Poesía mexicana: Álvaro Solís



Leemos poesía mexicana. Leemos poemas de Álvaro Solís (Villaheremosa, 1974), incluidos en su antología Ni tarde ni temprano publicada por el Instituto Sinaloense de Cultura en 2020. Es autor de los poemarios También soy un fantasma (Premio Tabasco de Poesía José Carlos Becerra 2003); Solisón (2005); Cantalao(Premio Clemencia Isaura de Poesía 2007); Los días y sus designios (Premio Nacional de Poesía Joven Gutiérre de Cetina 2007); Ríos de la noche oscura (Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2006) reeditado en Argentina en el 2015; Todos los rumbos el mar (2011), Diarios del mar (2012), Bitácora de nadie (Premio Alhambra de Poesía Americana para obra publicada 2013) y Estos días sin mañana (2020). También es autor del poemario infantil Querido Balthus, yo también perdí a mi gato (2007). Becario de la primer generación de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tabasco en el 2007 y del Fondo Estatal para la Cultura del Estado de Puebla. Es cofundador de la revista electrónica Círculo de  Poesía. Es Doctor en Literatura Hispanoamericana por la BUAP.

 

 

 

 

 

 

El Yalton

 
La casa era prestada
Atento el río
                 Atento el mar abierto
El Yalton con lentitud rompe el bochorno de las hediondas literas
del mosquerío también rompiendo olas

 
Detrás del viejo vapor el delta majestuoso
el pequeño mar embravecido
el mar en la palma de su mano noche y día

 
Atento el puerto
                       La casa prestada parpadeando faro o estrella en fuga
la casa de ventanas entreabiertas que anticipa muchedumbres
lanza su sed
                         su sol
                                     sus armas
y hambrientos esclavos lanzan su red con armas en los ojos
rompen el brillo de las puertas con gritos que aún retumban en los muelles
sólo viven en la memoria de mi madre
mi madre que hoy teme morir de sueño entre jaulas cantantes y pequeñas
                                       de sol
                                       de red
de armas detonantes sin batalla

Ardor de cúmulo el dolor
Silencio es el dolor

De bruma sin memoria es el dolor sin sol
sin red sin jaulas el dolor vuela gaviota sobre el Yalton
en círculos picotea tu memoria
aura quieta o esquirla la memoria
gaviota que se arroja y arranca sus plumas
su pico arranca los ojos y sangras gaviota
se inclina el barco con su peso
inclinas el Yalton con tu peso
                                        y mi madre llora

Atento el mar     Cerrado el mar
                           Atenta la casa prestada
                                        Atenta mi madre de cuatro años
Atento yo desde el futuro
                 lanzo piedras hacia el ave que ahora se saca el corazón
                                                                              se come el corazón

Atento yo lanzo riscos a ese corazón
y todo se inclina a punto de naufragio

 
Atento yo
                    Atenta tú
                                       Atento usted
                                                                           Atento Dios

 

 

 

 

Styx

 

Largo, lo que se dice hondo,
es el cauce de los ríos que no llegan al mar
y llevan en sus aguas a todos nuestros muertos.
Hondo, lo que se dice largo,
es el río que no abandona su cuenca.

Largo y hondo, lo que se dice ancho,
es el río que lleva a la amargura,
invisible por debajo de las calles
en el dolor de la madre que ha perdido a su hijo,
en el dolor del hijo que nunca conocerá a su madre.

Largo, hondo, lo que se dice invisible,
recorriendo el tiempo de la vida cotidiana,
la luz de los semáforos,
y en las llantas desgastadas de la ira,
río, invisible río,
que de tan hondo, que de tan largo
parece no llegar y llega.

Largo, lo que se dice hondo,
hondo, lo que se dice turbio,
amargo es el río que será necesario cruzar cuando anochezca.

 

 

 

 

La noche entera

 

Fuensanta:
¿tú conoces el mar?
dicen que es menos grande y menos hondo
que el pesar.
Ramón López Velarde

 

 

I

Nunca miramos el mar,
nunca nos detuvimos a mirarlo inalcanzable.
su furia contenida por años ruge sin parar y las palmeras inmóviles,
oleadas de sofocación, cortinas, entrecerradas ventanas.
Tanto calor como para fundar diez mil infiernos;
arden las paredes y mi cabeza arde en las brazas de este tiempo.

Nunca miramos el mar, nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.

 

 

 

II

Apoyado en la ventana te esperé la noche entera.
La noche era un camino que no se podía recorrer con calma,
extendía sus fronteras hacia donde no era posible esperar.
Porque el corazón no puede soportar las heridas que produce la esperanza,
la noche era un sesgo que nunca aprendí a tomar con sigilo.

