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CÍRCULO DE POESÍA

 

De Amor y literatura. Sobre Alí Chumacero

18 Feb 2014

Presentamos un ensayo del poeta Arturo Trejo Villafuerte (Ixmiquilpan, Hidalgo, 1953) en torno a la vida y a la obra de Alí Chumacero (1918), una de las figuras centrales de la poesía mexicana del siglo XX. Dice Trejo en el texto: “soy amigo de Alí y con él he aprendido muchas y distintas cosas sobre la vida, las mujeres, la poesía y el amor”.

 

 

 

 

 

 

ALI CHUMACERO: DE AMOR Y LITERATURA

 

 

Para Luis Chumacero y Vida Valero, con afecto

Para Óscar Mata y Marco Antonio Campos, siempre generosos

 

 

UNO. EL CONTEXTO

 

Todos o casi todos los miembros de mi Generación le debemos mucho a el poeta Marco Antonio Campos (MAC). Mientras él estuvo y trabajó en la revista Punto de Partida y en los talleres literarios de Difusión Cultura de la UNAM, era el nivel de la edad y de lo que significaba ser jóvenes literatos, jóvenes promesas de aquel entonces que, en algunos casos, ya son tristes realidades. Como siempre estaba bien informado y sabía quién publicaba y dónde lo hacía –en realidad, estamos hablando de mediados de los años 70, había pocos sitios donde hacerlo-, nunca faltaban las invitaciones a participar en algún encuentro literario, una mesa redonda, una presentación de un libro, todo lo que era el ambiente literario juvenil de ese entonces, y que además eran actividades que se pagaban.

En 1977 comencé a trabajar en la Dirección de Literatura del INBA como Coordinador de Actividades, entonces iniciamos un ciclo que duró cerca de tres años: “El poeta y su obra”, el cual se celebraba en la Galería Lourdes Chumacero (en la calle de Estocolmo, en la Zona Rosa) y donde tuve la oportunidad de conocer a casi todos los poetas mexicanos de más o menos renombre de ese entonces, entre quienes estaba, cual debe de ser, Alí Chumacero, quien además era una figura recurrente en esos recitales de poesía.

Una de esa tardes, a principio de los años 80, me hablan de Difusión Cultural de la UNAM, para invitarme a hablar sobre Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, México, 9 de julio de 1918-ciudad de México, 22 de octubre de 2010) y su Poesía completa (Premiá Editores, con un interesante prólogo de Marco Antonio Campos) en La Casa del Lago. ¿Qué podía decir un joven poeta de uno de sus más admirados autores, además de ser editor, crítico, ensayista, recopilador y antologador, pero sobre todo un gran poeta, que como señala MAC: “Chumacero no buscó la novedad sino el perfeccionamiento”? Confieso que sentí pánico, pero acostumbrado a arriesgarme y como hasta la fecha no sé decir “no”, pues me atreví a hablar sobre la poesía de Alí Chumacero, lo que no resulta cualquier cosa, aunque si bien su obra poética es, como la de Juan Rulfo, uno de los grandes amigos de Alí, por cierto, parca, constreñida y se reduce a tres libros y unos cuantos poemas sueltos: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956) (luego vendría Cabos sueltos, 2002 y su Antología personal,. Ed. Colibrí, 2003), en los cuales está contenida la coherencia que da la marca distintiva a su poética, además que en esa breve obra es más notoria la unidad y el rigor en la forma. No recuerdo qué dije o qué pude haber dicho sobre semejante autor de todos mis cariños y esa obra de múltiples resonancia que aún ahora, después de leerla y releerla, me sigue dejando unas enseñazas enorme en cuanto al uso de las palabras y la mesura del decir. Luego, para acabarla de amolar, llegó el autor del libro y estuvo ahí presente, oyendo todas las barbaridades que perpetré sobre su obra. Y más tarde en el colmo de las cosas, nos invita a su casa a comer, porque además era su cumpleaños. ¡Qué impresión! A partir de ahí soy amigo de Alí y con él he aprendido muchas y distintas cosas sobre la vida, las mujeres, la poesía y el amor.

