Poesía colombiana: Héctor Rojas Herazo

hector Rojas herazo

Presentamos la poesía de Héctor Rojas Herazo (Tolú, 1921-2002) es Doctor Honoris Causa de la Universidad de Cartagena, 1997. Medalla del Congreso de la República grado Comendador, 1991. Medalla ProArtes al Mérito Literario, 1995 y 1998 (Cruz de Boyacá). Premio nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999. Honor al mérito Universidad Santo Tomás de Aquino en su IV Centenario, Vida y obra, 2000.

 

 

 

 

 

 

EL POETA Y SU FESTEJO DE PALABRAS FRENTE AL DESASTRE DE VIVIR

 

 

“El ser humano me ha parecido siempre demasiado patético,

demasiado desamparado. La poesía es, por ello, la urgencia del consuelo. En medio de tanto desamparo, sólo queda la honda compañía de la palabra”.

                                                                       Héctor Rojas Herazo

 

 

 

Desde que conocí al maestro Héctor Rojas Herazo me sedujo su conversación, su vitalidad y ante todo su infinita imaginación para hacer de las palabras un festín del hombre con todas sus sorpresas y todos sus horrores. Escuchar sus historias acerca de la infancia, los amigos y los primeros asombros era algo más que acercarse a un relato de las cosas perdidas: era la confesión de un esteta, de un hombre que se ha sabido exiliado de sus sueños y eterno habitante de un  patio purgatorial.

 

Frecuenté muchos años al maestro y recuerdo con especial afecto algunas tertulias en la sala de mi casa. Alrededor de su voz algunos poetas de la llamada “Generación sin nombre”, quienes tenían en el maestro Rojas un modelo de acento y pasión por la literatura. De aquellas reuniones quedaron muchos estragos en mi memoria, una particular emoción brota al leer hoy en día la obra de este “coloso de la ternura” como lo llaman muchos de sus cercanos afectos.

 

Sumergirse en los mares de su torrente lírico constituye una gran tarea. Empresa poco fácil si se tiene en cuenta que su palabra poética despliega sus alas generalmente en  los territorios de la llaga, la derrota, el fracaso del vivir y la soledad. Sus temas esenciales serían desde su primer libro Rostro en la soledad (volumen celebrado en el momento de su aparición en 1952), los mismos que preocupan a muchos poetas universales: el amor, el desamor, la muerte, el tiempo. Pero el sello particular de su obra lo marcarían ideas más personales, de su entorno espiritual como la casa, la ruina (el esplendor de la ruina como él mismo llama a su preocupación por esa secreta arquitectura de lo derruido), el deterioro del hombre desde su cuerpo y alma, y el fracaso de Dios ante la desesperación de la vida.

 

El conjunto de su obra poética nos da fe de una desaforada vocación de nombrar y darle alma a las cosas: Rostro en la soledad, Tránsito de Caín, Desde la luz preguntan por nosotros,  Agresión de las formas contra el ángel y Las úlceras de Adán, nombres entre otros qué, sumados a sus títulos narrativos, Respirando el verano, En noviembre llega el arzobispo y Celia se pudre confirman a su autor como una piedra cardinal en la literatura colombiana del siglo XX además de asentarlo como uno de los mejores tituladores de libros del país. Cada título de un libro suyo lleva consigo una fuerza poética, su propio cataclismo, una carga de asombro y milagro.

 

Rojas nos deja un testimonio a través de su palabra poética, sus despojos y sus podredumbres, pero igual deja sus emociones y sus grandes obsesiones en la reflexión de un hombre conocedor la materia y el color de los sueños y la imaginación como un breve Dios modelando otra arcilla, en la nueva Creación como lo menciona en el poema “El barro escoge un hombre”:

 

El barro escoge un hombre, lo señala y madura,

le da su resplandor y su fuerza callada

y un poco de ceniza le derrama en la sangre.

