Mustapha Handar: El prisionero de la Isla Mágica



Presentamos un relato de Mustapha Handar. Traductor e investigador. Profesor de español y de francés en Marruecos. Ha publicado diversos artículos de crítica literaria, traducciones de poesía en español al árabe, como el reciente, Bitácora de un viaje a Tánger sin retorno (2016, de Nuria Ruíz, poeta de Algeciras),  o el artículo “La pesadilla espacial y la autodestrucción de las criaturas textuales en la novela Mimoun de Rafael Chirbes» en la revista  Hércules Cultural, №7. A continuación: El prisionero de la isla mágica

 

 

 

 

 

 

El prisionero de la isla mágica

 

 

No todo lo que reluce es oro…

I

El viernes a 13 de enero de 1605 era el día que el almirante más famoso de España, Juan Antonio Domínguez o “El Lobo del Mar”, como lo apodaban, comenzó su centenar expedición con su barco favorito llamado “El Hipogrifo”. Estaba acompañado de una experimentada tripulación compuesta de trece hombres, en búsqueda de una isla onírica llamada “La Isla Mágica” para descubrir los tres tesoros que, según él, en ella se hallaban.

Pero, después de tres meses de navegación, en una noche completamente lóbrega, hubo un viento fortísimo. El barco navegaba difícilmente. El mar estaba tan agitado igual que nunca con una tenebrosidad tan increíble que hacía la vista imposible. Las olas alcanzaban casi diez metros de altura, así que arrasaron por completo las frágiles columnatas dejando las aguas frías y saladas de “Poseidón” penetrarse hasta llegar al corazón de “El Hipogrifo” pasando de un extremo a otro. Reinaba un caos total. Las aguas pesadas revolvieron y destruyeron todo el matalotaje del navío; armas húmedas, colchonetas y sábanas desgarradas, mesas, sillas y botellas rotas, velas y candiles destrozados, así como los productos alimenticios, los folios para fechar, mapas, brújulas y otras cosas más …
Todo se perdió en tan sólo un cerrar y abrir de ojo. El capitán Domínguez cayó en un trance con sus marineros que permanecieron muy asombrados e incapaces de afrontarse con tal desastre. No supieron qué hacer ni cómo reaccionar ante aquella tremenda tormenta. Todos los esfuerzos que hicieron fueron en balde por muy robustos que eran y por mucho que procuraron imposibilitar el hundimiento del “El Hipogrifo” que se veía ya desvencijado, … ya alicaído, … ya resignado.
De improviso, una gigantesca ola de más de veinte metros acuáticos -cuya grandeza sólo era comparable a la de una divinidad- lo despedazó todo por completo.

El navío se hizo añicos. Se sumergieron todos, uno tras otro, lo que puso fin a sus sueños y a todas sus aspiraciones de llegar a La Isla Mágica desafiando todos los peligros. Tenían la intención de enriquecerse y lucrarse gracias a las perlas, joyas y oro en cuanto extrajeran los tesoros. Algo que poco antes les parecía cierto y fácil de realizar. Mas, el almirante “Lobo del Mar” era el único que se escapó de aquel terrible naufragio; de modo que no perdió la esperanza y se empeñó mucho en realizar aquel imposible sueño. Entonces, nadó durante varias horas hasta que perdió el conocimiento …

II

Cuando se despertó, o más bien cuando volvió en sí mismo, ya era de día y, pronto, se dio cuenta de que estaba yacido en la franja costera de la isla de sus sueños; La Isla Mágica, tal y como se la enseñó el mapa que nunca se separaba de su bolsillo:
– ¡Por fin! ¡Oh, Dios mío! Por fin estoy en la isla de mis sueños. ¡Qué belleza! ¡Qué maravilla! ¡Es un edén terrenal!
Empezó a dar saltos de alegría y se apresuró a sacar los manuscritos que le iban a indicar el lugar donde estaban soterrados los caudales para cerciorarse de que no se hubieran deteriorado durante la tormenta de anoche. Como sanos estaban, los reembolsó y se dirigió hacia un árbol bajo el cual se tumbó mientras pensaba en sus trece difuntos hombres. “Eran, la verdad, muy buenos y leales. Había navegado muchas veces con ellos y conocido muchas intrépidas aventuras hasta que el mar los ingirió para siempre”. Como estaba tan ahíto, se adormiló enseguida.

Al día siguiente, cuando se levantó de su largo y profundo sueño, se sentía muy hambriento. Como no disponía de ningún arma, cortó un ramaje y fabricó una pica aguda y, con ella, cazó una gaviota para aplacar el hambre.
A mediodía, recorrió toda la isla de punta a punta sin hallar a nadie. Era una isla desolada, horrenda, que carecía de embrujo. Su interior no tenía nada que ver con el embeleso de su exterior, de la belleza natural de la franja. No hay ríos, ni flores ni tampoco animales. El color gris y el amarillo del desierto eran los únicos seres que dominaban el lugar. Sin embargo, el capitán Lobo construyó una pequeña barraca al lado de la costa y, por encima, fue fabricando todas las cosas que le dictó la necesidad.

