John JunielesEn el marco de la Antología de Poesía colombiana, preparada por Federico Díaz Granados, presentamos el trabajo de John Junieles (Sincé, 1979). Es escritor, periodista, guionista. Mereció los premios Premio Internacional de Poesia, Ciudad Alajuela, Costa Rica y el Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogota.

 

 

 

EVOCACIÓN DEL ALBA EN LA PLAZA DEL ZÓCALO

                   

Nada me desengaña,

el mundo me ha hechizado.

Quevedo

 

 

Qué es esta luz donde vuelvo a ser Adán

nombrando piedras y cosas que se mueven,

con esta voz que talla en la honda madera del silencio.

 

Palomas de esquina Francisco Madero,

sacerdotisas del azul mañana aleteando en la luz,

como en una vieja película en blanco y negro que vi de niño

y para siempre.

                  

Hay un rumor de confesión habitando el aire de esta madrugada

de aceras rotas, piedras que dicen al paseante:

soy aquello que queda después de tus pasos.

 

Nariz de piedra y águila de los mexicanos, 

cascada de luz en el rostro.

Desde esta esquina el tiempo parece

irse a ninguna parte.

Un oro vago tiembla tras las duras azoteas,

la lenta intención del día, abriéndose como una flor de luz.

 

Arroba mi corazón sentir cómo ciertos momentos

parecen ser toda una vida, y luego,

uno simplemente sigue andando.

 

 

 

  

EL SIEMPRE ABRAZO

 

Hasta mi soledad llegan los amigos

ellos saben dónde buscarme y encontrar.

 

Aunque no conocen con certeza lo que soy

lo presienten –dicen—

no espero que puedan entender

por qué inútilmente debo ser Junieles

por qué tomo a veces el teléfono, me llamo

y no me encuentro;

por qué pierdo tiempo enseñando lo que no

se puede –que una palabra es la distancia—

 

A ellos me une algo más que unos tragos

y una pila de libros mal leídos;

mi gente del converse y del enamore.

 

Pero la soledad estaba antes que ellos,

por eso no se ha ido y me reclama,

no es que la ame más pero sí por más tiempo.

 

Los amigos,

les digo adiós,

y enseguida lamento haberlo dicho.

 

 

 

POEMA DE MADRE

 

La vida es una mujer con sus dos manos para hacer lo que haga falta.

Un marcado aire de familia me une con esta modista que lleva

treinta años frente a una Singer,

que escucha radionovelas, y que aún conserva en un armario

los tres ombligos de sus hijos.

 

¿De qué madera está hecha esta canoa que lleva medio río sin

quejas, y piensa que todo mal  lleva al bien amarrado en la cola?.

¿Cuántas muertes me faltan a mí para parecerme  a ella?,

para decir como dice ella: “Si vives como si tuvieras fe,

la fe te será otorgada”.

 

Años antes de que yo naciera madre colgó una estampa que

aún pervive: Dos niños recogen flores a la orilla de un despeñadero

y un Ángel de la Guarda conjura el peligro con su presencia.

 

Dime madre con tus ojos el secreto,

dime cómo se llega alegre hasta el final,

a pesar de los abismos,

dímelo a mí, que soy la única pluma sucia de tus alas.

 

  

 

 

TEMERÉ POR MÍ  AL FINAL DE ESTAS LÍNEAS

 

Sé que está solo,

no como el primer hombre,

sino como el último.

 

Sabe que cada noche será peor y

ya que no hay nada por hacer.

 

Sabe que las noches son más largas para él

que para cualquier otro hombre,

que no hay nada que pueda cambiar ese destino,

y ya no tendría el coraje.

 

Sabe que no hay hadas madrinas de este lado

del sol, que no hay frutas gratuitas,

que los mamíferos no se aman para siempre.

 

Donde quiera que se encuentre habrá una

parte suya que nunca estará con él.

Tal vez sus ojos llevan estrellas de otros cielos,

sus zapatos, polvo de otros caminos.

 

Sé que en su pecho se mueve con lástima

una cosa dura, y que cuando pienso en él,

como ahora frente al espejo,

está más solo todavía.

 


 

 

RITUALES

 

Toma una vela roja, y con un clavo escribe en ella el nombre de quien amas, enciéndela y déjala alumbrar lo que dura un padre nuestro, luego apágala con tu saliva.

