EzequielEn el marco de la serie “Poesía argentina actual”, preparada por Nicolás Pinkus, presentamos la poesía de Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, 1981). Publicó Doxa (Vox, 2008). Administra el blog https://zaidenwerg.blogspot.com, dedicado a la poesía y a la traducción de poesía. La lírica está muerta será publicado por Vox en 2011.

 

 

 

Doxa

 

Me quedé y me olvidé de que tenía que haberme quedado,

trabajando, quizás. Y abrí los ojos, grande,

hice una carpa con los codos y el encuentro de las manos.

Puse la cara encima. Esa película abrasiva,

el halo capilar que empieza a titilarme entre las palmas, eso

no puede ser mi gloria. No me glorío en nada

que avise cuando va a manifestarse;

o nunca me glorié, o nunca supe en qué gloriarme,

y cómo. Y estos ojos,

la piel de la nariz, el caracol de los oídos,

el breve vaso de agua de la conciencia, eso,

sólo lo puedo ver cuando me miro en el espejo,

o lo ven los demás sin que yo mire,

o me miro en los otros. Y está bien que así sea,

supongo. ¿Adónde está mi roca,

me pregunto, mi fuerza, mi peñasco, entonces?

Tiene que haber alguna cosa en mí que brille más

allá de mí, o vaya a hacerlo alguna vez, o lo haya hecho,

quizás sin darme cuenta yo. Y se me ocurre algo:

cuando era un embrión, cuando me hicieron,

la bola de epitelio que intentaba, ajena a mí,

actuar la simple forma que era yo, miraba toda para afuera,

un tubo dado vuelta, dado vuelta de nuevo,

con el estómago y el hígado indistintos, y los oídos y la boca:

la misma superficie, un guante solo,

única esponja-flor posada sobre el mismo, único, eje,

fisonomía pura en el abigarrado aire del vientre de mamá.

Debía haber un brillo ahí que se perdió cuando la cara ya formada

se tragó todo el resto, cuando por un pudor que no me dieron a elegir

–¿acaso el artificio le reclama al artífice: “¿por qué me hiciste así?”?–

un resto de esa gracia se ocultó en las sucesivas dimensiones desplegadas,

aquel aumento sordo de espesor y de entidad

que me permitiría ver el mundo como un mundo, luego.

Y ahora estoy pensando en esa parte que quedó indigesta,

y hay algo que me arrastra, una corriente subcutánea o algo

menos solemne acaso, al nombre que me dieron

para darme la fuerza. Taparon con un nombre

irreprochablemente israelita una mitad de mí.

¿Qué era lo que querían, que supiera

que si quería ser más parecido a lo que fuera a ser,

iba a tener que ser distinto de eso?

Mi gracia: un trabalenguas perfectamente hebreo.

¿Acaso se trataba de algo así como un Scrabble de la identidad,

pensaban que a su hijo le darían más puntos en la vida

por tantas zetas y esa cu y la doble ve?

Si había alguna cosa en mí que no era idéntica a sí misma,

¿no era mejor, acaso, hacer visibles las costuras?

Si a fin de cuentas la matriz que me engendró

jamás escuchó hablar, de chica, sobre el ghetto,

ni tuvo que saber qué cosa es el exilio en carne propia

hasta que, bueno, se exilió papá.

Si además, fueron ellos los que me criaron,

los de la parte árabe, del Líbano,

católica, o católica a su modo, que borraron de mi nombre.

Ellos también tenían a su hijo en el exilio:

acaso también él estableció su alianza en el desierto,

y lo llevaron como a Elías. Pero pagó la sangre,

porque era de otro pueblo. Y el sarcoma

le recubrió la espalda como un mapa.

¿Querían que yo fuera su Eliseo, que tomara

las dos terceras partes de su gracia?

Hasta les daba, a veces, por llamarme con su mismo apodo.

Fue demasiado para mí, un árabe imposible;

para un judío errado, un circunciso fraudulento,

que consagró su alianza en el quirófano

con el celoso dios de la fimosis 

(me acuerdo lo que era, una campana henchida,

un girasol de agua si orinaba).

Fue demasiado para mí. Pensé que era mejor hacer

como con una herida que quisiera suturarse desde adentro

para dejar la cicatriz cubierta y proteger mejor

la piel. Se me rompió de todos modos. Engordé y se me rajó,

como una copa de cristal muy burdo. Se llenó de estrías,

una retícula delgada, discontinua, sobre el plano vertical

de las axilas a las nalgas, mezcla del diseño

de un árbol genealógico desnudo de su fronda

y el mapa del genoma. ¿A qué o a quién

había que culpar, a la genética, a la frágil epidermis de mamá,

o a aquella fuerza primigenia desatada,

esa dispepsia primordial que haría de la indigestión

la principal de mis pasiones? La respuesta

pugnaba por caer en saco ciego, disfrazada de un confiado

escepticismo sin objeto que, después,

demostraría ser una nesciencia temerosa, replegada

sobre su propia falta: ¿la eludía o solamente

la estaba difiriendo? No sabía que sabía. Y elegí aferrarme

a la intuición, un poco frívola y pueril,

de que mi centro geográfico, mi casa, no podían ser

el fuelle alveolar y el abanico delicado del espíritu.

