Rock, pop, rap, hip-hop y… poesía



Rock, pop, rap, hip-hop y… poesía

“Desde que Hermes creó la lira para confundir a Apolo, la poesía y la música han estado unidas como leche y galletas. El crítico musical David Browne navega por esos mares agitados”. Poesía, rock, pop, hip-hop y rap unidos por… ¿el realismo? Este texto fue publicado originalmente en la revista Poetry y fue traducido por Christian García Ramírez.

 

 

 

 

 

Estrellas pop poéticas

 

Como muchos de mi generación, llegué a la poesía a través de la puerta trasera del pop. En sexto grado, nuestro bigotudo y patillón profesor, el Sr. Johnson trajo su copia de Bookends de Simon & Garfunkel. Después de que lo pusiera para toda la clase en su tocadiscos portátil, nos condujo a una discusión sobre las letras, enfocándonos en la balada suicida para adolescentes “Save the Life of My Child” y la panorámica “America”. El Sr. Johnson dijo: Paul Simon fue un poeta de nuestro tiempo. Unos años más tarde, un profesor de inglés en la secundaria hizo un caso similar cuando nos pasó copias de la letra de Quadrophenia de The Who, mis compañeros de clase y yo nos sentamos a tratar de descifrar los significados y metáforas detrás del álbum conceptual Mod-Squad de Pete Townshend.

Cualquier persona menor de cuarenta años probablemente esté poniendo los ojos en blanco ante tales historias. Sin embargo, por absurdo que parezca ahora, en realidad hubo un momento en que las estrellas de rock fueron promocionadas como poetas, herederos de Blake y Yeats, articuladores de viajes personales y cambios sociales.

Todavía tengo dos recuerdos reveladores de aquel periodo: The Poetry of Rock, un libro de bolsillo de 1969, reimprimió la letra de sospechosos habituales como: Simon, Bob Dylan, Leonard Cohen, The Beatles y Jim Morrison, promocionando su trabajo como “algunos de los mejores poetas de nuestro tiempo”; aún más extraño, e involuntariamente cómico, fue otro libro, Grandfather Rock en el que las estrellas de rock fueron literalmente representadas como herederas de la sabiduría de los poetas épicos. Un extracto de La Iliada apareció junto a la letra de “Tales of Brave Ulysses” de Cream; una parte de Walden de Thoreau se combinó con “4+20” de Stephen Stills como expresiones de soledad y crisis existenciales.

Incluso entonces, tenía mis dudas sobre tales conexiones. Claro, estaba fascinado por la forma en que las harmonías de otro mundo de The Byrds elevaban líneas como “Lluvia, ciudad gris/ conocida por su sonido” en “Eight Miles High”. Sin embargo, esas mismas palabras impresas directamente en The Poetry of Rock, parecían planas y pretenciosas. El rock se sentía como su propio tipo de poesía distintiva, que se confirmó aún más cuando compré volúmenes de mesas de café dedicadas a las letras de Dylan y Joni Mitchell. Aunque ambos saben más que un par de cosas acerca de los pareados memorables, sus antologías solo me hicieron querer volver a escuchar sus álbumes. Decidí que, generalmente, las letras de rock solamente eran poesía cuando se expresaban en una canción. Sin embargo, quizás debido a todo ese temprano entrenamiento en la clase del Sr. Johnson, una parte de mí todavía se siente atraída por las palabras en una canción.

Mi experiencia con la poesía tradicional es bastante limitada y patética, limitada a cursos universitarios, poemas pegados en las paredes del metro de la ciudad de Nueva York y todos los volúmenes de Leonard Cohen que compré después de convertirme en fanático de su música. Todavía recuerdo la maravilla que sentí al terminar Leaves of Grass o The Love Song of  J. Alfred Prufrock, recuerdo como trataba de adivinar quien era quien en American Pie de Don McLean, cómo me maravillaba por la forma en que Cohen convirtió una carta para un rival en un poema lírico en Famous Blue Raincoat, o dándome cuenta que Pink Turns to Blue de Husker Du, era sobre una sobredosis. He tenido el mismo número de momentos conmovedores, sí, con la poesía del rock. (Sony ha remasterizado y reeditado los primeros tres álbumes de Cohen. Su debut sublimemente perfecto de 1967, Songs of Leonard Cohen, sigue siendo el estándar para la fusión de la canción pop y el verso. La forma en que las recitaciones cercanas de Cohen se mezclan con el pop de cámara que lo rodea, realmente lo hace sonar como esa amalgama entre poeta y estrella del pop).

