Ramón López Velarde: Fragmentos para un retrato



Ramón López Velarde (15 de junio de 1888) murió el 19 de junio de 1921. Lo recordamos, a cien años de distancia, con un montaje de voces: recuerdos, juicios, conjeturas en torno a su vida y a su obra. Son fragmentos que lo imaginan y quieren trazar un rostro; líneas que responden a sus poemas e intentan, de un modo u otro, volver al sitio de privilegio que ocupa en la memoria polibiográfica de la literatura mexicana. Para Paz, en la “Introducción a la historia de la poesía mexicana”, “Ramón López Velarde era provinciano, silencioso y reconcentrado (…) un hombre lento y en diálogo consigo mismo. Su imaginación no le servía para arder en fuegos de artificio sino para ahondar en sí mismo y expresar con mayor fidelidad lo que tenía que decir: “Yo anhelo expulsar de mí cualquier sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”. López Velarde era un poeta con destino. Como a todo verdadero poeta, el lenguaje le preocupa. Quiere hacerlo suyo. Pero quiere crearse un lenguaje personal porque tiene algo personal que decir. Algo que decirnos y algo que decirse a sí mismo y que hasta que no sea dicho no cesará de atormentarlo. Su conciencia de las palabras es muy aguda porque es muy honda la conciencia de sí mismo y de su propio conflicto”. A ese en vilo entre el universo verbal que es todo gran poeta y el espacio vital que ocupa se consagra este coro de voces. El montaje es de Alí Calderón.

 

 

 

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Ahora le voy que fue a mediados de octubre del año de 1902 cuando Ramón se fue a pasar sus vacaciones a Jerez, a los catorce años cumplidos, cuando se enamoró de Pepa de los Ríos, o más bien de Fuensanta. Lo que es más: ya llevaba tiempo enamorado de ella, o, mejor, víctima de un devaneo que la tenía a ella en el centro. (Guillermo Sheridan, Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde.)

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En Letras Potosinas, ágil vocero de San Luis Potosí, se dio a conocer el poema “A un imposible” de López Velarde. El poema data de 1905 y fue escrito durante la residencia estudiantil del poeta en Aguascalientes. Cronológicamente es el poema más antiguo que conozco del zacatecano. De ahí el interés que encierra compararlo con poemas posteriores que no hallaron cabida en La sangre devota, comprobando así su paulatina pero cierta depuración estilística. La adjetivación de este intento primerizo peca de manida, además de carecer de significado vital. Baste citar el vano adjetivo, por ineficaz y redundante, que usa para calificar el sustantito invierno:

Iré muy lejos de tu vista grata
y morirás sin mi cariño tierno
como en las noches del helado invierno
se exige la llorosa serenata.

(Emmanuel Carballo, Ramón López Velarde en Guadalajara.)

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Como al padre de Fernando Calderón o al de Pablo Neruda, al de Lopez Velarde nunca le pareció que su hijo fuera poeta, se opuso hasta donde pudo, y mientras vivió fue una especie de conciencia literaria negativa del primogénito. Murió en la ciudad de Aguascalientes el 8 de diciembre de 1908 a la edad de cincuenta y cinco años. Su muerte fue un golpe aniquilador contra la familia. Dejaba una pila de hijos y una pila de deudas. El primogénito Ramón se hundió varios meses en un pozo de depresión anímica. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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La casa de Fuensanta está en la entrada de la ex hacienda de la Ciénaga a unos siete kilometros de Jerez (…) Fuensanta fue el primer gran amor y quizá fue un amor calculadamente imposible. Antes de Fuensanta sólo había tenido breves pero continuos deslumbramientos. Si algo señala la obra de López Velarde, si algo la imprime, es la palabra deseo. Era una antorcha encendida, la azada que buscaba con desesperación el surco. La ávida abeja pronta en el corazón de las flores. En sus venas se multiplicaba sediento un encono de hormigas. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Para López Velarde, Tablada era sobre todo el autor de El florilegio y la pluma más original y arriesgada del parnaso mexicano. Él y De Alba tomaron el eléctrico que bajaba por Calzada de Tlalpan y llegaron a la casa que Tablada se había construido cerca del Convento de Churubusco. El criado japonés los recibió y los hizo cruzar un jardín exótico de crisantemos. Antes que otra cosa, Tablada les mostró flores raras y paladeó sus nombres latinos y vernáculos; evidenció sus colecciones de cuadros y estatuillas; sus máscaras mexicanas y sus grabados japoneses. En el estudio cambió sus botas por unas sandalias, ordenó el té (en japonés), se puso su kimono historiado y se posicionó en una flor de loto que lo hacía aparecer como una silueta del Fujiyama, coronado por las nubes de sus cejas espesas. López Velarde tuvo que haberse impresionado bastante (sobre todo si se recuerda que venía de entregar sus diplomas a las niñas de sexto año de Venado, S.L.P.). Tablada mascó forraje mundano y literario, rumió inconformidades políticas y gobernó la reunión con el estruendo de su fosforescente personalidad. Antes de salir, De Alba le mencionó que, como podía advertirlo, el autor de “A la gracia primitiva de las aldeanas” no sólo no era peninsular, sino más que mexicano. Tablada replicó: por supuesto; los versos de López Velarde son mejores que los que escriben los poetas peninsulares de hoy. (Guillermo Sheridan, Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde.)

