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CÍRCULO DE POESÍA

 

El epigrama en la tradición lírica de México

10 mar 2010

EpigramaEn 1961, Ernesto Cardenal publicó en la UNAM sus Epigramas. A partir de entonces, distintos poetas mexicanos comenzaron a escribir nuevamente este tipo de poemas. Hoy, esta forma poética es una de las más visitadas en el país. Alí Calderón nos acerca a estra tradición en la historia de nuestra poesía.

 

EL EPIGRAMA EN LA TRADICIÓN LÍRICA DE MÉXICO

 

El epigrama es una forma poética que se ha cultivado en México con profusión en todas las épocas, de la Nueva España a nuestros días. Sus códigos de género lo convierten en un texto de particular interés puesto que pone en operación elaborados procedimientos retórico-estilísticos que aseguran su literariedad e impacto.

            Al menos desde los años sesenta del siglo pasado, el epigrama es una forma recurrentemente visitada por algunos de los más importantes poetas de nuestro panorama lírico. Por ello, al representar una veta importante de la tradición literaria del país, es indispensable revisar el concepto al menos desde los puntos de vista histórico y formal.

 

  1. Delimitación del epigrama como forma poética.

 

En griego epigrama significa inscripción. En Grecia, originalmente, se trata de un texto grabado sobre tablas de arcilla, piedra, bronce, cerámica o muros, que hace referencia a algún tipo de ofrenda, invitación, agradecimiento o invectiva pero que la mayoría de las veces tiene, sin embargo, carácter esencialmente funerario. El monumento mortuorio consistía en una estela, colocada sobre la tumba, en la que se escribe el nombre del difunto y un pequeño texto que lo recuerda. Ese texto es el epigrama. El primer rasgo de estilo, como inscripción, es su brevedad. Evidentemente, debido al muy estrecho y limitado espacio en el sepulcro, la economía verbal y el tono sentencioso fueron fundamentales en su desarrollo. Otra característica que ayudó al establecimiento y estandarización de la forma textual fue la introducción de un pequeño diálogo y la adopción de un metro característico: el dístico elegíaco, una estrofa compuesta por dos versos: un hexámetro, de tono ascendente, que desarrolla una proposición y un pentámetro, de tono decreciente y cariz sentencioso, que concluye el poema de manera sorpresiva.

            400 años A.C., la praxis en torno a este tipo de inscripciones sufrió un desplazamiento o ajuste cultural y el epigrama, hasta entonces fundamentalmente práctico, entró a la esfera de los discursos artísticamente considerados, se incorporó al sistema literario griego y se ajustó a temas que “iban bien” con su forma, fundamentalmente el erótico y el satírico.

            En Roma, el epigrama fue un género sumamente trascendente, a pesar de ser considerado “menor”. Adquirió dos nuevas características que ayudaron también a la estandarización de la forma poética: la búsqueda de un discurso intenso (a la manera de Catulo) y la mordacidad (a la manera Marcial). Además, el epigrama también sufrió una influencia popular básica: el grafito pompeyano, textos obscenos escritos en paredes. A todo ello se le sumaba el latino loqui, es decir, llamar a las cosas por su nombre, sin eufemismos o amaneramientos.

            Finalmente, el género se caracterizó por introducir una agudeza (la argutia latina) que sustentara e imprimiera donaire al poema. Por agudeza debemos entender, en términos estructurales, un oscurecimiento o alejamiento de la transparencia del discurso, apelar a algún tipo de metábola o, en términos impresionistas, a esa otra vuelta de tuerca que produce un extrañamiento, una emoción, normalmente en el plano de la logopea, si recordáramos la poética de Ezra Pound. Así, básicamente, brevedad, concisión, agudeza y mordacidad fueron los elementos que constituyeron este discurso que tiene además la intencionalidad estética de ser intenso[1].

