Waldo LeyvaEn el marco de la antología “Arenas movedizas: poesía iberoamericana y principio de siglo” presentamos una muestra del trabajo del poeta cubano Waldo Leyva (1943). En 2010 mereció el X Premio Casa de América de Poesía Americana por el libro “El rumbo de los días” (Visor, 2010). y en 2012 el Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora.

 

 

El sonido sin fondo de la puerta

Vuelve a llamar. Toca de nuevo la madera remota de esa puerta. Nadie está en casa. Los últimos habitantes partieron al amanecer de un día, al que tú no has llegado. Vuelve a tocar. Tú no buscas a nadie, sólo necesitas el sonido sin fondo de la puerta, la esperanza de una voz que responda, que justifique el origen de la memoria para poder partir. Hay otra puerta abierta. Los muertos dejan allí vasos de agua, flores que no han nacido todavía. Pero tú evitas ese umbral sospechoso. Sabes que si lo cruzas volverás a ser niño, y ya no te alcanzarán las fuerzas para llegar hasta donde estás ahora, tocando a la puerta de una casa que ni siquiera desconoces, con la esperanza de una voz que te deje partir a ningún sitio.

 

 

 

La distancia y el tiempo

 

Tú estás en el portal, apenas has nacido

caminas hacia el mar y cuando llegas:

tienes el pelo blanco y la mirada torpe.

 

Desde la costa se ven las tejas rojas de la casa.

 

Si quieres regresar, ya no es posible;

a medida que avanzas se borran los caminos.

 

Tu camisa de niño aún está húmeda

y veleta de abril en el cordel

indica para siempre la dirección del viento.

 

Qué gastadas las uñas,

qué frágil la memoria,

qué viejo tu zapato por la arena.

 

octubre 1995

 

 

 

El dardo y la manzana

 

Soy un hombre detenido en la línea sin origen

ni fin de una saeta.

 

Sin mí, sin la referencia que soy,

nadie hubiera encontrado el viento roto,

el paisaje escindido,

la huella aguda y misteriosa de la madera.

 

¿Dónde está el blanco que persigue la flecha?

¿Quién tensa el arco?

¿Qué mano laboriosa modeló este venablo?

 

El dardo es una excusa entre el veneno y la manzana.

 

 

 

 

Homérica

(o monólogo de Aquiles)

 

¿Realmente fue mi lanza la que se hundió en tu pecho?

¿Era aquél tu cadáver insepulto sobre la ardiente arena?

¿Hirieron tu cuerpo muerto mis guerreros

para huir del insomnio

                                               para espantar el miedo?

¿Quién anunció mi muerte frente a la puerta Escea

si tu lengua era el signo del reposo

y en tus ojos vacíos se perdía el origen de la luz?

Ah, Héctor, defensor de los muros,

la historia la contaron de otro modo.

Los dioses, aburridos en sus largas veladas,

inventaron el cuento. Hasta Homero fue falso.

Sólo que en su desidia —los dioses son así —se olvidaron

del juego y ahora yo soy el héroe, clavando eternamente

la pica poderosa sobre mi propio pecho.

 

 

 

 

Bíblicas

 

Abraham

no fue aceptar, por obediencia,

el sacrificio de su hijo,

sino hacerle cargar con los maderos.

 

 

 

II

Las hijas de Lot

usaron el vino

para que su padre

entrara en ellas

y tener descendencia.

Todavía hay quienes dudan

de la fertilidad de la embriaguez.

 

 

 

III

El hecho de que Sara

fingiera ante el faraón

que Abraham era su hermano,

no fue a causa del miedo del profeta,

sino una simple táctica de Dios

para poder castigar a los egipcios.

 

 

 

IV

Cuando Absalón, hijo de David,

decidió matar a su hermano Amnon,

no sólo estaba vengando el Ultraje a Thamar

sino que iniciaba, sin saberlo,

la ruta que lo conduciría hasta su propia muerte.

 

 

V

( Sobre David y Betsabé)

1

Dios puso a Betsabé delante de los ojos de David

y era tal la hermosura de la mujer de Uría

que la luz de la tarde brotaba de las aguas

que mojaban su rostro.

 

 

2

El rey la hizo venir hasta su lecho y entró en ella

y en el acto de amarla engendró un hijo

cuyo nombre y figura no recoge la historia.