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Ya muerta, Fuensanta apareció en la dedicatoria de La sangre devota con su verdadero nombre y apellido y la aclaración de RLV de que fue ella quien dictó “casi todas las páginas”. Enferma, Josefa de los Ríos vino a morir a la Ciudad de México. Llegó en febrero y murió el 7 de mayo de 1917. Ramón asistió al velorio. Sin embargo (se sabe), ya desde 1914 otra mujer, Margarita Quijano, ocupaba las múltiples miradas y los férvidos acosos del obsesivo joven. Ambas mujeres eran lo opuesto: la provinciana sencilla y fresca y la citadina cultivada y elegante. Pero con ninguna, aunque lo quiso, pudo valsar el “vals sin fin, por el planeta”. López Velarde nunca conoció el amor íntegramente correspondido. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Fernández Ledesma y López criticaban a Ramón por su luto eterno, y por su falta de audacia para usar las corbatas multicolores y los trajes claros, flaneur local que sus amigos preferían. Ramón se limitaba a responderles con una sonrisa para evitar explicarles que ese luto anticipado era toda una declaración de principios (…) se vestía de zozobra. (Vicente Quirarte, “Una mitología llamada Ramón López Velarde”.)

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Nunca tuvo –si hemos de creer en la verdad vital de su poesía, merecedora, casi siempre, de grandes desconfiaznas– lo que ambicionó: el amor correspondido de la mujer amada. (Sergio Fernández, “Historia de un corazón promiscuo”.)

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Son tres los grandes intereses del poeta consciente: el catolicismo, la provincia (que incluiría la patria) y el eros femenino (…) Ama tanto a la mujer, tanto la sublima, que émulo de Dante, dirán de ella cosas tan altas que ningún otro poeta intentará expresar. Basta lograr un inventario de sus voces idiomáticas para a este respecto, sacar en volumen el ideal: la mujer es lo blanco, lo pulcro, lo diáfano, lo ingrávido, lo manso, lo piadoso, lo perseverante, lo limpio. ¿Qué caballero medieval se asemeja a Ramón? (Sergio Fernández, “Historia de un corazón promiscuo”.)

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De la sangre devota a Zozobra se sigue un proceso creciente de complicación; al mismo tiempo, las expresiones bellas son más frecuentes y de una sencillez inusitada. Zozobra es un libro de crisis que, si López Velarde solucionó en los preciosos endecasílabos de “La suave Patria”, confirma mi creencia de que lo raro fue un accidente de la evolución de su lenguaje, y no el fin propuesto de su obra; que nadie se propondrá nunca, teniendo la honradez artística y personal de Ramón, escribir con el único objeto de que no se le entienda. (José Goroatiza en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Habituados a la insensibilidad de los adjetivos elocuentes, los lectores de 1918 nos sentíamos ofendidos ante los poemas de La sangre devota y los de Zozobra, aún no coleccionados, por algo que era, precisamente, un triunfo de la sensibilidad. (Jaime Torres Bodet en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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El ciclo de Fuensanta y la provincia idealizada se escribe en La sangre devota (1916) bajo el signo de la sublimación. Ya que ésta es represión y lo reprimido vuelve siempre, el cuerpo cobra sus derechos en Zozobra. López Velarde en principio identifica el Eros con uno de sus aspectos particulares, el sexo, y aun con la simple genitalidad. Las “flores de pecado”, las “consabidas náyades arteras”, las “odaliscas” capitalinas –tan opuestas a las flores de amor, pureza, bendición y veneración provincianas– encarnan el objeto de pecado, de vuelta a la prohibición que hace inalcanzable a la Amada. La Zozobra del título es el vaivén entre la vocación moral y el pecado de la debilidad. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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La trilogía “La mancha de púrpura”, “Hormigas” y “Mi prima Águeda”, basta para demostrar cómo desaparece de escena el erotismo autobiográfico para dejarnos frente al monólogo del solitario que prefiere la llama de la imaginación a la ceniza de la imaginación frustrada. (Vicente Quirarte, “Una mitología llamada Ramón López Velarde.)

