Cuento mexicano joven: Luis Rangel



Presentamos un cuento del narrador Luis Rangel (Chihuahua, 1995). Actualmente cursa el cuarto semestre de la Licenciatura en Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Fue becario del encuentro los Signos en Rotación del Festival Interfaz Issste.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cr(e)iador

Lo único que Miguel quiso fue tener una mascota. Los hijos le habían sido negados, y al parecer cualquier otro tipo compañía salvo la de su esposa. Fue por esa razón que cuando repasó la lista de mascotas con el dedo abrió una llaga en la hoja. Colocó el índice arriba y lo fue arrastrando para dejar expuesta la intimidad del papel y la tinta. Como si la hoja fuera a sangrar y gritar algún nombre, como si fuera a decir hámster, perro, gallina… o pidiera por clemencia que la mataran.

El dedobisturí siguió su trayecto hasta que se detuvo. Murciélago. Pero Miguel no quería lidiar con una casa oscura donde se diera de topes con los ciegos animales. El dedo continuó arrastrándose. Cuervos. Pero le parecía un error criar cuervos. No quería crecer con ellos y que un día le arrancaran los ojos. Miguel buscó algo más qué criar. El dedo seguía cortando lo que alguna vez fue nido de pájaros. No quería un gato que se muriera y le causara un gran dolor. Tampoco un reptil. Ni a un pez al cual llamar Darwin y esperar su evolución mientras lo hacía habitar en una pecera con dos puñados de tierra y dos litros de agua. No quería nada de eso. Quería algo más. Diferente.

Pensó en criar lobos en el patio cuando su dedo se detuvo en perro, pero que le aullaran a la luna resultaría bastante molesto. Por otro lado los perros eran demasiado comunes. El dedo siguió hasta llegar a la longevidad de las tortugas y esa pareció una gran idea, porque esas realmente serían para siempre –casi eternas– pero resultaba egoísta morir y dejarlas abandonadas sufriendo la soledad del tiempo. Y cuando la lista casi se terminaba varias opciones inútiles llegaron a su mente pero al fin dio con la respuesta que se dibujó en pequeños puntos perfectos al filo de la hoja; criaría hormigas. Esto significaría hacer su propia granja. Mucho mejor. Serían muchas y así no notaría la ausencia de alguna cuando la muerte se paseara entre ellas, todas se perderían en el anonimato. Además le resultaban fascinantes. Era poético que las hormigas –obreras por excelencia– cargaran en sus espaldas el peso de toda una historia de pisotones y lupas quemándolas. Era fantástico que crearan hormigueros enormes como las más fascinantes ciudades del primer mundo, era increíble que fueran tan organizadas.

Pero de entre todas las opciones, esta era la que menos le gustaba a su esposa. Aun así era sencillo meterlas a la casa y ocultarlas. Podía colocarlas en el olvido del armario. Podía meterlas en el cuarto de los tiliches. O mantenerlas en el sótano. Lo hizo. Las mantuvo en algún lugar silencioso alimentándolas de miel y oscuridad. Observando la magia de sus pasos perfectos que las hacía dibujar el mundo en ese espacio tan diminuto. Observar sus marchas fúnebres donde cargaban cadáveres de hojas y semillas, y las líneas negras deletreaban el nombre de Dios. Disfrutando de esa magia y de su compañía en extraño anonimato.  Aunque a veces olvidándolas realmente.

En principio no hubo problema alguno, todo marchaba de maravilla. Las hormigas fueron construyendo interminables venas en el terrario. Aquello parecía como un sistema nervioso, solamente faltaba que los túneles llevaran sangre y sería un precioso ser vivo. Inclusive para eso no faltaba mucho, las hormigas rojas al sol circulaban libremente por entre las venas de tierra.

Era increíble hasta que el terrario, lleno de túneles, fue insuficiente para aquellos mágicos seres que caminaban el verdadero camino que alguien una vez predicó. Pasado el tiempo comenzaron a cavar túneles en todas las paredes de la casa. Como si quisieran darle vida a un gigante y pretendieran recorrer las venas de concreto para así lograrlo. Rompieron por completo el cristal e inundaron los suelos y las entrañas de la nueva criatura. Ya no sangraba la hoja, sino la casa. Las hormigas, insurrectas, fueron tomando la casa poco a poco. Inundándola de rojo. Cansadas de ser obreras y no recibir la miel suficiente como paga, tomaron su propio alimento. Lo tomaron por sus propios medios.

La esposa de Miguel, mujer de piel dulce, fue la primera en ceder al hambre de las hormigas. Y él, cuando descubrió la inexistente silueta de su esposa y frente a él el brazo del gigante de vida perfecta, fue que terminó por alimentar a sus mascotas. Y con el tiempo no sólo las alimentó a ellas, sino que terminó por criar gusanos. Serían otra mascota más. Los alimentaría y una vez terminado el cuerpo lo dejarían, al igual que los cuervos lo hubieran hecho al sacarle los ojos, o los lobos cuando la luna les llamara. Cuando el  gato muriera o el pez por fin hubiera evolucionado. De la forma como fuera, siempre terminaría por ser así; siempre terminaría solo. Siempre terminaría vacío, comido. Y dentro de la casa las hormigas olvidarían el terrario porque harían de su hormiguero una verdadera obra de arte.

 

 

 

 

 

 

Luis Fernando Rangel Flores (Chihuahua, 1995). Actualmente cursa el cuarto semestre de la Licenciatura en Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Cuentos suyos aparecen en diversas revistas nacionales tales comoHomúnculo, Kraft, Morbífica y Revista el humo, además de la antología Brevis & cortus. Fue becario del encuentro los Signos en Rotación del Festival Interfaz Issste.