 

  1. Continuidad del epigrama en México

 

En el ámbito hispánico, el epigrama se cultivó desde dos perspectivas: la popular y la culta. En la lírica popular se conocen poemas que perfectamente encajan, por su gracia e irreverencia, en la definición de epigrama. Así, por ejemplo, podemos encontrar textos como:

 

Estávame io en mi estudio

estudiando la lizión,

i akordéme de mis amores:

no podía estudiar, non. (Frenk 86)

 

*

Amar es bueno,

mexor es ser amado:

lo uno es servir,

lo otro, tener el mando. (76)

 

En la vertiente culta, desde los siglos de oro, quizá por influencia de la contrarreforma, se adaptaron las formas clásicas al sistema literario del español. Así, por ejemplo, preceptistas como Julio César Scalígero, Fernando de Herrera, Cascales o Alonso López Pinciano coinciden en derivar el soneto del epigrama. Herrera, incluso, dice: “Es el soneto la más hermosa composición i de mayor artificio i gracia de cuantas tiene la poesía italiana i española. Sirve en lugar de los epigramas” o  “el soneto, que tanta semejanza tiene i conformidad con el epigrama, cuanto más merece i admite sentencia grave, tanto es más difícil por estar encerrado en un perpetuo y pequeño espacio” (Herrera 265-266). El soneto de carácter satírico, por supuesto, parece contener el mismo espíritu mordaz del epigrama. Otros tonos, sin embargo, particularmente el amoroso, también fueron reintroducidos en formas italianizantes como el madrigal. Baltazar de Alcazar, en el siglo XVI, escribe epigramas. Para recuperar el tono del dístico elegíaco, utiliza un par de redondillas. Y de este punto a la décima, por ejemplo, hay solo un paso. Con lo anterior se advierte que el epigrama se relajó a nivel de estructura estrófica y, más bien, fue reconocido desde el punto de vista de su búsqueda de la agudeza. Así, un epigrama puede ser visto en un madrigal, una redondilla, una copla castellana, un soneto y, en realidad, en cualquier forma que se sustente en la brevedad y en la agudeza.

            En la nueva España, la antología Flores de baria poesía recoge madrigales amorosos, villanescas o estancias que nos recuerdan por el tono los epigramas griegos de dulce lirismo. Bastaría mencionar a Gutierre de Cetina, cuando dice:

 

Si me falta el ualor de mereceros

bastarme deue aquel de osar amaros

y, aunque el daño mayor nace de ueros,

mayor es el contento de miraros.

Lo fino de mi mal no está en quereros;

en las ansias está de desearos;

poco hago en sufrir el dolor mío,

ma contrastar non posso al dolor mío. (Peña 381)

           

Quizá los epigramas más notables del periodo virreinal sean, claro, de Sor Juana. Uno muy recordado, “Que dan el colirio merecido a un soberbio”, es aquel en donde responde ingeniosamente a quien le echa en cara ser hija natural. Dice:

 

El no ser de Padre honrado,

fuera defecto, a mi ver,

si como recibí el ser

de él, se lo hubiera yo dado.

Más piadosa fue tu madre,

que hizo que a muchos sucedas:

para que, entre tantos puedas

tomar el que más te cuadre. (Sor Juana 110).

 

En este caso, Sor Juana parece seguir a los preceptistas de la época, y su concepción de lo ridículo. Quizá a Emanuelle Tesauro y a su idea de lo ridículo. Para él, la maledicencia que se advierte en el poema estaría relacionada a la “vulgaridad que intenta alcanzar la reputación ajena” (Hansen 253). “El destinatario de las vulgaridades es un tipo convencionalmente vulgar […] las obscenidades son muy adecuadas, porque son obvias, clarísimas, como la manera más adecuada de figurar la inferioridad natural de tipos viles” (253). Habría que recordar que en la poética del barroco, los tonos satírico y burlesco propios del epigrama eran muy trascendentes.

            El epigrama tuvo un lugar muy importante en la cultura de la Nueva España. Un caso particular que da cuenta de ello es el de los arcos triunfales y, específicamente, el Túmulo imperial de la gran Ciudad de México que seguía los códigos de la emblemática establecidos por Andreas Alciato y estrechaba la relación entre poesía y pintura. Se trataba de la interacción de tres elementos semióticos que apuntaban a la construcción de un símbolo estético: mote (o lema; un título), una pintura (una imagen, un grabado) y la declaratio (un epigrama de carácter exegético).

            En el siglo XIX, por ejemplo, el epigrama, como tal, desapareció, quizá por el rechazo del romanticismo a las formas clásicas. Sin embargo, la redondilla, la cuarteta satírica, fue muy escrita, particularmente en torno al tema político.

