Narrativa joven de México: Shamir Nazer



Presentamos la narrativa de Shamir Nazer (Durango, 1991) Es Ingeniero en Sistemas Computacionales. Colaborador del periódico «El Siglo de Durango» y diversas revistas locales. Premio IMAC de cuento 2013; obra publicada. Tercer lugar en el certamen «Plumas Jóvenes», IPN-SOGEM, 2014. Ha participado en diversos talleres literarios y seminarios. Becario del encuentro Los signos en rotación, del festival «Interfaz de Issste-Cultura», emisión noreste, 2014.

 

 

 

 

 

 

Can you feel a little love?

 

a los insensatos desvelos de Adriana

 

It sucked you in, it dragged you down

to where there is no hallowed ground

where holiness is never found

«Dream on», Depeche mode

 

Eros

Cuando una mano se posa en otro cuerpo, la mano y el cuerpo dejan de serlo para convertirse en una cosa nueva, un cuerpo distinto, extendido, fantástico: una quimera. Ni era mi mano transitada por el alcohol en cada una de sus partes, ni era su pierna emergiendo franca, firme y suave de la línea de su falda. Éramos algo diferente. Justo en el momento del contacto las partes del cuerpo se deshacen de sus nombres. No sólo fue la mano sobre la pierna, fueron los cuerpos ansiosos de engendrar el mito al acercarse. El taxista no dejaba de mirar por el espejo:

       Ya pasaban de las dos cuando salimos del bar con el alma húmeda. Ustedes saben: primero son las sillas volcadas sobre las mesas vacías; algún mesero se aparece con una franela roja en el hombro y una escoba y se afana limpiando por todo el lugar, y enseguida, el tercer y último acto, magistral, categórico, violento, viene cuando se apaga la música. No. Preferimos irnos antes de ser invitados a pagar la cuenta sistemáticamente:

       Pedimos un par de mezcales antes de pedir la cuenta. Entre ella y yo —partida de truco— casi todas las cartas estaban echadas en la mesa. Jugábamos la lenta y mortífera baraja de la seducción. Las miradas, según se las maneje, pueden desbastar al adversario con el tumultuoso efecto del póquer de reyes; las palabras, improvisadas con astucia, se abren ante el otro como una flor imperial que persuade y aniquila:

       No sé cómo terminé en su mesa. Yo estaba a punto de marcharme. (Nadie en la breve lista de contactos a quien puede llamar en el momento quiso acompañarme. Era domingo. (Malditos domingos, juntémoslos todos y tendremos el infierno inexorable)). Hacía un rato que las amigas con las que ella vino se habían marchado y yo esperaba el momento propicio para besarla, pero la conversación se había extendido innecesariamente:

       —…Virgo, ¿por? —me mira con extrañeza y responde a mi pregunta con una sonrisa entre irónica y amena—. Hace mucho que nadie me preguntaba mi signo zodiacal. No luces como alguien que le importen esas cosas. No a muchos hombres les importa. Quiero decir que no te imagino leyendo horóscopos en el periódico por las mañanas. Pareces más del tipo que se queda con la sección de deportes y tira el resto a la basura. ¿No eres gay, verdad? Sería una lástima.

       —Si supieras lo diversos y extraños que pueden ser los rituales de todos vivirías desencantada de la gente; irías por ahí pensando que todos son homosexuales o psicópatas o imbéciles. La verdad es que lejos de la vigilancia de los demás, somos lo que se dice bastante raros: triviales. Piénsalo. Tú misma debes tener alguna especie de pequeño ritual entre la ducha y el trabajo, que pese a tu lindura te haría lucir como un bicho extraño.

       (Se moja los labios con el mezcal antes de responder nerviosamente).

       —Ahora que lo dices…cuando puedo…jaja…aunque no siempre…los fines de semana…me gusta el yoga.

       (Hay que inclinarse al oído del otro y levantar un poco la voz, Sex on fire  empieza a sonar en las bocinas).