 

 

3

Cuando Betsabé le dijo al Rey que estaba encinta,

David hizo regresar a Uría de la guerra

y le ordenó: ve a tu casa, lava tus pies.

 

 

4

Pero el soldado durmió a la puerta del palacio

porque no creyó justo comer junto a la lumbre

ni yacer con su mujer en paja caliente

mientras sus compañeros de campaña

dormían sobre la incierta tierra.

 

 

5

David lo sentó a su mesa y Uría comió delante de él

y bebió su vino hasta embrigarse

y cantó las antiguas canciones de los soldados

pero volvió a dormir sobre el duro suelo,

delante de las puertas del palacio,

desoyendo la voluntad del Rey.

 

 

6

Envió, entonces, David, con el propio Uría, una carta a Joab,

el jefe de su ejército, indicándole que pusiera al portador

de la misiva en el lugar más peligroso del combate

para que fuera herido hasta morir,

y el soldado peleó como los héroes

y cayó repitiendo el nombre de su rey.

 

 

7

Después del luto, Betsabé fue a David y convivió con él

y nació el hijo cuyo nombre se ignora

porque Dios decidió su muerte

para castigar el pecado de sus padres.

 

 

8

Y luego vino Salomón, dueño de la sabiduría,

hijo de Betsabé y de David

y adorado de Dios.

 

 

9

El Libro de los Libros sólo cuenta la historia,

nada dice de cuánto deben pagar,

en aras del poder y la sabiduría,

la lealtad y la inocencia.

 

 

 

Contra la desmemoria

Para José Omar Torres, hermano.

 

Cantemos la canción de los soñadores,

que no nos detengan las espaldas que se alejan

ni los oídos que sólo quieren escuchar

el repetido canto de las sirenas;

por muy sólo que se anuncie el camino,

cantemos siempre la canción de los soñadores,

que el canto nos acompañe

con su melodía incorruptible.

El fin no es tocarlo sino perseguir el sueño.

Y si algún día, no quiero pensarlo,

nadie canta la canción de los soñadores

si alguna vez, no quiero imaginarlo,

sólo se escucha el alarido de las sirenas,

entonces yo, contra esa desmemoria,

seguiré cantando con mi torpe voz

y estoy seguro, eso quiero creer,

que alguien, cuyo recuerdo ignoro todavía,

se levantará de las aguas para sumarse al coro

y descubrir conmigo la canción de los soñadores.

 

 

 

 

El hueco gris de la madera

 

Soñé que estaba muerto.

Este sueño me habita desde siempre.

De niño lloraba junto a un féretro vacío

o, asombrado, interrogaba a un público sin rostro

que abrumaba la sala de una casa desconocida todavía.

Anoche este sueño era distinto.

El hueco gris de la madera tenía mi cuerpo,

y aquel era mi rostro de los 20 años.

Sólo mis ojos no eran mis ojos

ni tampoco los ojos que me esperan.

De espaldas, en la sala vacía,

una mujer que pudo ser mi madre

cantaba en silencio esa canción de cuna

que nunca le escuché.

El sueño de mi infancia no me dejaba andar

pero el sueño de ayer me devolvió las piernas,

el único sendero era mi rostro,

un rostro que a los veinte años

no podía creer que la esperanza dejara cicatrices.

¿Será cierto, Vallejo?

¿Murió mi juventud y estoy velándola?

 

 

 

Noche de guardia

 

Por alguna fisura estoy llegando.

El tiempo es una herida, una sombra de la memoria.

Inútil mi vieja escopeta

contra las múltiples rendijas de la madera

por donde entra el frío insoportable de la luna.

Desde alguna fisura estoy saliendo.

El buey se escapó

y revuelve el retoño de la noche.

Su vaho tibio es impotente contra el miedo

que me achica la espalda.

Todas las roturas de la madera tienen ojos que respiran.

Nadie sabe que tiemblo, que estoy fijo,

que me duelen los poros.

En el carro de la antigua grúa penden los estrobos

y duermen ciertos pájaros sucios.

¿Mañana, cuando el sol borre las roturas de la madera,

serán indefensas la fisuras?

 

 

 

 

Big bang

 

En algún punto del espacio infinito

late el ruido inicial del universo.

