogo. Quizá no en vano, todavía hace unos años, el billete de 1000 pesos colombianos, dejaba ver la imagen del caraqueño. Era un billete azul.

El día de la Candelaria, que por si Vd. no lo sabe es el 2 de febrero, de 1999, un mestizo con voz de fuego ― candela ― y boina roja, llegaba al Palacio de Miraflores para gobernar a Venezuela. Los venecos seguían la transmisión desde el televisor de nítida imagen que compraron en Maicao y trajeron a Petare, quién sabe. El proyecto de aquel hombre, como el del Partido Conservador Colombiano, se reclamaba bolivariano y su objetivo ambicioso: reescribir la historia de su país. ¡Iluso! Como si la historia se escribiera. La historia es escrita: en voz pasiva, como los sarasas de San Onofre.

Tres meses después, en abril, Huguito ― como el perro de Venezuela ― Chávez, convocó a las urnas a sus compatriotas para pedirles el permiso de renovar la Constitución Nacional. El sí fue rotundo: 88% de los votantes manifestó su apoyo, pero la abstención pesaba todavía (más del 60%). Tres meses después, en julio, fueron invitados de nuevo los venezolanos para elegir esta vez a los miembros que conformarían la Asamblea Nacional Constituyente, encargada de escribir la nueva carta magna en los tres meses siguientes. En diciembre, de nuevo un referéndum para preguntarle a la gente si estaban de acuerdo con el nuevo código de leyes nacional. La ratificación popular fue una vez más inequívoca: más del 70% (mientras que la abstención bajaba: 55%). Era el comienzo de una nueva república que ahora llevaba el apellido de bolivariana.

Sin embargo, dicha república para ser de veras nueva necesitaba un nuevo gobierno. Cero y van cuatro, los venezolanos volvieron a las urnas (esta vez con una abstención del 43%) en julio del 2000 para elegir presidente, alcaldes, congreso, todo. Con dicho mandato popular, que lo ratificaba, empezaba el “segundo” período presidencial de Chávez en enero del 2001, al que abruptamente quiso poner fin un golpe de Estado ocurrido apenas un año después, en abril de 2002.

Entonces, por unos tres días, o sea, lo que estuvo Cristo en el sepulcro, Pedro Carmona Estanga, hoy “exiliado” en la patria de Santander, en Colombia, (donde enseñará en alguna universidad ciencia política, seguramente, o comercio internacional, si es que no se ha muerto), asumió la presidencia con el apoyo de la CIA y el beneplácito de los grandes poderes económicos, mediáticos y del alto clero venezolano. Fáciles de encontrar son todavía las imágenes de una multitud que lo aplaude eufóricamente mientras el demócrata suprime la Asamblea Nacional, los tribunales, diversos órganos del ministerio público. “Ni una gota de petróleo se irá para Cuba”, dice más o menos otro ministro y los estólidos rompen en aclamaciones de júbilo.

Colombia, también demócrata, aplaudió asimismo enseguida. Lo hizo a través de la canciller (e) de la época, Clemencia Forero Ucrós, como su marido, una mamona de la teta pública que hoy es embajadora en Australia. Afirmó desde Bogotá, me acuerdo, que su país (¿el mío también, el de Giovanni Quessep, donde queda San Onofre?) tenía a Carmona en la más alta estima, etcétera. José María Aznar desde España tampoco tardó en llamar al demócrata Carmona para ofrecerle su apoyo, como gesto de buena voluntad para con el pueblo venezolano.

Pero contra Colombia, España y la buena voluntad de tantos, el golpe no prosperó. Un Chávez recargado, aclamado por sus partidarios, volvió a Miraflores para hacer cumplir las leyes habilitantes que le habían sido otorgadas en vistas a empezar una reforma agraria y a consumar la nacionalización del petróleo, origen, entre otras cosas, del descontento burgués. Una revolución se estaba desatando y las fuerzas retardatarias forcejeaban para no morir. Una serie de paros, inestabilidad política y boicots marcaron los duros años del primer chavismo.