 

 

DOS. LA RAZÓN DE SER

 

La Literatura Mexicana tiene una deuda enorme con la labor minuciosa, paciente y silenciosa que ha realizado Alí Chumacero, para rescatar y poner al alcance de los lectores a muchos autores nacionales. Todo esto además de su aporte individual con su poesía, la cual se instala en la mejor tradición de las letras mexicanas. En esa soterrada labor de rescate se incluyen notas de cuarta de forros, reseñas, ensayos, el cuidado riguroso de múltiples ediciones y el creativo, prudente y siempre equitativo trabajo editorial que va desde elegir el tamaño de la caja, el diseño de la portada, escoger la familia de letras y el tamaño de los tipos en que se imprimirán libros y revistas. Esa labor tiene que ver con el cariño para ciertos autores como sería el caso de Efrén Hernández, Gilberto Owen, Xavier Villaurrutia y muchos más, lo que lo lleva a ser un investigador meritorio, acucioso, metódico y ordenado para poder recobrar obras, juntar materiales, recopilar estudios y, finalmente, recordarlos en múltiples anécdotas. Bien lo dijo Jorge Luis Borges:”La verdadera muerte es el olvido” y Alí Chumacero no ha querido y no ha dejado que se mueran muchos autores que fueron sus amigos. Múltiples ejemplos de esta labor como difusor de la literatura se encuentra reunida en su libro Los momentos críticos, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1987.

En cuanto a su obra poética es, como ya lo dijimos líneas atrás, parecida a la de Juan Rulfo: parca, constreñida y se reduce a tres libros y unos cuantos poemas sueltos, en los cuales está contenida la coherencia que marca su poética, además de mostrar la unidad y el rigor en la forma. Parece responder a la exigencia socrática de que el lenguaje debe de estar desprovisto de retórica y elocuencia, y que su único ha de ser el de llegar a la verdad, a una verdad poética que, en muchas ocasiones, choca y se enfrenta con la verdad que pide la ética y que se le pide a la historia.

Pese a que fue lector desde su más tierna infancia, cuando descubrió entre los libros familiares los tomos verdes de la biblioteca de “Los clásicos”, que propició el maestro José Vasconcelos desde la Secretaría de Educación Pública, entre ellos La Iliada y La Odisea, Chumacero se resistía a ser poeta o escritor.

Luego de hacer sus estudios en su ciudad natal, pasa a Guadalajara donde conoce a varios de quienes serían sus compañeros de aventuras editoriales, literarias y de toda la vida. Finalmente llega a la ciudad de México y asiste a algunos cursos en la Facultad de Filosofía y Letras, pero su verdadera escuela son las bibliotecas públicas donde devora a los narradores de la Revolución y donde logra un bagaje literario digno de envidia. Animado por un funcionario de la UNAM, además de contar con la colaboración de Leopoldo Zea, José Luis Martínez y Jorge González Durán, decide hacer una revista llamada Tierra nueva. Son los años treinta y le han antecedido a esta publicación revistas como Taller poético, que luego terminaría nada más como Taller y entre quienes la elaboraban se contaban Octavio Paz, Efraín Huerta, Rafael Solana, Neftalí Beltrán, Alberto Quintero Álvarez y varios más.

También Chumacero frecuenta a Los Contemporáneos, sobre todo a Xavier Villaurrutia y Gilberto Owen, cuando éste está en México, y luego colabora en Letras de México (1937-1947) y El hijo pródigo (1943-1946), con el apoyo y entusiasmo de Octavio G. Barreda. También recibe la influencia de la Generación del 27, lee con fervor a los clásicos y, sobre todo, a muchos de sus contemporáneos. Y es entonces cuando Alí se decide a ser poeta, aunque como cuenta el propio autor, a los 18 años escribió su primer poema cuyo único mérito es que sigue siendo inédito.

