Raquel Bojórquez

Presentamos dos cuentos de Raquel A. Bojórquez G. Nació en Sonora (Hermosillo) el 7 de noviembre de 1991. Estudia Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Fue seleccionada  para el curso de creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas Xalapa-2013.

 

 

 

 

De niños que vienen con un peso o un peso y cincuenta centavos

 

No falta quien piensa que como su vida ha sido un estatismo, el mundo también, y creen que los Cheetos valen dos pesos como hace ocho años. Por ello, veo llegar cada día, a distintas horas ―pero sobre todo, entre mediodía y las tres de la tarde, cuando el calor, al menos aquí, es el más intenso― a niños que no pasan de los nueve años, descalzos, guerreros del pavimento que se cocinan los pies, quienes sólo necesitan la sombra de algún árbol para recuperar las fuerzas unos segundos y seguir su camino con paradas continuas y fugaces en esas sombras, que si supieran el significado de la palabra bendita, las llamarían así.

Podría diferenciar a estos niños en dos: mujeres y hombres. Desde un tiempo atrás pienso que los hombres son menos complicados que las mujeres ―complicados, no complejos―  y mi prueba más fehaciente son los niños. Cuando escucho al otro lado del mostrador una voz que aparentemente no tiene cuerpo y recargo mi estomago hacia adelante y descubro que es una niña que me dice “señor” o “señora”  indistintamente aún cuando me ve, pienso entonces por qué no es un chico.

Comienza preguntando cuánto cuesta todo lo que sus ojos alcanzan a ver sobre el mostrador. Entonces formulo la pregunta necesaria “a ver, enséñame, ¿cuánto traes?”. Sí, lo suponía, un peso, o dos, o uno y cincuenta centavos. “Sólo te alcanza para éste, o éste, o éste otro”, le digo. “No”, siempre escucho. “¿Y este?”, dice ella, “no, sólo los que ya te dije. Mira, toma éste”, le respondo, “no me gusta”, me contesta. Acto seguido y no importa que sea la primera vez que venga a la tienda porque está de vacaciones con su abuela o sea la niña que viene todas las tardes, pareciera que veo la misma rutina en ellas. Después de no querer nada del mostrador, se van hacia el pan Bimbo. Preguntan desde las rebanadas hasta los roles glaseados grandes. Se dirigen a las Sabritas, Barcel, Marinela, Gamesa. “Mejor un yogur”, casi escucho que piensan. “Tampoco te alcanza”, vuelvo a repetir no sé cuántas veces. Otra vez pienso que si viniera una niña china haría lo mismo, preguntando casi las mismas veces por las mismas cosas, pero luego me acuerdo que a las niñas allá no las quieren y me acuerdo del video famoso donde atropellan a esa niña chinita y la gente no la levanta ni hace nada, entonces lo pienso otra vez y creo que no haría lo mismo una niña china, no suena lógico.

Derrotada por no encontrar algo más allá de lo que puse a su alcance o de mis ofertas, vuelve, no triste, si no desinteresada y me da el dinero. Yo lo tomo y trato de darle lo que me parece será lo más delicioso para ella. Lo toma sin cuidado, sin mirarme. Ya no le importa ver lo que ha conseguido finalmente y lo mete a su boca. Mastica rutinariamente mientras camina hacia la puerta y veces espero que voltee pero no pasa.

Los niños son diferentes. Pareciera que comienzan igual, preguntado por los azúcares de colores que ven frente a ellos, luego viene la pregunta necesaria y por su naturaleza masculina veo la posibilidad de no darle opciones, sacar dos dulces, tomar su dinero y hasta decir “ya, no te sobra”. En ese instante, él me mira, o ellos, no importa, con la mayoría pasa igual, me mira esos segundos, mirada dubitativa, pero toma los dulces y sonríe, aunque a veces no lo hace, y se va, tal vez los mete a su boca o los guarda en las pequeñas bolsas de su pantalón. Vuelvo a pensar que si viniera un niño israelí haría lo mismo. Aceptaría los dulces, con esa mirada de duda que no falta, la cual hace que crea que tal vez después no lo acepten tan fácil y me dirán que no. Casi nunca pasa.

