augusto rodríguez

A continuación presentamos una muestra del trabajo del poeta ecuatoriano Augusto Rodríguez (Guayaquil, 1979). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vázquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005).

 

 

 

Mi padre

 

Mi padre murió en invierno

sólo sé que al fin descansó

de la estrecha cama de todos los días.

Ya no hay ruido, ceremonias

pañuelos, ni rosas blancas.

Al fin, dije yo, descansó de las deudas

de los vicios, de la burocracia.

Mi padre murió en una pequeña alcoba

donde quedan remedios, jeringuillas

alcohol, drogas,

sus manos frías, abiertas

y vacías que me tocan con ternura.

Unos ojos blancos y amarillos

inyectados de muerte.

Un cáncer que no silencia

su victoria de sangre, de carne

de vejez inconclusa.

Todos los relojes dan la misma hora

y retroceden

cuando mi padre no era mi padre

sino un hombre

que se abría paso ante la vida.

Mi padre murió en una alcoba de hielo

y su cuerpo cada vez se adelgaza

se empequeñece, se evapora

en el aire vacío

la lámpara de la alcoba

juega con la materia de su piel.

Sus dientes amarillos

me sonríen

le sonrío

temblando de miedo

aunque de a poco

se convierta en polvo

fugaz.

 

 

 

Mi madre

 

Mi madre llora

en un rincón de la cocina

su cuerpo se hace pequeño

casi diminuto

sus manos tiemblan

sobre su eje.

Su voz suena envenenada

por las palabras verdes de mi padre.

Trato de consolarla

pero no hay consuelo.

Mi madre desea marcharse de casa.

Intento detenerla

sin resultados.

Mi madre es un río caudaloso

que no tendrá nunca

salida al mar.

 

 

 

Infancia

 

La ciudad y Dios duermen

y soy un vagabundo

con horas extras que vive

su quinta guerra mundial.

Soy un demonio de cuerpo invisible

que se sumerge en el dolor de sus asesinatos

de las heridas profundas y sus úlceras.

En compañía de mis fantasmas

beberé mi infancia.

Los muertos duermen, descansan

en sus guaridas

con hambre se vuelven cazadores violentos.

Lo sé porque yo también soy otro muerto

que en cada estación deja un amor falso

un hijo mal parido

un muerto más para los obituarios.

Me dicen que estoy muerto

pero que debo seguir viviendo

que beberé mi infancia

y desapareceré ante los millones de ojos

de buitres de esta ciudad.

 

 

 

Esqueletos

 

No llegarán a la cita

seguramente se fugaron

de la fiesta con la mujer más hermosa.

Encontrarán alguna mesa

y beberán aguardiente

e intentarán cruzar al otro mundo.

Pero sé que no se escaparán

porque todavía les falta mucho por beber

por amar, por copular, por escribir.

Siempre recordaré

a los pequeños magos de la miseria:

inventaron con sus cuerpos desnudos

el mejor poema para ganar la victoria

y no quitarse las máscaras

ante los monstruos de cinco cabezas.

Un día no volverán

y tampoco los veré

como los he mirado.

Serán decenas

de esqueletos enterrados en este mundo.

Se sentarán a la orilla del mar

a leer sus mejores poemas.

No seremos nosotros.

  

(De Cantos contra un dinosaurio ebrio)

  

 

El beso de los dementes

 

I

 

En el inicio éramos mi padre y yo tomados de la mano en la infancia de nuestro apellido, en la prehistoria de nuestros abrazos y besos, de los viajes a la noche inventada o a la ciudad del alcohol y del tabaco. Nada sacamos a limpio si el mundo no se despedazó con nuestros rezos familiares. Si nosotros no fuimos el mundo, si la tierra que hierve entre nuestras venas no expulsó el infierno que llevamos dentro. Mi padre era un ser de piel silenciosa que llevaba en el corazón la ira, el odio y la condena del tiempo; hombre de sal, de sueños verdes, destinado a padecer debajo de la tormenta de hielo que incendió sus manos; manos que acariciaron mis párpados gastados, que alguna vez miraron cómo el horizonte fue un imperio que se destruyó con el fuego de la selva. Mi padre atravesó la orilla de los muertos para alcanzarme, para alcanzar a sus muertos y decirles que es el hijo de la rabia, de la furia, el hijo de los ángeles violados, el hijo que se fugó de su propio entierro para reinventar los sollozos de las mujeres que tanto amó. Mi padre es la copa rota donde yo bebo sus vicios. Soy su vicio más profundo, su herencia vengativa, la carne miserable que no teme dividir el aire para conquistar lo que desea. Soy su herencia enferma, que asesinará sin piedad a sus verdugos. Su herencia enloquecida, que revivirá cadáveres y bestias, con tal de que su herida expulse el veneno. Mi padre es una habitación abierta de par en par donde yo entro sin zapatos y sin medias, dispuesto a corregir mis errores. Ahí dentro sé que soy bienvenido, pero tengo que guardar silencio, para que su palabra, que es silencio y gozo, me atraviese el tímpano, el cerebelo y cruce mi espina dorsal hasta crucificarse en mi aorta. Tengo que aprender a defenderme de sus espejos y dioses furiosos: como tigres se me lanzan al círculo e impulsan a pelear con mis manos heridas. Solo acepto con honor su invitación y nos debatimos.