Al decidirse por esa vocación, por ese oficio donde hay por toda materia sólo palabras, Chumacero lo hace consciente de que “el poeta es quien percibe aquello que los demás sospechan. Ese es el encanto y la magia de la poesía”. Pero desde su primer texto, publicado en 1940, “Poema de amorosa raíz”, ya se siente un poeta maduro y bien lo podría haber escrito Alí, de tan solo 22 años, o alguien de mayor edad, puesto que cada palabra parece labrada en piedra: es un poema unitario en donde cada expresión contenida en él es pletórica y eficaz. El lenguaje que utiliza está concentrado, los versos y los vocablos que usa en ese artefacto sonoro llamado poema, son sólidos, rigurosos, y logran realmente rango y jerarquía para contener las palabras que hacen conmovedora y verdadera a la poesía: “Antes de que el viento fuera mar volcado,/ que la noche se unciera su vestido de luto/ y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo /la albura de sus cuerpos./.Antes que luz, que sombra y que montaña/ miraran levantarse las almas de sus cúspides;/ primero que algo fuera flotando bajo el aire;/ tiempo antes que el principio./ Cuando aún no nacía la esperanza/ ni vagaban los ángeles en su firme blancura;/ cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios;/ antes, antes, muy antes./ Cuando aún no había flores en las sendas/ porque las sendas no eran ni las flores estaban;/ cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,/ ya éramos tú y yo”.

Luego de la lectura del poema, tiene que pensarse en el “Génesis”, sobre todo por esa descripción minuciosa de los elementos que comienzan a ser y a estar, por la voluntad de Dios de crear todo y descansar el séptimo día; así también en el poema se enumera lo que es y lo que no es. Luego vienen los ángeles y esto nos da como referencia a los poemas de Rafael Alberti, quien en esa época se ocupaba de ellos, pero por cronología y por el propio decir de Alí, sabemos que es una mera coincidencia temporal, puesto que el poeta que nos ocupa aún no leía al autor de Marinero en tierra.

Pero en ese breve texto hay dos de las razones primordiales que mueven al poeta Chumacero: la primera es el sentido de religiosidad que le otorga a sus versos, incluyendo el tema que podría ser interpretado como el génesis del amor; pero la religiosidad de la que hablamos es la que une a la poesía con la oración, las hermana para trascender y rebasar lo meramente emotivo y sensible para volverse a la vez un testimonio del momento que pasa, de lo que le sucede al poeta en sus circunstancias. En ese sentido la poesía es también motivo de conocimiento, de historia, mito, anécdota. Como ha sucedido con La Iliada y La Odisea, son situaciones límite en el acontecer del hombre sobre la tierra, leyenda digna de contarse y cantarse, relación de prodigios y sustento de lo que somos, lo que fuimos, lo que queremos ser, verdaderas palabras de la tribu.

Los motivos íntimos de la literatura, sus motores, son la evocación y la invocación. Se evoca lo que se tuvo y se perdió: el paraíso perdido, la Arcadia, Chicomoztoc, Aztlán, el amor, y entonces, a partir de ese recuerdo, se hace historia, relato, cuento, novela o poemas. Se invoca lo que no se tiene, lo que se desea: el cielo, el amor, una mujer largamente esperada, la tierra prometida y en ese sentido la invocación se vuelve poesía u oración, petición a la divinidad que nos hace pregonar el “Padre Nuestro” que es, en muchos sentidos, la clara muestra de la conjunción de poesía, oración y religiosidad: una petición teológica cargada de esperanza por el porvenir, una invocación cargada de sentido. Tanto la evocación que es historia o novela, como la invocación, que es oración,  poesía o filosofía, se logran y concretan a través de las palabras, ante ese uso de razón que es utilizar conscientemente el vocabulario, la musicalidad de las palabras, el raciocinio en su máxima expresión, pese a que el poeta cuando escribe no piensa en las reglas gramaticales ni en la preceptiva. En su primer impulso emotivo el autor escribe de manera irracional, sobre todo porque lo que le sucede adentro, cuando busca sus cauces, no está regido por el alto orden de la conciencia sino que, en muchas ocasiones, todo viene de las corrientes de la inconciencia, del subconsciente, de los sueños.

El poema de Chumacero, reproducido líneas arriba, presenta una parte emotiva en su “raíz amorosa”, pero esta base es también parte de un todo que hace escribir al ser humano. El escritor, como señala en alguna parte Sigmund Freud, tiene dos afanes fundamentales para dedicarse a su oficio: por una parte el afán narcisista, donde en cada obra, en cada línea, en la soledad de su biblioteca, mientras escribe, se enfrenta a la hoja en blanco para derrotarla y reafirmarse en cada poema o libro que lleva su nombre. Si escribe es escritor, no hay otra razón para llamarse así. El otro afán es el oblativo, lo que significa dar lo mejor de sí mismo para los demás sin esperar siquiera recompensa.

