Sánchez Carbó 1

Presentamos, en el marco del dossier de cuento hispanoamericano contemporáneo, el relato “Sal de uvas” del crítico y narrador mexicano José Sánchez Carbó (DF, 1970). Es doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros de cuentos El maldito amor de mi abuelita (2000 y 2003), En realidad no es una historia de amor (2005) y La reunión de los patéticos (2010).

 

 

 

 

 

 

Sal de uvas

 

Mona sació todas mis hambres, incluso afinó mi gusto, pero al final terminé vomitándola. Azares de la vida, conocí a Mona en un parque público mientras yo esperaba a otra mujer sentado en una banca de hierro, frente a la ninfa de piedra; una mesera que trabajaba en una cafetería donde hacían unos exquisitos panecillos a la francesa. La había invitado a salir porque para mi tercer visita ella tuvo el detalle de no preguntar qué quería, simplemente confirmó: “¿Lo de siempre?” y me sirvió esos panecillos con una taza de café negro, como si llevara años de atenderme.

Cuando trajo la cuenta le pedí la cita. Después de acordar la hora y el lugar, el parque donde apareció Mona, me despedí dejándole una propina generosa y un poema que le había escrito en una servilleta. Al decirle adiós, sonreí como lo habría hecho Tito Zaragoza.

Mientras la esperanza de verla llegar y la sombra de los abedules me ataban a la banca, me entretuve viendo como esa grasa redonda, llamada Mona, chupaba un helado doble.

Pasadas dos horas sentí que mis raíces eran tan profundas como las de los árboles. Lamenté el plantón pero más no volver a comer los panecillos franceses. No tendría el valor de enfrentarme otra vez a ella. Hubiera bastado una llamada por teléfono o un simple “no, gracias, no puedo salir con clientes”. Pero como otras mujeres prefirió el abandono. Al principio pensé que el poema no le había gustado o que la generosa propina le había parecido el anticipo de un servicio sexual. Pero ahora deduzco que no fue el poema ni la propina sino mi aspecto físico.

No era la primera vez que las raíces del desdén me hundían en el fango, es más, reconozco una involuntaria empatía con los árboles. Muy pocas mujeres quieren salir con un escritor aburrido e inseguro, con la cara marcada por el acné adolescente y con ojos de grueso cristal. Ninguna se ha dejado seducir con un ramo de flores y una servilleta con cursilería manuscrita, ocasionalmente manchada de grasa. Si el plantón humilla peor resulta en la segunda cita, cuando uno carga el ramo de rosas entre las manos y la ilusión de haber encontrado a la mujer ideal. ¿Qué quieren las mujeres?, me he preguntado cientos de veces mientras espero a una de ellas. Cuerpo, inteligencia, aventura, labia, humildad, rosas, diamantes y un poema, todo junto y más. Me sentía desolado pero me recuperé al descubrir a Mona.

Cuando estaba a punto de levantarme para regresar a escribir otro relato de Tito Zaragoza, el devorador de mujeres, el seductor implacable, catarsis de mis frustraciones, me detuvo una caca de paloma. El excremento blanco como merengue se escurrió lentamente por mi frente y nariz. Escuché todo tipo de burlas, discretas y compasivas, descaradas y agresivas, especialmente de un grupo de estúpidos adolescentes. Hasta la ninfa de mármol al reírse se despostilló pero Mona, la rolliza tragaldabas, fue muy condescendiente.

Junto al carrito de helados, lamía con gracia un cremoso doble de vainilla. Sus palabras desenterraron mi dignidad.

—Te ves cagado —comentó Mona con desparpajo cuando se acercó para limpiarme la cara con una servilleta—. A mí también me ha pasado varias veces pero por estos helados —agitó suavemente el cono— aguanto lo que sea.

Su desenfado opacó sus cien kilos de peso, su metro y medio de cintura y sus bigotes de vainilla. Era una apetecible modelo para Rubens o Botero. Sin más remedio me reí. Si no hubiera sido por ella ya me veía como el sauce llorón del parque. La invité a tomar y comer algo en una cafetería cercana. Platicamos y comió durante horas. Hizo una cantidad sorprendente de preguntas sobre mi vida. Parecía más interesada en mí que en las órdenes de churros rellenos con cajeta y la taza de chocolate caliente. Ganarle la batalla a la comida mejoró mi estado de ánimo. No dejaba de hablar, preguntar y comer, su mandíbula era imparable. Su peso lo repitió varias veces sin importarle, 102 kilos, vivía con su tía y trabajaba en una restaurante. Imaginé su físico como la botarga ideal para la promoción del negocio. Tenía encanto.