Como resultado, el movimiento de rock como poesía, junto con el LP, no ha desaparecido. Hace dos años, The Spoken Word Revolution (Sourcebooks, Mediafusion 2003), un libro y CD complementario, ofreció una introducción a los poetas de nueva generación, especialmente a aquellos que trabajan en el campo del slam. Su siguiente publicación The Spoken Word Revolution Redux (Sourcebooks Media Fusion, 2007), presenta un nuevo grupo de jóvenes poetas poco convencionales; entre ellos figuran algunos sorprendentes nombres como: Jeff Tweedy (líder de la banda de country alternativo Wilco); Billy Corgan (futuro fundador de los Smashing Pumpkins); y Vernon Reid (guitarrista de Living Color).

The Spoken Word Revolution Redux me lleva de vuelta a esos embriagadores días de letras de rock como literatura, y no simplemente porque Mark Eleved (el profesor de secundaria de Chicago que compiló y coeditó el primer volumen de Redux), es un Sr. Johnson de su tiempo.

En los años transcurridos desde The Poetry of Rock hasta ahora, las expectativas para la composición de canciones pop han caído dramáticamente. A medida que el ritmo ha llegado a dominar al pop, las letras pop se han vuelto cada vez más funcionales. Los pocos que luchan por la grandeza -Chris Martin de Coldplay o Tori Amos- en su mayoría terminan con temas preciosos o irritantemente obtusos. (Solo el Dr. Phil pudo apreciar líneas como “Tu pesado corazón está hecho de piedra / Y es tan difícil de ver claramente / No tienes que estar solo” en “A message” de Coldplay).

También abundan los escritores frustrantes como Conor Oberst, autor de Bright Eyes. Es revelador que la única letra de una canción que se haya reimpreso completa en Reduxes “The Revolution Will Not Be Televised” del poeta y cantante de R&B Gil Scott-Heron, la cual se remonta a principio de los 70: las contribuciones de las estrellas pop más recientes son poemas, no letras de canciones.

Y qué grupo tan mixto son. Si escuchara a Jeff Tweedy cantar una línea como “una emergencia / peor que un clarinete”, en una de sus canciones con Wilco, probablemente apenas y notaría una línea tan torpe. Sin embargo, en la página (como en “Another Great Thing“) se siente como un verso libre que es, bueno, demasiado libre. Es fácil imaginarse la angustiosa “Poetry of my Heart” de Billy Corgan, interpretada en una vieja canción de los Smashing Pumpkins. Sin embargo, en la página parece ser el trabajo de un Blogger demasiado consciente de sí mismo. (“¡Esos pájaros y tú moviendo la velocidad de la luz sobre el azul / Bueno si fueras el sol, también te reirías!”) Me recuerdan menos al rock como poesía que a esa mucho peor tendencia que todavía nos atormenta: los rockeros como poetas. Pienso en esos delgados y olvidables volúmenes de Jewel y Alicia Keys, o el propio Corgan, compartiendo espacio de estantería con Wallace Stevens y Gingsberg en sus aparadores locales.

El momento más poético relacionado con el rock en The Spoken Word Revolution Redux, se encuentra en “A Letter to Bob Dylan” de Jeff Buckley, la cual es solo eso: una nota que el fallecido cantante/ícono de culto, escribió cuatro años antes de su muerte en 1997 a uno de sus héroes. En un momento de maniaca improvisación en el escenario, Buckley había hecho una personificación de Dylan en un club; aunque el lo hacía a manera de un cariñoso homenaje, esto ofendió a algunos de los amigos de Dylan, que resultaban estar entre el público. Con el corazón destrozado de que sus comentarios habían sido tomados de manera incorrecta, Buckley le escribió una carta a Dylan y luego la leyó en un escenario en una lectura de poesía (de la cual se tomó aquella grabación).

Buckley recita: “Simplemente me mata saber que todo lo que te dijeron es lo que piensas que pienso de ti. No es que te quiera. No es que siempre te haya escuchado y haya llevado la música a todas partes. No es que no crea en ti”. La cadencia, especialmente en las últimas tres líneas, es lírica, silenciosa e íntima, sin esfuerzo. Buckley suena como un poeta (tenía el mismo aspecto llamativo y herido de un joven Byron o Wilde). Incluso su muerte fue algo fuera de la vida de un escritor romántico: caminar por el agua (con sus Doc Martens) hacia un afluente del río Mississippi, su cuerpo desapareció durante días antes de llegar a tierra en la boca de la calle Beale, la famosa fila de música de Memphis.

