Mexico City Poetry Festival: Carlos Aldazábal



El poeta argentino Carlos Aldazábal (Salta, 1974) estará en el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México. Coyoacán, capital mundial de la poesía. Ha publicó, entre otros libros, Por qué queremos ser Quevedo (1999), El caserío (2007) y Piedra al pecho (2013). Su poesía ha sido parcialmente traducida al italiano y al inglés.

 

 

 

 

Juan Gelman visita Río

 

Y se lo vio como una aparición en los tranvías.

Su voz bajaba a esa hora exacta,

hora de sábado entreverada con la ilusión de lo eterno.

 

Al lado suyo una mujer custodia (ángel o dios)

le llevaba el calor de la garganta

“Afinadito así”, le iba diciendo,

señalando un pájaro, cuyo canto sobresalía

                                   sobre micos y loros.

 

Entonces empezó el concierto

por los barrancos que daban al mar:

“Esa mujer se parecía a la palabra nunca”, leía,

y las garotas aplaudían desde las playas

mientras las olas arremetían con furor festivo

y no quedaba estatua de poeta en pie

ni sambódromo arreglado para los estruendos.

 

Era un zorzal, una calandria, un cardenal copetudo.

Era un bandoneón en el mediodía de los barcos,

en el puente de Niteroi, sobre los roquedales con pescadores.

 

El sol quemaba las páginas del libro.

Yo no podía parpadear, enceguecido por la música.

 

El Cristo Corcovado aplaudió sobre mi cabeza justo cuando él decía:

 

“Y el sapo de Stanley Hook se quedó solo”. 

 

 

 

 

 

 

Caminata con Waldo

 

                                               a Waldo leyva

 

“La poesía es leve”, dice,

cuando las vendedoras de las tiendas

                          se extravían en sus ojos.

 

Nada detiene el sol sobre Granada,

y así como se enciende de nuevo el mediodía,

así también los versos saludan de repente:

en un muro secreto, en un convento,

o en una frutería donde la chirimoya

explica que la Tierra es redonda y cuadrada,

                           un milagro distinto a cada instante.

 

Hace mucho pasea con su sombra,

la misma que le lleva la brisa, los poemas,

también una canción, por si anochece,

y las guitarras llaman a su puerta

con la mano fraterna del silencio:

la derecha, la izquierda,

                        las manos de la sombra que sostienen la luz.

 

Yo camino a su lado, pobre sombra de sombra,

sin saber si el olvido conseguirá borrarnos.

Sólo una frutería respira en el recuerdo.

El sol ya se ha perdido,

y ninguna guitarra me ha tendido su mano

                    para poder cantar con el poeta.