El escritor por eso se hunde en la soledad de su cuarto, frente a su máquina de escribir o computadora para elaborar esas líneas que formarán el poema, el cuento, la novela y, como decía en “En mi adusto o torvo arte”, un bello poema de Dylan Thomas, ”…Escribo/ En estas páginas de torneada brisa/ Ni por la dominante muerte/ Con sus himnos y ruiseñores/ Sino para los amantes, cuyos brazos/ Bordean la penas de la eternidad/ Quienes no me recompensan con elogios ni monedas/ ni atienden a mi oficio o torvo arte”.

A los 22 años aún no se resuelve el problema del amor, y acaso nunca se logre, sobre todo porque en ese momento de la historia del hombre, cuando no están aún formados los principios, porque el adolescente, el joven, es “nada” para la familia, los padres, la sociedad, sus amigos, se intenta la reafirmación a través de ciertas actividades que en ocasiones rebasan los límites que puede y quiere soportar una sociedad. El joven que quiere o intenta ser escritor busca sus temas en lo que le rodea y esa circunstancia particular le permite hablar del amor, que en muchas circunstancias ni siquiera conoce o que confunde con el erotismo, la pasión y la sexualidad.

El amor que es eros, ágape o philos y que en cuerpo, alma y espíritu forman una raíz unitaria bastante problemática. Amor, que como señala Kostas Axelos, tiende a ser “físico”, “afectivo” y “espiritual” a la vez. “Un amor, prosigue el filósofo griego, se agota más rápidamente cuando menos rico es en sus componentes. El amor, aunque realidad total, no deja de tener sus dimensiones, y a menudo uno de los modos del amor, una dimensión, predomina sobre las otras, incluso ahí donde todos los elementos coexisten oscuramente. Tal vez haya un instante –por fugitivo que sea- en cada encuentro, en que el todo del amor asoma a través de su cumplimiento fragmentado. El juego entre el todo y la parte es más total y más fragmentario de lo que suele pensarse: todo y parte pueden presentarse como intercambiables y permutarse”.

Juventud que es inquietud y literatura que es constancia y dedicación. El joven que deja la calle por la biblioteca sacrifica una parte importante de su experiencia vital pero acaso gane en las experiencias de los otros, plasmadas en los libros. Entonces el joven Chumacero se enfrenta a la decisión fundamental y primordial de su vida: los libros o la calle que significa vivencias, pero también orfandades. Sin embargo por su propia inteligencia, por su necesidad de ser, Alí toma lo mejor de uno y lo mejor de lo otro: ni se vuelve un vago sin oficio ni beneficio, ni tampoco un ratón de biblioteca o un erudito desapasionado.

Es sintomático que ese primer texto publicado por nuestro autor sea un poema de amor. Nada más difícil que un poema de amor, nada más fácil que escribirle al amor. Por eso su entrada, como la de muchos otros, es con un poema que se vuelve un problema por resolver: ¿cómo abordar el viejo y nuevo tema del amor? Chumacero se decide por la tradición y por lo que es nuestra  formación occidental como creyentes: los endecasílabos de la tradición literaria cobijada por los mejores poetas hispanoamericanos y los versículos de La Biblia, en este caso el Génesis, donde se manifiesta la formación del mundo que funciona analógicamente con la fundación de un amor, el cual será la piedra donde se funda la religión de los amantes.

José Francisco Conde Ortega afirma que el “Poema de amorosa raíz” es de “rabia y fundación, fija el momento central de la existencia de aquel que ama sin condiciones. Ni el antes ni el después importan. Mejor: existen el antes y el después porque hay un punto de referencia: el momento en que los amantes son. Por eso la recurrencia al aire y al agua que, signos vitales por excelencia, adquieren sentido y presencia en el momento del amor. Luego la luz y las sombras. Y siempre el cielo y Dios. Aquél sin alcanzar su azul por el que se advierten las hormigas; éste sin descubrir su ciencia. Sin el encuentro de los cuerpos no hay nada. Sólo el caos. Acaso otra forma de ruina”.