            La literatura intenta siempre, en cada texto, reformular la realidad, ofrecer nuevas interpretaciones de la realidad. Estos poemas breves y mordaces del siglo XIX, efectivamente, nos ayudan a comprender la subjetividad de la época. Y podríamos conjeturar, además, que contribuyeron a la configuración de la identidad nacional, eje temático de la literatura de aquel siglo. Algunos ejemplos de lo anterior son los siguientes:

 

Canción del sitio de Cuautla

 

Ya viene Calleja

con sus batallones

agarrando viejas

por los callejones. (Zaid 164)

 

*

Canción de Iturbide

 

Soy soldado de Iturbide,

visto las tres garantías,

hago las guardias descalzo

y ayuno todos los días.

 

*

Contra Santa Anna

 

El éxito no fue malo,

vencimos a los traidores

y volví pisando flores

con una pierna de palo (284)

 

La literatura, y particularmente la narrativa, del siglo XIX mexicano fueron eminentemente costumbristas. La poesía, sin embargo, no escapó a esta tendencia. En Memorias de mis tiempos, Guillermo Prieto, al dar cuenta de las fiestas populares, recurre al concepto de “epigrama” (Prieto 151) para introducir distintas coplas o sones que se escuchaban en la época. Y habría que recordar en este punto, como señala Michael Von Albrecht, que “el epigrama es una forma literaria en parte oral y popular” (956). Algunos de los textos consignados por el liberal, naturalmente en octosílabos, son:

 

Oigasté, güerita santa,

la de la mascada negra:

Dígale usté a su mamá

que si quiere ser mi suegra. (Prieto 151)

 

*

 

Yo quiero beber atole

de enfrente de San Fernando:

El atole es de lo bueno,

la atolera se está agriando. (152)

 

*

 

Una paloma me dijo

en la tapia de un convento.

¿Dónde estás, palomo mío?

¿Dónde estás, que no te tiento? (152)

 

El epigrama, otra vez, es trabajado ampliamente en México durante el siglo XX. Es muy posible que el regreso a esta búsqueda estética esté ligada al canon que fue imponiendo la generación de Contemporáneos. Si  bien es cierto que desde Tablada hay una especial valoración de la poesía breve, es hasta poetas como Novo y Villaurrutia que se advierte una especie de poética. Ésta, seguramente, adquirida a través de Pedro Henriquez Ureña. “De Estados Unidos el maestro había traído la idea de comenzar a escribir como se habla y no como se piensa” (Sheridan 114). Lo anterior, por supuesto, muy cercano a T.S. Eliot cuando afirma que “toda revolución en poesía tiende a ser un retorno al habla común” (Eliot 79). Esta poética, que ganó gran prestigio, estaría incompleta sin recordar a Pound. Sus conceptos, no pocas veces abstraídos de epigramistas como Catulo y Marcial, edificaron una idea de calidad. Para él, “la buena escritura es aquella perfectamente controlada, cuando el escritor dice justo lo que quiere decir. Lo dice con claridad y sencillez absolutas. Emplea el menor número posible de palabras” (Pound 45). Esto se hace patente cuando, por ejemplo, leemos alguno de los “epigramas de Boston” de Villaurrutia:

 

Vicios privados en edificios

públicos llegan a servicios

públicos en edificios

privados (Villaurrutia 95)

 

o cuando Novo, apelando a la deformación de los significantes, se burla de una campaña de alfabetización impulsada por el entonces Secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet:

 

Exclamó la comunidat

Al escuchar la novedat:

¿Dejar de ser analfabet

Para leer a Torres Bodet

¡Qué atrocidat! (Zaid 307).

 

Esta poética fue consolidada en México por otro lector asiduo de Pound, el nicaragüense Ernesto Cardenal, que estudiaba en la UNAM y publicó ahí mismo su colección Epigramas a inicios de los años sesenta. Podríamos pensar también que las traducciones de Catulo realizadas Rubén Bonifaz Nuño influyeron en esta fiebre epigramática a la que no escaparon, por mencionar a algunos, Eduardo Lizalde, Enrique González Rojo, Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco, Saúl Ibargoyen, Raymundo Ramos, Raúl Renán, Francisco Hernández, José Vicente Anaya, Marco Antonio Campos, Héctor Carreto, Vicente Quirarte, Minerva Margarita Villarreal y otros muchos autores ya nacidos en décadas siguientes.