 

A lo largo de su obra el poeta cobra su función de creador de mitos. Así, el mito de la expulsión del paraíso, el mito de la ausencia de Dios en el tiempo, el combate del amor y la muerte en el cuerpo hacen de esta una poética más cercana al hombre que al paisaje, sin otorgar ningún optimismo sino por el contrario creando interrogantes sobre este oscuro tránsito del existir como lo dice en el poema “Súplica de amor”:

 

Por mi voz endurecida como una vieja herida;

por la luz que revela y destruye mi rostro;

por el oleaje de una soledad más antigua que Dios; 

por mi atrás y mi delante;

por un ramo de abuelos que reunidos me pesan;

por el difunto que duerme en mi costado izquierdo;

y por el perro que lame los pómulos;

por el aullido de mi madre

cuando mojé sus muslos como un vómito oscuro;

por mis ojos y mis dedos culpables de todo lo que existe;

por la gozosa tortura de mi saliva

cuando palpo la tierra digerida en mi sangre;

por saber que me pudro:

ámame.

 

De la fluidez de su alma nacen sus secretas edades y certezas. Cuál es la verdadera pulpa de la vida sino un poema nacido en la propia piel de su creador. Su constancia queda escrita, entre otros, en el inicio del poema “Parte del cuento llega hasta un amigo”

 

¡Ay, amigo, 

 qué duro es cuajar alma!

 

Poemas como “Cantinela del desterrado” nos dan fe de que el cuerpo es tema central de la poética de Rojas Herazo, lugar de derrotas y conocimientos:

 

me pusieron mi ropaje de vísceras

y luego me dijeron:

camina, escucha, dura,

ganarás la lumbre de cada día con el sudor de tu alma.

y heme aquí con un poco de barro semoviente,

con veinticuatro horas de jornal o de sueño,

con sesenta minutos en cada órgano,

con sesenta segundos de tic-tac en las venas:

Heme aquí con un poco de risa, de estupor y de sombra:

 

Alguna vez el maestro Rojas se definió como un escaparate de miedos y terrores y hoy, al concluir la relectura de su inmensa y entrañable obra, me reencuentro con ese maestro, amigo, padre, cómplice de esta maravillosa y dolorosa aventura de la poesía.

 

Me parece ver, como si fuera nada más ayer, su rostro lleno de intensas lágrimas el día que nos dejó la Niña Rochi, quien siempre fue la luz de la casa, la luz del mundo de todas las cosas, y sus manos finas dibujando los bocetos de algunos de sus últimos cuadros o jugando sin trampas al ajedrez.

 

Héctor Rojas Herazo seguirá siendo un ciudadano de un patio, ese mágico territorio de miedos y mitos será el centro de reunión de los afectos, los recuerdos y los fantasmas. Todavía veo entre los cerezos al enano cabezón, de pies y rostros de fique alimentándose del llanto de los niños, y bajo los tamarindos a la mujer de hielo y ojos de fuego y entre las ramas intermedias del guayabo al mismo diablo y entre los ciruelos a pequeños mohanes que todavía nos asustan.

 

Hoy descifrando sus dolorosos poemas recordé que también conocí la ruina de la casa, no la pobreza sino la ruina con todos sus esplendores y zozobras. La casa como la vida misma queda en pequeños escombros llenos de hilachas de humedad para comprobar que en ese patio grande tuve noticias de fantasmas, espantos y voces que aclamaban un gol no registrado en la memoria.

 

Releo esta inmensa poesía y lloro bajo el son de un vallenato de las provincias del viejo Magdalena, de ese Magdalena grande en cuyas orillas nació Macondo y que hoy se traga el tiempo. Vallenatos, porros y fandangos que nos recuerdan la música secreta en la poesía de siempre, y nos traen como el viejo Leandro Díaz que en adelanto van estos lugares ya tienen su diosa coronada. Todas las noches reconstruyo la vieja casa y recuerdo el arroz con coco de la niña Rochi, el viento de Tolú y de Santa Marta y no me queda sino devolver a mi memoria las hermosas lecciones de humildad y de grandeza confirmadas hoy en sus señales.

