La poesía toca a todos los hombres, tiene ese poder, toca incluso a quienes son catalogados como monstruos morales. Presentamos por ello, en el marco de la serie Poesía, fama y poder, algunos textos del cantautor, arreglista, músico, representante artístico y productor veracruzano Sergio Andrade (Coatzacoalcos, 1955). Entre 1985 y 1997 su carrera se asocia al nombre de Gloria Trevi.

 

 

 

TU MANO

             

Qué voy a hacer sin ti en las madrugadas

-no porque esté pensando en convulsiones

o espasmos de amor o perversiones,

simplemente en dos almas enlazadas-.

Qué voy a hacer sin ti en los cinemas

-no porque busque un beso adolescente

ni rozarte la pierna entre la gente,

simplemente reír del mismo tema-.

Qué voy a hacer sin ti en los mercados

-no porque piense en guisos suculentos,

sino en partir el fruto en dos bocados-.

Qué voy a hacer sin ti en esos momentos

en que, inconsciente, voltee acostumbrado

a ver el esplendor del universo

y no encuentre tu mano…

 

 

 

 

 

SALVEDADES

 

Si tiene que partir, si va a dejarme,

    que se vaya alejando poco a poco

    en sus costumbres cotidianas,

    en sus actos,

    que se vaya de manera hipnótica,

    lenta…

    como se van los barcos

    -para que ni mis cosas ni yo

    nos demos cuenta.

    Que sea su partida imperceptible,

    sus movimientos sutiles y su adiós

    delicado

    -como nos dicen adiós

    cuando se despiden, los astros.

Si esto se va a acabar, o se acaba ya,

    que me dé la espalda y sus acciones

    lleven otro sentido, otras compañías,

    otros gustos y rencores;

    pero que yo de lejos vea

    que las cosas se le dan bien

    aunque me deje fuera de sus planes

    y –a pesar de estar siempre en las mías-

    no me incluya en sus buenas intenciones.

Y si es preciso,

    que se olvide de mí, que no me quiera,

    yo quiero por los dos;

    en mi laica oración

    repito como una mantra interminable:

    que sea feliz y sea grande y sea feliz

    y sea grande y sea feliz y sea…

    Lo que no puede pasar es que se pierda.

    Lo que no puede ocurrir es que se muera.

 

 

 

CUANDO LLEGAS

 

Tu ternura de niña me envuelve en las sombras,

cómo quisiera desmenuzarte el encanto

que provocan en mí tu tímida sencillez,

tu desnudez fresca, tus alucinaciones,

para que entendieras por qué no te abandono…

cómo quisiera agradecerte tus palabras

de aliento, soltadas sin la menor intención

-involuntarias-, sólo porque forman parte

de tu esencia,

esa esencia que quisiera beberme toda

cuando amamos.

Para sentirme vivo sólo necesito volver a verte.

Tus desplantes más simples me distraen las penas.

Si te tuviera siempre poniendo tu mano

en mi espalda, en mi estómago, en mi frente,

podría prescindir de médicos y brujos,

como en los cuentos mágicos en los que sólo

el amor precisas para alcanzar la gloria,

para matar la muerte, para ser gigante

en la existencia;

esa existencia que tú, tú precisamente

me agigantas…

Tu actitud de guerrera me espanta las dudas.

Si pudiera contar contigo, como ahora,

si pudiera contar contigo para siempre,

podría prescindir de padres y de madres,

de grandezas antiguas, de leyendas tontas,

de hijos, de vicios, de religión y dioses.

Como en las fantasías de los delincuentes

podría dejar atrás hasta el remordimiento

de mi vida;

esta vida que tiembla si te vas y empieza

cuando vuelves…

Para sentirme vivo sólo necesito volver a verte.

Si pudiera verme a tu lado en un futuro,

caminando del brazo por esos pálidos

caminos donde hasta la risa tendrá que ser

suave para que el corazón no se detenga…

si pudieras llegar conmigo hasta la muerte…

podría –como algunos monjes de conventos-

dejar de hablar, vivir descalzo, ciego, en hielo,

olvidarme hasta de la música que suena

allá en la vida…

con tu vida tendría la música perfecta…

si pudieras…

Tu risa destruye las recriminaciones.

