Juan-de-Dios-Peza[1]

El poeta y ensayista Carlos Ramírez Vuelvas (Colima, 1981) nos presenta un excelente ensayo respecto a la actividad de Juan de Dios Peza durante sus años en España. Según Ramírez Vuelvas, Peza es “el primer mexicano en exotizar a España”.

 

Juan de Dios Peza, ese dandy desconocido, y la comunidad imaginada de la lengua española

 

Para Alí Calderón

 

 

Entre 1878 y 1880, el poeta Juan de Dios Peza recibió la encomienda oficial de segundo secretario de la Legación de México en Madrid, gracias a su talento literario y a las recomendaciones de su padrino, Vicente Riva Palacio. Para entonces, Peza ya era un intelectual conocido en la Villa y Corte. Ahí estuvo, en 1870, para la presentación de El libro rojo. Hogueras, horcas, patíbulos, suicidios, y sucesos singulares y extraños acaecidos en México durante las guerras civiles y extranjeras, escrito en coautoría con Riva Palacio, Manuel Payno, Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre, buena parte de la “inteligencia mexicana” liberal, que así se presentaba en la capital de España.

La presentación de El libro Rojo en Madrid no sólo era un evento crítico en la reanudación de relaciones diplomáticas oficiales entre los dos países luego de un extenuante proceso de autonomía y soberanía nacional en la primera mitad del siglo XIX; el hecho, promovido por Vicente Riva Palacio, demostraba los términos en los que la cultura mexicana expresó su personalidad en la capital española: como alumnos avanzados de las doctrinas del liberalismo francés y aspirantes a ser reconocidos de manera neutral y objetiva en la revisión de un pasado.

De esta reunión de intelectuales mexicanos en Madrid, quien aprovechó la estancia con más tesón fue Juan de Dios Peza, joven, con 24 años corriéndole por las venas. A pesar de su lozanía era todo un veterano en lides culturales que destacaba por su imaginación y buen trato en las conversaciones, lo que le permitió entablar amistad fácilmente con Emilio Castelar, José Selgas y Manuel Tamayo y Baus, además de Gaspar Núñez Arce, Ramón de Campoamor y Antonio Grilo, quienes se encargaron de ambientar al joven Peza en la vida cultural de la Villa y Corte. En 1874, Juan de Dios Peza regresó a Madrid para presentar en el Teatro del Conservatorio su obra La ciencia del hogar, a la que le seguirían Un epílogo de amor y Los últimos instantes de Cristóbal, las cuales, a decir de La Ilustración Española y Americana, “le proporcionaron ruidosos triunfos”.

Cuando Peza asumió el cargo diplomático en 1878, ya era reconocido por varios de los intelectuales más importantes de España con quienes montaba su tertulia personal. Solía escaparse de la rigurosidad de la Corte para perderse en las diversiones de la Villa nocturna en el invierno. De frac y corbata blanca, “me envolvía en ancha capa española de vueltas rojas –escribió en sus memorias–, me calaba un sombrero hongo y sin que nadie lo supiera, concurría una hora y hora y media a oír los cantos flamencos en el salón de la calle de Barquillo”, donde se regocijaba con los versos de Paca La roleña, y las jaberas, soleáes y playeras de Lola La zurda. En sus textos mnemotécnicos, Peza evocará sus años mozos en Madrid con rebosante alegría que contrastará con la tristeza con que escribió sus recuerdos (abandonado por su mujer, desbocó su desasosiego en su libro de poesía más célebre Cantos del hogar), mientras se veía pasear nuevamente por la repostería del Restaurante Lhardy, o en las afueras del Teatro Real (donde escuchó a Adelina Patti), o siguiendo a las mujeres hermosas de la calle Alcalá.

