Keith Haring comodín 3Del volumen “Las caricaturas me hacen llorar”, presentamos la siguiente joya satírica de Enrique Serna en torno a las prácticas mezquinas y risibles del crítico literario. A través del absurdo y el ridículo, Serna retrata ciertos modos de ser de estos personajes. 

 

 

TESORO MORAL PARA EL CRÍTICO JOVEN

 

Evita leer antes de emitir un juicio.

            Nunca digas que un libro “se lee de una sola sentada”. Podría pensarse que lo leíste en las piernas del autor.

            Adula con moderación al novelista funcionario que te dio un puesto de aviador. Hazle sentir que no escribirá su obra maestra hasta que te suba el puesto.

            No te quejes de las mafias sólo porque la tuya tiene poco poder.

            Abstente de atacar al odiado examigo que te negó el saludo en la calle. Un elogio suyo es mucho más nocivo para su carrera.

            Si elogias al compañero de página que te cubrió de gloria la semana pasada, llámalo por su apellido, no por su nombre de pila. Hay que cuidar un poco las apariencias.

            El amigo imitador es un maestro del dialogo intertextual. Los demás imitadores plagian.

            Lucha por congraciarte con las grandes figuras, pero no amontones en media cuartilla veinte citas de Octavio Paz. Elimina dos.

            Cuando tengas que buscarle méritos a un libro inmundo, piensa en los pepenadores. Ellos encuentran joyas en la basura. Why don´t you?

            Si empiezas a perder credibilidad, miente con más descaro. También el público es una ficción.

            Antes de vitorear a una joven promesa, exígele que te devuelva el favor. Los principiantes no conocen el medio.

            Para demostrar que tienes una cultura tan abrumadora como exquisita, exhibe con elegancia tu erudición. Ejemplo: si reproduces un fragmento de Las mil y una noches, que sea la 976. Dará la impresión de que ya leíste las anteriores.

            Cuando vayas a fusilarte el texto de una solapa, estropea la sintaxis para que parezca escrito por ti.

            Llama por teléfono a tu mejor amigo y avísale, falsamente compungido, que un canalla le atacó en una revista de circulación clandestina. Guarda silencio, en cambio, cuando se gane el premio más codiciado del año. Ese día no compraste periódicos.

            Si acabas de vapulear a todos los poetas de México, no publiques enseguida tu insulso haikú. Espera tres meses para encumbrarte.

            Cuida tu presentación. El libro que te pongas en el sobaco para sacarlo a pasear a la calle debe hacer juego con el color de tu suéter.

            Es de buen tono llevar a la cineteca un libro de Gilles Deleuze. Lo incorrecto es seguirlo leyendo cuando ya empezó la película.