El texto de Chumacero, al igual que muchos de los otros contenidos en Páramo de sueños, son el continente y el contenido de las pasiones encontradas del poeta. El poema citado es, aparte de todo, una declaración de amor de una emotividad desbordada que sólo se contrae ante la forma como está escrito. En ese sentido Alí es, lo repito, parte de una tradición, de una retórica y de una preceptiva que lo hacen muy nuestro en el sentido literal del termino: como poeta es entrañable.

Si se hiciera una lectura emotiva, no racional del texto, se le ubicaría como un poema que enumera una serie de versículos sustentados en la experiencia compartida entre el autor y el lector, basada en la lectura de La Biblia; pero si quien lee no tiene ese conocimiento, entenderá al poema en toda su dimensión. El joven que escribió el poema es el adulto que lo vuelve a recorrer para recordar a la pasión que lo hizo concebirlo. Líneas arriba hablamos de tradición y usamos este término en su más amplio sentido: como lo que tiene que ver más con lo bello que con el pasado, más con las palabras novedosas que  siempre es el “lenguaje cargado de sentido hasta el grado máximo”, como lo exigía Ezra Pound, que con la historia de la poesía o de la literatura o el recuerdo de un gran amor.

Ante el producto físico verdadero llamado poema, el autor despliega sus emociones, que en la mayoría de los casos desbordan al autor y aquél se vuelve irracional; pero el poeta debe de domar esas furias, darles sentido para aislarlas, asimilarlas y hacerlas parte del lenguaje escrito. El poema, los poemas, serán interpretados, leídos, a través de los códigos formados por la lengua, la experiencia y el sentido común, lo cual significa racionalidad, el uso de la razón aplicada. Robert Graves al hablar de la racionalidad indicaba que “ser racional no significa ser sensible, que originalmente significaba ´sensitivo y vigilante´ como todavía sigue significando en francés y español, pero que ahora quiere decir ´modestamente pensativo´. Racional tampoco significa razonable, que transmite el sentido de estar abierto a la persuasión por gente perceptiva, ser racional significa pensar en líneas ordenadas sin tomar en cuenta la sensibilidad. La diferencia por ejemplo, entre los científicos verdaderos y los rutinarios de la ciencia es que los primeros son sensibles en el sentido francés y español, mientras que los últimos siendo solamente racionales se han convertido en los destructores de nuestra civilización”.

En esa dirección la poesía de Alí Chumacero, sobre todo Páramo de sueños, donde hay una predominancia de poemas amorosos, se erige como un conjunto de textos racionales y sensibles, razonables y aptos para poder darnos y compartir la belleza de las palabras, de la expresión literaria. Amor y poesía, sique y vida, hermanados a través de las palabras. Baste citar algunos de los títulos de los poemas contenidos en el volumen: “Desvelado amor”, “Amor es mar”, “A tu voz”, “Mi amante”, “Entre mis manos” y “El sueño de Adán”, entre otros, para saber que en ese libro existe una fecunda correspondencia de estos dos modos de la creación humana –amor y literatura-, que implica el mejoramiento de la humanidad a través del intelecto, del conocimiento; ese amasiato que nos hace buscar la armonía esencial para que el hombre, pleno y satisfecho, cante feliz en su desolación o en su consagración sobre la tierra. El canto, la poesía, aunque sea de dolor, siempre es una expresión sublime.

Para Ezra Pound un buen escritor es aquel que conserva la eficiencia del lenguaje, quien “lo mantiene preciso, claro”. Y conforme se lee y relee a Alí Chumacero notamos esas características en sus poemas: no envejecen porque hay eficiencia en su modo de hacer los versos. Y esto es patente en el rigor discursivo contenido en sus tres libros de poemas, los cuales forman un bloque compacto, sólido y consistente de lo mejor del lenguaje literario: si el lenguaje hace humano al ser humano, éste como categoría sustanciosa en su máxima expresión se desarrolla, necesariamente, en la poesía y ésta, al plasmarse, adquiere una connotación amplia, plural, rica en significados, que trascienden espacio y tiempo, sobre todo cuando se da como obra de arte, como literatura.