Cuando salen de la tienda a veces pienso ―y  la gente no viene porque hace demasiado calor y estás tomando una siesta o viendo la telenovela de las tres de la tarde― que esos niños y niñas crecen. Ellas van por los pasillos de papitas, galletas y dulces, pensando en su dulce azul o papita azul o galleta azul. Rechazan dulce tras dulce, creen merecer algo más aunque ellas tengan para ofrecer el mismo peso que han guardado desde niñas y no lo sacaron para jugar a la lotería por miedo a perderlo. Y van pasando los años y se cansan. Vuelven a recorrer los mismos pasillos hasta llegar a las primeras ofertas, o distintas, pero que tampoco les gustan. Ya no les importa. Las toman sin convencimiento. Entregan el peso que nunca apostaron por algo más. Sin tomar riesgos el peso se estaciona en el bolsillo de alguien quien también estaba enfadado de mirarlas dar vueltas esperando su retorno inevitable.

Y los niños que crecen y se trasforman en hombres no se pasean por los pasillos. Han aceptado una vez más el dulce que se les asigna. Unos han sonreído y otros no. De grandes, la mirada dubitativa no se asoma. Se ha esfumado y por eso han llegado hasta este punto, pero si por casualidad aparece, imagino que protestan y dicen que ellos quieren otra cosa, que tal vez se pasearán por los pasillos, y que ellos quieren elegir; porque ellos sí jugaron a la lotería y ganaron más pesos o cincuenta centavos y ahora pueden pasearse por los pasillos.

Alguien me pregunta si tengo no sé qué cosa y dejo de pensar en los niños que crecen. Me acuerdo de la colonia en la que trabajo y que esos niños vienen con un peso o un peso y cincuenta centavos porque sus papás son pobres y no tienen dinero o se lo gastan en cerveza o en cristal o marihuana o en ninguna de las últimas tres. Sólo son pobres y no les dan más dinero. Vuelvo a preguntarle qué fue lo que pidió y su respuesta me regresa a la rutina.

 

 

 

 

Clamatos o  Kermatos

 

Algunos días de la semana la veo llegar sobria, pero un sábado y un domingo pareciera impensable no verla en la calle zigzagueando. Se trata, no de una cliente frecuente, pero al menos sí constante. Nunca he sabido cómo se llama. Creo haber escuchado que Lupita o un nombre tan común como ése. No mide más de un metro sesenta y cinco y su cabello, largo hasta sus extrañas nalgas, se divide en dos dolores. De la raíz a la mitad de él tiene un color natural, castaño no muy oscuro, y la segunda mitad hasta las puntas es completamente negro, negro artificial, de caja, ni si quiera de tubo que dura menos y tiene un intento por engañar más al ojo humano sin querer ser carbón.

Extraordinariamente no tiene senos. La mayoría de las veces que me toca verla usa blusas de tirantes y veo su brassier vacío y su pecho recto como el de un niño que no tenga tendencia a desarrollar grandes pectorales. Es muy delgada y sus caderas, caderas enormes, se pronuncian aún más. Su nalgas son planas, no como una tabla, puede observarse un intento de la carne por resaltar, pero fallidamente.

Tiene la ceja rasurada, suplantada por una línea delgada en forma de arcoíris, pero roja, a mitad de la frente. Me he preguntado si a ella le hubiera gustado tener labios muy gruesos. Se delinea, más bien, dibuja una nueva boca, roja o café, que colinda o se confunde con la barbilla y el inicio de su nariz. Su verdadera boca es pequeña. Su labio inferior es más grueso y el superior crea casi por sí mismo un pequeño corazón.

Sus ojos redondos, grandes y muy redondos, como jalados por cintas en sus extremos y con sus pestañas tiesas, tapizadas de mascara, me hacen recordar a Sandy, el personaje que se enamora de Jack y termina por ser su novia al final de la película. Para ser honestos, toda ella me hace pensar en esa caricatura. Lo atractivo de su rostro, que no me recuerda a nada y tampoco está alterada en ningún modo aparente, es su nariz: delgada, como el canon estético occidental, también afilada. Sus orificios son ovalados, nada grandes, apenas y resalta la oscuridad de ellos cuando la miras y tiene que ser justamente en la nariz para notarlo. Sus orejas son pequeñas y las lleva al descubierto. Ella nunca o pocas veces deja su cabello suelto. No es una cola de caballo, no me da esa imagen. Su pelo es demasiado largo y de dos colores para pensar en un caballo. Además, la liga con la que sujeta su cabello es tan grande que parece un cono al estilo Madona pero acolchonado. Cuando lo lleva suelto, éste se balancea de un lado a otro y con sus puntas afiladas y dispersas me recuerdan ahora sí a un caballo.

