Óscar AlarcónEn el marco de la Antología de Narrativa Mexicana Contemporánea de Círculo de Poesía, Presentamos dos cuentos de Óscar Alarcón (Puebla, 1979).  Autor del volumen de cuentos Polimastia (BUAP, colección Alejandro Meneses, 2008), es miembro de “Los ultracostumbristas” desde 2001. Recientemente terminó la Maestría en Historia del Arte en la UNAM.

 

 

Cero la Vieja del Basurero

 

Puta. Mi madre dice que es puta.

Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta. Y me dice que no me le acerque, que corra si intenta abrazarme. Su imagen me ronda la cabeza. Doña Graciana recorre la calle pepenando el desperdicio, busca botellas de plástico, utiliza el cartón para forrar las paredes de su cuarto y así no pasar fríos. Todo el día empuja su diablito oxidado, detrás de ella siempre camina el Usuario, su perro.

Nalga pronta, culo caliente, tiene dinero porque se coge a los borrachos. Yo la veo llamar a los chamacos, les enseña sus piernas gordas y peludas. Les grita: “ven niño, que te va a gustar”. Tiene dinero porque los cargadores del mercado le pagan, los mete en su casa y nomás se oyen los quejidos del catre. Date cuenta, cuando el foquito amarillo con caca de moscas se apaga, es porque tiene a un teporocho metido en las entrepiernas, me dice mi hermano cuando nos mandan a dormir. Doña Graciana la apestosa tiene dinero.

A las cinco de la mañana sale con su perro recogiendo la basura. Graciana cotorrea con los vendedores que comienzan a poner sus puestos. Después de casi una hora de argüende sigue su camino hasta toparse con la señora que le regala tamales y atole: lunes, de mole; martes, de rajas y arroz con leche; miércoles, champurrado y torta con doble tamal de dulce; jueves otra vez de mole; los viernes repite el champurrado y cambia el tamal: salsa verde; los sábados sólo se toma un jugo, y cierra la semana religiosamente los domingos con una última torta de tamal de dulce y un atole.

Después de desayunar, sigue su camino. La gente la identifica por su suéter roído y sin botones, falda verde, calcetas enormes arriba de las rodillas y los zapatos con un hoyo en la punta por donde se asoma el dedo gordo del pie.

A mí me gusta Doña Graciana. Todas las noches sueño que apaga mi lámpara y entonces su cara redonda llena el cuarto. El Usuario siempre me ladra, no deja que me le acerque. Maldito perro, ojalá y te maten, que el taquero te pesque por el cuello y te cocine, ojalá y te sazone, y después te coma sin que yo me dé cuenta cuando te sirvan en mi plato, dios quiera que te disfrute y después te cague, que te vayas por el hoyo de la letrina y nunca más me molestes.

 

Esta noche doña Graciana me llama cuando yo venía de regreso de la escuela. Tengo que ir a su encuentro deprisa para que mi mamá no me regañe. Las clases quedaron atrás, mi uniforme verde mayate denuncia la secundaria a la que asisto.

Doña Graciana me arrincona. Piernas peludas. Sonrisa chimuela. Puedo sentir su aliento enfermo que proviene del hígado. El Usuario me ladra. ¡Cállate!, le grita.

¡Qué chulo y qué grandote estás mijito! Entra, tócame. Así, pon tus manos en mis muslos, acaríciame la espalda, anda, prueba mis chichis, así. ¿A poco no te gusto, mi güero? Pronto estoy arrinconado entre la pared y el cuerpo de Graciana.

Se quita el suéter roído, la blusa con manchas y la falda mugrosa, su panza se desparrama, se viene abajo. ¡Los tamales, encontré los tamales! Están en sus pechos, en sus enormes tetas de marrana que todas las noches un hombre distinto prueba.

Mi cuerpo se convierte en su masa; el suyo, ha perdido los límites: no hay distinción entre la espalda y las nalgas. La raya que dividía las dos enormes esferas carnosas está perdida. Grasa, Grasa, Grasita, Graciana, Grasa, me encantas, déjame tocar tu enorme panza, deja que mi ser se pierda en la manteca que escondes en el cuerpo y que tienes para mí. Enciérrame en tu amasijo de piel, de carne y pelos, quiero encontrar la salida a tu laberinto de estrías. Bésame, Grasita, Graciana, acaríciame, Chana, cómeme, devórame como a tus tamales cotidianos.