Y ahora, que me quedo y que me olvido, que clavé

mi tienda con los codos y los brazos, y la cara sumergida

entre las palmas, como un cántaro que cae dado vuelta

y que se quiebra, sin saberlo, al lado de la fuente,

estoy cayendo en una edad en la que necesito

un sustituto digno para el alma:

para ponerme en marcha, y recordar

y recordarme. Un sucedáneo digno de un prosélito

forzoso. Y el asiento de mi amor,

la sede de mi juicio, debe ser, por ende,

ese baluarte hepático, la gloria polvorienta

de mis antepasados, los que no volvieron:

el saco ponderal, la piedra hueca,

la copa sucia en la que se mezclaron.

 

(De Doxa, 2008)

 

 

 

La lírica está muerta:

 

                     se quedó

varada en un remanso hipnótico del sueño,

mientras que más allá del coágulo final de la conciencia,

en torno al lecho con dosel de plata,

junto a la cama pobre de madera y espina,

se reunían los deudos,

aguardando el instante de iniciar

la sucesión.

                   Con todos los sentidos humanos agotados,

la cápsula de viento que tenía su espíritu

subió rumbo a las auras, desleída en una racha

centrífuga de luz, igual que Elías en la tempestad, arrebatado

sobre un carro de fuego.

                                      Y aunque murió la vida,

no dejó harto consuelo su memoria: nadie partió las aguas,

ni surgió un Eliseo como sucesor.

                                                       Ajenos al prodigio,

en contubernio, se llevaron el cadáver

y vino un impostor para dictar un testamento espurio,

que se arropó con sus cobijas, tibias

todavía.

             La lírica

está muerta. “De muerte natural”,

según manifestaron a través de un portavoz,

“tras batallar durante largos años

contra una cruel enfermedad”.

  (Fin del comunicado).

“Con profundo

pesar, sus hijos y sus hijas,

sus nietos y sus nietas y su abnegado esposo

participan de su fallecimiento

y ruegan una oración en su memoria”.

                                                                       Está muerta,

la lírica. Hace ya siglo y medio,

y aunque sus herederos todavía parecen ser los mismos

–aún no peinan canas y caminan erectos, sin ayuda de nadie–,

recién ahora el expediente

(LÍRICA S/SUCESIÓN AB INTESTATO),

tras mil y una ofensivas judiciales,

tiene sentencia firme, y es posible dar curso

a la liquidación definitiva del acervo hereditario:
                                                                               PROPIEDADES OFRECIDAS:

Gran oportunidad. Se vende torre. Únicamente en block.

Importantes detalles en marfil sobre fachada.

Destino: comercial o dependencias estatales.

A reciclar. Sin baños ni ventanas.

Gran profusión de espejos.

 

 

 

El matadero

 

La lírica está muerta. Vinieron a buscarla

después que se cargaron a judíos, católicos,

comunistas, etcétera; una vez que borraron

a todos, en resumen, los que seguían creyendo

en algo todavía. Yo no me preocupé

cuando se la llevaron. (Supongo que a esta altura

se imaginan el resto). Es mentira que todos

seamos necesarios, y además el poema,

muchachos, no es de Brecht.    

                                              (¿Que qué pasó? Perdonen que me vaya

por las ramas). Fue por semana santa,

a plena luz del día. Casualmente,

yo estaba por ahí y pude verlo todo:

ella andaba en su auto (muy caro, hay que decirlo,

para ir por esos barrios); de repente se cruza

un camión frigorífico. Frenan los dos de golpe.

Un tipo desdentado, de melena grasienta,

con anteojos de culo de botella,

se baja del camión y se pone a increparla. (En realidad,

todo estaba orquestado

de antemano). Se baja ella del auto. “Por favor”,

le pide, “tranquilícese”. “Yo no

me tranquilizo nada”, dice el tipo de los dientes y de pronto saca un arma

que tenía escondida entre la ropa,

y espejeaba ahora al sol.

     A partir de ese punto,

en el recuerdo, se acelera todo.

                                                  El tipo le gritó que fuera para adentro,

a la parte de atrás, a hacerles compañía

a las reses. Pero ella se negó. Y ante la negativa,

el tipo la golpeó con la culata del arma,

y la tiró sobre el capot del auto.