            En 2002, un libro de epigramas, Coliseo de Héctor Carreto, mereció el Premio de Poesía Aguascalientes, el más prestigioso del país. De algún modo, esta poética fue reconocida institucionalmente. El mismo autor, años más tarde, habría de publicar una antología hispanoamericana del género, Vigencia del epigrama, en donde los autores van de Jorge Luis Borges a José María Álvarez, de José Kozer a Rodolfo Hinostroza, de Antonio Cisneros a Gabriel Zaid.

            Paralelo al epigrama han aparecido otras formas breves que, sin declararse dentro del género, comparten con éste su agudeza, su mordacidad, su búsqueda del discurso intenso. Quizá uno de los casos más visibles sea el de los poemínimos de Efraín Huerta.

            De alguna manera próximos en tono, pero inscritos en otra tradición, la popular, hay también poemas que recuerdan las redondillas burlescas del siglo XIX. Algunas de ellas han sido recogidas en el Omnibus de poesía mexicana bajo el nombre de letras de letrina:

 

En vano busco un papel

para limpiar mis despojos:

tengo abiertos los tres ojos

y no puedo dar con él. (Zaid 314)

 

  1. Temas y formas

Los epigramas, normalmente, abordan temas específicos. Estos tópicos son el erótico y el satírico, los cuales establecen difusas fronteras con otros como el amoroso, el político y el literario. A continuación, una muy breve selección de epigramas y procedimientos de construcción.

 

A)    Epigrama erótico-amoroso

            Los epigramas de carácter erótico-amoroso tienen la peculiaridad de buscar la intensidad sobre todas las cosas, normalmente a la manera de poemas de Catulo. Por ello, estos poemas son rabiosamente líricos, emotivos, agitados. Así, no es raro, por ejemplo, que nos topemos con textos como el siguiente de Vicente Quirarte, dentro de la colección “Epigramas para la desamada”:

 

Que prefieras un tubo

rojodecadmiowindsor&newton 

a mis besos,

o que los días que pasas sin mí,

que ya son todos,

no interrumpan el equilibrio de tu risa

ni eviten que tu figura ocupe

su exclusivo lugar en el espacio,

no me lastima.

Que no sientas lo que yo

al formar tu nombre con las letras

de calles, de cines y de hoteles

te convierte en la última de las mujeres

o me hace el último de los hombres.

 

Tú escoge (Quirarte 43)

 

Marco Antonio Campos ha entregado algunos epigramas muy valiosos. Por ejemplo este, con tono de desasosiego y desesperanza, recurriendo al apóstrofe[2] y a la función conativa del lenguaje, esencial en la configuración del género:

 

Señor,

déjame lejos de sus manos,

de la sombra voraz de su ternura.

No permitas que vuelva al mismo sueño.

Pero, señor, –no lo olvides–

Haz que se arrepienta de no haberme amado. (Carreto 30)

 

O este otro de José Emilio Pacheco, que alcanza la maravilla gracias al nivel de la fanopea, de la imagen, y la dimensión simbólica, a través de la metáfora, del espacio:

 

Pompeya

 

La tempestad de fuego nos sorprendió en el acto

de la fornicación.

No fuimos muertos por el río de lava.

Nos ahogaron los gases. La ceniza

se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos

continuaron unidos en la piedra:

petrificado espasmo interminable. (Pacheco 89).

 

 

Francisco Hernández, por su parte, escribe un poema que es todo un agrupamiento de procedimientos retóricos, una metáfora y una ironía teñida de paradoja:

 

Tu sexo,

una mariposa negra.

Y no hay metáfora:

entró por la ventana

y fue a posarse

entre tus piernas. (Hernández 236)

 

Es un texto que llama la atención por su estructura y su fuerza. Diríamos que “funciona”. Y lo hace gracias a poder de la imagen y a la intersección semántica que se establece entre las palabras sexo y mariposa así como a los semas (feminidad, vuelo, fragilidad, belleza) que esta última agrega a sexo.