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Y sufre, sufre con una intensidad solo comparable a la de los grandes tristes, a la de los elegidos de la soledad. Sufre como Garcilaso de la Vega, como Schubert, como Novalis; sufre bárbaramente, como Van Gogh. Es entonces cuando lo sorprendemos en su fatalista “gravamen de rencor”, casi ya envenenado. Pero ¿por qué no? ¿Por qué no si el alma romántica ya ha muerto, si la redención no la entrega el amor? De balde que él sea la iglesia para “canonizar” sus propios endecasílabos sentimentales; de balde, también, el resultado amplísimo de su taumaturgia. Pues ya puro, o malvado, ya como “mendigo cósmico” o como Cristo redivivo; como ánima en pena o como luz; ya como franciscano asceta o lascivo polígamo, Ramón López Velarde es “un enfermo de lo absoluto”. (Sergio Fernández, “Historia de un corazón promiscuo”.)

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De estos amores, indiscutiblemente el más importante fue Margarita Quijano, hermana del académico Alejandro Quijano. Inspiró no solo “La mancha de púrpura” sino un buen racimo de poemas. Se trató de un asedio silencioso y pertinaz que duró cosa de tres años (1914-1917) y de una relación de dos almas laberínticas. No una, sino dos veces, Margarita rehusó el compromiso matrimonial. Igual a la Fuensanta del terruño, igual a la Genoveva potosina, Margarita era también mayor de edad que el poeta. Murió en 1975. Si como se presume nació hacia 1878, tendría a su muerte cosa de noventa y siete años (…) Pese a que Margarita reconoce que Ramón fue su único amor, no aceptó casarse. “Mi secreto me lo llevaré a la tumba. Nadie sabe el por qué de nuestro rompimiento. Fue un mandato divino, una promesa que hicimos de no revelarlo. Sólo Dios, el poeta y yo lo sabemos”. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Durante algunos meses fueron novios. A diario, pasada la medianoche, hablaban por teléfono horas enteras. A veces se encontraban entre las ruinas del antiguo cementerio de La Piedad. López Velarde le pidió que se casara con él. Margarita respondió que por su gran amor había traicionado a Jesucristo, con el que se comprometió desde su adolescencia. No volvieron a verse. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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O diciéndolo directamente: la vida sexual del poeta la sellaron las prostitutas. Según Noyola Vázquez, por información recabada entre amigos íntimos del joven jerezano, “su deseabilidad erótica era continua, tanto que no se le iba el día sin sacrificar a Cipris o Afrodita”. El poeta rondaba a diario “conocidos gabinetes galantes”. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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El lector tiene ante sí a un hombre excesivamente viril cuyo problema no es el amor no correspondido, sino el amor ampliamente difundido cuyo eje –si lo hay en momentos– deja de serlo para convertirse en uno diferente: una mujer son todas; todas son una. Él mismo se da cuenta de que su fidelidad erótica es relativa y que, así como Novalis se engañó al pensar que llevaría por siempre en el corazón el luto de Sofía, la adolescente muerta, así él, Ramón López Velarde, no debe portar máscaras que lo desvíen de su espléndida ruta de amar a todas lo cual equivale, de fondo, más que a la mujer amar al fenómeno personal del amor; de vivir en uno mismo, la pasión. (Sergio Fernández, “La ciudad del afecto”.)