 

Estas líneas, llenas de nostalgia y de amor no son otra cosa que mi breve testimonio de gratitud por ese niño inmenso, ese niño tierno y acongojado que nos heredó la fuerza de su poesía y de su color.  Y ahora que desalojamos de la vida tantos chécheres, servidumbres y retratos comidos por el comején, su poesía permanece como solo perduran los minerales inmóviles y las piedras macizas de tantas eras atrás.

 

Amigo, qué duro es cuajar alma en estos tiempos de ceniza y abandono. Y no nos queda sino traer el olor de los almendros para saber que el corazón, como la poesía, como el amor mismo es un gran almendro: tiene flores perfumadas que abrazan al cielo, las raíces amarradas a la tierra y los frutos amargos como el silencio.

Federico Díaz Granados

 

 

POEMAS DE HÉCTOR ROJAS HERAZO

 

 

 

 

El Barro Escoge un Hombre

 

El barro escoge un hombre, lo señala y madura,

le da su resplandor y su fuerza callada

y un poco de ceniza le derrama en la sangre.

Después el hombre busca, se deshace, recuerda,

des ovilla sus horas,

pone a trasluz su sangre

y una tarde comprende que ha triunfado el olvido.

Es el tiempo, se dice,

pasó por mi cabeza

llovió en mí

tembló sobre mi pecho

y otro labio encendió para henchir mi tristeza.

Entonces busca, mira, regresa por su frente,

pregunta en el invierno por su roto verano.

Y sólo el aire, el sueño, las cosas vagas, una amarga dulzura,

lo hieren sin herirlo, lo deshacen cantando.

 

 

 

 

 

 

 

 

Parte del Cuento Llega Hasta un Amigo

 

¡Ay, amigo,

qué duro es cuajar alma!

Dale que dale al día,

bebe que bebe el zumo de uno mismo,

tritura que tritura

los granos cosechados por el sueño.

¡Qué tozuda la sangre!

Qué agudo este misterio de los dientes

y esta llaga tan fina que huele a lo que somos

y parte de nosotros

y no encuentra en el aire su borde doloroso.

Cada día entre pulmones

navegando por células, por venas, por suspiros,

cada día entre furores,

dando tumbos, comiendo madrugadas,

implorando mendrugos de almanaque

y acechando —entre un oscuro fondo de empujones y fechas—

la golosina de un domingo imposible.

¡Ay, amigo! Estás tan lejos que te vuelves aire,

harina de memoria, nada,

y me hablas, sí, me llamas.

te asomas a mi frente y hurgas en mis pupilas

y dices en la curva de tu aplomo,

mojando mi estupor con tu saliva:

Mira, sal ya, júntate a mí,

deja, molusco, tu obsesión avara.

Y yo entre huesos, hijo, entre palabras

que no pueden andar,

entre lodo de abuelos

y sortijas con dedos que murieron

sin ser la mano de mi prima hermana.

Yo en la molienda de mi desvarío

destilando mi sangre, mi vinagre,

molusco aquí, molusco de mi luto,

en la caparazón de mis maneras,

saboreando este cieno de mi muerte.

Y tú arriba, llamando,

sabiendo sí —¿lo sabes o lo ignoras?—

que tus ojos, tu lengua y tu pisada,

prietos de ti, comidos por tu hambre,

son ya otra forma de mi propia nada.

 

 

 

 

 

El deseo

El deseo es vegetal

pide caminos

aire

quiere temblar en fruto

suspenderse

pide un cuerpo abonable

pide un labio

pide comer y ser comido

quiere

entrabarse y gemir con ramas duras.

Gime por ser

quiere temblar

sentirse

palparse desde dentro

saberse entre las cosas respirando.

Quiere el viento y el ala

quiere el día

quiere el follaje de su fuerza obscura

brillando entre la luz hoja por hoja.