Tú me atormentabas diciendo que llegarías más tarde
con la indiferencia que se da la hora a algún desconocido.
Mi corazón era un volcán extinto que de repente exhala pequeñas fumarolas recordando el tiempo de erupción.
Pero aquel día mi paso fue más lento, y llegué tarde,
me esperabas con los jeans color rosa y tu cinta para el cabello y tus zapatos,
y tu bolso de mano y tu llavero y los rasgos de tu blusa y tu indiferencia del mismo         color.
Parecías no advertir que te miraba,  y pensé que estabas sola, que no esperabas,
que estabas muy lejos de casa, de los sabores resecos del invierno,
que no pertenecías a nadie, ni a ti misma,
mientras te maquillabas sin prisa mirándote al espejo y agachabas la cabeza como avergonzada.
Ese día llegué tarde pero hicimos el amor con toda calma,
luego te pusiste mi camisa color vino
y pedimos comida china, relucían tus blancas piernas donde yo recostaba mi cabeza        para recordar tu gesto entristecido de la espera.

Porque la noche extiende sus dominios sobre todos los que anhelan el retorno de alguien          que nunca volverá,
mi corazón contiene aun las furias de aquel mar que siempre nos fue inalcanzable.
Nunca miramos el mar,
nunca entrecerramos los ojos para mirar el mar de abril.

 

 

 

 

A la manera de Virgilio, el de Matanzas, me quejo

 

A Waldo Leyva

 

I

Si mi reino fuera de este mundo
y no del otro, donde podré algún día conocer la esperanza.
Si mi reino no flaqueara por lo lejos que me queda,
si no tuviera que morir
para conocer el amor correspondido
y la gracia.

Si mi reino de este mundo fuera,
ahora mismo abdicaría por caminar sin rumbo
sabiendo,
que no es fácil morir,
no es fácil renunciar a la caricia de quien más se ama.

Si fuera de este mundo mi reino,
qué poderes, por Dios, qué poderes,
si de este mundo fuera mi reino
alargaría la noche por decreto
y el sol con los dedos unidos de todos mis lacayos taparía.

Si mi reino de este mundo fuera
¿Dime rey, so fuera in este mundo?
Si fuera de este mundo mi rey… No.

 

 

 

II

 

Si fuera de este mundo mi reino,
tal vez en la cruz no moriría,
extendería mis manos hacia las cosas de siempre
y no curaría enfermos,
ni vino del agua, ni agua de las piedras,
ni mis pasos sobre el río
porque son grandes mis pies
y se hundieron hace tiempo,
y se pudrieron hace tiempo.

Si mi reino fuera
de este mundo quizás yo no sería.

 

 

 

III

 

La muerte anda en secreto y ronda
los rincones de la ciudad donde nadie espera a nadie.
La muerte ronda el aire, el agua,
el reflejo de las hojas que el otoño arranca a los amantes
que mañana llorarán por no estar juntos.
La muerte
                    ronda
sin saberlo nadie por el río, por la sangre, adentro,
y hace migas con los sauces,
con las manchas del jaguar que pronto oscurecerán la tierra.
Sin saberla ronda la muerte nuestros pasos,
sin ganas de salir corriendo a donde ronda ronca la soledad de otras gentes,
donde la muerte ha saciado sus ganas de fermentar la tierra de los sauces,
de la tumba, del jardín, la de las manchas de jaguar, oscurecidas.

Como la muerte ronda los secretos de la vida
y nos alcanza,
es mejor navegar
hacia donde el río rebasa su horizonte.

 

 

 

 

14 de marzo de 2009

 

La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y donde, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida…
Maurice Blanchot

 

Caminar así
a intervalos,
sometidos no,
con la voluntad en el bolsillo
del que camina junto, sin dolor ni mueca,
sin saberse urgido de seguirnos con fidelidad,
con el rigor felino de quien se sabe presa y cazador al mismo tiempo.

Pero caminar,
no detenerse a contemplar los pasos sobre la playa virgen.
Para mañana el tiempo habrá borrado
el rastro, para mañana el tiempo será
amigo de nadie,
fugitivo inquieto, cazador y presa el tiempo
será amigo de sí mismo.

Caminar, caminar
sobre el desierto
en donde a nadie importa el rastro,
caminar sobre la ciudad,
recipiente de soledad cosmopolita.
Caminar en los museos
sin detenerse ante las obras.
La amistad resulta inexistente
si le buscas, si le encuentras
camina sin prisa ni llanto sobre la furia inerte de la vida.
Si la buscas entierra detrás tu paso solitario,
entierra en una cripta silenciosa tu llanto sin respuesta.
Entierra sí, en
tierra sí,
allí podrá el misterio
encontrar su cuna para no morir de frío o deshidratación.

Camina también sobre el hielo en uno de los polos terrestres.
La nieve materializa la palabra silencio.
La nieve que cae es el silencio.
Uno mira el silencio sin poder escucharle.
La palabra silencio rompe al silencio.

La palabra muerte no puede nada en contra de la muerte.

No te detengas, no
mires a nadie, alguien camina al par
y se queja del dolor descalzo
al caminar sobre la arena, sobre el ardiente hielo.
No te detengas, si
sometido tu valle,
sometido con violencia,
alguien toca a tu puerta con la cacha de un rifle.
Si te patean, camina sobre el aire.
Si te amenazan de muerte, si acaso sientes el frío
calibre de un arma inquieta sobre tu sien, sobre tu nuca,
camina siempre a la par del paso
del que camina a un lado sin temor
ni prisa.

No te detengas, no te detengas.

 

 

 

 

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