Luigi AmaraLa siguiente conversación con el ensayista y poeta Luigi Amara (ciudad de México, 1971) discurre sobre la poesía que se escribe en México y se centra en la necesidad de los escritores “incómodos”. Fue realizada por José Quezada (ciudad de México, 1988).

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NICE PEOPLE TAKE DRUGS es lo primero que leo cuando sale a recibirme. Bonita camiseta. Unas horas antes hablamos por el auricular y él me explica cómo llegar. Llegas rápido. Dos horas de camino por un descuido. Luego observo la casa -una arquitectura ostentosa, extravagante- y me cuenta que su padre la diseñó. Nos sentamos en la sala. Vivian y su hijo juegan en el jardín. Me ofrece un poco de whiskey, y en lo que resta beberemos dos o tres más. ¿Por dónde empiezo?…

José Quezada: ¿Qué influencias fueron determinantes en tu formación y en tu proceso de maduración como escritor?

Luigi Amara: A los 17 años leí a Rimbaud y a Baudelaire. Son dos lecturas que hice mucho y que todavía sigo haciendo. De algún modo están ahí presentes. También leí mucho los ensayos y cuentos de Borges; al comienzo no me gustaba mucho su poesía, me parecía muy seria, no iba con la línea que yo buscaba, eventualmente he ido valorándola.

Una de las razones por las que se definió mi inclinación hacia el ensayo fue la lectura de Thomas De Quincey. El asesinato considerado como una de las bellas artes y Las confesiones de un opiómano inglés fueron determinantes.

JQ: ¿Qué escritores mexicanos mencionarías?

LA: Siempre me gustó mucho Villaurrutia. Sin embargo no creo que estuviera en el origen.

JQ: Harold Bloom hablaba del proceso de lectura, un proceso que tiene el mismo peso que el de escritura y que en cierta manera es vital para romper los propios moldes mentales.

LA: En alguna medida la prosa de Robert Walser  -chispeante, inmediatista, volcada al presente-, me hizo ver que no todo debía ser tan estudiado, sino que había algo más, una especie de jazzismo posible a la hora de escribir. En la poesía, por ejemplo, el hecho de haber leído a algunos autores norteamericanos cambió mi manera de ver. El hecho de haber leído, por ejemplo, a William Carlos Williams y a Wallace Stevens abrió mi panorama. A veces uno tiene una idea de la tradición involucrada con la estructura de tu propia lengua y ellos fueron fundamentales para romper con ello en cierto momento. Cierta literatura japonesa ha sido determinante para mí en los últimos tiempos, especialmente Sei Shōnagon que escribió El libro de la almohada, una especie de diario mental, y Kenko Yoshida que escribió Las ocurrencias de un ocioso fueron una puerta a otro tipo de pensamiento.

JQ: Se dice que la poesía mexicana tiene como sellos de fábrica lo barroco y la falta de vitalismo.

LA: Yo creo que efectivamente hay eso. En alguna medida esa tradición un tanto barroca de la que hablas es una tradición muy fuerte, influyente y de mucho peso al momento de escribir por más que uno sienta que la tradición podría ser algo más abierto y no necesariamente lo que está a la mano. Me refiero a que obviamente se forma un sentido más profundo, una especie de linaje. No es que no me importe ese tipo de tradición en México, de hecho la he leído y me importa, pero siento que es una ruta atractiva y presente, pero… no tiene por qué ser dominante.

JQ: Y lo es a fin de cuentas, ¿no?