 

II

 

Mi padre murió con miedo a cerrar los párpados, con los anillos del tiempo en los dedos púrpuras, los ojos heridos de sangre amarilla, los dientes ennegrecidos por el sol y las corrientes del aire de serpiente. Cuando alguien muere al fin deja su jaula, para convertirse en la presa de los rostros sucesivos de la piedra original, en los colores de las fuentes del agua, en las monedas arrojadas por los veteranos; deja fluir su alma como el poema perfecto y se va, lejos, muy lejos, a buscar eso que alguien pierde en los riachuelos de los días, la suerte arrojada en los casinos o en las cartas. Lo que sea con más que morir en la ola, en la espuma o en los dientes de ese mar que nos reclama desde el paraíso inventado por las palabras dogmáticas, que nunca significan nada más que ver cómo decapitan a los hombres en una cruz arrojada al abismo de las campanas.

 

 

III

 

Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre. Yo soy el cáncer que mató a mi padre Yo soy el

 

IV

 

La tierra entera es una apariencia banal ante tus ojos, padre mío. Mírame con tu amor y tu desprecio mayores. Merezco morir por tu despecho y por tu cruel enfermedad. Merezco ser la enfermedad que te está matando y merezco morir en tu honor y en tu regazo. Eres la sombra y el cuchillo que se enterrará en mi corazón. Mátame, padre, de una vez. Mátame. Yo soy el cordero de tus pesadillas.

  

 

(De El beso de los dementes) 

 

I

 

Dentro de mi corazón hay una anciana que se acaricia el sexo. Dentro de su sexo hay un árbol que agita el viento. Dentro del viento hay un niño que llora por su padre se ha ido a la guerra y que nunca volverá. Dentro de ese padre que se marcha hay un pasado que hierve entre sus párpados. Dentro de ese pasado hay una mujer que ama enloquecidamente y que se suicida una y otra vez. Dentro de esa mujer hay un futuro que nunca ella conocerá. Dentro de ese futuro hay un bebé que espera su salida pero como no tiene origen se ahoga en el útero de la muerte. Dentro de ese útero hay un veterano que recuerda a la anciana que se acaricia el sexo. Dentro de su sexo hay un barco que se hunde en altar mar. Dentro de ese mar hay un náufrago que espera sentado el fin del mundo. Dentro de ese náufrago hay un corazón herido y roto por el abandono del amor. Dentro de ese abandono hay un niño que respira recién nacido el aire contaminado de los fracasados. Dentro de ese aire hay un poema que se escribe por una mano llena de sombras. Dentro de esa mano hay miles de sueños que esperan cambiar al mundo. Dentro de ese mundo hay un hombre millonario que paga una lujosa cena en el más caro restaurante de París y no sabe que el día siguiente morirá. Dentro de ese restaurante exactamente en el baño hay una pareja de amantes que copulan con gran locura. Dentro de esa copulación hay una guerra de semen que se disputa la gloria. Dentro de ese semen hay indicios que nacerá el nuevo Mesías. Dentro de esos indicios hay una alerta roja que dice que ese restaurante explotará por una bomba puesta por un terrorista. Dentro ese terrorista hay un corazón que apenas late de vergüenza. Dentro de ese corazón hay una anciana que llega al orgasmo.

 

 

 

II

 

Se abre el telón. Dentro del telón hay tres mujeres que miran hacia el final de la ciudad. Dentro de esas mujeres hay varias historias que se rompen como espejos. Dentro de esos espejos hay lunas y globos de niños extraviados. Dentro de esos niños hay una noche que se disuelve en el agua del mar. Dentro del agua hay un anciano que recuerda su infancia en el mundo del teatro. Dentro de ese mundo hay un río que cruza las venas del tiempo. Dentro de ese río hay un circo lleno de fantasmas y fantasías que se desarrollan en otro mundo. Dentro de esos fantasmas hay árboles que se agitan con el viento. Dentro de esos árboles hay carros que viajan sin rumbo a ninguna parte. Dentro de esos carros hay un corazón que espera sentado dentro de una esfera de agua. Dentro de ese corazón se cierra el telón. Dentro del telón hay tres mujeres que ahora mirarán para siempre hacia el infinito.