La materia dispersa

se convirtió en sistemas estelares,

en planetas, en desiertos de sombras,

en mares recurrentes y seres como tú

o el ínfimo microbio,

                                    la piedra,

                                                      la chispa

donde sigue, viva y esperando,

la próxima explosión.

Nada desaparece, nada empieza.

 

 

II

La utopía se alimenta del pasado remoto.

Nadie sabe si el hombre anticipa el futuro

o busca en su agonía,

el momento inapresable del origen

de cuya memoria sólo queda ese ruido

viajando en el espacio

tal vez hacia nosotros.

 

 

 

Retrato de la extraña

(óleo sobre tela)

 

Sentada, con un vestido negro que le cubre desde el cuello a los pies, está la

niña. La escalera de piedra va subiendo de su cuerpo a la puerta y a unas

flores delante del cristal de la ventana. El rostro está de frente pero la niña

mira hacia otra parte. No es de tristeza el gesto ni hay rastro de humedad en

las pupilas, pero se sabe que acaba de llorar, o está llorando aún, por dentro.

Hay un hueco en el pecho de la niña que se puede tocar, ¿es el vacío?

 

 

 

 

Cuando toco su rostro

A Karol, mi hijo

 

Todavía es un niño.

Tiene la edad en que otros

ya son padres,

pero aún es un niño.

Hay en sus ojos,

en lo más hondo de sus ojos,

una incurable soledad,

pero es un niño, todavía es un niño.

Cuando meto mis dedos en su pelo,

cuando toco su rostro,

se vuelve vulnerable,

siente de nuevo

ese hueco sin fondo de cuya memoria

también me duele el pecho.

 

 

 

 

El rumor más inocente

 

La oscuridad es un puente

sobre el vacío.

Indefenso

busco las rutas del origen,

pero la noche

tiene muros,

gargantas ilusorias,

falsos ruidos.

 

Una gota de agua,

el golpe del reloj,

una vieja campana lejanísima,

pueden ser catastróficos.

 

La noche del insomne

es un despeñadero

 

sin fondo.

 

 

 

 

Un sitio de ayer o de mañana

 

La señora y el señor van

en silencio;

aunque viajan la una junto al otro,

es un viaje distinto; no se miran,

no comparten asombros

cuando rompe de pronto el amanecer

en la hendidura ovalada del avión.

¿Parten o regresan?

Es imposible sospechar que tuvieron

alguna vez algo en común.

Él mira en la diminuta pantalla

un film banal por donde pasa,

desviviéndose siempre,

una muchacha.

Ella duerme a ratos o mira fijo

un espacio que seguro no es éste.

Es un sitio de ayer o de mañana,

donde no es difícil imaginar

que sobra él.

Si llega la aeromoza, él responde por ella:

—la señora no quiere, solo agua, por favor—

y ella no bebe, no agradece, no está.

La señora y el señor van en silencio;

no hay odio ni memoria en sus miradas.

Vienen de algún lugar que han olvidado;

se dirigen a un sitio que ignoran todavía.

 

 

 

 

Canción sin rostro

 

Cierto endecasílabo, escrito con torpeza,

habla de una memoria que no tiene sentido,

de unos verdes olores, de una naranja rota

de un niño que no fui, aunque tenga sus ojos.

 

A veces vienen ruidos o sombras de otros días,

una canción sin rostro, el ladrido de un perro,

un padre que se escapa y una madre distante

la lámpara de aceite y el abuelo dormido.

 

Por qué viene ese verso si no existe el que canta,

de dónde los olores y la naranja herida;

el padre, ese refugio, cómo dice que parte.

 

Indagar en el verso no te da la respuesta,

no olvidar que el poema forja su propia vida

y recrea recuerdos sin origen tocable.

 

 

 

 

Agradezco la noche

 

Aquí estoy, nuevamente amanecido,

dispuesto a soportar hasta que vuelva

la noche irremediable.

Cuento los días y me resulta eterno

el tiempo que supongo me separa

del silencio sin ruido.

 

Estoy como en un pozo

pero viendo la luz solo en el agua.

 

En un sitio del mundo

comenzará otra guerra

y vencerán los muertos a los muertos.

 

De aquello que fue el rostro del amigo

queda sólo una mancha, un tatuaje

que ha dejado la máscara en la piel.