Toma un plato lleno de azúcar, escribe tu nombre y el que ocupa tus sueños. Llévalo al patio, y recógelo cuando las hormigas hayan terminado.

Enciende tres velas blancas con fósforos diferentes; con la vela que más dure enciende un papel verde  donde hayas escrito tus peticiones, abre la ventana y sopla las cenizas.

Coloca en un plato con miel dos clavos viejos de herradura de caballo en forma de cruz, unta con la miel la punta de un lápiz negro y escribe en el espejo donde te peinas el nombre de todos tus miedos. Luego, a la medianoche, lávalo con tu orín y sécalo con las páginas del calendario.

Después de todo esto no olvides:

lavarte la boca,  lustrar tus zapatos,

y robar la cartera de tu padre.

 

 

 

 

UN VIEJO VECINO DE LONGUEVILLE  INVITA A NICOLE KIDMAN

 

Ven desde tu tierra roja, desde tu refugio allá en la vieja casa de Longueville, donde mordías la tela de una muñeca pensando en cosas lejanas. Entonces yo era tu vecino, un patio y dos mundos más allá.

Aparta la cortina que te separa, asómate, deja que la luz se arrodille y el mundo se abra como un mantel ante tus ojos, que hacen olvidar el paso de las nubes. No es el cielo que cae a pedazos, son tus ojos, la delgada marea de sus párpados; es como ver el mar, y el mar nunca es igual dos veces.

Mis pies conocen el paisaje de tu espejo, soy la sombra que ves pasar mientras te peinas. Soy quien te llama cuando nadie te está llamando. No tengas miedo, yo también aprendí a leer a Emily Dickinson en voz baja, y a no cerrar los ojos de la nuca en ciertas calles.

Un hombre que va solo al cine te está esperando. Existe en este mundo una ciudad, una esquina, una puerta que espera tus nudillos. Nadie recuerda el nombre que pronuncia mientras sueña,

yo sí, es tu nombre, que suena como el viento en valles y estaciones apacibles. Ven y dile adiós al frío, a tus mejillas color de tarde derrotada.

Te enseñaré como se cazan las mariposas, y haré que nazcan plumas en tu espalda.

 

 

 


UN POSIBLE JORGE LUIS BORGES –JUNTO A UN LAZARILLO— PASEA LAS CALLES DE CARTAGENA DE INDIAS EN 1965

 

 

Todos los espejos donde se mira un hombre son un solo espejo. El mar es sólo una gota que se repite. Conforme a esa fe de unidad, esta calle de Cartagena es la misma que un día caminé cuando joven en un barrio del sur de Buenos Aires, y que mañana mis pasos anudarán a otras calles de Alajuela, de Marrakech, o de Ginebra.

La reconozco: la íntima y plural, la mágica y sucesiva calle; extraños recodos la unen a otras donde pasa un viento en que laten borrosas sombras: madre y padre, hermosos todavía como una promesa. Calles donde se oyen otra vez queridas voces: Alfonso Reyes, el hombre que me gustaría haber sido.

Un indicio de esta magia, por la cual todas las calles son una sola, es que recuerdo a todas en esta calle cartagenera que hoy fatigo en mis pasos, y a esta la recordaré otra vez, y volveré a suceder en ella, aunque mi pecho respire mañana la Alhambra de Granada.

Más allá de la sospecha, sé que hay una estrella que me escribe, y otra que me borra. Las estrellas, bajo cuyo augurio cobraron forma mis pasos, siguen trazando el itinerario. Por algún prodigio me he quedado en todas estas calles, tal vez sólo es nostalgia de mí mismo lo que estoy sintiendo.

 

 


 

UNA HISTORIA BOSTONIANA

 

Para Guillermo Arriaga

 

En Boston aún conservan la tradición de hacer trajes especiales para difuntos.Uno de esos sastres, es un tipo solitario a quien llamaremos Francis. Después de los sepelios Francis va por la noche al cementerio, recobra el vestido y lo vende a un nuevo cliente.

En una ocasión la hermosa difunta es la única hija de un millonario, se llama Lana y sufre de catalepsia, despierta amnésica en brazos del sastre y este la convence de que es su mujer. Se van juntos a vivir a Los Ángeles, y él inventa para ella una nueva identidad.

