La deuda de la poesía ecuatoriana: César Dávila Andrade



Visor ha publicado recientemente una antología del poeta ecuatoriano César Dávila Andrade (1918-1967). Ofrecemos aquí tres poemas. Además, Xavier Oquendo nos presenta un texto que facilita el acceso a la obra de uno de los mayores referentes de la poesía de Ecuador en el siglo XX. Surrealista y esotérico, Dávila Andrade se suicidó en Caracas.

 

 

 

 

LA DEUDA DE LA POESÍA ECUATORIANA A CÉSAR DÁVILA ANDRADE

 

César Dávila Andrade nació en Cuenca, Ecuador, en 1918. En 1946 publica sus dos primeros grandes poemas: Canción a Teresita y Oda al arquitecto conjuntamente con Espacio me has vencido, su primer libro de poemas. En 1959 gana el segundo premio del concurso nacional de poesía “Ismael Pérez Pazmiño”[1], con su emblemático poema Boletín y elegía de las mitas. Para 1967, el año de su suicidio[2], el poeta ha publicado tres libros de cuentos y ocho célebres poemarios (dos serían publicados póstumamente). La poesía ecuatoriana se contemporiza a partir de su nombre, de su figura, de su herencia.

Dávila supo asumir los registros de su poesía en los diferentes patrones temáticos, desde los poemas descriptivos, en donde se deja notar una dosis de modernismo enriquecido con la novedad de la imagen resplandeciente (Carta a una colegiala[3], por ejemplo), pasando por el formalismo métrico donde la sinestesia, en todas sus formas, se deja notar pletórica de audacia (Canción a Teresita) junto con el trabajo fonético de la lengua, las descripciones surrealistas, la potencia para llegar a un misticismo telúrico y audaz. Un maestro para asumir una caprichosa melopea y un inalterable concepto lingüístico. Pocos poetas de la patria equinoccial lo han asumido así (antes de él, tal vez solamente el gran José Joaquín de Olmedo[4]). Sus registros continúan brillando con el esplendor de las imágenes, en mezcla con un misticismo muy personal (Oda al arquitecto), hasta llegar a un cripticismo resplandeciente en figuras retóricas y literarias, atravesando los lagos imperiosos de la poesía social y su emblemático Boletín y elegía de la mitas, enorme canto sinfónico donde el ritmo se fusiona perfectamente con el trabajo formal y conceptual. Fue un poeta realmente abarcador. Su última poesía estuvo vinculada con una suerte de misticismo críptico de cual el gran poeta venezolano Eugenio Montejo se ocupó de enfrentarla críticamente:

César Dávila enfrenta el poema, en su vida de ascensión y penetración místicas, ciñéndolo al movimiento de una simbología cósmica. Ciertos paralelismos con Blake y Nerval podrían establecerse. Su poetizar nos llega subordinado a las directrices que adoctrinaban su pensamiento. Este dilema capital pugna a lo largo de su obra, y de su enfrentamiento perpetuo surge tal vez esa fuerza erizada y de angustia magnética que tienen sus vocablos.

Es Dávila quien funda la poesía contemporánea en el país. Jorge Carrera Andrade (Quito, 1903-198) es quien inicia el viaje por una vanguardia de ojos abiertos. Pero en Carrera hubo todavía una temática ortodoxa para la época, frente a la figura siempre adelantada del Dávila que canta descriptivamente la realidad real y la realidad que se adeuda. Carrera hizo lo que tenía que hacer por nuestra lírica: escribir sobre lo que no se había escrito a fondo aunque suene irónico: su país, mirarlo hasta sacar de él su País secreto[5] (en otros países, esta labor ya se había consumado en el modernismo).

Dávila es figura clave para entender que, con su poética, exportamos nuevos temas al mundo. De allí que, como dice el refrán no popular: Si César Dávila hubiese llegado a París, habría llegado lejos. Y llegó a Caracas, donde tanto lo admiran y lo quieren. Estoy seguro que en este siglo se lo descubrirá como el gran poeta de la lengua, y entonces el mundo sabrá de este ecuatoriano universal.