Es vegetal por eso:

por su destino de tiniebla y cielo

porque rompe y emerge

porque sube

porque la muerte sufre con su anhelo.


 

 

 

 

El amigo

 

De pronto me miró,

solitario el que más como ninguno.

Me miró con sus ojos y sus huesos

y sus desnudos pies entre zapatos.

No pude resistirlo (el hombre no soporta

lo que mira hasta el fondo).

A espaldas de él estaba el paraíso

con todos sus demonios y pucheros

y papá Dios haciendo sus globitos.

Y de este lado estaba la consola,

los muebles, los testigos de la sala.

Y el amigo sentado en su silleta.

Mirándome, sentado, respirando.


 

 

 

 

La espada de fuego

 

A la diestra la llama de Dios, viva

palpitando como un ave de diez alas

y nutriendo el silencio con su vuelo encendido.

Nosotros estábamos descansando de haber sido hechos.

De sabernos sombreros y flores

y trenes futuros y locos por una gran pradera.

Nosotros no sabíamos

de la fuerza que tienen las raíces para apretar un ataúd

ni conocíamos el pan, la sal, el agua

ni el espeso follaje de un párpado cuando oculta un deseo.

Nosotros éramos sólo eso:

un monton de asombro,

dos brazos que cubren un rostro para huir,

dos vientres locos,

dos niños sin salida por un túnel de espinas.

¡Ay!, nos dieron un peso de sombra en cada vena

un ojo para cada cosa,

una valla de tacto,

un olor que se empapa de nosotros

y una risa encendida por la muerte.

¡Ángel, hermano ciego,

puro,

míranos ahora desposeídos de tu alegría y de tu llama!

Desnudos

como un pensamiento en la mitad de una conciencia.

Tiritantes

suplicando que no nos quiten esto.

Que nos dejen los muslos temblorosos de una mujer pariendo,

que nos dejen un sapo bajo un arbusto

y un peluquero mirando el vaho de una infamia

mancharle su perita de alhucema.

 

Que nos dejen oler -¡hasta el suplicio!-

una botella donde un misógino envejecido

ha atesorado todos los orines que no pudo vaciar

en el sexo de una mujer difunta.

Que nos dejen masticar cáscaras de guayaba

y lamer cucharas sucias de gas bajo las camas

o mirar fijamente la palidez de un hombre cuando duerme.

Que nos llamen fulano,

tulipán,

comadreja.

Para algo vimos un caballo relinchando

furiosamente iluminado por el alba.

Para algo vimos cómo se gastaba un peldaño

y un niño repetía -hasta vovlerlo pájaro o sombrero-

el nombre de un país oculto en la bisagra de un pupitre.

Para algo fuimos hormiga taciturna

con una hojita de almendro en las antenas.

¡Ay!, y fuimos calles y ciegos con bastón

y mugre de unas manos

frotando el mobiliario de una casa enlutada.

¡Siempre, siempre,

hemos de regresar a nuestras sienes

a buscar nuestros ojos,

a comernos los hígados,

a vestirnos de baba los dientes y la lengua!

¡Y allí -parado y mudo en cada pan del día,

en cada represalia de la luz y del humo-

tu gran espada ardiendo, ángel mío,

tus grandes ojos ciegos y el brio de tu frente!

Ay, la almohada,

la nariz resoplando,

las baldosas cuadradas,

todo lo que se apaga cuando vibra tu fuego.

El río que busca su rumbo,

los ojos que quisieran otras órbitas,

la piel que se resiente

de tanto ser golpeada por huesos y palabras

que nuevamente quisieron ser terrón o semilla.

La yerba, sí la yerba como vello del mundo.

Y esa luz que nos llama en cada sombra,

una luz de esta tierra

de una hoja, ángel mío, de una torre,

de algo que ha de viajar por siempre con nosotros.

Nos dejaste hambrientos.

Con extraña alegría

colmaste nuestra fuente de avidez y sonido.

Nos hiciste de presagio y de sangre,

de cosas que se pudren huyendo,

de animales que llaman simplemente y se apagan.