Según Peza, la tertulia mexicana hacía buenas rondas culturales con José Selgas, “un hombre delgado, de regular estatura, entrado en años con gran frente, ojos pequeños y expresivos, nariz larga, bigote caído sobre los labios una poblada pero pequeña piocha saliente, que daba a su rostro un perfil característico”, a quien admiraba desde su época de estudiante en México, donde leyó poseso los libros de poesía La primavera y El estío, colecciones de versos melosos de Selgas. El autor de La manzana de oro era un influyente político que participó de manera activa en el Partido Conservador, hasta ocupar la secretaría de la presidencia del Consejo de Ministros al servicio de Arsenio Martínez Campos.

Presentado por otro poeta mexicano con periodo español, Juan B. Híjar y Haro, Juan de Dios Peza también frecuentó la casa de Gaspar Núñez de Arce, “el poeta más grande y moderno de España”, quien “tenía vivas simpatías por México y los mexicanos”; aunque dicha simpatía apenas se observa en comentarios al vuelo sobre Manuel Acuña, Juan Díaz Covarrubias, Manuel M. Flores y Justo Sierra, incluidos en la antología de Peza. Además, la tertulia del poeta mexicano incluía otros recorrido. En el Café de las Columnas conversó con Manuel Fernández y González, “tan ocurrente, tan verboso y tan repentista”; y en el Café Príncipe, con los dramaturgos Ventura de la Vega, Mariano José de Larra, Antonio García Gutiérrez y José de Espronceda, a quienes escuchó leer los manuscritos de sus dramas.

Sin intimar en el plano social y ligero de la tertulia de café, en la Real Academia Española de la Lengua conoció a otros intelectuales como Manuel Tamayo y Baus, “un hombre dichoso”, entonces secretario y bibliotecario de la institución; conversó con Aureliano Fernández Guerra, “elegante prosista, concienzudo arqueólogo, poeta y docto historiador”; y con Manuel Cañete, “personificación del gusto académico, del purismo en las ideas, en las formas y en el lenguaje”. Discutió amablemente con Antonio F. Grilo, “ruiseñor de los bosques de Córdoba”; y con el Padre Fita, y con Ramón Mesonero y Romanos, y Adelardo López de Ayala, y José Zorrilla… Esta intensa actividad social en la vida intelectual madrileña será fundamental para que la literatura de Peza se afiance en el campo literario de la Villa y Corte.

La evolución de su poesía demuestra el aprendizaje gradual, rigurosamente sintetizado, de la retórica discursiva de los escritores españoles que conoció. A tal grado que cuando describe la obra de Tamayo y Baus pereciera que habla de sí mismo: “todas sus obras están inspiradas en el arte bueno y bello: Dios, la patria, la familia, la justicia y el honor”. La identificación y definición de estos valores constituyen la gran aportación de Peza en la constitución de la patria intelectual de la lengua española: compendiar el discurso de la construcción de la tradición ilustrada de la literatura española para fijar los símbolos que, se dijo entonces, hermanan a las sociedades de habla hispana: lengua, religión y raza. Peza demostró otra cualidad que sorprendió a los intelectuales de la Villa y Corte, que en México se tenía la misma percepción respecto a la valoración de los valores estético-literarios: lengua, religión y raza eran tan apreciadas por el secretario perpetuo de la Real Academia de la Lengua Española, como por el primer secretario de la legación de México. 

Una lectura general de los recuerdos de Juan de Dios Peza en su etapa de diplomático en España, nos lleva a distintas latitudes de la Comunidad de Madrid y del país. En Alcalá de Henares se recreó contemplando la casa de Cervantes y sus sueños frustrados por conocer América. En Toledo se inspiraba en las divagaciones históricas que suscitaban las murallas medievales, y ciertas leyendas de godos y visigodos con armaduras de plata. Peza recorrió España “en busca de algo que no alcanza”, para parafrasear uno de los poemas modernistas de Rubén Darío. Viaja hacia al norte, puerta de entrada natural de los mexicanos en España, donde descubre, escribe y traza para la prensa de su país, la belleza de la capital de Cantabria, Santander. Puerto consagrado por la Compañía Trasatlántica, donde bajan del vapor los mexicanos con rumbo a la Península Ibérica, y donde se despiden los españoles que sueñan con América. El poeta asevera que el clima frío de la montaña ayuda al desarrollo del ingenio, como en los escritores, sus amigos, Casimirio del Collado y Marcelino Menéndez Pelayo.