       —¿Yoga? ¡Eso no tiene nada de extraño!, muchas personas lo practican por las mañanas.

       —Sí, pero yo lo hago desnuda.

       (Aprieta los párpados en tanto el alcohol baja por su garganta. El mezcal que apura de un trago deja sus labios entreabiertos, humedecidos, lánguidos como una rama que soporta el peso de una noche que ha madurado súbitamente con su respuesta: «…desnuda»: as de espadas: flor imperial mata póquer de reyes: ya podemos pedir la cuenta: salir: subir a un taxi… Pero no podemos irnos así como así, se perdería la gracia del cortejo; es preciso disimular la urgencia. Cada movimiento cuenta de aquí en adelante, cada gesto, contacto y palabra. Hago el cálculo mental del dinero que me queda en la cartera y pienso el nombre del hotel que voy a indicarle al taxista).

       —Hay mucha gente que hace yoga desnuda —digo con simulada indiferencia mientras saco la cartera con la perspicacia de un mago.

       —Tal vez, pero justo ahora no estás emborrachándote con toda esa «mucha gente» que también lo hace; sólo conmigo. [Toma el caballito vacío y mira el fondo con un ojo cerrado y me mira luego alternadamente. Sonríe. ¿Debería invitarle otro?, el mío sigue lleno; un trago más y seguro tambaleamos de camino a la puerta; estamos a dos del balbuceo]. ¿Y tú?, ¿qué me dices de tus pequeños rituales?, ¿qué cosa rara haces además de leer tu horóscopo en las mañanas?

       —No querrás saberlo; más que un ritual extraño es una cosa patética, ociosa, sin importancia, prefiero no hablar de eso.

       (Hago ademán de llevarme el trago a la boca).

       —Anda, confiesa. Yo ya te dije cuál era mi «ritual». Además me gustas y no voy a salir corriendo si dices que tomas el café sin azúcar o que bailas desnudo frente al espejo… A menos que tu ritual me parezca digno de un orate; en ese caso consideraría seriamente «ir al baño» en este momento.

        (Sonrío de lado. De alguna manera soy un psicópata, de bajo perfil quizás, pero un psicópata al fin, un «orate». Pongo cuatro billetes en la mesa que cubren la propina, nuestro consumo y el consumo de sus amigas ausentes. Me mojo un poco los dedos cuando levanto el caballito que rebosa. Lo tomo de un trago y respondo):

       —Escribo.

 

 

Philos

Ella vive en otra ciudad. La noche del bar estaba por acá de paso. Se había zafado a mitad de un velorio. (Una tía lejana)… A pesar del tufo a borrachera que imperaba en los cuerpos, la mañana siguiente, al despertar, la descubrí haciendo yoga junto a la cama. Efectivamente: desnuda. Cuando se percató de que yo había despertado me miró desde su contorsión y sonrió ligeramente, luego tornó a un gesto sereno y cerró los ojos. Su pecho se inflamaba con cada respiración armoniosa y yo, incorporado en un codo, no dejaba de contemplarla fascinado. Al término de la rutina se escabulló entre mis piernas por debajo de la sábana.

       (En muchas ocasiones sucede que relaciono cualquier índole de placer con la escritura; aún no han terminado de ocurrir las cosas cuando ya estoy pensando en escribirlas. Es malsano, lo entiendo. Hago un viaje hipotético hacia el futuro en el que escribo, sólo para tener el pretexto de volver al pasado a través del mismo acto, y sentir nostalgia del presente. Todo el tiempo que ella demora en regresar a la superficie, me sirve para imaginar que escribo este relato).

Su celular estaba en el buró y ella se metió a la regadera. Lo tomé y la pantalla me mostró una lista con todas las llamadas perdidas: Papá (5), Layla (7), Ana (4), Sh. (6), Ricardo (1), Vale (2), Sebastián (13); había sonado empecinadamente hasta que en un momento de descanso lo puso en silencio. También había un desplegado de vistas previas de whatsapps: Maldita zorra! Cómo te fue?… Amor, estoy muy preocupado! Por… ¿Cuándo regresas?, quedó pendiente lo…  No me avisaste que saldrías con… Ya no te vi, el entierro es a las… Nos quedamos pensando que… Me enteré que estás en Duran… Salté pantallas y finalmente marqué mi número. No pude resistirme a la tentación;  ella me gustaba demasiado. Las cortinas ya clareaban con el albor de las siete y yo todavía me moría de sueño.

