Álvaro Mutis

Ha muerto Álvaro Mutis (Bogotá, 1923), uno de los grandes poetas de nuestro tiempo. A manera de homenaje, el poeta colombiano Federico Díaz Granados nos ha preparado una selección de sus poemas. Mutis mereció el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997 y el Premio Cervantes en 2001.

 

 

 

 

POEMAS DE ÁLVARO MUTIS

Selección: Federico Díaz-Granados

 

 

 

 

 

AMÉN

 

Que te acoja la muerte

con todos tus sueños intactos.

Al retorno de una furiosa adolescencia,

al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,

te distinguirá la muerte con su primer aviso.

Te abrirá los ojos a sus grandes aguas,

te iniciará en su constante brisa de otro mundo.

La muerte se confundirá con tus sueños

y en ellos reconocerá los signos

que antaño fuera dejando,

como un cazador que a su regreso

reconoce sus marcas en la brecha.

 

 

 

 

 

 

CADA POEMA

 

Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mástiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.

 

 

 

 

 

 

CIUDAD

 

Un llanto,

un llanto de mujer

interminable,

sosegado,

casi tranquilo.

En la noche, un llanto de mujer me ha despertado.

Primero un ruido de cerradura,

después unos pies que vacilan

y luego, de pronto, el llanto.

Suspiros intermitentes

como caídas de un agua interior,

densa,

imperiosa,

inagotable,

como esclusa que acumula y libera sus aguas

o como hélice secreta

que detiene y reanuda su trabajo

trasegando el blanco tiempo de la noche.

Toda la ciudad se ha ido llenando de este llanto,

hasta los solares donde se amontonan las basuras,

bajo las cúpulas de los hospitales,

sobre las terrazas del verano,

en las discretas celdas de la prostitución,

en los papeles que se deslizan por solitarias avenidas,

con el tibio vaho de ciertas cocinas militares,

en las medallas que reposan en joyeros de teca,

un llanto de mujer que ha llorado largamente

en el cuarto vecino,

por todos los que cavan su tumba en el sueño,

por los que vigilan la mina del tiempo,

por mí que lo escucho

sin conocer otra cosa

que su frágil rodar por la intemperie

persiguiendo las calladas arenas del alba.

 

 

 

 

 

 

 

NOCTURNO

 

Esta noche ha vuelto la lluvia sobre los cafetales.

Sobre las hojas de plátano,

sobre las altas ramas de los cámbulos,

ha vuelto a llover esta noche un agua persistente y vastísima

que crece las acequias y comienza a henchir los ríos

que gimen con su nocturna carga de lodos vegetales.

La lluvia sobre el cinc de los tejados

canta su presencia y me aleja del sueño

hasta dejarme en un crecer de las aguas sin sosiego,

en la noche fresquísima que chorrea

por entre la bóveda de los cafetos

y escurre por el enfermo tronco de los balsos gigantes.

Ahora, de repente, en mitad de la noche

ha regresado la lluvia sobre los cafetales

y entre el vocerío vegetal de las aguas

me llega la intacta materia de otros días

salvada del ajeno trabajo de los años.

 

 

 

 

 

 

 

 

EXILIO

 

Voz del exilio, voz de pozo cegado,

voz huérfana, gran voz que se levanta

como hierba furiosa o pezuña de bestia,

voz sorda del exilio,

hoy ha brotado como una espesa sangre

reclamando mansamente su lugar

en algún sitio del mundo.

Hoy ha llamado en mí

el griterío de las aves que pasan en verde algarabía

sobre los cafetales, sobre las ceremoniosas hojas del banano,

sobre las heladas espumas que bajan de los páramos,

golpeando y sonando

y arrastrando consigo la pulpa del café

y las densas flores de los cámbulos.

 

Hoy, algo se ha detenido dentro de mí,

un espeso remanso hace girar,

de pronto, lenta, dulcemente,

rescatados en la superficie agitada de sus aguas,

ciertos días, ciertas horas del pasado,

a los que se aferra furiosamente

la materia más secreta y eficaz de mi vida.

Flotan ahora como troncos de tierno balso,

en serena evidencia de fieles testigos

y a ellos me acojo en este largo presente de exilado.

En el café, en casa de amigos, tornan con dolor desteñido

Teruel, Jarama, Madrid, Irún, Somosierra, Valencia

y luego Persignan, Argelés, Dakar, Marsella.