Leticia Herrera, por ejemplo, escribe un poema apegado a la estructura clásica del epigrama, que sustenta su gracia, además, en la alusión.

 

No tengo envidia del pene

Aunque sí me genera algo de envidia

no tenerlo adentro. (Carreto  75)

 

Esta estructura y tema, también aparece en un epigrama de Minerva Margarita Villarreal:

 

Envidia del coño

 

Repudias a las mujeres con razón:

tienen lo que a ti te falta. (150)

 

En ambos textos se puede observar  la disposición clásica de epigrama. Se divide éste en dos momentos o proposiciones. La primera, expone una idea, un estado de cosas, es decir, establece una isotopía, determinado trayecto lógico. La segunda, normalmente de tono sentencioso, rompe la isotopía, aquello que se esperaba. De este quebranto de la expectativa surge el extrañamiento, el efecto estético. Según Michel Rifatterre, en la medida que un texto literario es imprevisible, es bueno. Carlos Bousoño, desde la estilística, explica el mismo concepto y lo llama engaño-desengaño:

 

El poeta nos lleva, como de la mano, a través de una representación que a propósito nos hace interpretar equivocadamente, gracias a una o varias expresiones francamente engañosas. Sumergidos ya de lleno en el error, termina el poema con un verso que vuelve del revés, pero sólo alusivamente, sirviéndose de “signos de indicio”, todas nuestras suposiciones sobre el significado de cuanto se nos ha descrito. La finalidad, sin duda, del procedimiento en cuestión es la sorpresa. (Bousoño 169).

 

 

B)    Epigrama satírico.

 

La sátira, la mordacidad, la burla, la maledicencia incluso, construyen el tono natural del epigrama. En México hay algunos muy logrados. Un poeta muy atractivo en esta veta, de áspera expresión, es Raymundo Ramos.  Recurriendo al oxímoron, por ejemplo, escribe los siguientes:

 

Dices, Taurino amigo,

que tu mujer te engaña algunas veces.

Creo que es tu modestia

la que te hace hablar de esa manera (Ramos 40)

 

*

¿Cómo puede ser tan sabiondo tu marido

si ignora lo que hacemos de 3 a 5?  (32)

 

 

O este otro, terriblemente mordaz y por ello magnífico, también en el camino del pensamiento paradójico y la resolución sorpresiva, tan caras a la agudeza epigramática:

 

Deja que tu amiga, gata furiosa,

arranque tiras de piel a tu espalda

y que, mientras la violas, grite: “bruto”, “bestia”.

Ella agradece en su interior

la dulce victoria de ser vencida. (9)

 

 

Este procedimiento retórico de la contradicción, de la paradoja, puede ayudar a generar diferentes efectos, por ejemplo, el humor negro y el absurdo. Héctor Carreto, acaso el mayor epigramista del país, escribe en su poema  “Oferta”:

 

Le costó muy caro -la propia vida-,

su amor por una mujer barata. (Carreto Coliseo  48)

 

Otros poetas han construido el humor gracias a procedimientos específicos como la deformación de frases o significantes ampliamente conocidos, imprimiéndoles así nuevos sentidos que potencian su impacto dada la alusión[3]. Efraín Huerta, por ejemplo, suele escribir varios de sus poemínimos con esta característica. Dice:

 

 

Sin remedio

 

Y de

Nosotros

Los

Bienaventurados

Poetas

Será

El

Reino

De los

            Senos. (Huerta 66)

 

 

*

Plagio XVII

 

La que

Quiera

Azul

Celeste

        Que

         Se

         Acueste. (Zaid 594)

 

 

Este otro de Enrique González Rojo:

 

No digas nunca

de esta mujer no beberé (González Rojo 58).

 

O este último de Leticia Luna:

 

Si no puedes con el enemigo

súbetele. (Carreto 75).