Para la segunda cita cambié el ramo de rosas por una caja extragrande de chocolates rellenos. Parecía la mujer de mi vida. Al poco tiempo decidimos vivir juntos. Entonces mi vida y mi dieta cambiaron radicalmente, incluso mi físico. Comía mucho y casi a todas horas. Mona incluso aprendió a hacerme panecillos a la francesa. Subí 15 kilos y así inicié lo que podría ser una nueva vida. Literalmente como escritor gané peso.

 

Miel sobre hojuelas

Nuestra relación era cordial. Teníamos pequeñas discusiones sobre la cantidad de ajo o sal en la comida, la cantidad de pan o tortilla que debíamos comer, comprar o no productos Light. Estos asuntos eran la sal y la pimienta de nuestra vida como pareja. Yo no quería nada light, no soy un escritor dietético aunque las historias de Tito Zaragoza acarician el erotismo rosa.

En algún momento afloró su vanidad femenina, se preocupó por su figura y decidió reafirmar su cintura. Al mirarla sólo suspiré. No me importaba su anchura ni la mía pero por solidaridad intenté seguir sus dietas. Únicamente obteníamos la foto comparativa del “antes”. Era imposible contradecir su naturaleza: había nacido para comer, mascar, digerir, rebanar, freír, sazonar… y empezaba a ser lo mío. Quería verse como modelo de televisión, sin embargo su estómago terminaba por aplastar su fuerza de voluntad, al segundo o tercer día. En fin, nuestro amorío sabía a miel sobre hojuelas. Nos llevábamos como cualquier pareja con dos refrigeradores y una enorme despensa, en la que no faltaba la sal de uvas contra la indigestión.

Después de interrumpir alguna dieta, preparaba, qué digo, creaba un platillo diferente. Era como si el fracaso y el hambre potenciaran su sensibilidad culinaria. Yo los bautizaba, más bien, titulaba con nombres como: “Flamenco”, “Performance”, “Soneto”, “Contemporánea”, “Recital”, “Boom”, “Romance”, “Entremés tropical”, etc. Si mis palabras tuvieran aroma y si mis frases lograran degustar la lengua, mencionaría los ingredientes y la forma de mezclarlos, pero como sólo hacen salivar y despertar un hambre vulgar, el lector se encargará de suponer el misterio contenido.

Por mi parte, seguí con mi trabajo creativo, sólo que le dedicaba menos horas. A cambio me concentré en hacer realidad mis ficciones. Con Mona tuve la oportunidad de practicar todos los juegos sexuales protagonizados por Tito Zaragoza. Obviamente, las mujeres de mi personaje en nada se parecían a Mona pero no importaba. Con ella consumé todo tipo de posiciones, disfraces, representaciones y escenografías. Ella arriba, ¡Dios mío!, de lado, al revés, apriétame, me lastimas, lastímame, muévete, voltéate, de cuclillas, híncate, cómeme, chúpame, así chiquito. Tampoco faltó el hielo, la crema batida o el plátano. Cerraba los ojos para darles paso a las hermosas mujeres de mis historias.

Dejé el cigarro. Con mi nueva vida sólo se me ocurría comer y coger. Las obras culinarias de Mona encendían mi libido. Olvidé la simple rebanada de jamón o queso de puerco entre el pan.

 

Sopa de letras

Nuestros problemas empezaron por culpa de Tito Zaragoza. Como Mona había sido tan generosa culinaria y sexualmente, consideré que yo debía serlo literariamente: le di a leer los idilios de Tito.

Entonces nuestra vida cambió de rumbo. Desaparecieron las discusiones sobre qué marca de productos debíamos comprar; ahora discutíamos sobre la realidad y la ficción, no es mentira, aunque el cochambroso cerebro de Mona era incapaz de distinguir entre una y otra, ignoraba el desdoblamiento del autor, la capacidad del escritor para crear personajes, de pensar como ellos y la facultad que tiene para imaginar, específicamente, experiencias sexuales insólitas. Para ella todas las aventuras de Tito Zaragoza eran una autobiografía disfrazada.

