Aniversario de Julio Cortázar



Presentamos con el pretexto del aniversario de Julio Cortázar (1914-1984), una breve muestra de su poesía. Con el pseudónimo Julio Denis escribió el poemario Presencia. También publicó Pameos y meopas en 1971 y Salvo el crepúsculo en 1984. La poesía en Cortázar es practicada con la misma solvencia de la narrativa. Celebremos a uno de los grandes maestros de la literatura que dio nuestro idioma.

 

 

 

Sílaba viva

 

Qué vachaché, está ahí aunque no lo quieran,

está en la noche, está en la leche,

en cada coche y cada bache y cada boche

está, le largarán los perros y lo mismo estará 

aunque lo acechen, lo buscarán a troche y moche

y él estará con el que luche y el que espiche

y en todo el que se agrande y se repeche

él estará, me cachendió.

 

 

 

Poema

 

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores

blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,

te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,

voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago

y cintas que dormían en la lluvia.

No quiero que tengas una forma, que seas

precisamente lo que viene detrás de tu mano,

porque el agua, considera el agua, y los leones

cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,

y los gestos, esa arquitectura de la nada,

encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.

Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,

pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco

con ese pelo lacio, esa sonrisa.

Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino

es también la luna y el espejo,

busco esa línea que hace temblar a un hombre

en una galería de museo.

Además te quiero, y hace tiempo y frío.

 

 

 

 

Para leer en forma interrogativa

 

Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa…
Has tocado,
de verdad has tocado
el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás…
Has vivido
como un golpe en la frente,
el instante, el jadeo, la caída, la fuga…
Has sabido
con cada poro de la piel, sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos
había que llorarlos
había que inventarlos otra vez.

 

 

 

Zipper sonnet

 

de arriba abajo o bien de abajo arriba

este camino lleva hacia sí mismo

simulacro de cima ante el abismo

árbol que se levanta o se derriba

quien en la alterna imagen lo conciba

será el poeta de este paroxismo

en un amanecer de cataclismo

náufrago que a la arena al fin arriba

vanamente eludiendo su reflejo

antagonista de la simetría

para llegar hasta el dorado gajo

visionario amarrándose a un espejo

obstinado hacedor de la poesía

de abajo arriba o bien de arriba abajo

 

 

 

Aplastamiento de las gotas

 

Yo no sé, mirá, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran, me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

 

 

Cinco poemas para Cris

 

I

Ya mucho más allá del mezzo

«camin di nostra vita»

existe un territorio del amor

un laberinto más mental que mítico

donde es posible ser

lentamente dichoso

sin el hilo de Ariadna delirante

si espumas ni sábanas ni muslos.

 

Todo se cumple en un reflejo de crepúsculo

tu pelo tu perfume tu saliva.

Y allí del otro lado te poseo

mientras tú juegas con tu amiga

los juegos de la noche.

 

II

En realidad poco me importa

que tus senos se duerman

en la azul simetría de otros senos.

Yo los hubiera hollado

con la cosquilla de mi roce

y te hubieras reído justamente

cuando lo necesario y esperable

era que sollozaras.

 

III

Sé muy bien lo que ganas

cuando te pierdes en el goce.

Porque es exactamente

lo que yo habría sentido.

 

IV

La justa errata

habernos encontrado al final del día

en un paseo púbico.

 

V

Me gustaría que creyeras

que esto es el irrisorio juego

de las compensaciones

con que consuelo esta distancia.

Sigue entonces danzando

en el espejo de otro cuerpo

después de haber sonreído

apenas

para mí.

 

 

 

Otros cinco poemas para Cris

 

I

Todo lo que precede es como los primeros momentos

de un encuentro después de mucho tiempo:

sonrisas, preguntas, lentos reajustes.

Es raro, me pareces menos morena que antes.

¿Se mejoró por fin tu tía abuela? No, no me gusta

la cerveza. Es verdad, me había olvidado.

 

Y por debajo, montacargas de sombra, asciende despacio otro

presente. En tu pelo empiezan a temblar las abejas, tu mano

roza la mía y pone en ella un dulce algodón de humo. Hueles

de nuevo a sur.

 

II

Tienes a ratos

la cara del exilio

ese que busca voz en tus poemas.

 

Mi exilio es menos duro,

le sobran las defensas,

pero cuando te llevo de la mano

por una callecita de París

quisiera tanto que el paseo se acabara

en una esquina de Montevideo

o en mi calle Corrientes

sin que nadie viniera

a pedir documentos.

 

III

A veces creo que podríamos

conciliar los contrarios

hallar la centritud inmóvil de la rueda

salir de lo binario

ser el vertiginoso espejo que concentra

en un vértice último

esta ceremoniosa danza que dedico

a tu presente ausencia.