Me gusta sentir la compañía de los hombres y de los niños, no les cobro por meterlos a mi catre donde apenas cabemos tú y yo, me dice entre resoplidos mientras me acaricia el pelo. Sigue, Graciana, llévate esta virginidad que me estorba y escóndela en la masa que te cubre entera, anda, Graciana, piérdeme en tus gigantes brazos, arrópame en tu vello púbico extinto, vamos, Graciana, déjame estar encima de ti y después duerme tranquila.

 

Los pedos de Graciana me despiertan.

¡Graciana, Graciana!, ¡hay hojas grises de papel lloviendo en el cuarto! Mira cómo caen, parecen gotas pintadas en la pared, vuelan sobre mí, caen en tu cabello y en tu panza, abre los ojos Graciana, Grasita, Chana.

 

Despierta apurada, se mueve lento, las hojas grises siguen cayendo y no dice ni una sola palabra. Graciana se me pierde en los ojos.

El Usuario ladra toda la noche. Le gruñe a dos figuras chamuscadas y de humo. El tizne del piso me confunde, estoy agotado.

 

 

 

 

 

Trece el rabo te crece en la boca de ese

 

El Usuario había tenido varios dueños. Pero un niño que murió atropellado por un camión mientras jugaba futbol, fue con quien más tiempo pasó. El niño se divertía mucho con él y lo dejaba dormir en su cama.

Como era lógico, sus padres lo echaron a la calle cuando su dueño falleció. Durante una temporada vivió en un depósito de llantas viejas, pero cuando se incendió tuvo que vagar sin encontrar una nueva casa.

A veces tomaba por asalto algún parque para que la gente le lanzara comida, le ladraba a los gatos cuando se paseaban sobre las bardas, pero los felinos, poseedores de una gran templanza y acostumbrados a los ladridos, no le hacían caso y proseguían su camino. Por supuesto uno de los sueños recurrentes del Usuario era atrapar a un gato.

En esos parques se reunían varios niños a jugar, el Usuario parecía un miembro más del grupo que atacaba los nidos de los pájaros a pedradas. Ahí, entre ellos, conoció su crueldad cuando todos esos ojos abiertos se llenaban de sangre al arrancar la cabeza de algún pájaro muerto. El Usurario era capaz de arrancar la testa de una sola tarascada. Alrededor del perro los niños gritaban extasiados, a veces con miradas de asombro y en otras, hasta lanzando espuma por la boca al ver el hocico del Usuario lleno de sangre.

— ¿Y si después ataca a uno de mis hijos? Imagínense lo que esas fauces atascadas pueden hacer en el cuello de uno de los chamacos, mejor hay que correrlo. Se decía entre los padres de algunos de los niños, quienes se dieron cuenta del criminal en potencia que tenían en el vecindario.

 

El Usuario no tenía pedegree, era un perro fuerte pero corriente, nadie pensaría que pertenecía a una familia de perros con raza, lo que sí tenía era una placa con su nombre colgada al pescuezo: Usuario.

Después de salir huyendo del parque llegó hasta un puesto de tamales donde la señora que lo atendía le dio de comer por algunos días. El Usuario vio que una señora gorda, vestida con harapos y haciendo ruido con la nariz frecuentaba a la vendedora de tamales y poco tiempo después decidió que debía seguirla.

Se cayeron bien desde un principio, la señora gorda lo llevó a su casa donde le dio de comer y le puso unos cartones afuera para que ahí durmiera. El Usuario veía cómo los hombres entraban y salían de la casa de la señora a quien con insistencia repetían su nombre: Graciana, Chana, Chanita, voy con la vieja del basurero. Por fin Graciana tenía un acompañante que no cambiaba. Y el Usuario nuevamente había elegido otro dueño. Pronto se les vio caminar juntos por la calle pepenando los botes de basura.

El perro como siempre, se quedaba afuera cuando Graciana se metía con sus amores efímeros a la casa. Entonces tomaba otra vez camino acompañado de su sombra sin perderse nunca. Recorrió las calles hasta convertirse en el ojo de ese pequeño universo: todo lo veía y todo lo sabía.

Flaco, astuto, no se fiaba de las vueltas en la esquina, a veces lo sorprendía un borracho gritándole groserías: “Ora pinche perro, me espantaste, cabrón”, entonces sabía que era momento de salir corriendo. Otras veces se encontraba con las amas de casa quienes le echaban agua para bañarlo, o los niños lo ahuyentaban con piedras. El Usuario creía que estaba pagando lo que antes había hecho con la horda que atacaba los nidos de los árboles.