W. H. Auden señala que la poesía se convierte en “Memorable speech” (palabras memorables, dignas de recuerdo) y por lo mismo un límite creador de gran magnitud, que tiene como finalidad esencial lograr la especial comunicación estética. Comunicación que se logra con plenitud en cada poema salido de la pluma y el talento de Alí Chumacero.

Sin quererlo y sin buscarlo, Alí Chumacero se convirtió en una especie de Juan Rulfo de la poesía (José Emilio Pacheco y Vicente Quirarte dixit), pero como los versos interesan “a muchas menos personas de las que se preocupan por la narrativa, ha podido callar sin molestias y nadie espera su cuarto libro de poemas. Nada tan alejado a ambos… como la idea de una ´profesión´ o una ´carrera´ literaria. Los dos escribieron por necesidad interior, no en aras de un deber impuesto desde fuera, y enmudecieron una vez escritos, inmejorablemente bien escrito, lo que tuvieron que escribir”, señala acertadamente José Emilio Pacheco.

Por lo demás la trascendencia o intrascendencia de una obra en muchos casos obedece a cuestiones lejanas a lo literario. Hay factores que no están en la mano del autor a la hora de escribir, en la hora suprema de enfrentar a la hoja en blanco. Sólo capacidad, experiencia y talento para escribir y descubrir con las palabras el universo interior, para exorcizar a los demonios interiores que todos llevamos dentro.

Sobre el silencio de Alí Chumacero habría que tomarlo como un acto de contricción, de efervescencia amorosa para con su profesión o adusto o torvo arte, como decía Dylan Thomas, donde fue tanto el amor a las palabras que se volvió una obsesión que pudo conducir al silencio. Siento que el silencio de nuestro autor es, como lo explica George Steiner, es una alternativa. Cuando predomina la barbarie y el terror, se vuelve legítimo apelar al silencio. “La palabra no debe tener un santuario neutral en los lugares y en el tiempo de la bestialidad… Cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que el poema no escrito”.

Piénsese en la distancia cronológica que hay entre la publicación de su último libro y sus poemas dispersos recogidos en su Poesía completa (1980) y hasta llegar a su Antología personal (2003); a partir de Palabras en reposo (1965) y su Poesía completa, el país que era México ha cambiado de manera radical y lo que hemos visto y oído rebasa, en mucho, cualquier expectativa de lo que presuponíamos era y es una Nación en pleno desarrollo estabilizador. Vendrían a cuento las palabras del gran poeta Humberto Díaz Casanueva (Santiago de Chile, 8 de diciembre de 1907-22 de noviembre de 1992), al ingresar a la Academia Chilena de la Lengua, las cuales versaron “Sobre el silencio”: “ese estado natural…, esa preñez que da vida al lenguaje… El silencio es un reto y un estímulo…, la palabra es la parte sonora del lenguaje, pero el silencio es el estadio por suceder, el siguiente paso, un simbolismo… Al revés de la grandilocuencia verbal, sentía yo el simbolismo del silencio, poesía como de alas sin ningún susurro alzando el vuelo o plegándose…” Y yo siento que el silencio de Alí es un silencio significativo, cargado de sentido y resonante porque está más allá de las palabras.

Alí Chumacero acaso calla porque ya no hay nada a qué cantar. Resuelto el asunto amoroso y pasada la efervescencia que causa el amor y el placer, dejada atrás la juventud dorada, se aceptó como un sujeto que puede hacer una labor ingrata, a veces, y placentera, en muchos sentidos: el ser lector. Y, si como dice Jorge Luis Borges y luego retoma Carlos Fuentes, leer a Cervantes es ser Cervantes, entonces Alí ha sido muchos de los escritores que ha leído.

Chumacero nos ha dejado un silencio atroz, pero a la vez una obra contundente y legible donde hubo y hay la efervescencia del amor (amor por sus semejantes, amor por las palabras, amor por la literatura, amor por la poesía, amor por el amor, amor por la mujer y por todo lo que inquieta al hombre en su largo periplo por la tierra) y por eso se vuelve un poeta memorable, entrañable, de cabecera. Siempre he dicho que los tres grandes poetas mexicanos son dos: Rubén Bonifaz Nuño. Pero el gran poeta mexicano de todos los tiempos bien podrían ser dos: Rubén Bonifaz Nuño y Alí Chumacero.

 

 

 

 

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