Adelanto de novela: Filibusteros (y su fábula) de Juan Sebastián Gatti



Publicamos un adelanto de la nueva novela del escritor Juan Sebastián Gatti, con motivo de su presentación, que se llevará a cabo el próximo 25 de septiembre en la librería Profética (en Puebla). El libro se llama, Filibusteros (y su fábula). Esta obra se publicó por primera vez como folletín durante marzo de 1998 en La Jornada de Oriente en Puebla. Ahora, con algunos agregados del autor, El Errante Editor y Ediciones de Educación y Cultura la publican en forma de libro. Juan Sebastián Gatti nació en Córdoba, Argentina, en 1964, pero vive en México desde 1976. Maestro de escuela, periodista y escritor, ha publicado los libros de cuentos Recuerdos de Lucinda y otros Grimaldi de Este Lado (UAP, 1997), Un bicho horrible pero cierto (Lunarena, 2006) y Los días contados (Educación y Cultura, 2006).

 

 

 

 

 

 En esta nueva edición, el capitán Bruno Pendragon vuelve a la mar para custodiar un mundo tan irreal y extraño, plagado de referencias de la novela de aventura, pero que roza una realidad tan fijada en el hoy que produce en el lector un contrapunto impactante.

            Ejemplar en varios sentidos, Filibusteros, relato de atmósferas delirantes nos adentra en los mares procelosos, como dirían los antiguos navegantes, de la imaginación. La historia del capitán Bruno Pendragon y de su peculiar tripulación -los Doce- se entreteje con elementos míticos (piratas famosos, sirenas de última hora, la fantasmal isla Bermeja), y con un material mucho más concreto y actual: narcotráfico, políticos corruptos, personas desaparecidas, la indignación justiciera. ­­

                       Ahora Círculo de Poesía publica este adelanto para todos nuestros lectores:

 

 

 

 

 

 

I

 

Donde se contesta un anuncio y se aborda un barco sin saber muy bien cómo, con algunas consideraciones acerca de las maneras de escribir la Historia

 

Hay historias de héroes que el mundo nunca conocerá. Unas pocas pueden, cada tanto, ser rescatadas del olvido oficial, del silencio de las policías y los gobiernos, de la mudez cómplice de los medios. La historia del Capitán Bruno Pendragon y su tripulación, unidos por la soledad del océano sin medida que rodeaba su embarcación, es ahora pasto creciente en las lenguas de miel de los trovadores del Golfo, y sus hazañas corren de boca en boca como ese fuego milenario del que nacen los mitos.

            Queremos contar la historia verdadera, tal como surgió del corazón de un hombre consumido por el cansancio, por la rabia y por el amor de una mujer, y si a veces pareciera que nos alejamos de todo lo concebible, de todo lo que es generalmente aceptado como verosímil, y que rozamos las brumas de la leyenda, eso será porque en el mar, guiados por un destino inflexible y hasta buscado, la realidad y la leyenda son solamente dos caras inseparables de la verdad.

            Hay que decir entonces, sin más preámbulo, que zarparon al amanecer, un día de fines de abril, desde algún lugar escondido en la costa de Veracruz. A medio kilómetro de la playa los esperaba ya el buque balanceándose y crujiendo con suavidad en el cambio de marea.

            El bote en que se acercaban zigzagueando a fuerza de remos, era apenas suficiente para transportar a las trece personas que lo ocupaban, pero ninguna de ellas pensó en quejarse, ni se preocupó por los bandazos que sacudían la frágil embarcación cada vez que golpeaban contra la línea de las olas.

            Eran trece, y se creían duros; se creían más allá de las elecciones de la gente común; se creían decididos y unidos sólo entre sí y con nadie más, y tenían entonces la fuerza de los condenados a la minoría en un universo implacable y azul. Subieron al barco colgados de la mano del artesano que lo había construido durante meses pacientes y laboriosos, ayudado por siete hijos y bastante imaginación. Miraron con asombro alrededor.

            Quizás apenas en ese momento comprendieron que estaban lejos de casa, sin amigos, sin familia, sin trabajo, sin nada de nada de lo que solemos dar por sentado. Nada de nada excepto el barco, el mar y el Capitán, que miraba todo con una sonrisa maravillada, no como si estuviera soñando, sino como el que despierta de un sueño hermoso para encontrarse con que es igual al mundo real.

            Y como ya no tenían nada de nada, y eran trece, y estaban solos, y terminaba abril, se apretaron unos contra otros y caminaron juntos por la cubierta, acariciando apenas un mástil, una vela enrollada o una pulida pasarela de madera oscura, murmurando su desconcierto como palomas al amanecer; y si una mano rozaba por momentos otra mano y recibía un pequeño y cálido apretón, sin duda no fue cobardía, ni arrepentimiento, sino ese enorme valor de los niños antes de entrar a una cueva oscura o enfrentarse por primera vez a la puerta de la escuela.

            Cuando se volvieron, sólo el Capitán estaba allí, y el otro hombre, que había dado forma a ese prodigio con la pericia heredada de sus manos, se alejaba sin despedirse rumbo a una costa que ellos ya veían (porque es en momentos así que los símbolos de la especie hablan con mayor claridad) como una línea tajante y definitiva, como un vientre del que acabaran de salir.

            En el otro horizonte, el sol naciente destellaba como una espada de fuego hacia ellos. Miraron nuevamente el barco, su línea larga y afilada, sus tres mástiles muy altos y el otro más pequeño que sobresalía de la proa, la popa baja y, justo en el centro de la cubierta blanca, la rueda del timón enfrente de una caseta pequeña con una puerta de acceso al interior que presentían fresco y sombrío.