III

Pasaron muchos días. El excapitán era cada vez más apasionado e impaciente por ir a cavar los tesoros y descubrir todo cuanto contenían. Así, un día al amanecer, pescó unos cuantos cangrejos y caracoles marinos que le servirían de botín y se llevó unos primitivos materiales que había fabricado mediante ramas y piedras con vistas a usarlos durante la operación de extracción. Luego, llevó todo puesto en un atado colgado por el hombro siniestro mientras apretaba con la mano diestra el precioso manuscrito que le iba indicando, precisamente, la zona donde se ubicaba el tesoro.

Se echó a caminar, a lo largo de varias horas, siguiendo las señas figuradas en el manuscrito. Cuando llegó al lugar previsto, ya se había puesto el sol y reinó una oscuridad estremecedora. No obstante, prendió una hoguera y puso, a raudales, la mano a la obra. De repente, mientras estaba cavando, se dio con un cajón vetusto y decrépito. Con las manos temblorosas, lo abrió. En ese instante, un enorme lucimiento le extraía casi los ojos ya que estaba atiborrado de diamantes y de todos tipos de joyas y sortijas tan jubilosas que nunca jamás vaciló de tocar. No pudo soportar ni, incluso, creer que su sueño se estaba haciendo realidad. Pero, después de recoger el segundo cajón, sintió terribles escalofríos a nivel de todo el cuerpo. Dentro, había huesos y nueve calaveras humanas. Sobre estas últimas, había un trozo de madera perteneciente al “Hipogrifo” en el cual estaban escritas, con sangre tinta, unas espantosas y amenazadoras frases:

« ¡No sabes cuánto tiempo llevo esperándote, capitán Lobo! Llevo un montón de tiempo haciéndome, cada vez, más sediento por tu sangre tan vivaz … ligera … y deliciosa … No olvides señor almirante que sería insensato que pensaras salir algún día de mi tierra con el tesoro, porque esta isla se convertirá en tu ineluctable tumba si recoges el tercer baúl. Por eso, te advierto que no lo toques, si no … »

El miedo tan exhaustivo del exlobo del mar, se fortaleció más. Pero, a pesar de ello, siguió cavando hasta alcanzar el tercer cajón. Era más grande que los primeros, y tan largo y pesado, que tuvo mucha dificultad para sacarlo fuera. Finalmente, lo abrió y al echar el primer vistazo, permaneció chocado … plantado … e inmóvil como una estatua. Se quedó paralizado con los ojos fijos sintiendo como si su sangre estuviera helando. Aquel baúl era en realidad un sarcófago que contenía los cadáveres de cuatro hombres de sus trece compañeros que se habían ahogado y perecido en aquella terrible noche de abril. Ante tal enigma, se encogió y se sentó delante del fuego. Era la primera vez en su vida que se sentía derrotado e incapaz de hacer nada … No podía creer que aquellas calaveras y aquellos cadáveres eran de sus propios marineros. Para asegurarse de lo que había supuesto y esclarecer sus dudas, le rondó por la cabeza que uno de ellos, el más joven, llevaba en su cuello el collar que le había ofrecido su amada como prueba del amor que experimentaba hacia él. Así que, con relajación involuntaria provocada por el choque y el miedo, volvió al segundo cajón y se enfrascó en escarbar entre las calaveras. Y era tan inaguantable el topetón, que Domínguez perdió la cabeza. Ya no le albergaban esfuerzos para soportar más escalofríos. Tampoco podía creer todo aquello que le sobrevenía en aquella tierra tan hostil. Desesperado, totalmente, dejó caer el collar de entre sus manos. Después de unos segundos, empezó a oír unos estentóreos truenos tan concatenados e intermitentes que nunca oyó alguna vez y se produjeron unos relámpagos tan fuertes que jamás vio algún tiempo. Inmediatamente, después, comenzó a llover a cántaros. Eran gruesas gotas que poco a poco fueron apagando la pequeña hoguera hasta que reinó una espantosa oscuridad. Enseguida, empezó a oír unos extraños sonidos que no se podían imaginar; unos sonidos y voces incomprensibles. Y al momento que el relámpago disparó, a menudo, la isla, vio unas horribles figuras fantasmales con aspectos diabólicos e increíbles dirigiéndose hacia él. Entonces, como un caballo aterrado, se echó a correr sin rumbo fijo.

IV

Al día siguiente, tan pronto como llegó a su angosta cabaña, fue directamente a la cama para descansar e intentar reflexionar para encontrar una salida de aquellas calamidades. Sin embargo, por la noche, los duendes acudieron, de nuevo, a sorprenderle, por lo cual no tuvo más remedio que escabullirse y soltar las piernas al aire.

Así, continuaba llevando en aquella estrambótica isla una vida llena de miedo y espanto tanto a los fantasmas como a los espíritus malvados que la poblaban. Y en espera de la llegada de algún barco, Juan decidió escribir a diario su larga historia. Empero, como ningún navío vino para salvarle y como estaba bajo la presión de la amargura que le carcomía la salud, avergonzado por el fracaso total de su vida, se suicidó chapuzándose en el mar. Mas, las olas fueron empujando su cadáver hasta llegar otra vez a la franja costera de La Isla Mágica.

 

 

Mustapha Handar
Takad, Marruecos