Las escenas de celos al término de cada lectura me parecieron un disparate, para ser honestos pensé que jugaba. Lloraba, gritaba y reclamaba como si yo fuera Tito Zaragoza encima de otra mujer abierta de piernas sobre una cama con sábanas de seda. Hubo muchos reclamos, sobre todo, cuando relacionó ciertas escenas de los relatos con nuestras pequeñas representaciones sexuales. La había engañado: “¡No soy la primera!”, snif, snif, snif. Cuando su despecho la orilló a tirarse bruscamente sobre la cama, nuestro lecho casi flaquea. Con cuidado me acerque a ella y mientras acariciaba su espalda le dije: “Gorda, las extravagantes posiciones son pura fantasía”. Para no avivar el fuego omití decirle que todo salía de mi afición a las películas porno.

Tardó en digerir mi proyección en Tito Zaragoza y la necesidad de querer emularlo eróticamente. Me justifiqué diciéndole que estaba cansado de vivir de fantasías. Por respeto no le mencioné que Tito cogía con monumentos a la seducción, mientras que yo lo hacía con ella, el equivalente desproporcionado de tres mujeres.

Después de la explicación entendió la diferencia entre realidad y ficción, incluso valoró más mi talento literario. “Entonces todo es ficción”, concluyó. Después tradujo su admiración en gentiles atenciones. Evitaba distraerme mientras escribía, me preparaba café y botanas, incluso tragos. Se disculpaba reiteradamente cuando por extrema necesidad invadía mi estudio. Su actitud me conmovía y mi autoestima se esponjó tanto como su barriga.

Reconocí mi talento pedagógico pero lamenté su capacidad de aprendizaje. Después de las “cátedras sobre la literatura” se empapó tanto con mis textos que empezó a enamorarse de Tito Zaragoza. Mi sorpresa fue grande. Los celos se engendraron primero en mí y después en ella. Yo estaba celoso de mi personaje y Mona de todas las amantes de Tito.

Al principio, sin sospechar mis cuernos de ficción, había interpretado como un reconocimiento sus deseos de que escribiera semanalmente una nueva historia de Tito Zaragoza. Para ser sincero nunca en mi vida creí despertar tanto interés. Iluso de mí, su entusiasmo me animó más que cualquier página publicada y pagada. Mona leía dos o tres veces lo mismo y se conmovía hasta el suspiro, el llanto o la risa. Pero todo cambió cuando la descubrí masturbándose mientras leía esa escena “muy dulce” en la que Tito embarra los pezones de su amante con helado de vainilla mientras ella cubre con miel su miembro. Obviamente el semen era como “la miel de la vida sabor maple”. Me pidió recrearla pero ella terminó por escupir “la miel de la vida”. Nunca consideró que la realidad no es elíptica, que no puede pasarse, sin más, del acto sexual a la mañana del día siguiente. Antes de llegar ese sol del nuevo día, Mona se lavó los dientes, se duchó para limpiar su cuerpo empalagado y lavó las sábanas blancas que ni por mucho tenían la suavidad de la seda roja. No hace falta decir que yo también tardé un rato intentando deshacerme de la miel embarrada en mi entrepierna.

Tan enamorada estaba de mi ficción que congeló su raciocinio. Empezó a entrometerse con mi trabajo, básicamente con los personajes femeninos. Para Mona todas las amantes de Tito eran zorras, golfas, perras, putas o ninfómanas y las que no, simplemente eran rubias pendejas. Incapaz de entender, exigió que la metiera como personaje o la hiciera personaje, no sé.

—Tú puedes eliminarme kilos de grasa, delinearme la cintura, levantarme el busto y esponjarme las nalgas, teñirme el pelo, cambiarme el color de piel, vestirme con elegancia y otorgarme una personalidad cautivante. Quiero ser delgada, inteligente, atractiva y millonaria para que Tito se enamore de mí y no vuelva a pensar en ninguna de esas golfas. Tienes el poder de casarnos, darnos hijos y una vida normal pero con una intensa vida sexual. Si Tito sigue como hasta ahora al final se quedará solito, sin dinero, olvidado en un cuartucho de hotel. Él necesita una mujer que lo cuide cuando sea impotente. Tú lo vas a hacer, chiquito. ¡Ah! Y no quiero que se prolongue nuestro encuentro, quiero amor a primera vista, ni se te ocurra hacerlo difícil poniendo en medio zorras celosas. Ahora ponte a trabajar. ¿Necesitas algo? ¿Quieres comer algo?

