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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía de Uruguay: Eduardo Espina

13 Oct 2014

Presentamos algunos textos del poeta y ensayista Eduardo Espina (Montevideo, Uruguay, 1954).   Sus más recientes libros son: Las ideas hasta el día de hoy (Montevideo: Editorial Planeta, 2013), ensayos; y El cutis patrio (Buenos Aires: Editorial Mansalva, 2009), poesía. En 1980 fue el primer escritor uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa. Desde entonces radica en Estados Unidos. En 2011 obtuvo la beca Guggenheim.

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El ahora ha de ser seguramente un lugar semejante (*)

(Las horas siguen como si nada)

 

 

La mirada hace decir a las palabras hablándoles al oído.

Aquí descansan mi padre con mi madre, cada uno como

ahora son, países separados por cualquier razón a ciegas.

Al llevárselos, el zarzagán no siguió un orden alfabético,

no terminaron sus cenizas en algún mar –hay uno a mano,

por si quisieran– sino bajo el mármol, mar hasta la mitad.

Sus nombres vienen del viento en noches como esta, en las

demás tienen la valentía de quedarse sin que el aire lo sepa.

El silencio les alcanza y sobra para no morir un poco más.

Como suele suceder con las horas elegidas por el infinito

cuando quedan para el final, la imposibilidad consuela

a quienes ha dejado fuera para hacerlos visibles.

Aquí descansan, ambos de una vez por todas.

La cuerda que los une no está hecha de seda.

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Monólogo del fin al presentirlo: “Que pase el que sigue”

(Causas sin un único regreso)

 

No lo sabíamos (a esa noción nunca se va en puntas de pie).

Papá desaparecía en las definiciones, Mamá supo enseguida

que la suerte al terminar de nacer podría decirlo en cualquier

idioma, quedarse inmóvil hasta que el tiempo dispusiera de

palabras donde quedarse a decir, si es lo primero a tener en

cuenta cuando los días con sus horas seguidas huían a verse

al espejo de los demás manteniendo en vivo el nombre ante

imágenes cada una mejor que ninguna mientras fueran todas.

En aquellos años, el pretérito empezaba un día antes de ayer,

con el habla iba en esa dirección el árbol del bien y del mal a

menos que las intenciones ansiaran darle al sino otro destino.

El reporte médico dejaba la metafísica para explicar en parte

los pensamientos que con el cáncer acercaban la luz al vacío.

Si Mamá lo hubiese sabido, habría muerto antes de quedarse

más semanas, aunque supo desde el principio a la perfección

cómo respirar despacio, aproximarse al rostro de hace mucho

que por diciembre en la mente era otro mes aquel culminando

de menos a esto, o al revés porque está bien que el viento vea

de vez en cuando, viento al que solo el aire ha podido divisar.

Aquello no era poesía. Aquel mal a cuestas en las radiografías

no era la salud indudable como tanto antes el cuerpo nos había

dicho. Uno llega a esas verdades de fondo muy mal preparado,

habiendo aprendido de memoria que también el olvido al venir

a la vida recuerda, que el tiempo pasa hasta que al fin se ha ido.

Tarde vine a comprender la importancia de vivir para decirlo.

Enterrar a los padres es, como pasar por la infancia sin haber

estado para desconocer a qué anónima manera se debió la voz

hablando de todo, del pensamiento al ocupar tan poco espacio,

aunque no es cuestión de comprender sino de continuar hasta

que los años se sientan incluidospor algún panorama interior.

La vida dice que comprende, aprende a querer –de memoria–,

anticipa las simientes antes de entrar a la tierra en estampida.

Mientras traiga lo contrario, habrá que darle un empujón a lo

que siga cayendo, rodear a las lágrimas para entender la caída,

aunque no sé bien si deberíamos (vivir es haber tenido tiempo).

El resto va rápido, con una velocidad de boda robada a Zenón.

Entre el mal y el entendimiento la mente teme a los momentos

demasiado pronto como para poder pensarlo de un solo tirón.

El entendimiento, lugar donde nunca imaginé llegaría a estar,

hace preguntas para que el vocabulario hable sin tener miedo,

raras veces vence al sentido común diciendo la verdad a secas.

¿Cuál, la de los hechos, la de los datos debidos a la duración?

Eso cualquiera podría decirlo, mirar al reloj para saber cuándo.

De tarde fue, pues el verano tiene muchas, cuando un cadáver

de hombre entró al cuerpo de mi padre, con mi madre estando

pronta para poner a prueba la raíz cuadrada del drama y de los

predicados que en algunas ilusiones fueron desconocimiento, o

¿habrá querido la ignorancia que siguiera al resultado de largo,

al baldío donde las imágenes daban a las muecas la bienvenida?