Muchos años después, el hijo huérfano de Lana y Francis, es un guardia nocturno, a quien llamaremos Lázaro, quien acostumbra masturbarse de noche con la estatua de una estrella de cine, en el museo de cera donde presta vigilancia.Cierta noche es descubierto por su jefe, quien lo despide: “Agradezca que no levantamos cargos por el vestido manchado”. Lázaro abandona Los Ángeles, y después de deambular por todo el país arriba a Boston, donde consigue empleo como mesero de banquetes y fiestas.

El padre de Lana nunca se recuperó de la muerte de su hija, se convirtió en un excéntrico millonario, y ahora agoniza triste y solo en su mansión. Entonces hace una fiesta y decide sortear toda su fortuna a quien encuentre una llave escondida en algún lugar de la casa. En vano los invitados buscan toda la noche, se marchan en la mañana ebrios y cabizbajos.

Alguien tiene que limpiar este desastre: espejos y floreros rotos, cojines rasgados, armarios con ropa destrozada, cajones vacíos y botellas regadas por el suelo. Al final sabemos que la llave estaba dentro de un gran cisne de hielo esculpido, en la mesa de la sala central (algo que nunca debe faltar en una gran fiesta )

Mientras seca el agua de la mesa, Lázaro descubre la llave y se la lleva al viejo, quien reconoce que Lázaro ha ganado la apuesta, que ahora puede morir ligero de equipaje, sólo pide ser sepultado al lado de su hija.

Escena final: Lázaro —el joven millonario— se casa con la estrella de cine que tenía su estatua en aquel museo de cera. En el centro de su banquete de bodas hay dos novios de hielo que ya empiezan a derretirse.

 

 

 


AL SALIR DE LA OFICINA

 

Cuando parece que ya nada queda en pie,

uno sale de la oficina, y va con su

cuchara al mediodía, guardando distancia

suficiente para que no salpique

la sangre de la duda.

 

Y uno va por la calle preguntándose cómo

decir lo invisible, lo que el pensamiento

no puede pensar: el hábito de las nubes

de repetir el universo, las señales secretas

que los romanos buscaron en el vientre

de las aves.

 

A ninguna conclusión llegamos,

seguimos caminando,

nos cosemos las alas en la espalda,

y vamos a los altares donde el mundo

promete sus panes, mientras olvidamos

–menos mal— que el tiempo

labra la impaciente materia

de lo que somos.

 

 

 


 

UNA VIEJA HISTORIA

 

En otro lugar me esperan.

Paul Celán

 

Esta es una vieja historia.

Mi primer hermano no llegó a nacer

y fue enterrado en el patio,

que es hoy un lugar sagrado.

Luego nací yo.

 

Mis padres me llamaron como a él,

condenado a saber que cada gesto

y acto mío es inferior a él,

quien hubiera sido capaz de volar,

mientras yo ocupo el espacio suyo,

el aire de sus palabras,

todo eso que me queda grande.

 

Ya no hay ruidos en el patio,

las gallinas son frutos extraños

en las ramas.

La tarde abre sus venas en el horizonte,

y me trae cosas de otro tiempo.

Cuántas lunas para llegar a mí,

si cuando miro atrás creo que

no son mías las huellas que he dejado.

Hay alguien morándome, yo sé,

somos dos sombras bajo una estrella

que no es la suya.

 

 

 

 

Datos vitales

John Junieles (Sincé, 1979). Escritor, periodista, guionista. Estudió Derecho y Ciencias Políticas, Universidad de Cartagena. Cursos de Periodismo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado: Alfabeto del fantasma (Antologia), Viajero con pasaje a tierra extraña (Premio Internacional de Poesia, Ciudad Alajuela, Costa Rica, 2005), Hombres solos en la fila del cine (Novela), El temblor del kamikaze (Cuentos), Canciones de un barrio en la frontera (Poesia, Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogota, 2002), Temeré por mí al final de estas líneas (Prosa poética), Papeles para iniciar el fuego (Poesía). Ha sido docente universitario, investigador académico, redactor de El Universal de Cartagena, El Periódico de Cartagena, y revista Noventaynueve. Durante siete años fue periodista de el Festival Internacional de Cine de Cartagena.