LA: Por eso, la idea es sentir que no tiene porqué serlo. Digamos que sanciona lo nuevo y lo que se parece lo acepta. Lo que no entra en su margen es excluido de una manera complicada, llena de supuestos. En general es influyente y dominante en muchos sentidos. Creo que a nivel vital, como tú lo planteas, es una tradición que le da poca salida al debraye personal, al juego incluso. Pero es algo más profundo, se trata del papel del poeta en la sociedad: un poeta barroco o neobarroco o como lo quieras llamar, un poeta que de algún modo ha pintado su raya con respecto a la vida cotidiana, a la interpretación literal, al lenguaje coloquial o, en otros palabras, sólo puedes entrarle  al mundo de todos los días de un modo muy elaborado, y eso se nota viendo el tipo de poetas que fueron. Por ejemplo, si piensas en toda la tradición de los Contemporáneos, en general eran burócratas, gente que trabajaba para el estado, eran diplomáticos…

JQ: Menos Cuesta…

LA: Hay excepciones, pero es una manera de entender la literatura, muy alejada por ejemplo de la figura del maldito o del dandy. No es que yo crea que puede haber todavía un maldito y un dandy, pero sí una figura del poeta que no sea o un exquisito con el lenguaje o una especie de ser escindido entra una poesía experimental y arrojada y una vida pacata y gris.

JQ: Hay una cosa que yo llamo la náusea del poeta, una especie de condición marginal, en la que para obtener las estructuras que se buscan deben romperse otras que parecen básicas para la sociedad.

LA: La cuestión es cómo reinventar esa náusea que dices para que sea vigente y no una copia o un remedo. Siento que esa náusea es casi como un espíritu artístico, ¿no? En la época de los dadaístas -que había poetas, artistas plásticos y demás-, se tenía la clara conciencia de que había que desestabilizar la costumbre, lo demasiado firme, y eso precisamente era una invención artística. El problema es que cada vez más en nuestras sociedades pareciera que el artista ya no tiene ese impulso, que, o bien se va por el lado del mercado, o bien, por el lado de la academia, pero nunca quiere quedar mal, nunca quiere desentonar, nunca quiere estallar. Siento que esa náusea, como tú la llamaste, sigue allí, sólo que todavía no hay una claridad de cómo darle la vuelta para que no sea mero remedo. Desde mi punto de vista creo que el dadaísmo era también una manera de retomar el malditísmo del siglo XIX. Tenían un espíritu en última instancia análogo, pero el dadaísmo fue en su momento una respuesta nueva a cómo expresar esa náusea, y la situación actual es que no hemos sabido cómo encausar el malestar para que realmente sea escuchado.

JQ: El papel del poeta es un poco como el papel del moscardón. Sócrates se veía a sí mismo como un moscardón, alguien que incomoda, alguien molesto, y, ¿qué haces con un moscardón? Cuando te desesperas lo aplastas. Pienso que alguien como Buñuel fue un moscardón. ¿Para ti quiénes podrían serlo?

LA: Yo creo que hay varios, sólo que cada vez son menos. Si lo piensas, en los años 60 estaban Buñuel, incómodo para mucha gente, y Pier Paolo Pasolini, el máximo moscardón, una verdadera molestia; incluso hay sospechas de que su muerte fue un asesinato político. También Jodorowsky era una figura molesta, ahora ya lo dejó.

JQ: A veces pienso que el sector que Jodorowsky atacó es el que ahora lo acepta.

LA: Claro, además ha hecho negocio con eso. En el caso de Jodorowsky la industria tuvo el poder de decidir que esa náusea de la que tú hablas y que yo creo que él sintió, se volvió con el tiempo una sonrisa un tanto complaciente. No es que uno tenga que enjuiciar a Jodorowsky por eso, el único punto es que él terminó por abandonar esa actitud irruptiva.

En el presente hay algunos autores incómodos. Žižek, que está siendo crítico y que realmente es una molestia para algunos, es uno de ellos.

JQ: Pensaba en Phillipe Sollers

LA: Él también, pero ahí es un asunto de ver hasta qué punto fue incómodo. Hasta qué punto los moscardones son realmente moscardones. Muchas veces tendemos a ver hacia el pasado como si, por ejemplo, el fenómeno de Baudelaire hubiera sido un fenómeno social importante que realmente estaba desestabilizando a la sociedad burguesa. Y efectivamente fue llevado a juicio y su libro fue prohibido, pero es probable que la gente de a pie, la gente de la calle, no se enterara en lo mínimo de la existencia de Baudelaire, o que tal vez lo tuviera presente sólo como un eco lejano. Y eso posiblemente pasa todavía ahora: el impacto del artista es limitado.