 

(De El libro del cáncer) 

 

 

Desnudos en la intemperie

 

La palabra debe ser la llave

que abra las conciencias.

Abrir las puertas que nos separan

desafiar el pensamiento

y estremecer nuestra mirada horizontal.

 

Debe arrancar nuestros ojos y regalarlos

a los viajeros de otros mundos.

 

La palabra debe enterrarse en nuestra memoria

y dejar que nos descifre desde adentro.

 

Incendiémonos el cerebro

y quedémonos desnudos en la intemperie.

  

 

 

Los envenenados

 

La serpiente de la palabra

es una enfermedad agónica

en nuestra lengua.

Es mi debilidad

mi dolor que no es un simple dolor

un túnel indescifrable.

Me entrego a este vuelo luminoso

que no es una simple trayectoria lineal

de ave o rayo,

es algo más desenfrenado.

La serpiente de la palabra

no es simplemente un reptil

que se divida en símbolos

significados y significantes

al oído de los mortales

que vivimos espiando sus huellas.

Tengamos precaución

de no morir envenenados

que todavía hay luz y no todo es noche.

  

 

 

Un río invisible nos divide

 

La música no se logra

con arte de magia.

La palabra nace

porque tiene un rayo interior

y necesario a nuestros ojos.

Es un rayo que estremece

hasta al más ciego del mundo.

No todo es silencio y bullicio

en las calles donde murmuramos.

Ni desenfreno y fiesta

entre tus manos y mis manos.

Hay un río invisible que nos une

y nos hace enemigos.

Somos domadores

de serpientes y de bestias.

Falta mucho para cruzar

el puente de la luz que nos lleve

a la tierra de las sílabas.

Por desgracia, no nacimos hace siglos

ni tenemos el sacrificio suficiente

para alcanzar la orilla

de este río invisible que nos divide. 

 

 

Un cuerpo enfermo

 

La palabra es una columna rota de jirafa que está partida en dos en la tierra. Un pájaro moribundo como tu pie fuera de mi sábana. El inverso de la aritmética básica que aprenden los niños en la escuela. Un oído que siempre recuerda una dulce canción inexistente. Un puma blanco que solo existe en la nieve del recuerdo. Una cabeza rota que amanece en el sueño.

 

La palabra es un cuerpo enfermo que siempre expulsa frutas quemadas.

 

  

 

La gramática del deseo

 

a Rafael Courtoisie

Un hombre es un estado sólido que con el tiempo se vuelve líquido. Se transforma en otros minerales y va dejando la arcilla por dentro. Se disuelve en un líquido parecido a ratos al vinagre o a la gasolina de las cosas perecederas. Es un material limitado para hacer ciertos tipos de cambios en el mundo que vive. Un músculo que por costumbre se desprende de lo que ama y va deseando el futuro que no conoce. Regresa al pasado y todo es caos. Un hombre es un planeta de sentimientos y de arterias que recuerda la madera original de sus antepasados. Un corazón limitado que no cree en la victoria, pero que por decencia o por costumbre lucha por el tiempo dormido. Es una superficie de agua y de piedra que sueña con la gramática del cuerpo amado, que anhela el deseo corporal de sus instrumentos húmedos. El hombre es un cuerpo débil y gaseoso que es inferior al sueño y a la realidad. Es una relación jerárquica con los vegetales y el espacio. Sus manos son una batalla perdida. Un horror que no tiene molde y se oxida con el veneno. Es una fruta rebanada y madura que cae al vacío, inmóvil, sin cáscaras y sin fe.

 

(De La enfermedad invisible)

 

 

Datos vitales

Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979). Periodista, editor y catedrático. Ha publicado los poemarios: Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005), La bestia que me habita (2005), Cantos contra un dinosaurio ebrio (Barcelona, España, 2007), Matar a la bestia –recopilación- (Guadalajara, México, 2007) y La gramática del deseo-recopilación (La Paz, Bolivia 2009/ Monterrey, México 2009/ Neuquén, Argentina, 2009). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vázquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara Idrovo (2005), Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005), Finalista del III Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere (2007), Finalista del VII y VIII Premio Internacional de Poesía Joven Martín García Ramos (2008-2009). Es uno de los fundadores del grupo cultural guayaquileño Buseta de papel. Editor de la revista literaria El Quirófano.