Una tarde, varias semanas después, la sorprendí con un mensaje.

 

***

 

A veces aquello era gastarnos las horas de la noche whatsappeando. Recibir una foto provocadora en medio de una fiesta, una grabación, un mensaje sugerente que desviaba mi pensamiento del trabajo. A cualquier inoportunidad nos demorábamos en los pendientes o nos desvelábamos reconstruyendo la consabida noche con palabras. Y no sólo la reconstruíamos sino que en muchos casos la reconfigurábamos, o la destruíamos por completo para edificar una fantasía totalmente refrescada, nunca antes habida: una noche nueva.

       Fueron noches llenas de lascivia y perversión a la distancia.

       Entre amoríos fugaces y conquistas de bar contaba en mi repertorio casi una veintena de mujeres con las que me había acostado hasta entonces, pero hacía mucho que no me sentía de este modo, deslumbrantemente atraído por alguien. Perdido en la digna fascinación de un púber. Noté que aquello comenzó a trocarse en algo más que lujuria ramplona. Veía su foto de perfil decenas de veces en el día y sonreía; me regodeaba en su recuerdo cada vez por más tiempo, y cada vez más románticamente: sus muslos firmes, su cuerpo invariable, desnudo, palpitante entre mi cuerpo y la cama, su perfume extendido a cada resquicio de la habitación, colmando también el aire al interior del taxi, y la memoria. En todas partes, cuidándome de las miradas indiscretas, le echaba un vistazo a todas las fotos que me mandaba… Es muy hermosa… (No hace falta que me retrase en la descripción de sus rasgos, básteles con saber que era cabalmente hermosa. Beldad. Además, a estas alturas del relato ustedes, hombres, ya habrán llenado este hueco descriptivo con la imagen de la mujer apetecida sin darse cuenta; y a ustedes, mujeres, les contentará la idea abstracta de saberse protagonistas de mi encanto). Siempre me ha sorprendido la cantidad de lascivia que puede albergar un rostro bello que pudiera presumirse colmado de pureza.

       No dejaba de pensar en las miradas que me lanzaba en el bar, en su risa, en su plática espontánea y deliciosa, en ese bienestar inusitado que me asaltó en las breves horas que pasé con ella. A fuerza de idealizar aquella noche, llegué a creer que se había gestado entre nosotros una especie de amor. El amor. (Una palabra absurda para alguien habitualmente desencantado como yo). No recordé la última vez que me sentí de tal forma…

       ¿…Forma?, ¿por qué habré elegido ésta palabra para describir algo tan abstracto como un sentimiento? ¿Será que en el mundo exterior —fuera de nosotros— es posible hallar los sentimientos representados en las específicas formas de algún objeto?, ¿podría ir caminado por ahí, mirando las cosas y luego decir: mi nostalgia tiene la exacta forma de este poste, mi desesperación es idéntica a la llanta de ese coche, aquella nube desgarrada se parece mucho a mi apatía, ese charco a mi indiferencia, todas estas monedas juntas son similares a mi cansancio, el semáforo tiene la forma puntual de mi negligencia, mi indiferencia se prolonga hacia arriba como esa pared alta, mi sensualidad tiene la forma de aquel sombrero, este bolígrafo es análogo de mi ego, este árbol me recuerda tanto a mi alegría?

       Cuando pienso en ella, por ejemplo —apenas si me doy cuenta— me visita al paralelo, y casi imperceptiblemente, la serena imagen de una banca. Una banca normal, como cualquier otra, como esas que se mojan con la lluvia y anochecen con los parques. Inmutables. Podríamos decir que ella me prodiga el sentimiento: banca. ¿Cuál será el significado oculto de esta invocación? ¿Será una banca la perfecta representación del amor? Una banca. Ella. Una banca… Lo ignoro.