 

En cualquier caso, más allá del procedimiento empleado, el efecto del epigrama se consigue gracias a la sorpresa, a la ruptura de las expectativas[4]. David Huerta, por ejemplo, en su poema “Grafitti”, de fino sarcasmo, deja para el último verso el final sorpresivo, lo cual aporta, evidentemente, una nota de calidad:

 

En un paisaje de novela gótica

La bruma se adelgaza

Desaparece…

Ahí están

Temibles y vampíricos

Los acreedores. (Huerta 27)

 

C)    Epigrama político

 

Desde los primeros años de la Nueva España, respondiendo quizá a la continuidad cultural, es decir, a la muy romana tradición de escribir en las paredes consignas y críticas políticas, Hernán Cortés fue exhibido como injusto acaparador del botín de la conquista de Tenochtitlan. Por ello, en algún muro del primer cuadro de la Ciudad de México, en el temprano siglo XVI, podía leerse el reclamo de los soldados conquistadores:

 

Tristis est anima mea

hasta que la parte vea. (Zaid 264)

 

Esta costumbre no habría de detenerse en los próximos siglos. Más aún, habría de incrementarse al grado de que Carlos Fuentes, al teorizar sobre la literatura latinoamericana, dijera que “nuestra literatura es verdaderamente revolucionaria en cuanto le niega al orden establecido el léxico que éste quisiera y le opone el lenguaje de la alarma, la renovación, el desorden y el humor” (Fuentes 41) o al sostener que “la fusión de moral y estética tiende a producir una literatura crítica, en el sentido más profundo de la palabra: crítica como elaboración antidogmática de los problemas humanos” (44).

            Así, en los epigramas mexicanos del siglo XX, hay una constante crítica al poder, una crítica atroz que acaso fuera dirigida a la lógica del presidencialismo y su omnipotencia. Eduardo Lizalde, por ejemplo, apelando nuevamente a un procedimiento retórico como la paradoja, escribe:

 

César, no tiembles,

sólo existe una cosa

peor para ti

que mi desprecio,

y es el sincero amor

de aquellos que te sirven. (Lizalde 213)

 

O Raúl Renán, con el siguiente poema que “funciona” gracias a la fuerza la imagen:

 

Es cierto que todos,

esclavos y nobles

se inclinan a tu paso,

Numa Tirano…

no está lejos el día

en que también se humille

ante tu majestad la rama de la horca. (Renán 20)

 

En la misma temática, José Vicente Anaya, en un juego lógico de antecedentes y consecuentes, casi un silogismo, escribe “Al opresor”:

 

Rodó la cabeza del zar Pedro;

la de Stalin;

la de Hitler y

la de Mussolini.

¿Por qué la tuya

habrá de permanecer

en su lugar? (Carreto 17)

 

Quizá la crítica política de mayor mordacidad, crudeza y realismo en los últimos años sea aquel epigrama de Héctor Carreto, “El caballo de Calígula”, más vigente hoy que nunca:

 

Cómo se indignó el Senado
cuando irrumpió el caballo del César
y ocupó una curul.

Tenían razón: un corcel
no cabe en un establo de asnos. (Carreto Coliseo 21)

 

En otros momentos, el tema político se alterna con otros para lograr un efecto de comicidad y escarnio. Raymundo Ramos, por ejemplo, escribe:

 

“Te amo, te amo”, dices,

pero tu voz suena más falsa

que la de un tribuno

en los escaños del senado.

 

O este de Saúl Ibargoyen, satirizando a la izquierda radical:

 

Me hablas de revolución

a cada instante Valeria porque así

tus hormonas se multiplican

y se acentúa en ti

la vieja idea

de hacer de la política

un tremendo orgasmo colectivo. (Ibargoyen 141)

 

Uno de los mejores epigramas políticos de los últimos tiempos, que da cuenta no sólo de la incompetencia de los gobernantes sino incluso de su condición moral es, sin duda, el siguiente del poeta guatemalteco, radicado en México, Carlos López:

 

GRAFITI, I

Las putas al poder, que sus hijos ya nos gobernaron.

 

De manera un tanto impresionista y superficial, se le ha reprochado a la poesía mexicana su comodidad, su corrección política, su falta de compromiso, su falta de “calle”. Se ha llegado a decir que la poesía social en México está muerta o al menos agonizante. Estos epigramas son apenas una muestra breve que quizá pueda coronarse en esta revisión con aquel de Enrique González Rojo:

 

En esta América nuestra, poetas,

hay que hacer

hasta canciones de cuna de protesta.