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En 1920 el cuartelazo obregonista acabó con sus ilusiones, pero con todos esos desastres el inmenso poeta que habitaba dentro del pobre diablo escribió nada menos que Zozobra, El son del corazón y El minutero, los tres libros supremos de la poesía mexicana entre 1910 y 1932. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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Ramón condescendió a los reclamos del descontento popular. Pero casi todos los días también publicaba el modesto acontecer sentimental de un solo corazón: el suyo que latía todos los días acompasado al son del corazón universal. Lo cierto es que junto al diario reproche a propósito del tejemaneje político, aparecerían las noticias de su amante corazón. Ramón López Velarde afirmó y sigue afirmando el día de hoy la verdad de sus poemas, esa verdad que se confirma ahora en cada uno de nosotros sus lectores. (Juan José Arreola, Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario).

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¿Comprendieron los poetas contemporáneos de López Velarde la lección de La suave Patria? Su amigo José Juan Tablada, el único que disputaba al jerezano los laureles del poeta nacional, exclamó según Fernández Ledesma, ante La suave Patria: “¡Qué manera de estrangular la Retórica en el corazón de la Epopeya!”, y en cierto modo Tablada continúa la preocupación por los objetos nacionales en los poemas de La feria, algunos de ellos verdaderamente entrañables. Otro amigo común cuenta que López Velarde conoció y escuchó las campanas de barro negro de Oaxaca en casa de Tablada, de donde nació el verso “tu barro suena a plata”. (Vicente Quirarte, “Decir La suave Patria”.)

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Los versos de “La suave Patria” dan la impresión de una renuncia deliberada a los modos esquemáticos de pensar que la poesía de Zozobra había llevado hasta la madurez despojada y despejada del álgebra. No quiero decir con estas reticencias que “La suave Patria” implique un decaimiento del poeta, sino un propósito de vulgarización en sus procedimientos, el deseo de vestirse con una cultura… (Jaime Torres Bodet en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Quiso al mismo tiempo conmemorar el primer siglo del México independiente (1821), lamentar el cuarto centenario de la caída de Tenochtitlán (1521) y, sobre todo, poetizar sus diarias sensaciones y reflexiones sobre la realidad íntima, no histórica ni política, del país, como dijo en una prosa, “Novedad de la Patria”, borrador teórico del poema. Gracias a una crónica de José Natividad Rosales en Siempre!, ahora sabemos que fue escrito a lo largo de dos años mediante un proceso casi novelesco. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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López Velarde nos dice que además de castellana y morisca, nuestra patria está “rayada” de azteca. Imposible aceptar que la base del México indígena sea exclusivamente azteca. Y aquí nos demuestra Ramón “la función real de las palabras”: Y la palabra que en este momento importa define a los mexicanos casi por el mundo entero. ¿Quién deja de oír todos los días, lo que se dice a propósito de nosotros los “aztecas”, ya seamos filósofos o deportistas? Lo cierto es que todos los mexicanos somos “rayados”. Como tigres ¿aztecas? Ramón acierta una vez más. Porque la patria mexicana en que vivimos indígenas, mestizos y criollos, nació con el descubrimiento de América, realizado a ciegas por Cristóbal Colón, pero que nosotros aceptamos ahora con los ojos abiertos. Como un encuentro occidental y accidental entre dos mundos que se ignoraban mutuamente, pero que debieron unirse, para que nos abarque la palabra “mexicanos”. (Juan José Arreola, Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario.)

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Con López Velarde, la Patria vuelve a ser ciudadana, camarada y compañera, no la madrastra rígida y autoritaria en que la habían convertido “treinta años de paz y descanso material”. (Vicente Quirarte, “Decir la suave patria”.)