       ¿Y ella?, ¿qué formas invocará cuando me piensa?, ¿qué forma particular del subconsciente será la que le inspira a pedírmelo? Lo hace muy a menudo. Durante las febriles sesiones de sexting que tenemos. Me pide que le diga mami. Eso la excita. Ella me dice papi a su vez. A mí todo esto me trastorna en el fondo, pero en el ascenso voluptuoso de la perversión termino llamándola perra, mami, miamór, o como sea, como sea; me sacude la necesidad de recibir otra foto de sus pechos, otra con poca luz de cuerpo entero, lencería negra, poses desquiciantes, tocándose, lengua, besos obscenos, grabaciones impúdicas, videos. Más. Desfallezco en la idea de tocarla de nuevo, desahogar toda esta voluptuosidad acumulada sobre su cuerpo tibio, someterla y hacerle todas las cosas que le hago en las palabras.

       ¿Una flor abierta, una cadena gruesa, un celular, una casa, un obelisco?, o quizá muchas formas yuxtapuestas, amalgamadas, homogéneas, indiscernibles como formas separadas, (ni era mi mano, ni era su pierna), ¿qué formas precisas invocará ella cuando me piensa? Mami. Una banca. Ella. Mami. Una banca. También nosotros somos formas, de alguna manera, volubles, viciosas, incontenibles formas: cuerpos.  

 

***

 

Anoche, ya con los ojos cerrados y las luces apagadas, el celular dio aviso de mensaje a un lado de mi almohada. Es ella, pensé. El simple tono de mensajes a esa particular hora, me predispone de tal modo a la sensualidad que al instante me sentí avivado. En soledad el sexo puede siempre más que la fatiga. O en este caso, un remoto prospecto de sexo. Sexo, en itálicas si se quiere.

       Era ella, como había pensado, pero esta vez no se trataba de un mensaje incitador, recargado en obscenidades, era más bien una notificación vaga y a la vez inminente: «Fui a la camionera y compré un boleto. Llego mañana a las 8. Se te ocurre algún lugar para cenar? ;)». Última vez a las 23:32.

       Tras leer el mensaje me hallé invadido por una sensación peculiar. Inquieto, entusiasmado, y a la vez sobrecogido por una especie de angustia. Un par de horas más tarde, ya en las desesperaciones del insomnio me puse a pensar en la quimera y me masturbé con arrebato para quedarme dormido.

 

 

Ágape

Luego de cenar en ese nuevo restaurante de comida italiana terminamos en el mismo hotel. Misma habitación. «321». Desde antes de entrar ya nos desarmábamos en besos y caricias vehementes. Al trasponer el umbral de la puerta le deshice el peinado, le saqué la blusa semitransparente que llevaba, la tiré en la cama y le arranqué los ajustados vaqueros con una violencia que le dejó las piernas enrojecidas. Su espalda estaba  arqueada y su piel se erizaba en tanto le acercaba la respiración a los muslos. Suspiraba con lubricidad mientras hundía la frente debajo de las almohadas. Estábamos listos, después de tantos meses de minuciosos ensayos de perversión, lo estábamos.

       …Pero debió ser el peor sexo de la historia. Algo nos contuvo de último momento echando abajo todas las promesas. Fue como si una mano invisible se posara en mi boca silenciándola: no pude empaparla en obscenidades por más que llegué a intentarlo. Y ella, que presumía de audacia y elasticidad insólita en los mensajes, tuvo una actuación más bien tímida, sus movimientos se antojaban mecánicos y torpes; ni siquiera fuimos más allá de las tres posiciones más tradicionales. Ejecutamos un A-B-C desencantado, vergonzoso.