 

Recuerdo a Saint-Exupéry: «El amor

no es mirar lo que se ama

sino mirar los dos en una misma dirección».

 

Pero él no sospechó que tantas veces

los dos mirábamos fascinados a una misma mujer

y que la espléndida, feliz definición

se viene al suelo como un gris pelele.

 

IV

Creo que no te quiero,

que solamente quiero la imposibilidad

tan obvia de quererte

como la mano izquierda

enamorada de ese guante

que vive en la derecha.

 

V

Ratoncito, pelusa, medialuna,

caleidoscopio, barco en la botella,

musgo, campana, diáspora,

palingenesia, helecho,

eso y el dulce de zapallo,

el bandoneón de Troilo y dos o tres

zonas de piel en donde

hace nido el alción,

 

son las palabras que contienen

tu cruel definición inalcanzable,

son las cosas que guardan las sustancias

de que estás hecha para que alguien

beba y posea y arda convencida

de conocerte entera,

de que sólo eres Cris.

 

 

 

Cinco últimos poemas para Cris

 

I

Ahora escribo pájaros.

No los veo venir, no los elijo,

de golpe están ahí, son esto,

una bandada de palabras

posándose

una

a

una

en los alambres de la página,

chirriando, picoteando, lluvia de alas

y yo sin pan que darles, solamente

dejándolos venir. Tal vez

sea eso un árbol

o tal vez

el amor.

 

II

Anoche te soñé

sacerdotisa de Sekhmet, la diosa leontocéfala.

Ella desnuda en pórfido,

tú tersa piel desnuda.

 

¿Qué ofrenda le tendías a la deidad salvaje

que miraba a través de tu mirada

un horizonte eterno e implacable?

 

La taza de tus manos contenía

la libación secreta, lágrimas

o tu sangre menstrual, o tu saliva.

 

En todo caso no era semen

y mi sueño sabía

que la ofrenda sería rechazada

con un lento rugido desdeñoso

tal como desde siempre lo habías esperado.

 

Después, quizá, ya no lo sé,

las garras en tus senos, colmándote.

 

III

Nunca sabré por qué tu lengua entró en mi boca

cuando nos despedimos en tu hotel

después de un amistoso recorrer la ciudad

y un ajuste preciso de distancias.

 

Creí por un momento que me dabas

una cita futura,

que abrías una tierra de nadie, un interregno

donde alcanzar tu minucioso musgo.

 

Circundada de amigas me besaste,

yo la excepción, el monstruo,

y tú la transgresora murmurante.

 

Vaya a saber a quién besabas,

de quién te despedías.

Fui el vicario feliz de un solo instante,

el que a veces encuentra en su saliva

un breve gusto a madreselva

bajo cielos australes.

 

IV

Quisiera ser Tiresias esta noche

y en una lenta espera boca abajo

recibirte y gemir bajo tus látigos

y tus tibias medusas.

 

Sabiendo que es la hora

de la metamorfosis recurrente,

y que al bajar al vórtice de espumas

te abrirías llorando,

dulcemente empalada.

 

Para volver después

a tu imperioso reino de falanges,

al cerco de tu piel, tus pulpos húmedos,

hasta arrastrarnos juntos y alcanzar abrazados

las arenas del sueño.

 

Pero no soy Tiresias,

tan sólo el unicornio

que busca el agua de tus manos

y encuentra entre los belfos

un puñado de sal.

 

V

No te voy a cansar con más poemas.

Digamos que te dije

nubes, tijeras, barriletes, lápices,

y acaso alguna vez

te sonreíste.

 

 

 

El gran juego

 

Entiendo ya algunas figuras

pero no sé qué es la baraja,

qué anverso tiene esa medalla

cuyo reverso me dibuja.

 

En la otra cara de la Luna

duermen los número del mapa;

juego a encontrarme en esas cartas

que ciegamente son mi suma.

 

De tanta alegre insensatez

nace la arena del pasaje

para el reloj de lo que amé.

 

Pero no sé si la baraja

la mezclan el azar o el ángel

si estoy jugando o soy las cartas.

 

 

 

Mi sufrimiento doblado…

 

Y también no estar triste,

no crecer con las fuentes, no doblarse en los sauces.

Ancha es la luz para dos ojos, y el dolor danza

en los pechos que aceptan sin flaqueza sus fríos escarpines.

Y no decirte ni lejana ni perdida

para no darle la razón al mar que te retiene.

Y elogiarte en la más perfecta soledad

a la hora en que tu nombre es la primera lumbre en mi ventana.

 

Benditos sean mis ojos

porque tan alto miraron.