Sobre el tema de los referentes de la poesía contemporánea del Ecuador, el poeta Julio Pazos afirma:

Quienes han analizado la literatura de los últimos años creen que por la década de los cincuenta se inició la producción que podría denominarse contemporánea; comenzó con el género lírico y con dos importantes poetas: César Dávila Andrade y Jorge Enrique Adoum, aunque la lista de autores notables es más amplia. A partir de Dávila Andrade y de Adoum la poesía salva la distancia. Va a intensificar la pertenencia de los poetas a una realidad concebida en unas coordenadas espacio­temporales más precisas. Todas las problemáticas, las que llegan del pasado y las nuevas, se desarrollan desde el centro de un paisaje que revela una abrumadora realidad.[6]

Sin ninguna duda el escritor Jorge Dávila Vázquez, sobrino propio del “Fakir” (como llamaban al poeta), y uno de los mayores escritores del Ecuador actual es quien tiene la mayor autoridad en su obra  y es su mejor y más profundo crítico.

Dávila es, desde sus textos iniciales, un poeta con sentido universal, apasionado por las vanguardias en los primeros de sus textos conocidos; audaz en los planteamientos y en la forma –que se estudiará en detalle en los próximos capítulos-, más emparentado, que con cualquiera de sus coterráneos y coetáneos, con un espíritu de los grandes poetas ecuatorianos y americanos que eran hijos o nietos del modernismo rubendariano…[7]

En 1994 aparece un libro llamado “De César a César”[8], en donde se ponen las poéticas de los dos grandes Césares de América al nivel. La crítica cuenca María Augusta Vintimilla dice sobre este paralelismo poético:

         César Vallejo está, sin duda, en el horizonte de intertextualidad de la poética de Dávila:    para ambos el dolor, la enfermedad, la muerte son las marcas visibles del mal, los estigmas          que deja en el cuerpo la caída. Salir del cuerpo de la madre, es abandonar para siempre el      centro y la matriz, asumir los signos de la individuación —nombre, rostro, cuerpo—, y                 abandonarse a una erranza perpetua.[9]

De su muerte se ha hablado y especulado mucho. Su suicidio ocurrido el  2 de mayo de 1967 dejó trunca una enorme voz que será ya parte de la eternidad. Es el mismo Jorge Dávila quien nos habla de su portentosa figura más allá de la muerte:

Lo que no podemos poner en duda es que la decisión de poner fin a su vida, la tomó Dávila en un momento de crisis. “La trágica determinación que le condujo al suicidio revela un estado depresivo incomparable con las enseñanzas que buscaba. Por lo tanto, ese gesto inexorable debe atribuirse no propiamente a una voluntad real de abolirse a sí mismo, de liberarse para resolver de ese modo un conflicto insuperable entre la realidad de afuera y la de adentro, sino como el reflejo automático de un subestado alcohólico –atravesaba una de sus crisis dipsomaníacas-, de una divagación incontrolada, de un no estar consciente”. Ha escrito al respecto Juan Liscano, que suponemos lo conocía bien (…) En todo caso, si tuviéramos la tentación de ponernos didácticos, diríamos que lo ejemplar de la vida de Dávila no está en su salida de este mundo, sino en la forma espléndida como supo mostrar amor por todo cuanto le rodeaba, por lo pequeño, lo humilde, lo insignificante; en lo plenamente que se entregó a su creación literaria, poniendo en ello toda su vida (…) No nos queda su frágil contextura de hombre, solo su canto inmortal, que seguramente va a sobrevivir más allá de nosotros (…)[10]

Que la poesía de Dávila sea con nosotros más allá de cualquier dolor. Más allá de la tierra y de la vida. Y así será. Ni más ni menos.

 

 

 

 

 

CONSTITUCIÓN DEL AGUA

 

Ven, mínima presencia sucesiva,

amoldamiento puro y asexuado.

Ya en la verde capucha de las ranas

o en deslizamiento azul de peces,

con zapatillas de húmeda bacteria.

 

Dulzura digital en claro tacto,

huyendo un paladar inverosímil;

en lámina sensible sin sustancia,

desunida y unión desvanecida.

 

Circulación sagrada de la nube,

abertura preciosa en piel de muslo.

En blanco moho subes la escultura,

derramamiento de cristal desnudo.

 

Gaseosa lentitud de serafines,

alzas tu verde copa fugitiva.

Blanco caballo en soledad de espuma.

Lente que busca el fondo de los muros.

 

¡Oh! secreto contacto de la lengua

herida por tu pálido alimento.

Sandalia de sulfato cristalino

sobre el metal en óxido dormida

con tu débil sortija penetrante.

 

Mayo 18 de 1945

 

 

 

 

 

DESPUÉS DE NOSOTROS

 

Mañana, después de nosotros,

volverá a la pradera, en dulce péndulo,

a recorrer la música, un delirante festival.