En junio de 2004, caso inédito en la historia venezolana, siguiendo la constitución que él mismo había promovido y que ahora usaba un arma en su contra, Chávez se juega su cabeza en un referéndum revocatorio. Casi cuatro millones de electores manifestaron estar contra él, casi seis a su favor, mientras que la abstención cayó al 30%. Como en toda elección perdida, la oposición alegó fraude. Como todas las veces en que el Centro Carter avaló los resultados, la oposición desconoció las cifras obtenidas en los comicios. En abril próximo, a no ser que gane Capriles, dirán de nuevo que hubo fraude. Oráculo del Señor. Amén.

Cubrir el chavismo de un manto de sospecha que va desde las más graves acusaciones hasta cosas tan simples como escribir comandante con minúsculas y entre comillas (como hace a veces la prensa colombiana) o pasar en horario estelar una telenovela cuya actriz antagónica se llama Venezuela, tiene su éxito. Alguna cosa, aunque sea poca se logra. Si un político en Colombia, do abunda la libre expresión, dice que admira a Chávez, su carrera corre peligro. Deberá convocar entonces una rueda de prensa para explicar el sentido de la frase y por qué no, desmentirse. Por no ir más lejos, William Ospina, escritor de las más altas cualidades, escribió pocos meses ha una columna en El Espectador, donde expresaba su apoyo al proceso venezolano. En la edición dominical del diario, de tanto alboroto que se armó, hubo de ser el autor entrevistado para que explicara su posición.

Después del referéndum revocatorio, los venezolanos han ido por lo menos unas diez veces más a las urnas. De 16 elecciones, el chavismo ha ganado 15. De la democracia venezolana se duda sin embargo, continuamente, eso Vd. sí lo sabe.

Ya antes del golpe, una serie de reformas sociales habían sido puestas en marcha con el nombre de misiones que a su vez se llamaban como los próceres de la independencia o héroes de la cultura popular: Ribas, o Sucre, o Guaicaipuro, o Miranda, o José Gregorio Hernández, o Negra Hipólita, o Barrio Adentro, o Vuelvan Caras.

¿Gobierno perfecto, ideal? Ninguno. Es más, si Vd. quiere descubrir sus contradicciones, sírvase ir al buscador de los diarios sudamericanos El Clarín de Buenos Aires, El Tiempo o El Espectador de Bogotá, El Universal de Caracas, por solo poner un ejemplo. O visite a las páginas web de los canales privados Globovisión, RCN, Telemundo, Caracol, Televisa, CNN. Basta con que escriba “hugo chavez” en minúsculas y sin tildes, que no son necesarias. Aunque si quiere ser más sarcástico, búrlese interiormente del epíteto “revlcion bolivariana” y escríbalo así en las páginas mencionadas. Espere a que el identificador de palabras, tuteándolo, le diga: quizá quisiste decir “revolución bolivariana”: un repertorio de errores, de desaciertos, de dudas se desplegará pronto ante sus ojos.

Si tiene más paciencia y vive en Colombia, no se pierda las emisiones diarias de la rubísima Claudia Gurisatti y de la monísima Vicky Dávila (por amor al idioma, escribo los extranjerismos en letra bastarda) que hablan en la radio tanto como pontifican en la televisión.

Andalucía es la región más golpeada por el desempleo en España. Dicen las malas lenguas que, en los pueblos de la provincia de Cádiz, por ejemplo, casi el 50% de las personas en edad laboral está en el paro. En esa misma Andalucía, en una calle de la vieja Granada, un grafito se deja leer sobre una tapia: “votes azul, votes rojo o votes blanco, al final siempre gana el banco”. Sintomático apotegma que resume el desencanto de la democracia, creciente hoy, no sin razones, en el mundo occidental. En San Onofre, en cambio, en la Nueva Granada, es otra cosa: ahí no hay grafitos manchando las paredes, a no ser que alguno que otro diga AUC.

Probablemente a estas alturas se habrá escrito todo sobre Chávez y no he dicho nada nuevo. Pero ¿de dónde a nosotros esa estupidez de tener que decir cada vez cosas nuevas? ¿Qué puede escribir un poeta en una revista de poesía? ¿Me pedirán corrección política? Sabed que yo sospecho siempre del artista que escribe lo que CNN quiere oír.

Diré lo que han oído ya: que el gran mérito de Chávez fue hacer que todos se interesaran por el destino de todos. Si al andaluz desempleado le importa poco que gane el azul o el rojo o el blanco, ¿le da lo mismo al venezolano que gane Maduro o Capriles? ¿No siente acaso que es mucho lo que está en juego? Una abstención con tendencia creciente a la baja, me parece que lo demuestra.