También se deleita en Burgos, cabeza de Castilla, donde prueba con ínfulas de sibarita vinos, quesos y carnes. Lo mismo le sucede en Asturias, rica en comidas, y sus limpias campiñas de vista inalcanzable. Luego descansa la Semana Santa en Sevilla, para ensoñar una visión primaveral de Andalucía: flores para la Virgen de Triana, versos a los monumentos de Granada. Aún más florido es el paisaje de Valencia; y si es más árido en Extremadura aún resultan arrobadoras la casa de Hernán Cortés y la capilla campestre de la Virgen Morena, su señora. Cuando se refiere a los intelectuales españoles con los que convivió, sus epítetos son grandilocuentes a pesar de que estos escritores no gozaran de buenos comentarios de la recepción crítica del país, como en los casos de Antonio Grilo y Aureliano Fernández Guerra.

Peza fue subyugado por la emoción del viajero que, aún antes de llegar a su destino, avanza maravillado con la sensación del viaje. Por eso a sus palabras no les falta el toque exotista. “Todo lo inesperado, me resultó la visita a la medida de mi deseo”, dice en otro momento, arrebolado. Hay tal aire de optimismo en su obra literaria, que resultaría imposible que las expectativas no fueran igual de placenteras que la experiencia misma. De ahí que Peza sea verdaderamente el primer mexicano en exotizar a España. Su hispanofilia fue presentida, educada y expresada, con discursos hiperbólicos. En el recorrido de cualquier detalle del paisaje español, lo toma por asalto el asombro; todo lo que mira lo seduce. Todo lo absorbe: ansioso, observa ahí el pasado y también anhela ahí el futuro de su patria, de sus patrias. El hecho de que un poeta mexicano exotice a España, aún en textos saturados por símbolos de una felicidad superlativa que parece impostada, es el primer síntoma para reconocer que el propósito intelectual de la cultura mexicana era sostener un diálogo fraterno con España. Peza se abstiene de hablar de política pero la intención última de sus recuerdos españoles es hablar de su sorpresa ante una cultura distinta, que de algún modo querría dibujar en México y en su patria intelectual; una geografía llena de contradicciones, que gracias a sus símbolos culturales mantiene la unidad, aún más visible en la capital del país.

De esta gran experiencia que fue su vida en España, Peza destaca lo vivido en Madrid. De ningún otro sitio de España hablará tanto como de las tertulias de Madrid, de los teatros de Madrid, de los cafés de Madrid, de las mujeres de Madrid, de los artistas de Madrid. A Peza le fascinan las calles madrileñas. Andadores, callejones, callejuelas de la capital de España. La sobriedad de la Villa y Corte que pierde compostura con la noche, cuando el escenario nocturno dibuja siluetas de la España cañí que circundan los escenarios matritenses. Enamorado de las calles, en una ocasión el poeta sale a caminar; el verbo será utilizado por los modernistas, a partir del galicismo flâneur: flanear, vagar por las calles de la urbe. Entonces escucha el redoble de una campana que lo lleva a una divagación mental, entre recordaciones históricas, anécdotas terroríficas y explicaciones fantásticas: “mi imaginación juvenil y ardiente me transportaba en sus alas de fuego a las edades románticas en que un amor invencible rompía rejas, derribaba muros, profanaba claustros y triunfaba al fin sin importarle al pecho que lo alentaba, ni la excomunión ni la muerte.”

