Poesía mexicana actual: Alejandro López Ruiz



Presentamos, dentro del dossier de poesía del sureste que prepara Alejandro Rejón Huchín, una muestra de Alejandro López Ruiz (San Cristóbal de las Casas, 1989). Poeta. Licenciado en economía por la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), con una carrera corta en enseñanza musical. Columnista en el periódico El Independiente de Chiapas y colaborador en el  periódico La foja coleta.

 

 

 

I.I

(Casa)

 

La mujer que sale de la noche

deja huellas en la inocencia de la foto que hoy cuelga entre la mañana y la pared.

A pocos metros José el albañil toma un descanso

y se entretiene imaginando que conduce los coches que pasan.

Se adolecen de las manos,

tan duras como su porvenir.

 

Está silencio

entre alborotos de libre mercado.

Algo crece de su pecho y

el negro de sus ojos

es consecuencia y destino de todo lo que ve .

Y esto que gira, esta pérdida que no se termina de ir entre la memoria,

alimenta las hojas.

 

 

 

I.II

Sendas

(casa)

 

Un nadie

se pregunta qué espera

en el espacio que le permite

la desolación. El Corazón

latosa entraña que baja

fosa a fosa

llega a íntimo pantano ,

es este un año agrio

a fin al paladar de quien lo sorbe.

 

El calor es inseguro en el cuarto.

Como huérfano que juega en el parque

paredes que lo guían ,

puertas que se esconden,

hogar que no fue.

 

 

 

I.II

(casa)

 

La comisura del labio femenino es el límite afilado,

que contiene la circunferencia del fuego.

Estremece el dónde, el porqué y el hasta cuándo

de las espinas que apuntalan la pared.

 

Qué es lo normal cuando el resultado del deseo

es un deseo más

 

No me salva ni acero, ni pluma

Ardor a tu columna y surco prendido,

como grillete que estalla

entre amapolas.

 

 

 

II

 

El arrendador Pedro, el viejo, trenzaba las crines de los caballos con el tabaco

mágico que la libertad gusta fumar.

 

 

 

IV

 

Hubo una vez cuando era joven

– Contaba el viejo José a sus nietos-

que luego de la última lluvia de Junio

al pueblo llegó una viajera.

 

Ya establecida

pusó en su puerta un letrero que decía :

 

“Eva Diacomo maestra en idiomas de la noche”

 

Como es natural, nadie entendió nada.

Hasta después de que el primer alumno, un cargador tosco y

huraño, saliera de la insólita escuela

murmullado con el céfiro que refresca a los grillos en verano ,

entonces sí, todos creyeron con admiración y envidia

que aquella viajera era capaz de enseñar

el idioma de la soledad.

 

 

 

V

 

No niña, -no todo en la vida es peinarse.

Le decía María Luvia a su nieta

–  Sabes ,cuando era niña, aun habían micos de noche en las montañas azules

que bordean el pueblo.

El pequeño mico era dorado y pulcro,

y estaba tan enamorado de sí mismos que lo capturaban con la sola ayuda de un espejo. Cuando el pequeño mono bajaba del árbol para contemplarse, los cazadores aprovechaban para empujarlo al fondo de una jaula.

los indios los cazaban para hacerse morrales.

 

 

 

VII

 

A José Ruiz Urbina, un joven chofer trabajador y contrabandista de ambarina

bebida , un día nublado de noviembre, mientras escondía una a una las botellas de comiteco

en la parte baja del autobús Ford 56, escuchó a una hormiga conversar con su carga:

-qué bello

es el silencio del yo

a la mitad del viaje.