 

¿Quién le cortó los hilos a la rueca?

¿Quién me dejó sin calles, sin laguna

con una puerta sólo hacia la infancia,

hacia el agua del pozo?

Aquí estoy, nuevamente amanecido,

ha sonado el teléfono,

comienza la ciudad su ruido informe,

y siguen los semáforos en rojo.

 

 

 

Las hortensias azules

Tú acaso no lo sepas, Isolda

Raúl Hernández Novás

 

Tú acaso no lo sepas, Isolda; las hortensias azules junto a tu puerta, tenían que ver con el último gesto de John Lennon, ese modo irrepetible de mirar a la cámara que sólo poseen los que saben que detrás de la lente está el vacío y no la muchedumbre. Yo busqué en el espejo muchas veces, pero es imposible, el secreto temblor se entrega solamente cuando el cristal no reproduce el rostro.

Tú acaso no lo sepas, Isolda; las hortensias azules junto a tu puerta, no fueron un mensaje de amor, ni ocultas claves para la memoria. Ya no estoy, y eso lo sabes, pero también las hortensias se murieron y nada tiene que ver con sus pétalos el azul que descubrimos aquella tarde en un rincón del cielo.

Tú acaso no lo sepas, Isolda; las hortensias azules de que hablaba el poema, no existieron, aunque sí el gesto de John Lennon, y el vacío oculto tras la lente, y el azul que descubrí yo solo mientras dejaba, junto a tu puerta, un mensaje de amor contra el olvido.

 

 

 

Definitivamente jueves

A Margarita, mi mujer

 

Quiero que el veintiuno de agosto

del año dos mil diez, a las seis de la tarde como es hoy,

pases desnuda atravesando el cuarto y preguntes por mí.

Si estoy, pregunta, y si no existo,

o me he extraviado en algún lugar de la casa,

de la ciudad, del mundo, pregunta igual, alguien responderá.

El primero de enero del año dos mil uno será lunes

pero el veintiuno de agosto de la fecha indicada

tiene que ser definitivamente jueves

y el calor, como hoy, agotará las ganas de vivir.

Las calles serán las mismas para entonces,

los flamboyanes de efe y trece seguirán floreciendo,

muchos amigos no estarán

y el tiempo habrá pasado por la historia de la casa,

de la ciudad, de mi país, del mundo.

Quiero que el veintiuno de agosto, al despertar,

prepares la piel

                                el corazón

                                                      las ganas de vivir.

 

 

 

 

Monólogo final

 

La oscuridad tiene tu olor,

mi olor,

y ese otro perfume

que nace de la piel

cuando se juntan nuestros cuerpos.

 

Cierra los ojos.

Toca mi cara. 

Tus dedos borrarán la sombra,

no importa que sea de noche,

no importa que desconozcas

el rostro que tendré al amanecer.

Cada segundo puede ser toda la vida.

 

Mañana mi piel estará seca,

o deshecha en el aire

o será un verde germinal, un rojo efímero;

pero ahora las yemas de tus dedos

tienen toda la luz.

 

Perdono al porvenir.

 

Las trampas que he tendido

tienen la misma inocencia

del juego de la alquimia.

Para el hombre no existe otro destino

que el manantial inédito.

 

Toca mi rostro,

sálvalo en la memoria de tus manos.

 

 

 

Rapsodia

A Eduardo y Lourdes 

I

Se supone que ésta sea la rosa de los vientos

y que yo, desde el muelle, vea partir

una goleta azul y en ella una muchacha

que no me dice adiós pero que llora y se deshace.

Frágil es la muchacha y la distancia es un cuchillo negro.

Yo me quedo en la orilla y corro por la costa,

sólo a última hora me doy cuenta que se me va a morir,

que ya no vuelve, y grito y golpeo las olas

y me destrozo el pecho entre los riscos.

Una gaviota, entonces, viene volando contra el viento

y se hace pequeñita y se mete en la herida reciente

que me sangra y son dos corazones cuando vuelvo del mar.

 

 

II

Se supone que ésta sea la rosa de los vientos

y que yo, marinero, debo dejar el puerto en que no estás

y espero que aparezcas, mientras el barco lento

se desplaza soñando un horizonte que siempre se le aleja.

Mis ojos son dos puntos clavados en la costa.