Pregunta de cuánto podría ignorar a cambio de quedar perdida,

la vida debe a la voz su libertad entre ideas desacostumbradas,

se atreve a venir invencible al resplandor para sentirse visitada.

Todo eso como suele serlo fue pensado mientras salíamos con

el miedo y el amor de los muertos hasta poder detener los días,

a quien dijo que nadie se va de esta vida sin enterrar a alguien.

En el camino de vuelta vimos moscas, hasta álamos y limones

movidos por lo primero que pasara porque hasta el pasado pasó

por la vereda de enfrente comparando a la fe con una fecha fija.

Pensé en el aperiá oído entre (paréntesis), pero pensé también

qué fácil es jugar a desenterrar tesoros, qué difícil enterrar a las

razones por donde anduvo la niñez repartiendo arrepentimiento.

Anduvimos de voz en voz hasta que la tumba nos vio, fuimos y

huimos, de ida y de regreso –tal cual será– a la tierra horizontal.

Rumbo a la puerta de entrada, o de salida, eso depende, la tarde

pensó en seguirnos, aunque lo pensó muy poco: salimos, solos,

como ha de salir el sol hacia dentro al quedar abierta la ventana.

En un papel donde la soledad decía la verdad de a poco, escribí:

“es muy raro dejar el cementerio a la velocidad que uno quiere”.

Sin saber si habíamos ido, volvimos a casa para conocer la nada.

Estaba, como jamás volvimos a verla, maquillada para la belleza

hallada bajo la llovizna del rayo interpretado, nada sino la misma

nada aún de nadie ni por un día, de ninguno. Por no saber abrirle,

encontramos a la muerte preguntando, “¿dónde estará la puerta?”

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Cómo quitarle la ropa al pasado

(Cada acontecimiento es una estación diferente)

 

Con el padre fue diferente. Bastó con la vida apenas

empezó a perder el pasado para que la vieran venirse

abajo hasta dejar a la realidad con los pies en la tierra.

La época a partir del eco aprendió a quedarse sin días,

ni uno para llegar siquiera al domingo del año anterior.

La cara del tiempo varía demasiado fácil de fisonomía.

Con la madre en cambio, la historia de los ratos inició

su retorno al revés, desde la vez cuando supimos que

el mal no había venido para irse con las manos vacías.

La máscara de oxígeno, la metástasis, los catéteres.

Fue de golpe, como un gran paracaídas que recién

se abre al tocar la tierra recta tan bien representada.

Fiera manera de convertir lo anónimo en sinónimo:

a la mujer de, le tocó sufrir lo que no tiene nombre.

¿Para qué insistir con esto si la vida igual sigue, si

el cielo con sus asuntos no deja de estar lejos? Las

palabras se lo han preguntado infinidad de veces,

y hasta se atreven a hacer las paces con el olvido.

 

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Encontrado entre los apuntes

(La tristeza da ganas de no hacer nada, y entonces alguien escribe)

 

“Apetece un no sé qué que se halla por ventura”

–le pertenece a San Juan de la Cruz,

y hay quienes lo han aprendido de memoria–

“Un promedio de por medio”, “Una causa que no

se anima a dejarle el desconocimiento a otros”,

o, la próxima vez que vaya a verlos, llevaré

“Una flor, para que no todo sea lo mismo”.

(Por no haber autoría o recuerdo alguno de alguien

antes de mí, esto debo de haberlo escrito yo, como

también la antepenúltima vocal de la palabra nada.)

 

Caía la noche para ser echada de menos”.

(Primer verso del poema “Narciso en pose de idilio”

perteneciente al libro La caza nupcial, 1992, en cuya

portada aparece mi nombre.

Por lo tanto)

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La música que dejamos entrar hace un rato

(Bienvenidos al país de los factores)

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Por ser mañana luego, el azar se sentía locatario.

En las restantes estaciones, imagina los confines

hasta encontrar una vida posterior, tal cual sigue.

Su tono pasó dejándole a los ojos un sentimiento,

preguntas que para los petirrojos serían cosa seria.

¿Fue el alma fiel a la fe al quedar lejos de aquello

llamado a nacer en el país de las yapas paternas a

cuya orilla las noches traían a los recién llegados?

Siglos, semanas bajando de los barcos por quedar

a merced de una quimera convertida en querencia.

De aquella era el atardecer no dejó de lado ningún

resto afín, ni hasta ninguna manera de responder a

la historia por no tener que recordarla de memoria.