 

D)    Epigrama literario

El epigrama literario es otra variante del epigrama satírico. Se burla del mundo de los escritores, de su lógica, sus costumbres, modus operandi e incluso hace crítica literaria.

Raymundo Ramos, por ejemplo, recurriendo a la alegoría, escribió:

 

Cuando leí tu libro, Favonio amigo,

tuve la misma sensación que cuando

me presentaste a tu mujer,

que ya éramos viejos conocidos. (Ramos 26)

 

Y Enrique González Rojo:

 

La poesía sucia

se lava en casa. (González Rojo 58)

 

En torno a la “situación” social de la poesía o al mundo de lo extraliterario, por ejemplo, dice Hugo Gutiérrez Vega:

 

Sobre antologías y desgracias

 

Mis amigos antologadores

No saben que, sin proponérselo,

labran mi desgracia

al ponerme al alcance de las garras

de los que no salieron (Carreto 73)

 

Un poema contundente sobre la situación actual de la poesía mexicana es el siguiente, muy aplaudido, donde se critica, con extraordinaria agudeza, el magisterio cultural que ejerció Octavio Paz durante los últimos años del siglo XX y el vacío político que dejó su muerte.

 

Epitafio de Octavio

 

Ha muerto Octavio, Señor de esta casa.

Le sobreviven sus gatos.

 

¿A quien le corresponde beber el vaso de leche? (Carreto 55)

 

 

Como se ha tratado de mostrar, el epigrama es una forma poética muy arraigada en occidente que, en México, ha sido también trabajado continuamente. Su escritura ha contribuido a la tradición literaria del país y ha entregado, incluso, algunos textos notabilísimos por la fuerza de su impacto y la calidad en su construcción.

            Formalmente, el epigrama es una estructura verbal muy interesante porque busca siempre lograr un efecto, un extrañamiento en el lector. Para conseguirlo recurre a una serie de procedimientos retórico-estilísticos que favorece la ruptura de las expectativas, condición necesaria para acceder a la literariedad de un discurso. Por tanto, el estudio de este género puede permitirnos, además, emprender una descripción primero y una interpretación después del artificio literario y el modo de ser de la poesía.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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1997.

Zaid, Gabriel. Ómnibus de la poesía mexicana. México: Siglo XXI, 1972.

 


[1] Habría que recordar en este punto a Michel Rifaterre cuando, al referirse a discursos breves como el epigrama, dice: “hay muchos mensajes literarios muy cortos como los monósticos y los proverbios, cuya brevedad es compensada por su gran densidad en factores estilísticos” (Rifaterre 160).

[2] El apóstrofe “consiste en dirigir una apelación a un destinatario mencionado en el texto. Este procedimiento, junto con la exclamación, interrogación retórica, imprecación y deprecación constituye el subconjunto de las llamadas figuras patéticas, por cuanto, de modo primordial, tales técnicas pretenden incidir afectivamente en el destinatario” (Azaústre 129-130). Las figuras patéticas son esenciales para lograr el extrañamiento que busca el epigrama.

[3]  Según Helena Beristáin, la alusión puede ser descrita como “referencia sesgada, parcialmente implícita, que provoca la evocación de un fragmento de significado al aproximar términos relacionados por analogía basada en la co-posesión de semas (en el caso de los tropos), o por analogía de rasgos estructurales de distintos niveles dentro del co-texto (metro, ritmo, aliteración, tono, sintaxis, etc.)” (Beristáin 64).

[4] Según Rifaterre, “la sorpresa sólo puede comprenderse como ruptura de un patrón determinado (contexto) por un elemento que el mismo patrón hace imprevisible)” (Rifaterre 165). Así, “el estímulo del efecto estilístico descansa sobre elementos de baja previsibilidad codificados en uno o varios constituyentes inmediatos; los otros constituyentes, cuyo patrón hace posible el contraste, forman el patrón”. (179)

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  • Sesión 10 « Poesía I

    [...] Calderón, Alí, “El epigrama en la tradición lírica de México”, en Círculo de poesía, 10 de marzo de 2010, http://circulodepoesia.com/nueva/2010/03/el-epigrama-en-la-tradicion-lirica-de-mexico/. [...]

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