No hay un poro del cuerpo que no respire el aire

para encontrar tu aroma.

Nunca sabré que vienes de muy lejos, impalpable, desnuda,

corriendo contra el viento, y volveré la espalda

cuando llegues al mar y el mundo se irá haciendo poco

a poco redondo. Tú agitarás las manos, te volverás pañuelo

o grito agudo y único, pero yo habré sustituido

la imagen de la costa y serás tú, en otro mar,

descubriendo conmigo el vuelo misterioso de un ave

migratoria o el sonido vespertino y lejanísimo

 

 

III

Se supone que esta sea la rosa de los vientos,

pero yo no me voy

ni tú te alejas.

 

 

 

En la dorada luz, breve, de octubre

 

I

Era la luz un juego de guitarras

y era tu cuerpo música, desnuda

dormías en la hierba, qué menuda

barca de sueño, anclada y sin amarras.

El mar rizaba el viento. Con sus garras

deshechas en la costa, sollozaba

como un hombre que muere. Destrozaba

ese llanto del mar, pero quién puede

renunciar a ese sueño que concede

sólo una vez la vida, y yo soñaba.

 

 

II

Nunca supe si el tiempo se detuvo,

si yo era el tiempo exacto, detenido;

si existí antes de verte, si he vivido

después que ya no estás. ¿Acaso hubo

una mujer desnuda, que mantuvo

por un instante detenido el mundo?

¿Quién puede responderme? ¿Fue un segundo?

¿Realmente fue un segundo? ¿Puede acaso

ese puñal tan frágil, de un zarpazo,

esconder su metal en lo profundo?

 

 

III

En la dorada luz, breve, de octubre,

cuando el aire es un sueño, cuando quiere

detenerse la tarde, cuando muere

hecho un rumor el verde, cuando cubre

cierto violeta el mar y se descubre

la música tenaz, salgo a buscarte;

mi cuerpo sólo es cuerpo para hallarte,

se deshace en el viento, se hace tacto

para fundar tu cuerpo. Tengo un pacto

trazado con la muerte: hasta encontrarte.

 

 

 

Ni el ave ni la madera

Para Nicolasito

 

Un pájaro principal

Me enseñó el múltiple trino,

Mi vaso apuré de vino,

Sólo me queda el cristal.

NICOLÁS GUILLÉN

 

1

Estoy mirando una rama

que puede ser flauta o flecha,

acompañar una endecha

o volar como una llama.

Crece en flor, ignora el drama

que la incluye, su ideal

es volverse pedestal

verde, vivo, palpitante,

para que en su copa cante

un pájaro principal.

 

 

2

¿De qué oculta primavera,

de cual sur, de qué horizonte,

de qué inexplorado monte

llegó el pájaro-quimera?

Ni el ave ni la madera

saben que soy su destino;

la esbelta rama de pino

me dio el dardo y la inclemencia,

y el pájaro, en su inocencia,

me enseñó el múltiple trino.

 

 

3

Entre la flecha y el vuelo

hay como un hilo invisible,

una línea imperceptible

que une la tierra y el cielo.

¿De qué implacable desvelo

ha nacido ese camino?

El pájaro peregrino

lo ignora, y emprende el viaje,

y yo, atento a su plumaje,

mi vaso apuré de vino.

 

 

 

[Hoy hicimos el amor como fantasmas] 

Hoy hicimos el amor como fantasmas: yo era un hombre de los años ochenta del siglo XIX y tú una muchacha del novecientos dos. Yo nací en Bogotá. Mi nombre lo inventó Darío una noche de  invierno, cuando puso sobre el vientre de mi madre su mano extraviada por el vino y recitó, en una extraña lengua, los salmos del futuro. Tu nombre fue un secreto entre tu padre y un viejo trovador de la Alpujarra. Cuando nos encontramos, yo era un mutilado de la primera guerra de un siglo que no existe y traía, para fundar tu cuerpo, todo el salitre del Mar Negro y una  inmarchitable margarita del Cáucaso prendida a la solapa. Tú venías de ciertos libros imposibles; el vaporoso traje hecho con el tinte violeta de las tardes de octubre, y en la frente, una leve mancha dejada por el viento de otra edad. Yo había muerto en l923, en un cerro de Tlalpan, a la misma hora en que tu madre te cerraba los ojos en una humilde casa del destierro, camino de Trevélez.