Nadie por seguro, sabe cómo habrá sido la primera

mirada al pisar la escollera, el rumor en tránsito del

segundo dialecto al querer entenderlo, todo eso que

hace por inseparable a la información de la persona

acercándose cansada a tanta invisibilidad disponible.

Con la muerte de Papá, de Mamá, que fue la misma

hasta que se dieron cuenta, algunas voces volvieron

al mundo a planear muy pronto el regreso al idioma.

En esa borrosa superficie por no saber ser nativa de

otra manera, la verdad cambiaba a cada rato de tren.

En alguna estación que ha de haber estado, según el

nacimiento del ánimo anunciara la luz de hace días,

las cosas supieron perdonar para agregar un detalle

cada vez menos social a las situaciones, al plan sin

pasado por delante que debió alguna vez tener días,

años y lunes a los cuales se acercaba un significado.

Donde la memoria habla, creí haber escuchado que

las cosas en tanto sean sienten al tiempo en la sien,

que la belleza pasa por la gramática, por las dudas.

Todo eso que podría ceder a solas un viajero de acá.

El tiempo de quienes salieron para llegar acercó a la

parentela que por algo agradeció demasiado pronto.

Creímos haber oído in medias res, conocer a quienes

comprendieron alguna vez el miedo a las respuestas,

aunque algo pasó antes de poder creer para siempre.

En un cuadro de M. C. Escher, una mano reemplaza

a la otra, dándole un porvenir a las huellas digitales.

Las manos, con las que el mundo golpea a la puerta.

Mi tatarabuelo las usó en un sembradío, uno de mis

bisabuelos, el que se llamó como yo, Eduardo, hizo

brioches en una confitería, en la cual trabajó hasta

comprarse, meses antes de morir, un tambo, chico.

Un tambo diminuto, donde el eco tuvo voz propia.

También allí las manos entre las vacas y mi abuelo,

de día, gran chalán de ticholos, de noche guitarrero

en algún arrabal del cual lo más seguro es que nadie

sabe qué palabra para hablar los esperó en el puerto.

La descendencia bajó de los barcos lentos para decir.

Tuvimos, fue una suerte, creo oír su nómada modo al

decirlo, la época ideal pero faltó saber cuándo y qué

adverbio darle a cuantos recorrieron el lar a lo largo

de las índoles, con el pampero regio como heredero.

La ignorancia del instinto los dejó donde la vida da

la vuelta y adivina quiénes más irán al río con ellos.

Vinieron de Italia, de España, algunos, hasta que el

verbo venir se convirtió en ‘recién acaban de llegar’.

Esa tarde de ayer, el subjuntivo incluyó al vosotros.

Quisiera regresar al sortilegio elegido por el olvido,

conocer antes de que la mala memoria vea una parte

de los sentimientos agregados a la historia actual, al

mecanismo nacido como soluciones sin importancia

mientras sigan existiendo horas debidas a las demás.

El juego imprevisto que de pronto tan lejos los trajo a

la respiración del Sur siente un silencio como de cielo

absuelto por el esplendor antes de sacarse los zapatos.

Por ellos llego a decir y sin dejarlo para luego lo hago.

Devuelvo a los ojos las imágenes de un país en medio,

imagino el rostro del primero al pisar la patria, la cara

entrando al desconocimiento que rápido los manda de

regreso a donde la nada y no saberlo, son ya lo mismo.

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Del libro inédito: Todo lo que ha sido para siempre una sola vez. Poemas a la muerte del padre y de la madre.

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Datos vitales

Eduardo Espina nació en Montevideo, Uruguay.  Poeta y ensayista. Sus más recientes libros son: Las ideas hasta el día de hoy (Montevideo: Editorial Planeta, 2013), ensayos; y El cutis patrio (Buenos Aires: Editorial Mansalva, 2009), poesía. Sobre su obra poética se han escrito tesis doctorales, y extensos artículos de estudio fueron publicados en reconocidas revistas académicas como Revista Iberoamericana y Revista de Estudios Hispánicos. En Santiago de Chile, Red Internacional del Libro publicó en 2003 Con/figuración sintáctica: poesía del deslenguaje, estudio comprensivo de la obra poética de Espina realizado por el lingüista español Enrique Mallén, autor asimismo del libro Poesía del lenguaje. De T.S. Eliot a Eduardo Espina, publicado en México por Editorial Aldus, en 2008.La poesía de Espina se estudia en universidades de Estados Unidos, Europa, y América Latina. Sus poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, italiano, portugués, alemán, holandés, albanés y croata. Está incluido en más de 40 antologías de poesía. En 1980 fue el primer escritor uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa. Desde entonces radica en Estados Unidos. En 2011 obtuvo la beca Guggenheim.

 

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