A su rabia me uno a su miseria

y olvido así quién soy, de dónde vengo,

hasta cuando una noche

comienza el golpeteo de la lluvia

y corre el agua por las calles en silencio

y un olor húmedo y cierto

me regresa a las grandes noches del Tolima

en donde un vasto desorden de aguas

grita hasta el alba su vocerío vegetal;

su destronado poder, entre las ramas del sombrío,

chorrea aún en la mañana

acallando el borboteo espeso de la miel

en los pulidos calderos de cobre.

 

Y es entonces cuando peso mi exilio

y mido la irrescatable soledad de lo perdido

por lo que de anticipada muerte me corresponde

en cada hora, en cada día de ausencia

que lleno con asuntos y con seres

cuya extranjera condición me empuja

hacia la cal definitiva

de un sueño que roerá sus propias vestiduras,

hechas de una corteza de materias

desterradas por los años y el olvido.

 

 

 

 

 

 

 

GRIETA MATINAL

 

Cala tu miseria,

sondéala, conoce sus más escondidas cavernas.

Aceita los engranajes de tu miseria,

ponla en tu camino, ábrete paso con ella

y en cada puerta golpea

con los blancos cartílagos de tu miseria.

Compárala con la de otras gentes

y mide bien el asombro de sus diferencias,

la singular agudeza de sus bordes.

Ampárate en los suaves ángulos de tu miseria.

Ten presente a cada hora

que su materia es tu materia,

el único puerto del que conoces cada rada,

cada boya, cada señal desde la cálida tierra

a donde llegas a reinar como Crusoe

entre la muchedumbre de sombras

que te rozan y con las que tropiezas

sin entender su propósito ni su costumbre.

Cultiva tu miseria,

hazla perdurable,

aliméntate de su savia,

envuélvete en el manto tejido con sus más secretos hilos.

Aprende a reconocerla entre todas,

no permitas que sea familiar a los otros

ni que la prolonguen abusivamente los tuyos.

Que te sea como agua bautismal

brotada de las grandes cloacas municipales,

como los arroyos que nacen en los mataderos.

Que se confunda con tus entrañas, tu miseria;

que contenga desde ahora los capítulos de tu muerte,

los elementos de tu más certero abandono.

Nunca dejes de lado tu miseria,

así descanses a su vera

como junto al blanco cuerpo

del que se ha retirado el deseo.

Ten siempre lista tu miseria

y no permitas que se evada por distracción o engaño.

Aprende a reconocerla hasta en sus más breves signos:

el encogerse de las finas hojas del carbonero,

el abrirse de las flores con la primera frescura de la tarde,

la soledad de una jaula de circo

varada en el lodo del camino,

el hollín en los arrabales,

el vaso de latón que mide la sopa en los cuarteles,

la ropa desordenada de los ciegos,

las campanillas que agotan su llamado

en el solar sembrado de eucaliptos,

el yodo de las navegaciones.

No mezcles tu miseria en los asuntos de cada día.

Aprende a guardarla para las horas de tu solaz

y teje con ella la verdadera,

la sola materia perdurable

de tu episodio sobre la tierra.

 

 

 

 

 

 

 

RAZÓN DEL EXTRAVIADO

 

Para Alastair Reid

 

Vengo del norte,

donde forjan el hierro, trabajan las rejas,

hacen las cerraduras, los arados,

las armas incansables,

donde las grandes pieles de oso

cubren paredes y lechos,

donde la leche espera la señal de los astros,

del norte donde toda voz es una orden,

donde los trineos se detienen

bajo el cielo sin sombra de tormenta.

Voy hacia el este,

hacia los más tibios cauces

de la arcilla y el limo

hacia el insomnio vegetal y paciente

que alimentan las lluvias sin medida;

hacia los esteros voy, hacia el delta

donde la luz descansa absorta

en las magnolias de la muerte

y el calor inaugura vastas regiones

donde los frutos se descomponen

en una densa siesta

mecida por los élitros

de insectos incansables.

Y, sin embargo, aún me inclinaría

por las tiendas de piel, la parca arena,

por el frío reptando entre las dunas

donde canta el cristal

su atónita agonía

que arrastra el viento

entre túmulos y signos

y desvía el rumbo de las caravanas.

Vine del norte,

el hielo canceló los laberintos

donde el acero cumple

la señal de su aventura.

Hablo del viaje, no de sus etapas.

En el este la luna vela

sobre el clima que mis llagas

solicitan como alivio

de un espanto tenaz y sin remedio.