Lo que más le gustaba era pasearse peligrosamente por los puestos de tacos que había en la ciudad, olfateaba el peligro, sabía que podía caer en manos de cualquier taquero, sin embargo, era un deporte que el perro practicaba a diario. Se escondía entre los botes de la basura y estaba al acecho de cualquier pedazo de carne que caía del plato o de la boca de uno de los clientes. Varios vendedores habían intentado agarrarlo para que sirviera de materia prima pero siempre había logrado escapar de todas las trampas.

 

Una noche, al regresar a la casa, doña Graciana le cerró la puerta en las narices. El perro se asomó por una ventana, no veía nada, el interior de la casa de cartón estaba a oscuras, el foco amarillo cagado por las moscas, que era el único que alumbraba la habitación, se había apagado.

De pronto, el perro alcanzó a ver dos lucecitas rojas que se movían como luciérnagas. La nariz del perro se puso alerta: olía a hierba quemada, no era la primera vez que la casa de la vieja olía de esa manera, el Usuario ya se había acostumbrado.

Las lucecitas rojas se movían de un lado a otro a lo largo del cuarto, hipnotizando al perro; el olor era intenso, comenzaba a marearlo pero no podía dejar de observarlas hasta que se convirtieron en una espiral roja que ganaba profundidad a la vista, crecía y después reducía su tamaño hasta casi desaparecer. El Usuario mantenía fija la mirada en aquella espiral escarlata hasta que el humo que se le había metido en los pulmones lo hizo toser, entonces se alejó solitario, caminando tranquilo pero con la mirada confusa. Atrás, la casa de su dueña comenzaba a arder.

La escala de grises que percibía su visión comenzó a hacerse más clara y más nítida. El blanco y negro se cubrió de una capa de bromuro de plata la cual se revelaba en los ojos del Usuario. Los gatos en las bardas se sulfataron con espectros argentosos, los postes amigables en los que orinaba triplicaron su tamaño y se cubrieron de carbón, el Usuario recordaba los dibujos de su antiguo dueño hechos con tiza; el cielo de la noche enmudeció más y se puso azabache y las estrellas brillaban en alto contraste, los faros de los coches y las lámparas eran como soles encerrados en una mesa de luz. El Usuario era un hombre flaco caminando a cuatro patas atravesando el silencio de la ciudad.

Aunque no había colores en la visión del perro, todo se magnificaba como en un estereograma, en alto relieve, sus ojos eran una realidad que superaba a la tercera dimensión, ahora comprendía lo que tantas veces escuchó de Graciana: “los ojos de los animales son lo mismo que los ojos de dios, revelan el mundo perpendicular del gallo, la humedad del pez”, pese a ello no comprendía por qué tantos de sus amigos, incluido su dueño, habían muerto atropellados con estas imágenes, tal vez era porque los ojos de dios no se fijaban en los pequeños destellos. No sabía si los ojos de dios tampoco, al igual que él, distinguían el color de los semáforos.

La exquisitez del negro al cien por ciento y del blanco en plata que resalta, elevada a la infinita potencia tenían al Usuario maravillado, no sabía por qué le estaba sucediendo esto.

Escuchó las voces de los niños ir y venir en sus orejas, se acercaba a las luces de las calles transitadas, esquivó varios coches, su nariz se detuvo frente al olor de unos tacos sudorosos, la adrenalina estaba corriendo por el cuerpo del galgo. Era momento de intentarlo una vez más.

Ahí estaba detrás de un bote de basura, la nariz no podía fallar esta vez aunque la visión estuviera duplicando el tamaño de las cosas y aumentando las tonalidades del mundo. El Usuario estaba al acecho de un pedazo de carne, abrió el hocico todo lo que pudo, se lanzó sin pensarlo…

 

¡Pásele jefe, pásele, allá adentro tenemos más mesas, pásele!, ¿de qué se los vamos a servir?


 

 

Datos vitales

Óscar Alarcón Nació en la heroica Puebla Ultracostumbrista el 11 de junio de 1979. Forma parte de los ultracostumbristas (movimiento literario nacido en Puebla) desde el año 2001. Al igual que a los otros dos ultracostumbristas, le gusta el agua de horchata y las tostadas de pollo. Tiene un libro publicado que se llama Polimastia (BUAP, colección Alejandro Meneses, 2008). Profesor de tiempo completo de literatura en la preparatoria “Emiliano Zapata” de la BUAP. Licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica por la BUAP; terminó recientemente la Maestría en Historia del Arte en la UNAM. Le gusta la música y el cine (prefiere el rock). Actualmente está enfrascado en tres proyectos: su primera novela, un libro de entrevistas y la tesis de maestría.

Puedes leer más acerca de este autor: www.ultracostumbrismo.blogspot.com