A partir de este pasaje se observa una bifurcación de significados de la experiencia española de Peza. Para finales del siglo XIX, sólo su ánimo intelectual podía recobrar la esperanza de forjar la identidad mexicana a partir del restablecimiento de los lazos fraternos con España. En México ya se diseñaban los planes educativos con la interpretación de modelos franceses, calados en el positivismo de Augusto Comte. Incluso la denominación de la raza del Continente Americano dejaba de ser hispanoamericana para convertirse en latinoamericana, término utilizado por primera vez por el filósofo chileno Francisco Bilbao durante sus conferencias en la Sorbona de París, en 1856. La historiografía más usual dice que México comenzó a afrancesarse. Pero Juan de Dios Peza parece ignorar todo ello. Su mundo de andadores matritenses y de medievalismo segoviano, con campanadas toledanas de fondo, plantea otro reconocimiento de la patria. Sus construcciones discursivas, por lo demás dulces y amables, reiteraban las simpatías (es decir, empatías) entre México y España, a partir de los que podríamos llamar los símbolos de Peza: lengua, raza y religión.

Por otro lado, en su descubrimiento de la urbe española, tan parecida y distante a la que se construía en México, encuentra los escenarios de su imaginación, que él mismo califica de romántica: juventud, libertad y amor invencible. En la voz del poeta se revelan dos niveles discursivos esenciales para un escritor mexicano en Madrid: como diplomático natural, en él prevalece la difusión de los símbolos que hermanan a ambas sociedades; como creador literario su “imaginación” construye un mundo ajeno a esas sociedades. Por la época en la que transcurre su biografía, Peza representa la pugna entre el liberal laicista que propone una nueva identidad (estética, nacional) y el conservador religioso afanado en recuperar los valores prestigiosos del pasado. Después de Peza, todos los escritores mexicanos que lleguen a Madrid para pertenecer a la patria imaginada de la lengua española, tendrán que ser, a su manera, Juan de Dios Peza.

En otra ocasión, nuevamente de flanêur por la ciudad, se deja guiar por tres focos rojos que iluminan un letrero: “El Escorial”. No captura la atención del escritor ni el menú del sitio, ni el aspecto del edificio; es el efecto de los focos rojos sobre la evocación de un nombre, “¡Qué título más sugestivo para los que queremos a España[!]”, exclama de inmediato, para después señalar: “entré al restaurante netamente español con más hambre intelectual que apetito material de golosinas”. ¿Con quién podría encontrarse un hombre que sólo persigue su imaginación con “hambre intelectual”? Con literatos: “¡Cuánto hablamos de España! ¡Lo mismo recorríamos con el pensamiento los risueños y pintorescos pueblos de Asturias que las comarcas feraces de Andalucía!”. Pero el sitio de su imaginación también es otra España, aquella que debe recorrerse con el pensamiento, la imaginación o la fantasía. Es la primera ocasión que el efecto de extrañeza del viajero exotista encuentra a través de la imaginación la ruta que lo lleve a la patria de la lengua española.

 

 

Hemerobilbiografía

 

Cuenca, Carlos Luis de, “D. Juan de Dios Peza”, La Ilustración Española y Americana, a. XLII, núm. XXVIII (22 de julio de 1899), pp. 3 y 4.

Peza, Juan de Dios. Memorias, reliquias y relatos. México, Editora Nacional, 1966.

 

_______, Recuerdos de España. México, E. Gómez de la Puente editor, 1922.

 

_______, Recuerdos de vida. Cuentos, diálogos y narraciones anecdóticos e históricos. México, Herreros hermanos, sucesores, 1907. 

 

_______, De la gaveta íntima: memorias, reliquias y relatos. París, Viuda de Ch. Bouret, 1900.

 

_______, Poesía completa. París, Imprenta de la Viuda de Ch. Bouret, 1890.

 

_______, La lira mexicana. Colección de poesías de autores contemporáneos. Madrid, R. Velasco Impresor, 1879.

 

Zulueta, Jesús Manuel, Viajeros hispanoamericanos por la España de fin de siglo (1890-1904). Cádiz, Universidad de Cádiz, Ayuntamiento de Cádiz, 2002.