JQ: Creo que lo que Sade hizo en su tiempo en verdad podía desestabilizar a la sociedad.

LA: Claro.  Lo que quiero decir es que no se trata de que su impacto sea muy reducido en la estela de lo que ocasiona, sino que en el presente que les tocó vivir posiblemente su repercusión fue escasa.

Te puse el ejemplo de los dadaístas, pero me viene a la mente uno más cercano a estas fechas: los situacionistas franceses, Raoul Vaneigem, y toda la gente que de algún modo estuvo detrás del Mayo del 68 y que realmente tenía una postura anticapitalista, antiespectáculo, antimercado, bastante fuerte. Esa estela sigue por ahí latente en muchos lados. Aún cuando seamos escépticos frente a la posibilidad de una revuelta estudiantil estilo la del 68, sigue habiendo un espíritu contestatario en alguna medida.

Creo que algo del problema de una buena parte de esa tradición poética barroca de la que hablábamos es que le ha faltado ese lado transgresor, además de que le ha faltado mucho sentido del humor. Es necesario entender la actividad poética como algo total desde el punto de vista existencial, como algo que no se limita a la página sino que lleva la posibilidad de irrupción consigo, que abre otras puertas. Ésa es mi sensación. Muchas veces lo que uno concibe es quizá lo que uno mismo no podría hacer. Se compensa y ahí mismo está la paradoja, pero yo estoy seguro de que todavía existe la posibilidad de una poesía así.

JQ: Yo creo que siempre va a existir esa posibilidad. Es una antorcha que se van pasando, que tuvo Villon, que tuvieron los románticos, los decadentes, los surrealistas, la Generación del 27. A veces creo que llevar esa antorcha implica el riesgo de tener una vida al límite, una vida demente, como Marcel Schwob

LA: Hay muchas maneras de entender la poesía. Una es creer que hay que incendiar la realidad, otra es creer que hay que combatir la estupidez, la doble moral, la hipocresía, por los medios que uno pueda. Una más es oponerse a lo que idolatra el espectáculo, el consumismo y demás. Hay algunas más radicales que otras y en el fondo se trata de una cuestión de temperamento. ¿Cuál es tu temperamento? Está el cliché de convertirse en un poeta maldito, arrojado. Ése no es mi temperamento, pero simpatizo con una posibilidad de poesía así, no con la poesía domesticada, bien peinada y obediente que solemos hacer en México. La posibilidad que planteas viene a ser un temor secundario sí es que la poesía ha sido asumida de otra manera. Para mí el ser un escritor que tiene cargos públicos y que además es un ser mediático, que sale en la televisión y que es una figura capaz de volverse más frecuente en este país, es un tipo de posibilidad que se convierte en una  abominación total si ese pedestal no se está utilizando para decir algo que realmente valga la pena. El escritor como el hombre que sale en la foto, como el simple sonriente, como el funcionario que se dobla ante el poder, ese tipo de escritor a mí me produce no sólo escepticismo sino una urticaria profunda. De allí que piense que cualquier posibilidad al margen de ese casi destino manifiesto del escritor mexicano, que es ser más o menos conquistado por el poder político y convertirse en una especie de cortesano del poder, es válida, legítima y vitalmente más interesante.

JQ: Pero hay pocos medios de vida para el escritor, ¿no?

LA: Cada quien los encuentra como sea. Está el escritor que tiene un oficio oscuro, por ejemplo Wallace Stevens que era banquero, Pessoa que era una especie de contador, Kafka… Es una posibilidad de decir: “a mí me importa tanto la literatura que me voy a dedicar a otra cosa para subsistir y entonces poder hacer realmente literatura”.

