Presentamos un texto en el característico estilo del escritor colombiano José Luis Díaz Granados, quizá uno de los ensayistas más amenos  e informados de nuestra lengua. Poesía, militancia, impulsos vitales y la evolución de la mirada de los poetas respecto al mundo son tópicos que son abordados aquí.

 

 

 

 

 

Sería superficial limitar a un simple rótulo el carácter esencial de determinado movimiento o generación literaria. Eso no ayuda en nada al conocimiento de la cultura universal y por el contrario contribuye a crear falsos estereotipos con los cuales se han alimentado muchas gentes desprevenidas en nuestro continente mestizo.

Es el caso de Quevedo, que lejos de ser conocido por nuestras clases medias urbanas como uno de los poetas mayores de la lengua castellana, su nombre ha sido usado para chistes grotescos y a veces como sinónimo de bajas pasiones.

Algo similar aconteció (o acontece aún) con el controvertido polemista colombiano José María Vargas Vila, uno de los profetas del radicalismo, humanista admirado por José Martí y Rubén Darío, a quien siempre se le señaló, desde las orillas opuestas a la suya, como escritor obsceno, incestuoso, depravado y ateo.

Y en cuanto a las etiquetas, me remito al Romanticismo, uno de los movimientos cardinales del arte de todos los tiempos, pero que para millares de seres no pasa de ser el sinónimo del amor en medio de bonitos versos bajo la luz de la luna. ¡Oh, qué romántico! ¿O no?

De todas maneras, y a riesgo de caer en tales improvisaciones, me atrevo a ponerle la etiqueta de “poetas de la alegría de vivir” a aquella generación de escritores nacidos con el siglo, que  vivieron su época con tal intensidad hasta el punto que tomaron parte de sus dolores y combates para luego celebrar las victorias populares y con ellas, la construcción de la esperanza y la posibilidad de la alegría.

Estos autores vivieron, sin proponérselo, una trayectoria similar, en experiencias, en gustos estéticos y en militancia política. Citemos sólo algunos nombres: Louis Aragón, Paul Eluard, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Nazim Hikmet, Miguel Angel Asturias, Jorge Amado, Raúl González Tuñón. Jorge Zalamea, Yannis Ritsos, Langston Hugues, Félix Pita Rodríguez, Ilya Ehremburg y Miguel Otero Silva, entre otros.

Como anoté anteriormente, nacieron con el siglo. Hacia los años 20 incursionaron en el piélago de todas las vanguardias y experimentaron lo que les vino en gana —escritura automática, visiones oníricas, monólogo interior, prescindencia de lo racional, etc.—, hasta hacer de la literatura una verdadera fiesta verbal: “El mármol de los palacios es hoy más duro que el sol” (Cadáver exquisito, de Bretón, Char y Eluard).

En los años 30, nuestros poetas derivaron su creación hacia lo testimonial y coloquial. Se alinearon a favor de la República Española y a ella dedicaron sus cantos: “Ardiendo España estás! Ardiendo / con largas uñas rojas encendidas; / balas matricidas / pecho, bronce oponiendo, / y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo / las rojas uñas largas encendidas…”. (Nicolás Guillén).

En la década de los años 40 se opusieron con todas las energías de su pluma a las huestes invasoras de Hitler y Mussolini y festejaron la victoria del Ejército Rojo en la célebre batalla de Stalingrado: “Los que España  quemaron y rompieron / dejando el corazón encadenado / de esa madre de encinos y guerreros, / se pudren a tus pies, Stalingrado!” (Neruda).

Luego de la victoria de los aliados sobre el Eje, cuando Stalin, Roosevelt y Churchill dividieron el mapa del mundo y los soviéticos instauraron gobiernos socialistas en Europa Oriental, estos poetas decidieron enfilar sus baterías creadoras hacia lo que prometía encarnar los valores de la paz, la amistad y la justicia social: “Venid, los que dudéis, a ver este milagro. / No hay ya nubes que puedan confundirse los ojos. / Confesad, si os lastima. Gritad, si os apasiona. / Aquí ha nacido algo que ha de asombrar al mundo” (Rafael Alberti).

En los años 50 viajaron por esos territorios promisorios y todos, coincidencialmente, dejaron el testimonio escrito de su paso por “la primavera de los pueblos”. Neruda escribió Las uvas y el viento; Miguel Ángel Asturias, Rumania, su nueva imagen; Nicolás Guillén, La paloma de vuelo popular; González Tuñón, Todos los hombres del mundo son hermanos; el costarricense Joaquín Gutiérrez, La URSS, tal cual; Jorge Amado: El mundo de la paz; Carlos Luis Fallas, Un mes en la China Roja y Jorge Zalamea:Reunión en Pekín.

Los poetas cambiaron luego sus versos combatientes y diatribas antifascistas por poemas cotidianos y coloquiales donde la sencillez se entronizó en el centro de sus trabajos creativos. Transformaron sus gritos por trinos y sus arengas por campanas matinales, y el mundo oyó el ritmo de las más sencillas canciones a la alegría elemental: “Quiero que los aviones tengan aterrizajes felices, / que el médico salga sonriente del quirófano, / que se abran los ojos de los ciegos…”. (Nazim Hikmet). “Esta vez dejadme / ser feliz. / Nada ha pasado a nadie, / no estoy en parte alguna, / sucede solamente / que soy feliz…” (Neruda).

Ante la amenaza de destrucción nuclear por parte de las superpotencias enfrentadas, estos autores oponen a la barbarie la posibilidad de la alegría. Y predican en sus poemas y narraciones el disfrute de todos los dones de la vida: el trabajo, la amistad, el amor a plenitud, los viajes, las exquisitas comidas y el buen vino “que nace de los pies del pueblo”. Neruda y Asturias escriben Comiendo en Hungría, libro jubiloso y suculento como un buen goulasch…

La década del 60 los vuelve a unificar con florecientes odas a  Fidel, al Che y a la Cuba revolucionaria, lo mismo que al Vietnam en armas y al triunfo de Salvador Allende en Chile.

La séptima década sorprende a estos autores (algunos ya han fallecido) con toda clase de honores y distinciones: Guillén es el Poeta Nacional de Cuba; Asturias y Neruda ganan el Premio Nobel de Literatura; Alberti retorna a España luego de un larguísimo exilio y gana el Premio Cervantes; Vidales, Zalamea, Ritsos y Jorge Amado obtienen el Premio Lenin de la Paz y todos en su tercera primavera retornan a las estructuras y metros tradicionales de la poesía y  escriben novelas y memorias.

Todos ellos, sin excepción, quintuplicaron en sus obras la fidelidad a la vida y su fe en la criatura humana. Y siempre creyeron en que otro mundo mejor, podría ser posible, experimentando minuto a minuto, como Picasso —el dios particular de todos ellos—  la plena posibilidad de la alegría.

 

 

 

 

Datos vitales

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, Colombia, 1946). Poeta, novelista y periodista. Obras principales: El laberinto (poesía, 1968-1984);Las puertas del infierno (novela, 1985, finalista del Premio Rómulo Gallegos); Rapsodia del caminante (poesía, 1996); Cuentos y leyendas de Colombia (1999); El otro Pablo Neruda (ensayo, 2004); Los años extraviados (novela, 2006) y Fulgor de la Calle Grande (novela, 2012). Sus libros de poesía se hallan reunidos en un volumen titulado La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002 (2003).