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La otra patria, propuesta por Ramón López Velarde, nace contra la lucha fraticida, contra el dominio homicida de Caín, y esta patria es leve, subjetiva, colorida, y si se quiere, para bien o mal, folklórica. No hay en esta patria “el bélico acento”, sino la “épica sordina”. Es la patria de mirada mestiza que une la provincia y la capital, el México antiguo y el México moderno, el establo y el petróleo, lo católico y lo pagano… Una patria de estaciones de ferrocarriles que ponen “la inmensidad sobre los corazones”, de feria y festividades de pequeños pueblos con su cohetería múltiple y destellante, de calles límpidas como espejos con “el santo olor de la panadería”, de la mexicana que al estrenar su ropa hace que el país se arome con el “aroma del estreno”, de las cantadoras de feria con “el bravío pecho empitonando la camisa”. Es la patria dibujada en epítetos inolvidables: “impecable y diamantina”, “alacena y pajarera”. Es una patria fiel a su “espejo diario” pero alejada de la violencia de las horas. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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“La suave Patria” no inicia una tradición de poesía nacionalista: cierra con el brillo cegador de un sol poniente la gran aventura del Modernismo. Ramón López Velarde se despoja de su experiencia para contemplarla bajo la luz intolerable de la melancolía: se despide de un Mécico que fue suyo y que se borra y se pierde para siempre. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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Recuerdo con verdadero orgullo que, en cierta ocasión, a petición de alguno de los asistentes, leí un pequeño poema que escribí en Colombia, y que le gustó mucho a López Velarde, tanto que me pidió una copia, y días después me conmovió al recitarme de memoria alguno de sus trozos… Yo tenía veinte años, fue un inmenso honor recibir esa muestra de simpatía de tan gran poeta, que aunque muy joven había publicado ya Zozobra. (Carlos Pellicer en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Ávida e incierta, la curiosidad del adolescente me llevó a buscarlo sin un objeto preciso, definido. Acaso, inconscientemente trataba yo de conocerlo de viva voz, de cuerpo presente. Desde luego diré que mi objeto no era conocer sus ideas o sus juicios sobre los demás y sobre sí mismo. No me interesaba lo primero, y para lo segundo me bastaba el silencioso diálogo que yo podía renovar a cualquier hora con el libro que me lo había revelado: Zozobra. Más bien mi curiosidad de adolescente quería saciarse con unos cuantos datos fisicos, con unas cuantas señas particulares: su estatura, el color de su piel, el timbre de su voz, el brillo o la falta de brillo de sus ojos (…) Salvador y yo lo visitamos unas cuantas veces en la Escuela Nacional Preparatoria, donde era profesor de Literatura Española. Lo esperábamos a la salida y cambiábamos con él breves y entrecortadas frases. Aún tengo la sensación de que los diálogos se acababan demasiado pronto. Y también de que, a veces, como cuando sin esperar el final de la clase entrábamos en el aula, y López Velarde suspendía rápidamente la lección, despidiendo, aturdido, a los alumnos, una curiosa turbación y un pudor infantil e inexplicable lo colocaban delante de nosotros en la situación de minoridad e inferioridad que lógicamente nos correspondía a Salvador y a mí. (Xavier Villaurrutia)

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El encono de Reyes nació a raíz de una rápida nota sobre El plano oblicuo, que López Velarde publicó en diciembre de 1920 en la revista México Moderno. Increíble: por una nota escrita tal vez en una hora o dos horas, Reyes sostuvo un rencor soterrado o abierto por cosa de treinta y tantos años. En la breve nota López Velarde le hizo la reprobación dolorosa de que lo prefería “fuera de la lírica” y le recomendaba que saliera de la penumbra de las bibliotecas a tomar aire para que a su literatura le llegara la vida. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Villaurrutia y Novo ya habían aprobado sus cursos de literatura con González Martínez y con Urbina, pero salvo un frustrado intento por parte de Novo de acercarse a ellos con poemas bajo el brazo su relación con los profesores no progresó. Con López Velarde sí se animaron y es posible que haya sido él quien haya disfrutado de las primicias poéticas de la pareja de amigos. (Guillermo Sheridan, Los contemporáneos ayer.)

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El carácter sombrío y poco gregario de Gorostiza se acentuó con la muerte de su padre, a mediados de 1921. Celestino Gorostiza recuerda que, a los servicios funerales, asistieron todos los compañeros poetas de su hermano, incluyendo a su mejor amigo desde la partida de González Rojo, es decir a Ramón López Velarde, que “esbelto, robusto y erguido…, tal vez más apesadumbrado de lo que el caso requería” a la vista del cortejo dijo ‘con apagada voz: pronto seguiré yo el mismo camino’ ”. (Guillermo Sheridan, Los contemporáneos ayer.)