    Forcejearon.

El tipo de los dientes se le pegó de atrás,

y le subió el vestido. Ella gritó

algo que no recuerdo, y un torrente de sangre

le brotó por la boca, a borbollones. (Explotó de repente,

igual que una morcilla que se deja

demasiado en el fuego. Y yo pensé

–de eso sí me acuerdo– en la justicia

poética). 

   La última

imagen que me queda en la memoria

es la de un taco de ella, partido, en el asfalto,

y la luna, joyesca, que rielaba

sobre el charco de sangre.

 

 

 

 

Ernesto Rafael Guevara de la Serna

                                                                                             

La lírica está muerta.

                                   En esa foto

que dio la vuelta al mundo, en torno del cadáver

se ve una extraña compañía: tres

civiles (dos lo observan curiosos y el tercero

desvía la mirada); dos gendarmes

con cara de asustados; un fotógrafo

que aparece de espaldas, con tres cuartos del cuerpo

fuera de cuadro; y dos

oficiales que visten uniformes con galones:

uno mira a la cámara que le apunta el fotógrafo

mientras sostiene la cabeza inerte,

posando como un cazador con su trofeo;

el otro, que aparenta tener el mayor rango,

señala con el índice de su mano derecha

el lugar donde antes latía el corazón,

como si con su toque pudiera reanimarlo.

Con los ojos abiertos y la mirada clara,

el cuerpo pareciera querer incorporarse como un Lázaro

que volviese a la vida por un instante apenas,

para hundirse de nuevo, de inmediato,

en la muerte.

La lírica está muerta.

                                                           Y me imagino

lo que estarán diciendo quienes creían en ella

para justificarlo

(lo de siempre):

que no era ella la luz,

sino que había venido en testimonio de la luz;

que vino entre los suyos,

pero los suyos no la recibieron.                                                                                                                                                                                Lo cierto es que fue así:

era de madrugada cuando la capturamos,

herida de un balazo en una pierna

luego de una emboscada que se había prolongado

del mediodía hasta muy tarde,

bien entrada la noche.

                                     En esas condiciones, así y todo,

¾aparte de la pierna, el asma le oprimía

los pulmones¾, había persistido en el combate,

hasta que su fusil quedó inutilizado por completo

por un disparo que le destruyó el cañón;

además, la pistola que portaba tenía

el cargador vacío.

       Trasladada al cuartel

(que era una escuela), al ser interrogada,

dijo que la belleza era paciencia

y nos habló del lirio ¾pero ¿cómo

es un lirio?, yo acá nunca vi uno¾,

y de cómo en el campo,

después de tantas noches bajo tierra,

del tallo verde a la corola blanca

irrumpe un día.

   Pero por estas latitudes

todo crece en desorden, sin propósito,

y yo, que vine al mundo y me crié

salvajemente contra todo y a pesar de todo,

como el pasto que surge entre las grietas del asfalto

y que los coches pisan al pasar ¾pero acá

no tenemos caminos asfaltados, y autos casi no hay¾,

no la podía comprender, a ella que había nacido para todo,

un cálculo preciso de sus padres,

una inversión de cara hacia el futuro

¾el tiempo para ella era una flecha que avanzaba con conciencia

hacia su conclusión, mientras que para mí era un ciclo regulado

no por la urgencia del deseo ni las sordas impresiones del instinto,

sino más bien por algo sagrado, aunque remoto¾;

no podía entender que hubiera abandonado

lo que fuera que hubiese dejado atrás (¿la falta de propósito

de una existencia cómoda o tal vez el exceso

de determinación?) por venir a este páramo

en donde todo crece pero nada

abunda más que el hambre,

a dar vueltas en círculos y ver cómo caían uno a uno

los compañeros, en combate contra un adversario innumerable

pero infinitamente dividido, por la gloria

triunfante de una Idea: nosotros, que nacemos

en este rincón último,

en donde la naturaleza aún

existe separada de la voluntad del hombre,

aprendemos temprano en nuestras vidas que la libertad

no es cosa de este mundo, y que el amor

es acto y no potencia.

                                     Pero no dije nada.

Después se hizo un silencio:

mientras la interrogábamos, nos había llegado

la orden de matarla. (Lo de las manos fue después de muerta,

pero yo no lo vi.  Me contaron, incluso,

que habían ordenado cortarle la cabeza,

y que alguien se negó).

                                       Pasaron unas horas.

Un superior nos dijo que esperáramos

para ver si no había contraorden,

que no llegó (en la radio ya anunciaban su muerte).

Llegaba el mediodía. Había que matarla.

Y en cuanto al desenlace que tuvieron los hechos,

no es verdad lo que dicen: que no nos atrevíamos,

que nos emborracharon para darnos coraje,

y que ni así podíamos.