Encendidos.

Todo lo que tocamos lo herimos con tu fuego.

Tú nos asistes.

Cada pulso eres tú,

cada segundo es pluma de tus alas,

cada palabra guarda en su silencio el lirio de tu enigma.

Y tú, ángel,

disperso en tanto belfo,

en tanto enero mío,

en tantas cosas que he apretado

con inocente afán y dura garra,

por no caer,

por aferrarme al mundo,

por no morir de espaldas talado por tu fuego.

 

 

 

 

 

La Casa entre los Robles

 

A un ruido vago, a una sorpresa en los armarios,

la casa era más nuestra, buscaba nuestro aliento

como el susto de un niño.

Por sobre los objetos era un tibio rumor, una espina, una mano,

cruzando las alcobas y encendiendo su lumbre furtiva en los rincones.

 

El sonido de un hombre, el retrato, el reflejo del aire sobre el pozo

y el día con su firme venablo sobre el patio.

Más allá las campanas, el humo de los cerros

y en un dulce y liviano confín, entre la brisa,

el pájaro y el agua levemente cantando.

 

Todos allí presentes, hermano con hermana,

mi padre y la cosecha,

el vaho de las bestias y el rumor de los frutos.

 

Adentro, el sacrificio filial de la madera

sostenía la techumbre.

 

Una lluvia invisible mojaba nuestros pasos

de tiempo rumoroso, de fuerza, de autoridad y límite.

 

Pasaba el aire suavemente, buscaba sombras, voces que derramar,

respiraba en los lechos, dejaba entre los rostros su ceniza dorada.

Era entonces el día de hojas, de potente zumbido,

el día para el cántaro, la miel y la faena.

 

Como un don de reposo llegaba a nuestro cuerpo

la noche con su carga de remotas espigas.

Nuestro pan de anhelado resplandor,

nuestro asombro

y las lámparas derramando sus ángeles sin prisa en los espejos.

 

Como un hombre que anhelara su parte,

su sitio en nuestra mesa,

el viento dulcemente flotaba en los manteles.

 

La quietud de los muebles, las voces, los caminos,

eran todo el silencio de la noche en el mundo.

 

Llenando de inaudible presencia las paredes,

habitando las venas de pie frente a las cosas.

 

Buscaban nuestras manos un calor circundante

e indagaban los ojos otra piel impalpable.

 

Algo de Dios, entonces, llegaba a las ventanas

algo que hacía más honda la brisa entre los robles.

 

 

 

 

 

 

 

Súplica de amor

 

Por mi voz endurecida como una vieja herida;

Por la luz que revela y destruye mi rostro;

Por el oleaje de una soledad más antigua que Dios;

Por mi atrás y adelante;

Por un ramo de abuelos que reunidos me pesan;

Por el difunto que duerme en mi costado izquierdo

Y por el perro que le lame los pómulos;

Por el aullido de mi madre

Cuando mojé sus muslos como un vómito oscuro;

Por mis ojos culpables de todo lo que existe;

Por la gozosa tortura de mi saliva

Cuando palpo la tierra digerida en mi sangre;

Por saber que me pudro.

Ámame.

 

 

 

 

 

Datos vitales

HÉCTOR ROJAS HERAZO (Tolú, 1921-2002) es Doctor Honoris Causa de la Universidad de Cartagena, 1997. Medalla del Congreso de la República grado Comendador, 1991. Medalla ProArtes al Mérito Literario, 1995 y 1998 (Cruz de Boyacá)
Premio nacional de poesía José Asunción Silva, Bogotá, 1999. Honor al mérito Universidad Santo Tomás de Aquino en su IV Centenario, Vida y obra, 2000. Libros publicados: Rostros en la soledad (1952); Tránsito de Caín (1953); Desde la luz preguntan por nosotros (1956); Agresión de las normas contra el ángel (1961); Las úlceras de Adán (1995).

 

 

 

 

 

 

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