Jorge Galán, Premio Casa de América de Poesía Americana 2016



El poeta salvadoreño Jorge Galán (1973) ha ganado el Premio Casa de América de Poesía Americana con el libro Bajo la interminable noche de noviembre. El jurado lo distinguió debido a “la calidad de un libro que une la tradición de la crónica histórica con la indagación en los sentimientos individuales y que se enfrenta a la realidad desde la expresión poética”. Jorge Galán  fue antologado, en 2011, en el libro Poesía ante la incertidumbre y, en 2015, fue el poeta latinoamericano más votado por los doscientos críticos que compusieron la antología El canon abierto. Última poesía en español.

Presentamos, a continuación, tres poemas pertenecientes al libro ganador del Premio Casa de América de Poesía Americana, La interminable noche de noviembre. La fotografía es de Rayo Reyes Osorio, tomada durante el Encuentro Internacional de Poesía Ciudad de México, en 2014.

 

 

 

 

 

La huida

 

Yo no hablé de los asesinos. Yo hablé de los cuerpos

bajo la interminable noche de noviembre,

hablé de los seis hombres tendidos en la grama,

hablé de las mujeres, las dos, tiradas en el piso,

y las sombras alrededor, siluetas

que persisten bajo el graznido de los cuervos

cuyos picos rayan la inmensidad, todo bajo una luna

que era la barriga de un lechón sacrificado

con todas su crías dentro. De eso hablé. Cada nombre

relucía como madera revestida de oro.

Giró la noria llena de niños muertos junto a mí.

Escuché el crujido de su mecanismo

y desperté al alba, siempre al alba, las manos dormidas

bajo el peso de mi propio cuerpo carente de santidad.

Y volví a hablar para contar la historia

de los seis hombres y las dos pequeñas mujeres

pero no de sus asesinos. Porque no hablé de sus asesinos

pero ellos sí me hablaron, formas de la penumbra

siempre atrás, mientras andaba por la calle

y al dormir, donde los observé acercarse otra vez,

apuntarme a través de una puerta de cristal,

justo cuando mi cabeza cayó y esperé.

Y esperé pero nada pasó, salvo un amanecer

lleno de ruido de pasos que eran mis propios pasos,

huía sin comprender que huía.

La boca llena de centavos de azúcar,

fechas cercanas y lejanas escritas sobre el agua

que tragaba a pequeños sorbos. Sombra

diluida que bajaba por la garganta

como el cubo de un pozo, abajo, un dedo

del mar, tenso, severo, incapaz de no señalar.

Bajo sábanas del color de la pezuña del oso amaestrado

me protejo de aquello que baja de las colinas:

la emancipada luz, el aliento que cae

del pelo de la oveja hasta el pasto y rueda

por las laderas hasta las calles

y los ventanales y la tibieza de las habitaciones.

Palomas de barro picotean las lámparas.

Aceite hirviendo es el centro del mediodía.

Nostalgia es la humanidad en la que pienso.

Me he marchado de todo lo que entendí por mío.

Temblor se hacen los días del pasado,

formas de la penumbra, las albas venideras.

 

 

 

 

 

La herencia

 

Han pasado quinientos años, y un poco más

y sigues erguido en la neblina. No logras entender

el sonido del río que crece como un niño a los doce años

y se vuelve un hombre tendido sobre la superficie

de las piedras, y se pone de pie

y salta al abismo y cae de pie y sigue y sigue

hasta encontrar el mar, que es una casa siempre.

Sé que no comprendes el peso de los inmensos árboles

ni ves el brillo de la obsidiana

romper la oscuridad del aire, ni escuchas

el grito de la breve esmeralda

ni sientes la vibración del bisonte por la interminable pradera,

el bisonte cuya pezuña jamás puede destruir el color rojo

de las pequeñas insignificantes flores.

No comprendes la belleza de lo inexplicable. El ruido

de lo genuino, donde no existe el hombre.

Tu lengua no es mi lengua, las palabras

son semejantes pero no los significados.

Te he visto mirarme quinientas veces, pero mírame

una vez más, obsérvame erguido frente a la claridad del mediodía,

frente a la tormenta de nieve, no soy un visitante del mundo

soy el mundo,

y soy el viento del norte

envilecido al rozar las inclinadas cabezas

de los habitados por la oscuridad y la muerte.

No soy tu descendencia. Tu padre

no es mi padre ni tu madre es la hija de mi madre,

pero nada es distinto en la brisa de la tarde para nosotros,

el fuego de la lámpara no es más bello que el fuego de la fogata,

la bellota no es más hermosa que la concha marina

ni la laguna que una mano llena de fango.

Cuando se cuenta el cuento de la creación,

el instante de inicio es el mismo

en cualquiera de las lenguas que conocemos.

En la profundidad de las aguas, no hay un centro posible

ni un final en el viento, donde todo retorne.

He visto palomas de neblina vagar entre tus largos edificios,

he visto miles de hombres cayendo en una sola tumba

y flores que nacían sobre ella, y venados

comiendo de esas flores, y lluvia, y barcos en la lejanía,

y luego un páramo desolado y sombrío, y alguien más

andando de espaldas para siempre, he visto

y he callado, por eso ahora besa mi labio sin amor

y comprende a qué sabe la inmensidad

donde el acantilado y el  cielo no poseen ninguna diferencia.

 

 

 

 

 

Invisible

 

No puedo verte. Me inclino y toco la tierra

pero no consigo sentir la curvatura.

Y ya no puedo ni verte ni tocarte ni escucharte

decir los nombres tus hijos.

 

Imagino que estás en la ventana y buscas en los árboles

lo que tampoco puede ser encontrado,

quieres mirarme aparecer entre las sombras aturdidas,

confundes mi cuerpo de muchacho

con las formas que observas en la niebla.

 

Y hablas con la lluvia como lo hacías antes conmigo.

Te persignas cien veces. Pides por el retorno

hasta que la madrugada se convierte en tu suplica.
Sé que ya no comprendes lo que sucede.

Ves el mar pero no miras el tsunami.

No presientes la ola del tamaño de la muerte de un hombre.

 

No escuchas las campanas del mundo doblando para ti.

 

No quieres entender que la inaudible luz es un tornado

que choca contra una sola pared y una sola ventana,

allí donde la lejanía encuentra su verdadero límite.

 

Ni tú ni yo podemos mirar hacia atrás para encontrar

todo lo que no volverá a tener un principio.

Enormes manos llenas que no saben

qué hacer con lo que han atrapado.

 

Una lengua que busca un sabor en la carnosa luz del mediodía.

Voces que intentan romper las paredes del agua

hasta que todo cesa. Hasta que todo retrocede

como la figura del anciano que vuelve al niño

a través de su propia destrucción.

 

Y entiendo que no puedo encontrarte donde sé que no estás.

Y sé que no me hallo en el centro ni en el sur

sino en el terrible occidente de calles luminosas

donde ni el mar ni los jazmines existen

porque no son lo que recuerdo

y no puedo inventarlos otra vez.

 

Esta hermosa claridad no es mi luz. Estas piedras

no pueden ser mis hermosas piedras talladas. Este ruido

tan limpio carece de disparos y cohetes de fiesta.

 

Es todo. Solo quise decir que no puedo ni verte ni escucharte,

y ahora voy a callarme para dejarnos solos.