El poeta, ensayista y traductor mexicano Julio César Aguilar escribe un texto en torno al mítico poeta colombiano Raúl Gómez Jattin (1965-1997). Tras estudiar derecho, este poeta, convertido ya en un mito, vivió en las calles y estuvo internado en hospitales psiquiátricos. Murió arrollado por un autobús en Cartagena de Indias. Publicó, entre otros libros de poesía, Esplendor de la mariposa y Retratos.

 

 

 

 

 

Escribir la vida: Autobiografismo en la poesía de Raúl Gómez Jattin

 

Autor de una escasa obra poética, compuesta entre otros títulos por Poemas (1980), Tríptico cereteano (1988) e Hijos del tiempo (1989), Raúl Gómez Jattin nace en Cartagena de Indias, Colombia, en 1945, y fallece en la misma ciudad en 1997, al ser atropellado por un autobús. Al igual que su padre, Gómez Jattin estudia Derecho, pero abandona la carrera antes de titularse para dedicarse al teatro, y posteriormente a la escritura de poesía, inmerso en la vida bohemia. De tal modo, el poeta sufre de alcoholismo y abuso de drogas, lo que exacerba sus trastornos mentales como la depresión y la ansiedad. Si bien es cierto que el género poético es uno de los más autobiográficos, en la obra de Gómez Jattin el paralelismo entre vida y obra alcanza una imbricación inusitada.

¿Cuánto contenido de imaginación literaria o de invención artística se encuentra en la obra poética de Gómez Jattin?, ¿cuánto en realidad reflejan sus versos de su propia vida? Para Igor Barreto, “[p]ocos autores, como Raúl Gómez Jattin, logran una confesionalidad tan extrema y que respete los límites de una forma literaria bien definida. Sus poemas tienen un don musical que los hace dentro de sus convulsiones muy unitarios. Es un Yo historizado el que nos habla y perfectamente consciente de la tradición con la cual dialoga” (31). Heredero de la tradición clásica pero también de la popular, a Gómez Jattin lo que le interesa es llegar a sus lectores a través de la emoción, con la cual pretende cautivarlos, y también por medio del sentido del poema, es decir lo que se quiere expresar en el texto. A esta manera de concebir el poema, de crear, Gómez Jattin la llamó Sentidismo, en la que lo principal es sentir una poética que se base en el significado del poema, y alcance así los estratos más profundos de la sensibilidad (Fiorillo 50).

Por consiguiente, la obra poética de Gómez Jattin, desde su tono coloquial, expone la realidad vivencial de su autor tal como lo establece Rubén Darío Otálvaro[1] en su estudio sobre el poeta y su obra, al declarar que “en casi toda la poética gomeziana el poeta se describe a sí mismo. Él es el héroe de su historia de palabras. Es casi imposible prescindir del autor. Indudablemente no estamos ante una poesía impersonal, sino ante una poesía en la que el yo del autor tiene una fuerte presencia y donde el tópico central es la vida y el mundo del poeta” (34). Cabe mencionar, sin embargo, que en otros escritores no siempre el poema es un espacio del yo lírico o social, del único yo del ser del poeta, pues en ocasiones sus obras reflejan una construcción fría, impersonal, y por lo tanto el yo poético no es testimonio directo del yo biográfico. Tales son los casos, por ejemplo, de algunos textos de Neruda y Vallejo —entre la obra de muchos otros autores, desde luego—, sólo por mencionar a dos poetas reconocidos y representativos de la poesía lírica, quienes además de su obra de índole intimista cuentan con textos en los que la voz poética parece pertenecer a un alter ego suyos. La de Gómez Jattin, en cambio, es “una poesía visceral, extraída […] de las angustias que padece un hombre que asume la decadencia de una sociedad en la cual él es la muestra y el gran sacrificado” (Ferrer Ruiz 202)[2]. De este modo, la voz poética de la obra gomeziana corresponde plenamente a la de su autor.

Al referirse al Tríptico cereteano, Gómez Jattin comenta que en el fondo ese libro es una novela escrita utilizando los recursos del género poético:

Aunque soy contrario a ese género, ese libro tiene algo de él, algo de evocación, de amigos de la infancia, de mujeres que quise, de hombres a quienes quise y me quisieron. El que lo lea de principio a fin podrá constatarlo; el primer protagonista soy yo y lo que he visto en mis contemporáneos. Hay un pueblo habitado por un poeta, una madre, un padre, un hermano que murió sin conocerlo,[3] unas palomas, gavilanes, tristezas, abandonos, otros personajes y amores; no un libro de poemas conceptuales que se leen unos a otros, sino como una epopeya, con una historia (citado por Fiorillo 51-52).