     Pasaron los trenes de la madrugada mientras éramos solo boca, tacto indetenible, insaciable humedad. Desde el último puerto de mi país zarpó hacia la memoria un barco donde nunca estuve, porque esa noche navegaba las rutas de tu cuerpo, sin sospechar que volveríamos a encontrarnos esta tarde de mayo de 1997 en la que hicimos el amor como fantasmas.

 

 

 

A modo de elegía 

No puedo evitar que me sorprenda esa costumbre

nuestra: dar de beber primero a los ausentes.

No se trata de convocarlos a la fiesta,

ni tampoco es un ritual de la memoria;

los muertos beben solos.

 

A medida que los años pasan

el silencio sin ruido, ayer imperceptible,

empieza a acompañarnos,

a dejar sus huellas sobre las sábanas,

a sustituir con nuestro rostro la cara del amigo.

 

Ayer, mientras descorchaba mi añejo de reserva

para brindar por la llegada de otro año

supe, sin duda alguna,

que debía mojar un rincón de la casa.

Para quién era el trago? ¿a quién debía evocar?

¿Acaso a Luis, muerto a los treinta y dos años

cuando la poesía empezaba a crecer

en su garganta y le dolía en el costado

ese escuálido y turbio ángel del desamor?

¿Tal vez a Wichy el Rojo, quien seguramente

continuará en su eterno retornógrafo,

dialogando con Tristan Tzara

o con Guillaume Apollinaire, el soldado polaco

de sus versos?

 

Los muertos beben solos, me repito,

pero voy con la botella

hasta el rincón más íntimo de casa

donde Ángel Escobar, sudoroso y suicida,

masca alucinado hojas de curujey,

le pide al alcor funesto que aparte a los forenses

y sigue diciéndonos, para que no lo olvidemos,

…moriré/ solo de mí: no llevo un clavel rojo

en la solapa, no puedo sonreír:

alguien siempre dispara

su pistola en medio del concierto…

 

Los muertos beben solos, insisto,

y el ámbar del añejo deja en el aire breve

una línea sin origen ni fin donde Raúl,

desde su enorme silencio, aparta la vieja pistola

de su animal civil y dice a Gelsomina:

Ven …a ver al niño enfermo

que allí en su lecho abandonado yace…

mientras Ignacio Vázquez se pone el pecho

de Sor Juana para decir los versos que le dicta

su esquizofrenia contagiosa.

 

¿Dónde está Juan Puga? Lo busco por la casa

y vuelvo a mi balcón pero en esta noche de diciembre

no están los flamboyanes florecidos,

ni puedo intuir los almendros agrestes de su tierra.

¿Será cierto lo que una vez le dije:

empiezas -y eso duele- a ser olvido?

No tengo pacharán, querido hermano, pero te ofrezco

este trago de ron. ¿Lo compartimos?

 

Los muertos beben solos

le digo a los que esperan y ríen satisfechos

sin sospechar que alguien los va a evocar mañana

derramando licor por los rincones.

Naborí ya lo dijo recordando a Simónides de Ceos

Arrobados de sueños y paisaje

creemos infinito nuestro viaje

pero ¡ay! el viaje es demasiado breve.

 

Hay muertos más recientes, muertos

como Jesús Cos Causse que se llevó algo de mí, raigal,

aunque dejaba, detrás de cada verso algún ruido del corazón.

Negro, brindemos por Nilda Arzuaga;

no sé si ella, en algún sitio del planeta,

se acuerda de tus versos, de aquella noche cómplice,

junto a la ventana de Luz Vázquez

pero vamos a repetirlos tú y yo para que los oiga

donde quiera que esté.

Mañana la historia

le pondrá un rostro extraño

a nuestro amor y nuestras cartas serán leyendas

para los poetas de entonces.

Uno no sabe nunca en qué amor acabarse, en qué

salto cruzar las cenizas.

 

Hay muertos más recientes, lo repito,

muertos que nos dejaron definitivamente huérfanos.

Pienso en Joel, en su ternura brusca,

en su cortante lucidez, en su diálogo intacto con los loa

buscando una explicación para sí mismo,

para nosotros, para esta Isla entrañable que nos duele.