 

Las alcobas cerradas

pasarán cabeceando hacia los arrecifes

de una ancha rosa azul.

 

¿Quién mirará en silencio

cruzar por los cristales detenidos

las cosas que terminan con la lluvia?

 

¿Quién abrirá de noche la unánime

novela que se lee alma adentro,

para buscar el fuego de los días

en la ardorosa y blanca intimidad?

 

Y, ¿quién verá en las noches de diciembre

salir, al través de las ventanas,

la música delgada de Franz Schubert

que, sollozando, cae en los jardines?

 

¡Ah, mañana, después de nosotros!

 

Cuando la primavera alce sus hojas,

¡qué luminosas potras de topacio

se empinarán de amor

sobre nuestros sepulcros apagados!

 

Sobre nosotros pasarán en junio

misas de punta azul y espuma blanca,

los gaseosos orfebres del crepúsculo

y el agua circular de las carretas

que marchan a cambiar largas hileras

de música con pensativas cosas.

 

Oh, si esta tierra inexorable

que hoy me cose los párpados, amada;

si esta tierra, al fin, se aclarara,

lloraría, temblando, sobre tus manos blancas

como cuando la fiebre me adelgazaba el alma

 

¡Pero esta honda noche, se hace tarde!

 

Ah, y otra vez, errantes, los gitanos

volverán una tarde a nuestra aldea.

Sé que preguntarán por nuestras manos…

Les dirán que ya nadie puede leer en ellas,

que tenemos la línea de la vida

borrada por dos años de azucenas.

 

 

 

 

 

EN QUÉ LUGAR

 

Quiero que me digas; de cualquier

modo debes decirme,

indicarme. Seguiré tu dedo, o

la piedra que lances

haciendo llamear, en ángulo, tu codo.

 

Allá, detrás de los hornos de quemar cal,

o más allá aún,

tras las zanjas en donde

se acumulan las coronas alquímicas de Urano

y el aire chilla como jengibre,

debe de estar Aquello.

 

Tienes que indicarme el lugar

antes de que este día se coagule.

 

Aquello debe tener el eco

envuelto en sí mismo,

como una piedra dentro de un durazno.

 

Tienes que indicarme, Tú,

que reposas más allá de la Fe

y de la Matemática.

 

¿Podré seguirlo en el ruido que pasa

y se detiene

súbitamente

en la oreja de papel?

 

¿Está, acaso, en ese sitio de tinieblas,

bajo las camas,

en donde se reúnen

todos los zapatos de este mundo?

 

 

 

 

 

[1] Este concurso reveló enormes figuras de nuestra poesía. El primer premio lo recibió el poeta cuencano Hugo Salazar Tamariz con el poema “Sinfonía de los antepasados”; el tercero, el poeta vanguardista Hugo Mayo, con “Caballo en desnudo”.

[2] El poeta se suicidó en un hotel de Caracas cortándose la yugular con una hoja de afeitar y dejando un gran vacío en nuestra poesía. El exceso de licor y su mundo solitario y depresivo influyeron en la decisión.

[3] Del poemario Espacio me has vencido.

[4] José Joaquín de Olmedo y Maruri (Guayaquil, 180-184), poeta, abogado y político. Amigo cercano del libertador Simón Bolívar, Olmedo fue el primer vicepresidente del Ecuador. Sus obras de carácter épico son puntos referenciales de nuestra poesía, como “La batalla de Junín (Canto a Bolívar)”, “Alfabeto para un niño”, “Al general Flores, vencedor en Miñarica”, “Al general Lamar”, “Epitalamio.”

[5] Título de un poemario publicado por Jorge Carrera Andrade en Tokio, en 1940.

[6] “Tendencias de la poesía ecuatoriana después de 1950”, Kipus. Revista Andina de Letras, Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, Quito, 1994.

[7] Del libro César Dávila Andrade, combate poético y suicidio, Dávila Vázquez Jorge . Facultad de Filosofía y Letras y Ciencias de la Educación, Universidad de Cuenca (Cuenca, Ecuador, 1998)

[8] Ediciones del Banco de Los Andes: Diego Araujo, Ecuador, 1994.

[9] Vintimilla, M. A. (2012). César Dávila Andrade: el resplandor del abismo. Revista Pucara, (24)

[10] Poesía, Narrativa, Ensayo: César Dávila Andrade,  Selección, prólogo y cronología: Jorge Dávila Vázquez. Colección Ayacucho, Caracas, 1993.