            Ya se habían atrevido a separarse, y cada uno de ellos seguía el camino de su propia curiosidad. Entonces el Capitán se irguió hasta casi alcanzar el metro sesenta, y con los ojos brillantes y una voz profunda gritó:

            —¡Todos a sus puestos! ¡Tripulación, listos para zarpar!

            Y contempló satisfecho el frenesí de prisas desordenadas que sus palabras habían provocado. Cada uno corría alejándose de los demás, volviendo a ellos, dando vueltas, con las manos aferrándose a maderos y cuerdas, o trepando como arañitas por el pecho y los brazos; y al final todos estaban quietos, casi en el mismo lugar, mirándose desconcertados.

            El Capitán se dirigió con paso elástico hacia la rueda del timón, la tomó firmemente con las dos manos y volvió a gritar:

            —¡Leven el ancla! ¡Icen las velas del mesana! ¡Cordeleen las cangrejas! ¡Todo a estribor! —y permaneció allí, rígido, respirando hondo con la vista clavada en la lejanía.

            Hubo un momento de reverente silencio, y luego una voz preguntó:

            —¿A dónde hay que llevar el ancla? —y desató una pequeña ola de murmullos que avanzaba despacio para romperse en pedacitos de espuma a los pies de Bruno Pendragon.

            —¿Y de dónde sacamos un ancla? —agregó alguien.

            —Ni soy mensa, ni traje velas —terció otra, una de esas personas, sin duda, siempre dispuestas a ofenderse.

            —Se dice «jaibas», no «cangrejas», ¿no? —le susurró un hombre pequeño a otro grande y serio que sabía incluso menos español que él, lo que siempre puede ser una ventaja.

            —Se vería tan bien con un parche en el ojo y una pata de palo —suspiró una chica rubia.

            —¿Qué esperan? —preguntó el Capitán dirigiéndoles una mirada desvalida.

            Otro instante de silencio. Luego el hombre que había hablado primero se aclaró la garganta un par de veces y respondió en voz baja.

            —Capitán, señor, creo… —se aclaró la garganta de nuevo—, creo que no entendimos muy bien las instrucciones… con su perdón, señor…

            El Capitán los observó entonces como si los viera por primera vez, cosa que probablemente era cierta —hasta el bueno de Homero duerme a veces—, y comenzó a enrojecer. Él también tosió un poco antes de hablar, y cuando lo hizo fue en voz baja, quizás imitando sin darse cuenta a su interlocutor, o quizás percatándose de que hay cosas tan importantes en la vida que a ellas sólo es posible referirse en murmullos.

            —¿Quiere decir que…? Es decir… ustedes… ¿ustedes no saben navegar? —y paseó la vista de un tripulante a otro, uno por uno, los doce de ellos.

            —Creo que no, Capitán —respondió uno por todos después de una pausa; y luego, con la voz firme, pero muy, muy suave—: ¿Y usted, señor?

            El Capitán esbozó una pequeña sonrisa avergonzada, y bajando despacio la cabeza respondió:

            —No…, yo tampoco.

* * *

(Si este relato perteneciera al género del «manuscrito encontrado» —es una cuestión espinosa ésta del género, cuento o novela o historia, algo ha de ser el texto por mor de la seriedad y más vale sacar esa espina desde ahora para que el león no se coma a Androcles, ya quedará claro quién es quién—, las cosas habrían ocurrido más o menos así:

            El fajo de papeles —varios fajos en realidad, estoy tratando de mantener esto simple— llegó primero a las manos de Fernando Manzano, notorio defensor de tortugas en Tecolutla pero miembro de una familia más bien conocida por su pulpo encebollado, alguna de esas dos cosas pudo tener que ver en el hecho de que fuera elegido para esta tarea, la de ser el primero. Después de hojearlo un poco mientras miraba el mar del atardecer desde una palapa, tomando la tercera o cuarta cerveza y más confundido que ebrio, Fernando decidió enviarlo a la persona que, entre todos sus conocidos, le pareció más adecuada para el caso. No importa demasiado cómo tomó esa decisión, o mejor dicho sí, puede que no exista nada más importante que los mecanismos misteriosos por los que una decisión es tomada, por encima o al lado de todas las otras, si lo sabré yo, pero un relato precisa algún límite para serlo, para ser relato, quiero decir, y por eso es mejor dejarlo en mar, atardecer y tres o cuatro cervezas, en un tono que sugiere que eso significa algo.

            El historiador Juan Pedro Viqueira, en su turno, estaba en ese momento muy atareado y a punto de volver a Sevilla y al paraíso de papel del Archivo de Indias —esto es también más complicado, pero mucho, y es por eso que tarea y paraíso, a ver si esta historia sigue adelante de una vez—, y mirando los documentos que Fernando le mandó, con un ojo entrenado como pocos para distinguir la verdad en la ficción, creyó sin embargo que el asunto resultaba lo bastante insólito como para pasarme a mí el paquete, nunca mejor dicho, junto con el número telefónico que lo acompañaba y una nota entre cariñosa y burlona de su puño y letra, él era así, entre cariñoso y burlón, y muy de su puño y letra.

            Lo demás, como pudo decir Paul Valéry, ya es hemeroteca.)

 

 

La presentación es el próximo 25 de septiembre en la librería Profética de Puebla. Aquí, el autor nos cuenta más sobre Filibusteros (y su fábula):