¿Encontraste al Bon dieu hermano?

No tengo el preparado de aguardiente

con las yerbas de monte pero bebe, bebe conmigo

este añejo hecho con las mejores aguas de la tierra.

 

¿Los muertos beben solos?

 

 

 

 

El rumbo de los días

No soy de los que deciden

el rumbo de los días,

los dejo pasar, confío

que serán siempre favorables.

No me asusto ni hay asombro

cuando me equivoco.

A veces, pocas veces,

intento obligar las cosas

y lenta, suavemente,

con terquedad tranquila,

voy poniendo cada piedra en su sitio.

 

Soy, definitivamente, una mezcla

de inseguridad e inalterable rumbo.

Nadie sospecha el pavor que antecede

mi primera palabra.

Engaña el gesto seguro del discurso.

 

Temo a la noche, al olvido, a la traición.

Provoco la infelicidad, es mi costumbre,

pero busco, por encima de todo,

el amor de los otros.

 

 

 

S.T.

Para Margarita, desde el sur del mundo

 

Sobre la mesa, un grupo de pequeñas piedras; hay una transparente como si fuera de cristal; no existen dos iguales, el agua les ha dado las formas que ahora tienen; para cada piedra fue necesario más de una primavera; de cada piedra puede salir un río. Para ti están sobre mi mesa. Las hay como semillas, como pequeños huevos, como pétalos duros y porosos. Son montes diminutos; en ellas habita el trueno y la lluvia y el viento desesperado de los arenales y los bosques. No se secó el rocío sobre estas pequeñas piedras de mi mesa; el rocío está en ellas como está el canto de los pájaros y el sonido del mar. Del color de la tarde y la mañana, vienen; están hechas de voces y de lágrimas; en estas piedras habita el universo; en cada piedrecita de mi mesa corres descalza y atraviesas los ríos; de cada una se levanta una hoguera y los abuelos cuentan el misterio del fuego, el alma de la lluvia, las voces ocultas de la tierra. En cada piedra hay una herida, un barco, una cadena. Para ti están sobre mi mesa estas pequeñas piedras, hechas también de risa y de canciones.

 

 

Datos vitales

Waldo Leyva (Cuba, 1943) Poeta, ensayista, narrador y periodista. Ha publicado los libros de poesía De la ciudad y sus héroes (Premio de poesía, Editorial Arte y Literatura, Cuba, 1976); Desde el este de Angola (Angola, edición bilingüe -portugués-español, 1976); Con mucha piel de gente (Ediciones Unión, Cuba, 1982); El polvo de los caminos (Editorial Letras Cubanas, 1984); Diálogo de uno (Editorial Letras Cubanas, 1988); El rasguño en la piedra (Ediciones Unión, 1995); Memoria del porvenir (Editorial Letras Cubanas, 1999); El dardo y la manzana (antología poética, Ediciones Sin Nombre, México, 2000); La distancia y el tiempo (antología poética, Ediciones Unión, 2003 y Ediciones Verdehalago, México, 2006); Otro día del mundo (Ediciones Avila, Cuba, 2004); Ocultas claves para la memoria (Ediciones Fósforo, México, 2005); Agradezco la noche (Ediciones Cálamus, México, 2005); De la máscara y la voz ( Ediciones Cuadernos de Veracruz, México, 2006); Breve antología del tiempo (Cuadernos el Vigía, Granada, España, 2008); Remoto adagio (Ediciones Unión, La Habana, 2008); Asonancia del tiempo (Fundación José Manuel Lara, Ediciones Vandalia, Sevilla, España, 2009); Los signos del comienzo (Monte Avila Editores, Caracas, 2009. Y los libros Heredia: una lira romántica y un destierro terrible (ensayos sobre el romanticismo hispanoamericano, Revista Santiago No. 7, 1975); Angola desde aquí (relato testimonial, Revista Unión, 1985); Definitivamente jueves (CD de sus poemas musicalizados, Estudios EGREM, La Habana, 2000); Perdono al porvenir (CD de sus poemas Ediciones Pentagrama, México); y Regalo (CD del grupo Trovandante que incluye poemas suyos musicalizados y canciones de la trova cubana). También ha publicado varios ensayos sobre la poesía en Cuba e iberoamérica y otros temas literarios e históricos, en libros y revistas especializados.