La quijotesca transformación de Mona me dejó con la boca abierta y, por si fuera poco, con el estómago vacío. Estaba confundido y aturdido. Como muchos siempre había anhelado escribir la Gran Obra capaz de tocar la vida de los lectores. Nunca creí que con tan poco cambiaría a la mujer que amaba. Honestamente me deslumbró su inteligencia cuando supo olvidarse del autor, de mí, para concentrarse únicamente en el texto, mi personaje. A pocos lectores les cambia tanto la vida una obra. ¡Alonso Quijano devoró cientos de libros de caballerías antes de ser don Quijote! Mona con unos cuantos relatos quería ser una diva.

Pensé en el futuro, me vi solo y abandonado en ese cuartucho de hotel barato. Mona era lo único seguro que tenía. Si no la incorporaba me dejaría y si la incorporaba virtualmente tendría que compartirla con Tito. Hacerlo o no hacerlo…

Le mostré varios borradores pero siempre quedaba insatisfecha: “Esa no soy yo”. “Pero se llama Mona”. “Yo no soy así”. “Pero es una belleza y Tito está enamorado de ella”. “Es una estúpida que no sabe lo que de verdad quiere Tito”. “Ésta es inteligente y guapa ¡y sabe cocinar!”. “Ajá, lejos de ser yo, quién sabe en quién te inspiraste. Eso no es cocinar”. “Pero Mona, no te entiendo…”. Todos los relatos terminaban en la basura.

—Es imposible, no puedo hacerlo— concluí mientras rompía en cuatro la décima posibilidad de romance entre Mona y Tito.

­—No puedes o no quieres por celos.

—No puedo inventarte de otra forma. Tú naciste como eres para enamorarte de mí, de un escritor de carne y hueso, no de un personaje. Tito no cree en el amor. Así es él, no puedo cambiarlo. Tal vez no lo entiendas pero no soy un escritor autoritario. El personaje exige ser de una manera y Tito no es hombre de una sola mujer, de familia y paseos dominicales. ¡Tito no envejece!

—Pues me niego a aceptarlo, tratas de confundirme, todo eso que dices es mentira.

No había salida. En parte tenía razón: todo era mentira. No dejaba de preguntarme cómo resolver el problema. Cavilaba la solución cuando una telenovela, que en el futuro nadie recordará, me inspiró. Una vez tramado el flechazo de amor entre Tito y Mona, se lo mostré y se puso muy contenta. Dijo con palabras de reseñista de libros: “La historia es sencillamente deliciosa”, suspiró y pegó las hojas a su pecho. No me dio un beso, ni un abrazo. Con el visto bueno de la protagonista envié al editor de la revista esa versión. Mona por fin feliz con Tito.

 

Pastel podrido

Poco duró “nuestra” dicha. A la semana siguiente habló enfadado el editor. No podía creerlo, era una porquería, “estás loco quién va a creer semejante idiotez: amor, vida feliz, ¡hijos! ¡hijos! No jodas. Además, de dónde coño sacaste a esa tipa con ese nombre simiesco. Entiéndelo nunca publicaré algo así”. Terminó por despedirme.

Le conté a Mona lo sucedido para ver si recapacitaba. Pero no, todo se echó a perder más.

—¿No me defendiste? ¿No le dijiste quién soy? ¿No le exigiste publicar la historia tal cual? ¿Ya no me quieres? —me dio la espalda y después de una larga pausa dijo—: Si es así será mejor terminar nuestra relación…

Durante media hora preparó su despecho con varios gramos de miserable, cobarde y traidor; unas cucharadas de inútil y pervertido; y una pizca de groserías comunes hasta que se fue al cuarto para dejarme sazonar, ¿razonar?

A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos ella cargó con sus utensilios de cocina, recetarios, la sal de uvas y, por supuesto, con todo lo que encontró sobre Tito. Me quedé solo, mi estómago sufrió tanto como mi cabeza. Primero experimenté una especie de anorexia creativa: no podía ni quería escribir nada; después llegué a mi fase bulímica: escribía diariamente sin descanso pero en la noche imprimía todo, hacía una fogata con las hojas impresas y, por último, para que no quedara ninguna evidencia, seleccionaba todo el texto y lo eliminaba de mi computadora. No recuerdo bien cuántas semanas actué así. Hasta que un día, cuando miré en la parada de autobuses un anuncio de la sal de uvas, se me ocurrió que el mejor remedio para purgar mi relación con Mona era escribir la verdadera historia; el medio vaso con burbujeante agua salada que me hacía falta para aliviar tal indigestión.



[1] Este cuento fue publicado en el libro Con las costillas intactas. Puebla: Ediciones de Educación y Cultura/Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, 2012.