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Recuerdo también que muchas veces lo llegué a encontrar después del mediodía en la esquina de Madero y Bolívar, siempre vestido de oscuro, cordial dentro de su timidez. (Carlos Pellicer en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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A López Velarde le interesaba escribir una poesía conversada y sincera, que afirmara el lenguaje usual y negara el diccionario. Huir de los dictados de la Academia de la Lengua y no hundirse en las aguas hediondas del asunto civil. Se abocó a toda costa a conseguir la originalidad y una sencillez de expresión que relacionara rápidamente la conciencia con el asunto. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Es así como puede aislarse López Velarde del movimiento literario contemporáneo y mantener puros sus sentidos y original su lenguaje. No lo consigue fácilmente, ni lo consigue siempre; necesita, muy frecuentemente, violentarse: retuerce su expresión, fuerza las imágenes y prefiere las palabras poco usadas, con el fin de sustraerse, por medio del artificio de su empleo sistemático, al estrecho círculo del lugar común. (Jorge Cuesta en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Una noche a mediados de mayo, estaba particularmente excitado porque venía de darle los últimos retoques a “La suave Patria”. Hacía tiempo que no entraba en esa euforia de noctámbulo. Estábamos en La Mallorquina Pedro de Alba, Juan Camarena (un amigo suyo de Aguascalientes) y yo. Hacía mucho frío, aunque no era temporada, y como siempre, se burló de mi abrigo y mi bufanda. Salimos del café y Ramón se fue solo. A la noche siguiente seguía el frío y Pedro lo volvió a ver. Dice que se despidieron en San Francisco y que Ramón caminó hacia el Correo. Después sabemos que se encontró ahí con Rafael Heliodoro Valle y que se fueron caminando por la Alameda hacia Reforma. Valle contó que iban platicando de Montaigne, de sus lecciones sobre la humildad y de cómo todo saber filosófico no es sino el aprendizaje de la muerte, lo que, según Ramón, no impedía el dolor de ver pasar las horas. El agua se helaba en las fuentes y Valle invitó a Ramón a compartir un coche hacia el sur. Ramón se negó y prefirió caminar hasta su casa. Dos o tres días más tarde Pepe Gorostiza lo vio llegar a la oficina con una gripa de los mil diablos y Loera le ordenó que se fuera a su casa a curar. (Guillermo Sheridan, Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde.)

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La última vez que lo vi fue dos días antes de su muerte, cuando de regreso de una comida con Enrique González Rojo, Bernardo Ortiz de Montellano, Joaquín Méndez y yo, nos salió al paso un vendedor de magnolias y fue entonces cuando a Ortiz de Montellano se le ocurrió que compráramos dos y que se las lleváramos a Ramón… Tomamos un coche y fuimos a saludar al poeta, sin saber su extrema gravedad. Nos recibió uno de sus hermanos, en el modestísimo departamento que ocupaba la familia en la que entonces se llamaba avenida Jalisco y ahora Álvaro Obregón. Cuando entramos al recibidor, salía el médico de la recámara de Ramón, y como oyera el propósito de la visita, que era saludarlo y entregarle las dos magnolias, nos dijo que lo podíamos ver por un par de minutos y que las flores sólo se las enseñáramos desde la puerta, ya que su respiración estaba muy afectada por la bronconeumonía y le haría daño absorver el perfume de las magnolias, que es muy intenso. Estaba sentado Ramón en una silla de madera cerca de su cama, tenía una colcha sobre las piernas y apenas hablaba… Nos agradeció la visita y las flores y nos marchamos. Al día siguiente no pude acudir a preguntar cómo seguía y al otro día murió. (Carlos Pellicer en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Todas sus palabras nos quieren anunciar que está en la conciencia del paso trascendental. Hoy al amanecer me hizo abrir la ventana para que entrara la luz tenue del alba. Pasaban los primeros trenes, llegaba el verbo multiforme de los madrugadores, un lejano pregón y suspirando profundamente, musitó “¡La vida!”. (Jesús López Velarde)

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El mito de López Velarde nació el mismo día de su muerte. El suceso provocó de inmediato el lógico alud de panegíricos incondicionales. A ello se agregaba que López Velarde no tenía en su contra –al menos no de manera manifiesta– a esa especie maligna llamada “enemigos literarios”. (Vicente Quirarte, “Una mitología llamada Ramón López Velarde”.)