Parte de The Spoken Word Revolution Redux también se dedica (como debe ser), a lo que uno de sus colaboradores (el poeta de Chicago Kevin Coval) llama “Hip Hop Poética”. Revitalizando la idea de estrellas carismáticas poseídas por el lenguaje, el rap comenzó donde mucho rock paró: “Somos, en nuestra base una generación de narradores firmemente arraigados en la tradición realista de la narrativa, una extensión de Gwendolyn Brooks y Carl Sandburg” escribe Coval. El Hip Hop en los años ochenta combinó la ira, la frustración y el humor en un flujo claramente lírico (y muy humano). Tanto como sus predecesores del rock, todos desde Kurtis Blow hasta Chuck D. o Ice-T, sonaban como verdaderos bardos modernos, sin restarle la importancia literaria propia.

Pero como revela The Spoken Word Revolution Redux, el hip hop también dejó caer la pelota literaria. Las letras de rap dieron paso a una tosquedad y hostilidad raramente tan inventiva o divertida como las rimas de los fundadores del rap (Una excepción obvia: las rimas vertiginosas, líricas y emocionalmente complejas de Eminem. Pocos se han acercado a líneas como estas desde su segundo álbum: “Y desde que nací, he sido maldecido con esta maldición para maldecir/ y simplemente dejar escapar esta locura y mierda extraña que funciona / Y vende y ayuda en sí misma a aliviar / Toda esta tensión dispensando estas oraciones.”). Los ritmos staccato producidos por los productores modernos de R&B, y escuchados en estilos como el crunk, solo sirvieron para reducir las letras de hip hop a exhortaciones y gritos. El regreso del gangsta, comenzando con el ascenso de 50 Cent, solo ha llevado a alardear adormecedoras burlas e imágenes de tiroteos.

Aún así, con su énfasis en serpenteantes y largos juegos de palabras, los raperos independientes y clandestinos de Black Star (que fueran los primeros trabajos de Mos Def y Talib Kweli) y El-P estaban haciendo todo lo posible por retomar el trabajo en que la vieja escuela se quedó, sin embargo, estaban peleando una batalla cultural perdida. Lo más destacado de The Spoken Word Revolution Reduxes “The Day Jam Master Jay Died” de Coval, quien mostraba un elogio conciso y contundente, no solo para los abatidos Run DMC DJ, sino también para la cultura beat boy. La pieza se abre con Coval escuchando las noticias de su novia (“Colgué y mi apartamento estaba en silencio / Como si no hubiera música en mi apartamento”) y luego se transforma en un giro desgarrador a través de los héroes caídos del hip hop, incluido, por fin, Jay: “Él enviaba rayos de luz en vinilo / Hacia las casas lejanas del sol muerto de hambre y nos dejaba disfrutar de su luz rascando los escasos sonidos”. La pieza es aún más poderosa cuando Coval la lee en el CD que la acompaña.

Pareciera que Coval es un poeta slam y no un rapero. Lo que se hizo evidente es que las elevadas aspiraciones de la mayoría de las letras han dado paso a un realismo narrativo más directo. Hell Hath No Fury de Clipse, fue el álbum de rap más musical y lírico del año pasado, el cual narra la vida de dos dealers que, al final del álbum, se dan cuenta de que han llegado a un callejón sin salida: En la última canción “Nightmares”, Malice y Pusha T están paranóicos y fuera de juego (“Estas cuatro paredes se están cerrando / Estas voces no son mis amigos / Me persiguen”).

Al igual que los matones raperos-gangsta, los fanáticos del country se han enorgullecido durante mucho tiempo de un sentido de detalle y narración literaria, pero incluso ellos se están volviendo una especie de realismo absoluto. En West, Lucinda Williams hace honor en una línea de una canción sobre como las palabras “siguen siendo mi único compañero / leal y fiel hasta el final”. Todavía tiene un don para saber cuando usar imágenes sin exagerar (“Él no puede cambiarte / Cambiar los veranos de tu belleza / Las tormentas eléctricas dentro de tu pureza / Él no puede cambiarte”), así como la concisión de la desoladora fila (“Unge mi cabeza / con tu dulce beso / Mi alegría está muerta / Anhelo la felicidad”). Una de sus claras sucesoras, es la cantante y compositora canadiense Kathleen Edwards, ella sabe que el diablo también está en los detalles, en Back To Me usa la idea de “Llaves copiadas” para resumir su sentimiento de que no pertenece a la vida y el hogar de un amante. Como un rapero se vuelve real y visual: se siente atraída por un chico malo (“Puedo ver a tu tipo a un millón de millas de distancia / Botas con hebilla y una mirada inyectada en sangre”) y describe un romance roto en términos de su detrito (“Cajones de escritorio llenos de marcos de fotos / Tarjetas postales escondidas debajo”). No estoy seguro de qué pensaría el Sr. Johnson (o el Sr. Eleveld), pero en el pop, el realismo es más que nunca, la nueva poesía.

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