  Nosotros simplemente

hicimos lo que nos habían ordenado;

entramos en el aula en donde la teníamos

y la matamos como se mata a un animal

para comer.

 

 

 

Lo que el amor les hace a los poetas

 

no es trágico: es atroz. Les sobreviene

una luctuosa ruina a los poetas que el amor captura,

sin importar su orientación o identidad

poética. El amor lleva al total desastre

de la uniformidad a los poetas gay,

a los poetas pansexuales y bisiestos,

y a las poetas y poetrices feministas, fementidas o veraces;

a los obsesionados con el género 

y a los degenerados por igual, y a los perversos polimorfos:

y hasta los fetichistas de los pies

del verso capitulan a las plantas del amor,

que no distingue ideología,

programa ni poética. A los vates de la torre de marfil

los precipita del penthouse ebúrneo

directo a planta baja. A los apóstoles

del Zeitgeist, que proclaman sin empacho que la lírica está muerta,

les permite insistir en el error

y en sus prolijas parrafadas. Les produce una hemorragia palatal

a los que comban parcos aforismos diagonales,

a los herméticos de lata, a los que envasan

sus versos al vacío, a los falsarios del silencio,

y a los que fraguan haikus castellanos

al itálico modo. A los puristas de la voz les corta en seco

su dulce lamentar, y a los maniáticos del ritmo

les quiebra las falanges, y estropea

el íntimo metrónomo que llevan junto al corazón

para marcar el paso de sus versos. Les compone el sensorio

a los videntes y malditos y demás

rebeldes e insurrectos sin razón ni causa

poética, y les cura el desarreglo razonado

de todos los sentidos. Desaloja de su noche oscura

a los que piden luz para el poema

en las cavernas del sentido, y los devuelve sin escalas

a la trasnoche de la carne literal. Lo que el amor

les hace a los poetas, con paciencia y mansedumbre,

mientras las mariposas lentamente les ulceran el estómago

y el páncreas poco a poco deja de funcionar,

es harto inconveniente. A los que buscan con ahínco

y precisión de cirujano la palabra justa les arruina

el pulso, y en lugar de dar la vida, la aniquilan en su afán.

Y a los que con ardor y devoción persiguen

un absoluto en el poema, como un grial

todo de luz, tirante, diáfana y febril,

les nubla las certezas, y el deseo mismo

de saciar su ansiedad. Lo que el amor

les hace a los poetas, inadvertidamente,

mientras cosen y cantan y se atoran de perdices, es agudo, terminal

y fulminante. Es un torrente arrollador

de prosa, que espolea y multiplica, en progresión exponencial,

a los zopencos y palurdos de la poesía:

a los que cortan sin razón sus versos diminutos;

a los jinetes compulsivos;

a los diseñadores tipográficos del verso;

a los que quiebran la sintaxis sin saber

torcerla; a los que escarban en el éter a la busca de inauditos neologismos inaudibles;

a los modernos sin pretexto; a los que creen descubrir

la pólvora en sus versos balbucientes;

a los contestatarios automáticos y a los porno-poetas;

a los que sueltan grandes nombres por la densa

fronda de sus poemas, como Hänsel y Gretel esparcían

migas; a los que impostan en su voz

vacante los mohines de una infancia lobotomizada;

a los poetas bellos y felices, caprichosos;

a las tribus urbanas y los groupies de la poesía pubescente;

a los poetas pop y los rockstars del verso;

a los videopoetas y performers;

a los ovni-poetas, voladores o rastreros, identificados;

a los objetivistas sin objeto

ni vista; a los que exigen que el poema

se vista de mendigo; a los filósofos poetas;

y a los cultores convencidos

de la “prosa poética”. El amor,

que mueve el sol y a los demás poetas,

los lleva hasta el postrero paroxismo: los convierte

en tierra, en humo, en sombra, en polvo, etcétera:

en polvo enamorado.

                                   Y si resulta todavía que entre ellos

se aman amorosos los poetas pares,

felices en su amor solar sin escansión,

como si fueran en verdad el uno para el otro

un agujero negro de opiniones nebulosas,

tácitas palmaditas en la espalda y comentarios tibios al pasar,

enanos, enfriándose, se absorben entre sí

y desaparecen.

 

 (De La lírica está muerta, Vox, 2011 [en prensa])

 

 

Datos vitales

Ezequiel Zaidenwerg nació en la Ciudad de Buenos Aires el 25 de marzo de 1981. Publicó Doxa (Vox, 2008). Administra el blog https://zaidenwerg.blogspot.com, dedicado a la poesía y a la traducción de poesía. La lírica está muerta, su segundo libro de poemas, será publicado por Vox en 2011.