Sobre todo con una historia verídica, personal, pues Gómez Jattin retoma las experiencias suyas para verterlas en el poema, y al escribir sobre sus amigos y familiares utiliza sus nombres reales; de igual forma, episodios que en verdad sucedieron en su vida, son trasladados muchas veces literalmente al papel. Por lo tanto, dentro de toda su obra, y no sólo en el Tríptico cereteano, se puede encontrar el nombre, y en ocasiones hasta el apellido, de aquellas personas que amó o que por diversos motivos quiso poner en evidencia o nombrar en sus versos: En “Memoria”, el poeta se dirige a Joaquín Pablo, su padre; “El resto no vale la pena Eusebio” se lee en “Consolación”, y Eusebio es el nombre de un amigo suyo de la infancia; “A un gran artista” es un poema que le escribe a Joan Manuel Serrat, a quien Gómez Jattin tuvo la oportunidad de conocer en persona; a otro de sus grandes amigos, Antonio Caro, le “Ofrenda” estos versos: “Antonio vara de azucena / Venado del alba / Pez vela”; “Tania Mendoza Robledo” se titula el poema escrito pensando precisamente en ella, Tania, la actriz compañera en los escenarios de Colombia; “A una amiga de infancia”, Rosalba, Raúl le reconoce su afecto, asegurando: “Tú me quisiste cuando niño / y eso quiere decir para siempre”; a Sara, la que fue tres veces su comadre y acudía a verlo “con un tazón de sopa y todo su cariño”, cuando Raúl sufría de soledad o de locura, él la reconoce en “Sara Ortega de Petro”. Los anteriores son tan sólo algunos pocos ejemplos que comprueban la estrecha conexión entre la poesía y la vida misma de Gómez Jattin, quien en 1983 le escribe una carta al escritor Milcíades Arévalo, en la que habla sobre su nuevo libro que se venía gestando en ese tiempo. Así, refiriéndose nuevamente al Tríptico cereteano, escribe que es:

[u]n libro que da miedo. De verdad, da miedo. He sido malvado. Mis pobres compañeros de vida, los que me dieron la vida incluso, aparecen de gesto entero. Ay de ellos, ay de sus intimidades más sagradas. Ay, pero un ay poderoso porque cuando canto pujo y cuando pujo, lloro. Lloro y canto, pésele a quien le pesare. Yo canto y hiero, comenzando por el indefenso Raúl, mi navaja de asesino, de hachis sino, corta filosa la carne ajena (citado por Fiorillo 52).

Más abajo, Gómez Jattin agrega que las personas que se reconozcan en esos textos, lo van a odiar, pues en esos 32 poemas él habla de lujuria, amor y muerte, traiciones, ambición, indiferencia, fracasos, falsos poetas, entre otros asuntos relacionados con los protagonistas de los poemas. El poeta sabe que lo van a odiar con razones, pero eso a él no le preocupa, pues también reconoce que el libro será importante para unas veinte personas. Así, sin otro motivo más, es suficiente publicarlo. El poeta confiesa además que se divirtió al escribir esos textos (52).

En el prólogo a la antología Amanecer en el Valle del Sinú, Carlos Monsiváis repara igualmente en el hecho de la confesionalidad lírica de Gómez Jattin: “En primera y última instancia su obra es el espacio autobiográfico donde se unifican el personaje poético y la persona… no hay distancias significativas entre el Yo de los poemas y el Yo de la realidad, enfrentado al acoso y la tragedia” (XV). Por lo tanto, Gómez Jattin ha recurrido infaliblemente a la creación poética, no como simple divertimiento de aquél que tiene la ocurrencia de ocupar su tiempo garabateando versos intrascendentes, sino del poeta genuino que busca en su interior su propio yo como un intento de salvación, y por el cual paradójicamente sucumbe pues, como señala Monsiváis, “Raúl, desde la carencia de límites, se propone igualar la vida y la obra, y como suele suceder, la persona hace a un lado con violencia al personaje poético, ya todo él un festín de incoherencia y desesperación” (XVIII). El mismo Raúl Gómez Jattin había dicho en cierta ocasión que la escritura le “producía una especie de felicidad” (citado por Fiorillo 59), y que la poesía lo había preservado hasta ese momento. Sin embargo, su obra poética de índole autobiográfica contribuyó en gran medida a perpetuar —aun en vida— la figura del poeta loco, y a realmente victimizarse luego en su vida personal.

 

Bibliografía

Barreto, Igor. “Prólogo.” Retratros: Poemas. De Raúl Gómez Jattin. Maracay: Secretaría

de Cultura del Estado de Aragua, 1992. Impreso.

Ferrer Ruiz, Gabriel Alberto. “El Caribe en la obra de Raúl Gómez Jattin.” Estudios de

            literatura colombiana 10, 2002. Impreso.

Fiorillo, Heriberto. Arde Raúl: La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl Gómez

Jattin. Bogotá: Heriberto Fiorillo, 2003. Impreso.

Gómez Jattin, Raúl. Amanecer en el Valle del Sinú: Antología poética. Bogotá: FCE,       2004. Impreso.

Monsiváis, Carlos. “Prólogo.” Amanecer en el Valle del Sinú: Antología poética. De

Raúl Gómez Jattin. Bogotá: FCE, 2004. Impreso.

Otálvaro Sepúlveda, Rubén Darío. Yo, Raúl: Sujeto lírico, espacio poético e

intertextualidad en la poesía de Raúl Gómez Jattin. Montería: Editorial Zenú,

  1. Impreso.

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[1] (Montería, Colombia, 1961). Escritor y fotógrafo. Realizó una maestría en literatura colombiana e hispanoamericana. Es profesor investigador de literatura en la Universidad de Córdoba. Autor de En el país de los zenúes (1994), A orillas del río y otros cuentos (1998), Cuando el alma se asoma al rostro (2003), entre otros.

[2] Gabriel Alberto Ferrer Ruiz nació en Montería, Colombia, en 1960. Es poeta e investigador de literatura del Caribe colombiano. Doctor en Letras Latinoamericanas por la UNAM.

[3] Aquí Raúl se refiere a su medio hermano Miguel, hijo del primer matrimonio de Lola Jattin. “El humo sobre el aire” es el título del poema en el cual lo alude. Los siguientes, son los dos versos iniciales: “Mi hermano Miguel a quien no conocí / ha venido a acostarse en mi hamaca” (43).