Ese sentirse uno concernido por un proyecto de país es, creo yo desde mis entendederas, el objetivo de toda acción política. L’affaire de la politique est le rêve. Soñar que un cambio es posible y dotarse de los medios para realizarlo, debería ser el horizonte moral de todo político. Pero quizá desde que Freud cubrió los sueños de una pátina de sospecha, al entenderlos como todos hechos a base de material olvidado en el inconsciente, es difícil creer que una vía distinta pueda funcionar.

Dicen que José Antonio Páez, cuyo apoyo le costó a Bolívar la conspiración de Santander, en la batalla de las Queseras del Medio, lanzó el grito “¡vuelvan caras!”, que enardeció a los patriotas, alcanzando con ello el éxito militar. Yo veo doquiera, tanto en el chavismo como en la oposición, una Venezuela con el rostro vuelto hacia su propio ser, hacia su destino y en el proyecto revolucionario, también hacia su identidad latinoamericana, hacia la utopía de la justicia.

La revolución es la vida, la espontaneidad creadora, el tiempo mesiánico que suspende el curso aburrido de la vida que interrumpen, acaso de vez en cuando, lúbricas champetas. Santander puede, en nombre de la ley, matar la espontaneidad, la vitalidad. Pero lo prometedor es la vitalidad, muchachos que tiren piedras, que maten pájaros y que no respeten al maestro.

Todo proceso revolucionario es ambiguo. Se enfría y se vuelve a calentar. Sus resultados no siempre son inmediatos. Sus cambios, en cambio, son definitivos. Algo cambió en Venezuela para siempre. Estamos en mora de haberlo entendido.

Hoy Chávez ha muerto. Enciendo el televisor que le compró mi abuela a una señora de Sahagún, que lo trajo de Maicao, que Vd. ya sabe dónde es. La masa ingente que acompaña al Comandante, con mayúscula y sin comillas, hasta su sepultura, pone a hablar con cuidado a los cipayos periodistas de los diarios y televisoras de marras, excepción hecha de Jaime Bayly, un miserable, héroe de la oposición, que habla de frente y dice las cosas sin mentiras, no como este artículo amañado que estoy escribiendo.

En una cadena gringa, una señora en nítido inglés neoyorquino, se queja de la terrible situación económica de Venezuela. No hay electrodomésticos (los televisores, de eso estoy seguro, se los traen todos para Maicao), ni café en los supermercados. Penuria total y demagogia doquiera. Pero yo, como no conozco Venezuela, no sé si creerle. Nunca he puesto el pie en el país de Bolívar (lo que significa, si Vd. quiere verlo así, que mi artículo no es válido ni legítimo porque cómo voy a hablar yo de las cosas que no he visto ni conozco). Que no he sufrido a Chávez en carne propia, sea. Todo lo anterior, pues, lo reduzco a bazofia. No me crea. Yo tampoco me creo del todo, si eso le consuela.

Solo sé que en diciembre, si vuelve mi tía, la que de Cereté se fue a vivir a Venezuela como los venecos de San Onofre (aunque no creo,  pues su madre ― la de mi tía, digo ― ya se murió), pues bueno si vuelve, decía, le preguntaré si es verdad lo que afirma la analista económica neoyorquina y si lo que he escrito aquí es coprolalia o tiene al menos un poco de sentido.

 

 

 

Datos vitales

Aníbal Pineda Canabal (De Cereté, Colombia, 1983). Licenciado en filosofía, con estudios de máster en filosofía en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y máster en filosofía franco-alemana en la Universidad Carolina de Praga (Rep. Checa), en la Universidad de Coimbra (Portugal) y en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Ha publicado diversos textos en el área de filosofía en diferentes revistas: Jean-Paul Sartre: actualidad de su pensamiento más allá de cien años (2006); Hans Blumenberg: el camino de la Modernidad (2012), Entre Fichte e Sartre: uma dialética da liberdade (2013), Chemins vers Saint Paul: de Karl Barth à Giorgio Agamben (en proceso de publicación), Benito Feijoo et les lumières espagnoles: aperçu historique d’un projet frustré (en proceso).