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Los ataques de Reyes, dirigidos a alguien que ya no podía defenderse, principiaron en 1926 y finalizaron en 1953. Entre otros, arremete contra López Velarde en 1926 menoscabándolo como pueblerino y como poeta de baratijas locales, de esos “poetas rotos” que traen “raídos los traseros del alma”, para verlo en 1939 como una “estrella fugaz en nuestro cielo poético”, y en 1942 como autor de un solo poema (“La suave Patria”), para terminar en 1953 casi anulándolo, luego de verter elogios, al compararlo con el aduanero Rousseau, es decir, palabras más, palabras menos, viéndolo como un poeta ingenuo, un poeta que escribe cosas grandes pese a su mala formación, o si se quiere, como la encarnación mexicana de la fábula del burro que tocó la flauta. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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López Velarde es, en rigor, la vanguardia, pero nunca se lo reconocen como tal quienes sólo otorgan el rango de vanguardia a los que exhiben con estrépito sentimientos disonantes. De hecho, no son ni más radicales ni más profundas las innovaciones de los estridentistas, con su gusto por las máquinas y la provocación. (Carlos Monsiváis, “López Velarde: el furor de gozar y de crecer”.)

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López Velarde cumplió treinta y tres años cuatro días antes de su muerte. Estaba enfermo de una bronconeumonía que contrajo al irse a pie, conversando acerca de Montaigne con un amigo, desde el Teatro Lírico hasta su casa en Avenida Jalisco 71, hoy Álvaro Obregón 73, en la Colonia Roma. Era un edificio de apartamentos y ahora es una vecindad en condiciones ruinosas. Así pues, el amor a la Ciudad de México le costó la vida a López Velarde. Este amor como el de Fuensanta y Margarita, no fue correspondido. Algunos de sus mejores poemas nacieron en caminatas por las calles, en su despacho de Madero número 1, en redacciones de periódicos, oficinas burocráticas, cantinas que todavía sobreviven como “La Ópera” y “La Rambla”. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)

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De modo aparente, su camino fue conservador de las formas. Sólo que no podía repetir los experimentos modernistas. Los continuó a su modo, al modo que le permitió su momento histórico porque –para decirlo con las palabras de José Emilio Pacheco– “lo que cuarenta años atrás se inició como extranjería en La Duquesa de Job, concluye en La suave Patria, en el reconocimiento de La Novedad de la Patria”, es decir, “el jardín modernista devastado por la violencia” se vuelve en López Velarde el “edén subvertido que se calla / en la mutilación de la metralla”. Escribe en un “modernismo pasado por la revolución”. Esa forma de ubicarse le da su trascendencia literaria. (Arnulfo Herrera, “¿Cómo le va compañero?”.)

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López Velarde era uno de los razonablemente convencidos de que, luego del modernismo, América era la Maestra. En un artículo titulado “El momento poético español”, dijo: “Ya las carabelas no vienen del Puerto de Palos. Ahora regresan. América y Francia alimentan las raíces seculares de la encina de Garcilaso”. Si viviera ahora le alegraría enterarse de que durante todo el siglo XX las carabelas regresaron al Puerto de Palos. (Marco Antonio Campos, El tigre incendiado. Ensayos sobre Ramón López Velarde.)

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Un verdadero poeta, un vidente ignorado por la crítica, un cisne luminoso que para las gallinas cluecas no es sino “el patito feo”. José Juan Tablada.

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Es, además, un claro poeta católico: su complejidad espiritual resulta solo aparente. La forma de su poesía, su adjetivación al acaso, su dicción extraña, constituye, a la vez que una buena parte de sus méritos, su complejidad real. (Xavier Villaurrutia en Ramón López Velarde visto por los Contemporáneos. Edición de Marco Antonio Campos.)

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Pobres poetas. Tanta soberbia, tanto afán de triunfar e imponerse a los demás, y no saben lo que les espera. Si tienen éxito en la vida, de muertos seguirán el camino trágico de Amado Nervo, a quien llamaste “nuestro as de ases”, “el poeta máximo nuestro”. Fracasar tampoco sirve de consuelo: entre los que bajan sin reconocimiento al sepulcro, sólo uno de cada cien mil tendrá gloria póstuma. Tú eres uno de ellos… y mira lo que hacemos contigo. (José Emilio Pacheco, Ramón López Velarde. La lumbre inmóvil.)