JQ: Algo así decía Faulkner, ¿no?…

LA: Faulkner escribía en un burdel, lo que él encontró como el lugar propicio para la escritura era ser el velador de un burdel, y él decía que era el lugar ideal. Yo creo que no es que no existan posibilidades, lo que pasa es que quizá es más cómodo hacerlo desde ciertos puestos privilegiados. Por eso el escritor termina siendo el Jefe de Extensión Universitaria de tal institución, el jefe de tal cosa en Conaculta.

JQ: Siento a veces que esta generación es el estrago del estrago del estrago. Sin un ideal para vivir.

LA: Sí, hay un clima que nos dice: “No hay nada por hacer, no hay cómo rebelarse, no hay futuro. Así son las cosas y uno tiene que sobrevivir. Si quieres hacer lo tuyo tienes que ingeniártelas porque las cosas no van a cambiar”. Este clima general está presente, pero me resisto a creer que lo domine todo. Si tú hablas con los chavos y lees ciertas cosas, si observas un poco lo que está sucediendo, no das con una efervescencia y vitalidad real, no es simplemente este clima abatido, emo. El mundo emo tampoco nos ha fallado hasta el punto de decir que no hay opciones, y justamente lo interesante es  pensar qué se puede hacer frente al escepticismo de la rebeldía. Estamos en una profunda resaca que tal vez ya duró demasiado, la resaca de la imposibilidad de rebelarse. Eso fue un poco lo que nos legó el 68, los 60: puedes soñar lo imposible pero después el sistema va a llegar y va a retomar ese impulso, incluso redoblado, y aquellos que eran los rebeldes de entonces hoy son los grandes magnates del presente. El escepticismo que nos dejó esa situación creó por un lado un derrotismo, pero por otro  abrió una posibilidad: ¿qué hacer con el escepticismo y la rebeldía?, ¿qué hacer con esa náusea básica frente a un estado de cosas que no nos hacen felices? Por eso es interesante el mundo de nuestro actual vivir, es un mundo desencantado pero bajo ese mismo desencanto aún no ha claudicado del todo, ¿qué hacer cuando ya parece que no hay nada posible por hacer y cuando todavía quisiéramos hacer algo?

JQ: Para cerrar, dime diez libros que te han marcado, los diez libros con los que te quedarías en una isla desierta, por ejemplo…

LA: Es una pregunta muy interesante. En algún momento lo pensé e hice una lista un tanto razonada. En primer lugar me llevaría los Ensayos de Montaigne, El libro de la almohada de Sei Shōnagon, Las flores del mal de Baudelaire, Crimen y castigo o algún otro libro de Dostoievski, este libro que ya te mencioné, Las ocurrencias de un ocioso de Kenko Yoshida, sin duda me llevaría La gaya ciencia o Humano demasiado humano de Nietzsche, el Walden de Thoreau, La vida de Tristram Shandy de Laurence Sterne, El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer y  La isla del tesoro de Stevenson.

JQ: ¿La isla del tesoro? ¿En serio?

LA: Sí, ¿por qué no? Si uno va a estar en una isla tiene que llevarse a Stevenson o a Robinson Crusoe, ¿cierto?…

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Datos vitales

Luigi Amara (ciudad de México, 1971) es autor de los libros de ensayo: El peatón inmóvil (2003), Bajo tantos párpados (2003), Sombras sueltas (2006), Los disidentes del universo (2011). Ha publicado los poemarios: Poesía: El decir y la mancha,  (1994), El cazador de grietas, Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino (1998), Envés (2003), Pasmo (2003), Las aventuras de Max y su ojo submarino, Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños (2007) y A pie (2010).

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José Quezada (Ciudad de México, 1988) fue asistente editorial del Fondo Editorial del Instituto de Cultura de Morelos.  Actualmente trabaja el área de difusión de la revista Moria y en la oficina de redacción de La Jornada Morelos. Ha participado en los dos primeros encuentros estatales de poesía en Morelos: El Corazón de la Palabra; en la Constelación Poética Tijuana- DF- Cuernavaca- Oaxaca y en la presentación del Proyecto Orquesta Eléctrica y Cartonera en la Hostería La Bota.