Aunque no te guste jurar, ni hacer promesas,

aunque no puedas comprometer tu presencia

para esos días en que por seguirte tanto

vuelva la vista y no encuentre raíces, oro,

minas de sal, grandes palacios ni cimientos…

hay momentos tuyos en que se ve lo eterno,

hay momentos tuyos que justifican todo

y lo que cuenta

es ese instante en que diluyes mi angustia

cuando llegas…

   

 

 

 

 

BESO

 

En un lugar dentro de mí (muy íntimo)

vive ligera y suave, casi muerta,

la sensación de un beso,

 aquel beso.

A veces pienso que murió hace tiempo

y ya ni lo recuerdo;

en ocasiones siento que se mueve

cercano a mis pulmones

como si fuese un corazón gemelo;

otras veces lo siento agazapado

tras una vena o algún hueso,

humilde y alejado

pero vivo y contento.

Luego se me olvida

y queda moribundo mucho, mucho tiempo.

Pero sé que está ahí,

me consta que está ahí pues de repente

en una madrugada oscura,

un insistente acceso de palpitaciones

me sorprende,

es como un guiño de la noche,

un vértigo de abismos,

el estruendo apagado

del caer de lentejuelas en mi vientre.

Me consta que está vivo,

que existe, que me grita de pronto

su presencia,

me frena la intención, me exalta el miedo,

me duele en los extremos del aliento,

me hace temblar la carne,

me da un tic en lo interno:

entiendo lo que siente una madre

cuando la llama por primera vez el hijo

desde adentro.

Aunque a veces se me pierde,

sé muy bien que está ahí, dentro de mí,

aquel beso.

Como están igualmente:

los árboles de aquel otoño –gigantescos-,

la nieve que nos descubrió el invierno,

el pueblo encajado en la montaña,

aquel otro con su grieta en el centro,

la tienda con la nuez en oferta,

los videos y los cuentos,

la frase que era nuestra,

tus palabras cortadas rebotando en tus dientes,

arañando mi oído que mojaba tu lengua,

el consecuente –aquel- escalofrío,

aquel sexo primero,

la casa de las piedras,

la del acantilado en el Mediterráneo

(aquélla que alumbraba el sol al ponerse a la derecha,

y que nunca habitamos),

la otra junto al lago con la canción que hablaba

de dejar de soñar,

los cangrejitos rápidos de aquella playa

-¿la recuerdas?-,

que entraban y salían transparentes,

sorpresivos,

de los agujeros…

como recuerdos.

Todo eso está en mí brillando por momentos.

Son relámpagos reales,

efímeros, potentes,

que me mueven la vida cuando la siento muerta

que establecen un puente para alimentar

el infierno triste de mis paraísos perdidos

con la magia brutal de la iluminación

del cielo.

Como está… aquel beso,

largo, largo, prolongado

(en el desierto de las sombras

del cine del centro comercial

de los suburbios de perfil azulado

de la docta Córdoba).

Está dentro de mí, aún lo siento,

y cuando me golpea quisiera

detenerlo, alimentarlo,

hacerlo crecer inmensamente

para que no se fuera más,

para que ya no se apagara,

para que ya no se escondiera,

para que en el siguiente instante

fuera su aparición tremenda,

su magnitud gigante,

tan espectacular

que me resquebrajara las quimeras…

Pero viene y se va, modesto,

jugando a esconderse en mis adentros,

secreto, conociendo el poder del coqueteo,

disfrutando…

Es todo un  mundo,

todo un misterio cálido aquel beso,

es como el eco del aletear de mariposas

sumergidas en cántaros de aceite,

tremendo en su simpleza,

destructor en su delicadeza,

discreto, vago y tierno.

Casual, esporádicamente,

pero me hace feliz;

sé que existió, que existe, que es eterno.