Sólo faltaría algo por mencionar: a pesar de sus pantalones de mezclilla, unas veces gruesos y la mayoría del tiempo muy ajustados, sus nalgas y muslos parecen de gelatina. Realmente nunca había encontrado algo que la representara así. Al caminar no sólo tiemblan, sino pareciera que al paso al que va sus muslos y nalgas llevaran otro ritmo. Un ritmo propio que no sé si descoordina de todo el cuerpo pero al menos sí de su andar. Me la imagino en falda, no sé si por morbo, pero no me parece grotesco, tampoco cautivante, digno de verse, tal vez eso. Para mi desgracia nunca lleva falda, lo más cercano a ver su piel desnuda son unos mallones rojos que lleva puestos, sólo tiene unos, y decididamente su cuerpo vuelve a funcionar con otro ritmo, y al verla, vuelvo a preguntarme si algún día vestirá falda.

Supe por mi padre que de joven era teibolera. No creo que tenga más de treinta ocho años. Ahora parece ser una puta venida a menos o una piruja ocasional. Yo creo que es lo último.

Los fines de semana la veo borracha, pero al menos hasta las cinco de la tarde todavía puede caminar a la tienda para comprar Clamatos o Kermatos y salsa Huichol o marisquera. Es muy amable y educada y al estar ebria intenta serlo aún más. Aunque tengo que descifrar sus palabras o completar oraciones para saber qué es lo que me pide, sigue con la actitud de que nada pasa si es más amable y más educada.

Sigo preguntándome para qué compra tantos rollos de papel higiénico. En ocasiones lleva hasta ocho. Pienso en broma que va mucho al baño, pero me parece estúpido. Después imagino una orgía de sábado y domingo, con hombres panzones recogiendo su ropa y mujeres flácidas con cabellos teñidos y sin vida ―tratando de ayudar al hombre con el que terminaron las últimas horas, pero sin lograrlo.  Luego veo la casa vacía, con botes de cerveza y botellas de alcohol del más barato y algunas de un precio promedio, del que raspa menos la garganta. Y la veo a ella levantarse para recogerlo todo, traer bolsas negras y limpiar como cada fin de semana los mariscos podridos que quedan en los platos. Imagino que a ella no le gusta lavar trastes y mojarse las manos porque se vuelven arrugadas como manos de vieja de tanto estar sumergidas en agua, por eso usa desechables y también por eso no lava el trapeador. La veo tomar los rollos de papel y envolver las hojas en la palma de su mano, luego sacar el resultado de la maniobra mecánica, tirarla al piso y restregarlo después. Repetir el mismo procedimiento hasta que el piso quede seco ―no sin manchas, eso no importa― o hasta que el papel se termine. Luego pienso que eso también es estúpido.

Alguna vez le vi puesto un collar en forma de ojo azul recargado en esa parte lisa a falta de senos. Mi hermana le preguntó qué significaba, “para las envidias”, respondió. Pensé que tal vez ella tuvo mucho éxito de bailarina y le quedaron esas costumbres, o no, y sólo era supersticiosa. Aún con todo, los hombres la miran en la calle. Yo los he visto. Incluso yo la observo cuando camina.

Recuerdo una vez que llegó a la tienda con un hombre. Él hablo conmigo, no sé por qué. “Soy capitalino, no chilango”, me dijo. Yo pensé que a mí no me importaba. Ella quiso pagar las salsas y Clamatos y él alargo su brazo sobre el de ella y me dio un billete de doscientos. Luego dijo que las mujeres del norte trabajaban y se pagaban las cosas y por eso les ponían los cuernos a sus esposos. Yo sólo asentí con la cabeza. Él cargo las bolsas y salieron juntos. Ese día no me dieron ganas de preguntarme nada sobre ella y me puse a pesar un saco de croquetas.

 

 

 

Datos vitales

Raquel A. Bojórquez G. nació en Sonora (Hermosillo) el 7 de noviembre de 1991. Estudia Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Fue seleccionada  para el curso de creación literaria para jóvenes de la Fundación para las Letras Mexicanas Xalapa-2013.