       En un momento determinado yo estaba tendido con las espaldas plenas sobre la cama. Ella estaba sobre mí y me estimulaba con su mano. Empezó a darme besos en el cuello y los hombros. Fue muy curioso, no era la primera vez que me sucedía, pero sí fue la más desconcertante: ella apenas bajaba con los besos por mi cuerpo cuando sintió la calidez de mi semen cosquilleándole en el vientre. «No puede ser», exclamé por lo bajo con ganas de taparme la cara con las manos.

       Eyaculé, pero no había experimentado el orgasmo; en ese momento más bien me inundó una sensación de desposesión increíble. Esta vez vaciarme no fue llenarme. De pronto la cama se convirtió en un desierto árido y yo fui como una montaña sedienta, infinita, que lo habitaba. (Sentimiento: Luna en cuarto menguante).

       Y así siguió cubriéndome con la piedad anémica de sus besos por un tiempo.

Nos vestimos casi de inmediato, balbuciendo frases absurdas, procurando no mirarnos a la cara.  No podríamos. Miradas imanes; mismos polos de vergüenza que se repelen necesariamente.

       No había transcurrido ni siquiera una hora cuando ya estábamos saliendo del hotel.

       Detuvimos un taxi y nos abrazamos torpemente. Le abrí la puerta y pregunté si quería que la acompañara a la camionera sabiendo que se negaría.  Nunca más la volvería a ver. Desde ese momento, nuestra conversación —ese largo historial de pasión y obscenidades registrado en los celulares— estaba condenada a perecer bajo el peso de las demás conversaciones, asfixiada en esa región abisal del whatsapp, donde abundan multitud de cadáveres; personas que, por igual olvidan, y olvidamos, hasta podrirse en indiferencia. Hasta podrirnos mutuamente en un dócil mar de silencios… Sucede que luego invertimos minutos y horas releyendo aquellas conversaciones marginales hasta que un día decidimos borrarlas definitivamente. Olvidar el olvido. El espectro más sutil e inexorable del recuerdo.

       El taxi arranca y yo camino de regreso a mi indecoroso apartamento. 40 minutos de: «¿Por qué todo habrá devenido en el desastre?, esta vez no estábamos borrachos, quizá por eso, apenas si llevábamos un par de tragos encima, ¿de dónde proviene todo este tropel de tan demoledores sentimientos?»,

       «Mientras la abrazaba pude aspirar otra vez el perfume que irradiaba de su cuello. El mismo perfume de antes. Cierro los ojos y respiro muy hondo como si pudiera olfatearlo, pero sólo respiro el aire frío de la una de la madrugada. Es como el gesto de un moribundo. Como un anhelo de brisa marina en el desierto»,

       y: «Si no es una noche, es otra: tarde o temprano, rodeados de oscuridad en las aparentes inmortalidades del desvelo, con el brillo de los celulares en la cara, nos descubrimos solos en la cama. Tarde o temprano también nos descubrimos solos aún estando acompañados»,

       etcétera,

       etcétera.

       Para cuando me desplomo en la cama ya estoy vacío de pensamientos. Vacío.

 

 

Epílogo

De un momento a otro ella emergerá de entre las sábanas y me dará un ligero beso en la boca. De cerca percibiremos el alcohol transpirado por la noche.  Abandonará la cama y cerrará la puerta del baño para ducharse. Dejará su celular en el buró y yo me habré resistido heroicamente a la tentación de tomarlo y marcar mi número. Me gusta demasiado, pero es lo más sensato. Además ella es virgo, lo nuestro no podría funcionar de ninguna manera, y yo nunca voy a escribir este relato. No tiene caso.

 

«Cáncer: Comenzarás el mes con un malestar físico que te acusará donde menos te lo esperes. Es algo pasajero. No hay porqué ser hipocondríaco. Recuerda que cualquiera puede amanecer con dolor de espalda o sentir náuseas de vez en cuando; pudo ser algo que comiste. Apapáchate y no te olvides de sonreír (nunca sabes cuándo alguien puede enamorarse de tu sonrisa). ¡El amor anda cerca!».